Capítulo 13
Carina
—Eh… pensaba que todavía estabas dormida y de espaldas —me dijo Romeo.
Giré la cabeza hacia él, bocarriba. Tenía la cabeza apoyada en un cojín cómodo y circular que ocupaban gran parte del ancho de la cama.
—Me he despertado hace un ratito. ¿Quién es? —Le pregunté, señalando hacia atrás.
—Un amigo.
Se sentó en el borde de la cama, subiendo una pierna que dejó doblada.
Yo también me senté en el centro de la cama, cuando me incorporé para girarme un poco hacia el hombre por el que le había preguntado. Me fijé bien en él, desde la distancia.
—¿Y por qué se ha quedado ahí, tan quieto?
—No va a acercarse, se quedará dónde está hasta que nosotros nos vayamos. Está controlando que no venga nadie a molestarnos.
Dirigí la vista hacia él, elevando las cejas.
—¿Qué te apetece hacer? ¿Quieres otro baño o nos movemos?
—Ya he tenido bastante baño por hoy —negué, sonriendo.
Miré hacia la zona que se veía animada por el festival.
—De acuerdo, pues tenemos dos opciones.
—¿Cuáles?
—Recoger aquí para acercarnos un rato al festival y después ir al apartamento a ducharnos, para prepararnos para salir a cenar y hacer lo que más te apetezca.
O ir ahora directamente al apartamento, ducharnos, arreglarnos y salir para al festival y después a cenar.
Lo que más te apetezca, estoy a tus órdenes.
—¿Qué es lo mejor?
—Yo elegiría la segunda opción. Son las seis y cuarto, buena hora para ir al apartamento porque entre que llegamos y terminamos serán entre las siete y media o las ocho.
A esa hora ya no hace calor y podemos ir dando un paseo a la parte más cercana del festival.
Cuando nos cansemos nos paramos a cenar donde más nos apetezca.
—Vale —acepté sonriendo.
—Pues ¿nos vamos?
—Sí.
Me deslicé al borde la cama y me levanté al mismo tiempo que Romeo.
Él cogió mi bolso playero y lo dejó en alto.
Le di su ropa y yo me puse la mía, el pantalón corto vaquero y la camiseta.
Cuando estuvimos preparados me colgué el bolso al hombro y nos dirigimos hacia un lateral de la zona de las camas.
Romeo silbó, su amigo miró en nuestra dirección y me pareció ver que asentía. Entonces se movió y desapareció de nuestra vista.
Nosotros caminamos por la arena de la playa, donde había bastantes personas disfrutando de la tarde. Regresamos al apartamento en un paseo cómodo, comentando todo lo que íbamos viendo.
En varias ocasiones lo miré de reojo, pero Romeo, aparte de quitarme el bolso para llevarlo él, no hizo nada que me pusiera nerviosa. Todavía recordaba sus manos sobre mi piel y no entendía cómo había conseguido dormirme con él tan pegado a mí y tocándome.
—¿En qué piensas? —me preguntó, pillándome por sorpresa.
—En nada —contesté demasiado rápido.
—Ya…
—Tenía la mente en blanco.
—Vale.
—Es verdad —reí.
—No he dicho que no lo fuese —sonrió de medio lado.
Llegamos al apartamento con miradas cómplices y en cuanto entramos fui directa al armario, para sacar el vestido que tenía en mente. Ese sería el elegido para ponerme una vez que me duchara. Hablando de ducha…
—¿Entras tú primero? —le pregunté.
—Me quedo el último, soy más rápido —me contestó con un guiño.
—No voy a tardar, puedo secarme el pelo aquí fuera.
—Tómate el tiempo que necesites, no tenemos ninguna prisa.
—Vale.
—En el baño tienes todo lo que necesitas, las toallas están en el mueble y en la bañera verás que tienes varios geles de baño y champús.
—Gracias.
Antes de entrar en el baño con el vestido, la ropa interior y el neceser, cosas que cogí en el último momento, lo vi sacar un botellín de cerveza de la nevera. Me hizo un guiño y se dirigió a la terraza.
El baño era otra cucada, no le faltaba ningún detalle y a cada cual era más bonito. Llamaba mucho la atención. La bañera ocupaba todo un lateral, de punta a punta. Era alargada y ancha, casi idéntica a la que teníamos en la villa de la otra isla.
Me desvestí sin perder tiempo. Dejé la ropa doblada sobre el mueble de las toallas, del que saqué dos de diferentes tamaños, para el cuerpo y el pelo. Después de colocarlas cerca de la bañera, para tenerlas a mano, entré en la bañera y abrí el grifo, sin que me diera el agua.
