Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 14
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Capítulo 14

Saqué de la nevera un botellín de cerveza y volví a la terraza, con el móvil.

Suponía que, como sabían que Romeo venía a la isla por lo del festival, alguien de los que trabajaban para él le había llenado la nevera y la despensa. Había de todo, tanto de comida como de bebida.

Al pasar frente a la puerta del baño escuché el agua correr, Romeo ya estaba en la ducha. Hacía unos minutos que entró, después del beso con el que me había dejado flotando en una puñetera nube.

Joder, cómo besaba el italiano…

Fui hacia la barandilla del final de la terraza y apoyé los brazos en ella, inclinada hacia delante. Me llevé el botellín a los labios, para darle el primer sorbo a la cerveza. Me sentó de lujo, por lo fría que estaba.

Al final no habíamos decidido qué hacer esta noche. Yo no me había quitado el vestido y continuaba descalza. Me había dejado tan atontada con el beso que se me olvidó todo lo demás. Cuando nos separamos Romeo se fue al baño y yo me quedé unos minutos al aire libre, recuperándome.

Para ser sincera la última opción de todas era la que me gustaba y me apetecía más. Ya había visto un poco del festival y todo lo que movía, aunque fuese desde lejos, y teníamos dos días completos para aprovecharlos recorriendo la isla.

Pero claro, el plan que me había propuesto de quedarnos en el apartamento suponía mucha intimidad y… ¿A quién quería engañar? A mí misma no podía porque deseaba a estar a solas con él y dejar que todo fluyese entre nosotros.

A estas alturas lo quería más que nada, Romeo me había creado una pequeña adicción a él y necesitaba mucho más de lo que me había dado hasta el momento.

Dejé el botellín en un macetero vacío que colgaba a un lado de mí y desbloqueé le móvil. Miré un momento hacia la terraza vecina, pero no había nadie.

Me centré en el teléfono y entré en la aplicación, para hacerle una videollamada a mi hermana. La cara de Julia apareció a los pocos segundos, llenando la pantalla y reí al ver lo roja que se había puesto hoy.

—¿Sabes lo que es la crema solar y para lo que sirve? —le pregunté con humor.

—Calla, como si eso fuera importante. Cuéntame cómo va, ¿ya has dejado al italiano seco?

—¡Julia! —exclamó nuestra madre.

Soltamos una carcajada, yo con la cara colorada.

—Qué bruta eres —le dije, negando con la cabeza.

—Oye, que lo que es, es… dame unos minutos, cuando me aleje de nuestros padres, y entonces te explicaré cómo he dejado yo a Marco.

Rio y sonreí.

—Hola, cariño —me saludó mi madre.

Amplié la sonrisa cuando le quitó el móvil a Julia, para salir ella.

—Hola, mamá.

—Qué bien te veo.

—He pasado un día muy bueno.

—¡Todavía no ha terminado! —gritó mi hermana— ¡Ya verás lo que te espera! —rio.

—Hija, ¿hace falta que grites tanto? —le preguntó nuestro padre.

—Es que mamá se ha apoderado de mi teléfono.

—Cállate, Julia —rio la aludida y después se dirigió a mí—. Me alegro de que te hayas divertido, cariño. ¿Qué tal el festival?

Mi padre se asomó a la pantalla y después de saludarnos comencé a explicarle lo que había hecho. También les dije que todavía no sabíamos si nos quedaríamos en el apartamento o saldríamos un rato.

—Tenéis tiempo para estar en la calle —me dijo mi padre.

—Sí y la verdad es que cuanto más tiempo pasa más cansada me siento.

—Eso es por la playa, el sol y el agua —comentó mi madre y sonreí.

—Me voy a mi villa para ducharme, no quiero llegar tarde —habló mi hermana, pero no la vi.

—Ha quedado otra vez con Marco —me contó mi padre.

—Parece que no han tenido suficiente con todas las horas que han pasado en alta mar en el yate —dijo mi madre.

—Pues no —rio Julia.

—Sigue pasándotelo bien, cariño. Ves dándonos alguna señal hasta que vuelvas aquí —me pidió.

—Tranquila, mamá. Os escribiré y si puedo como hoy, os hago una videollamada rápida.

—Estupendo, tesoro —sonrió mi padre—. Ten cuidado y dale saludos de nuestra parte a Romeo.

—Sí. Os quiero.

—Te queremos —dijeron al unísono.

Los escuché sin verlos porque mi hermana les quitó el teléfono, para despedirse de ellos.

—Espera, que llego a la villa —me pidió Julia—. ¿Todavía tienes tiempo? ¿Podemos hablar con calma?

Giré la cabeza hacia atrás, para ver que la puerta del baño continuaba cerrada, con Romeo dentro.

—Sí.