Cuando la tuve a una buena temperatura solté un suspiro y cerré los ojos, mientras me caía sobre la cabeza. Estuve un ratito sin moverme, disfrutando de la sensación, hasta que comencé a enjabonarme. Me duché rápido, de la misma manera que me sequé.
Con la toalla enrollada a la altura del pecho, cogí del neceser el cepillo del pelo y me lo cepillé, antes de secármelo con el secador que encontré en un cajón. Cuando terminé me puse la ropa interior y el vestido, y me miré en el espejo, sonriendo.
Me sentaba genial, con el colorcito tan bonito que había cogido desde que inicié las vacaciones.
No me había dado tiempo a estar mucho tiempo expuesta al sol, pero había sido suficiente porque aquí parecía que apretaba más.
Gracias a eso no me maquillé mucho, no lo necesité.
Me centré en hidratarme la cara, en ponerme la máscara de pestañas y en pintarme los labios.
Después de echarme el perfume salí del baño descalza, con las toallas y la ropa doblada. Todos los suelos estaban brillantes, incluso el de la terraza.
En ella estaba Romeo, hablando con alguien. Podía escuchar el sonido de su voz, pero no tan claro como para saber qué decía. En un principio pensé que estaba al teléfono, pero no, porque me di cuenta de que lo tenía sobre la mesa de la terraza.
Además, cuando dejé en el armario la ropa que me había quitado, vi un botellín de cerveza sobresalir de la pared que separaba nuestra terraza de la del vecino. Hacia el otro lado no había.
Caminé hasta la corredera y la deslicé. No hizo ruido al moverse ni yo tampoco al ir descalza, por lo que Romeo no se dio cuenta de que salí a la terraza.
—¿Estás seguro de que no te dará problemas? —le preguntó una voz de hombre.
Miré de reojo hacia Romeo, mientras yo me acercaba al tendedero que había en un lateral.
Él estaba apoyado en la barandilla del final de la terraza y echó la cabeza ligeramente hacia atrás, cuando bebió un sorbo de cerveza.
—Confío en que todo irá bien, el tiempo lo dirá.
—Es admirable tu optimismo —dijo el otro.
No tenía ni idea de lo que hablaban, pero era la primera vez que veía y sentía a Romeo serio.
Estaba tendiendo las toallas cuando…
—Eh… no te he oído —me dijo, al darse cuenta de mi presencia.
—Ya lo sé —sonreí mirándolo.
—Estás preciosa.
Se separó de la barandilla, dejó el botellín de cerveza en la mesa y caminó hacia mí.
—No es para tanto —le quité importancia.
El vestido era muy bonito y a mí me encantaba ponérmelo, porque era muy cómodo y fresco, aparte de que me sentaba genial. Pero no quedaba bien que yo lo dijera.
—Y tanto que lo es —insistió cuando se paró frente a mí.
Miré hacia el muro que separaba nuestra terraza de la del vecino.
—Estamos solos.
—Hasta hace unos segundos estabas hablando con alguien. ¿También conoces al que se aloja al otro lado?
—Conozco a muchas personas, bella .
—Ya… por eso ser el CEO y dirigir esta isla, ¿no?
—Exacto.
No le dije nada cuando sus dedos acariciaron los tirantes, por encima de mis hombros. Y, por supuesto, no rechacé el beso que me dio en los labios.
—Hueles de maravilla —susurró, sin apartarse del todo.
—Gracias.
—¿Estás segura de que quieres que salgamos?
—Habíamos quedado en eso, la segunda opción era venir para arreglarnos y después…
—Podemos añadir ahora mismo una tercera opción.
—¿Cuál?
—Puedes quedarte tal y como estás, descalza, o cambiarte.
Tú eliges. Me ducho y pedimos una buena cena, para que nos la traigan al apartamento.
Cenamos aquí, en la terraza, te encantará ver el reflejo del mar cuando esté oscuro y podemos poner unas velas para hacerlo más especial.
Después, cuando terminemos de cenar, nos trasladamos a la cama balinesa con unas copas y la música de fondo que queramos.
Para el resto de la noche nos dejamos llevar, bajo las estrellas.
—Suena muy tentador —susurré.
—No más de lo que lo eres tú.
Me agarró de la nuca y unió nuestros labios de nuevo, pero esta vez el contacto no fue breve con un beso corto, esta segunda vez su boca devoró la mía y yo igualé su ritmo.
Fue nuestro primer beso profundo y pasional, tanto que me faltaba la respiración cuando conseguimos separarnos.