—Vale. Ya he llegado. —Bajó el tono de voz—. ¿Qué tal te ha ido? A mí explícame la versión con rombos.

Reímos.

—Pues menuda decepción vas a llevarte porque no tengo nada más que contar que lo que has oído.

—¡No te creo! —Agrandó los ojos. Se tumbó en la cama bocabajo y apoyó el teléfono en la almohada, como si la viera—. Me estás diciendo que tú y él no…

Con los movimientos que hizo con las manos no necesitó terminar de decirlo.

—No —sonreí.

—La Virgen. ¡No me lo puedo creer!

—¿Y tú con Marco? ¿Qué tal te ha ido el día?

—Ay, vete preparando porque cuando tengamos tiempo para hablar tranquilamente te voy a dejar muertecita —rio.

—¿Te has quemado el cuerpo igual que la cara?

—No es para tanto, en la cámara se ve más exagerado.

—¿Seguro? —Elevé una ceja.

—Sí y no me duele.

—Eso es bueno.

—Y sí, tengo todo el cuerpo de la misma manera, pero hermana, cada centímetro rojo de mi piel ha merecido la pena.

—Al menos habrás salvado algunas partes, ¿no?

Negó con la cabeza.

—Hemos pasado un montón de horas desnudos en el yate —susurró acercándose mucho a la pantalla.

—¿Qué me dices? —me sorprendí— ¿Y el capitán o como se llame el que dirigía el yate?

—Nos ha dejado solos.

—¿En serio?

—Sí, en algún punto del mar ha parado el yate y nos ha explicado donde lo teníamos todo, antes de decirnos que se iba para que tuviéramos intimidad.

Aunque no nos ha dejado solos del todo, se ha quedado en otro barco que ha venido a por él, pero este se ha quedado a la suficiente distancia para que Marco y yo pudiéramos hacer lo que nos diera la gana —sonrió.

—¿Sabes que existen los prismáticos? —Elevé las cejas.

—Qué graciosa —rio de forma exagerada y apreté los labios—. Me da exactamente igual, oye, si alguien ha visto algo pues les hemos alegrado el día porque chica, no hemos parado —dijo con una risilla.

—Qué peligro tenéis.

Negué con la cabeza, sin poder para de sonreír.

—Así que os ha cundido.

—Ni te lo imaginas. Dios, Carina, todavía parece que esté flotando —suspiró.

—¿Qué haréis esta noche?

—Cenar con nuestros padres y después nos separaremos para ir por nuestra cuenta. Hemos hablado de ir a la villa de Marco para tomarnos algo allí y pasar la noche. El día ha sido intenso y es lo que me pide el cuerpo, relax, porque al menos yo he terminado muy cansada.

—Yo estoy igual y no he hecho nada —comenté.

—Estos aires agotan y nosotras solo estamos acostumbradas a ir ratos sueltos a la playa.

—Sí. Te veo genial —sonreí.

—Ay, Cari, es que me siento así. Ha sido un día… —suspiró.

—Imagino que te has hecho muchas fotos hoy.

—Un montón —rio—. Tengo un buen repertorio, sola y acompañada. —Me hizo un guiño—. Mañana publicaré alguna, las que he subido hoy han sido del mar y de la comida. ¿Y tú?

—Pues la verdad es que me he olvidado bastante de las redes.

Me encogí de hombros.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermana? ¡Devuélvemela ahora mismo!

Se levantó de un salto y se quedó de pie en la cama, señalando hacia la pantalla. Solté una carcajada por su reacción y porque tiró el móvil al moverse. Lo vi todo oscuro durante unos segundos.

—Ya está —dijo apareciendo de nuevo, riendo.

—No te veo muy cansada —hablé entre risas.

—A ver, lo estoy, pero tengo mis buenas reservas para esta noche porque va a ser por todo lo alto también —sonrió con picardía.

—Me alegro mucho.

—Gracias y quiero lo mismo para ti. ¡Espabila! —me pidió hablando más bajo.

—Estoy perfectamente y no tengo ninguna prisa. Si pasa algo genial y si no, pues también. Romeo sale del baño.

Escuché la puerta del baño abrirse.

—Vale, cariño. Disfruta a tope de la noche. Hablamos mañana, ¿vale?

—Sí. Te quiero.

—Te quiero.

Colgamos sonriéndonos.

Me incorporé separándome de la barandilla y cogí el botellín de cerveza, mientras me giraba hacia la corredera de la terraza.

Y para qué lo hice porque Romeo estaba parado a los pies de la cama, únicamente con una toalla enrollada en la cadera. Y de qué manera le quedaba… Dios…

La colocaba muy baja, demasiado.

Tragué saliva y bebí un buen sorbo de cerveza. No sabía si estaba babeando y necesité sofocar el calor que sentí.