Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 11
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Capítulo 11

Estaba tan a gusto, adormilada, sintiendo cómo el sol calentaba la parte de atrás de mi cuerpo…

—¿Qué…?

Entreabrí los ojos con el ceño fruncido y levanté lo justo la cabeza, para mirar por encima de mi hombro.

—¿Qué haces? —terminé de preguntarle a Romeo.

Él era el culpable de que me hubiese despertado, cuando yo estaba tan felizmente dormida bocabajo.

—No quiero que te quemes —me contestó.

—No me acuerdo, ¿en qué momento me has pedido permiso para tocarme así?

—No sabía que necesitaba un permiso especial para ponerte las manos encima —sonrió de medio lado.

—A no sé… ¿sueles acercarte tanto a las personas? ¿En verano vas echándole crema solar a la gente que te encuentras en las playas y las piscinas?

—Claro que sí, siempre estoy ofreciéndome voluntario para sentarme sobre las piernas de cualquier persona, para deslizar las manos por sus cuerpos.

—Romeo… —suspiré.

Quise que sonara a advertencia, pero mi voz perdió fuerza y sonó más a súplica.

—Relájate, Carina —me pidió con un guiño.

—Pues no te acerques tanto, aquí hay gente por todos lados.

—No me digas que es por lo que nos rodea, porque vuelvo a cogerte y te llevo al apartamento antes de que te des cuenta —rio.

—Dios… no tienes remedio.

Resoplé.

Estaba poniéndome atacada de los nervios, no dejaba de mover las manos sobre mis piernas y las subía demasiado.

De ahí que le dijera que no se acercara tanto, porque cada vez que las yemas de sus dedos rozaban la curva de mi trasero y sus manos caían hacia la parte interna, deslizándose por mi piel lentamente, antes de volver a iniciar el recorrido, a mí se me cortaba la respiración.

—Tienes que aprender a tomarte la vida de manera diferente —me dijo.

—Me tomo la vida estupendamente, te lo aseguro, pero…

—Mira a tu alrededor —me interrumpió.

—¿Qué?

Apoyé los codos en la cama balinesa, para elevar la parte de arriba del cuerpo. Continué mirándolo a él, sin comprender lo que quería decirme.

Su ceja alzada y su media sonrisa me hicieron negar, al mismo tiempo que hice lo que me pidió.

—¿Por qué… por qué estamos solos? ¿El festival ha acabado por ahora? —pregunté sorprendida.

Era imposible, lo de que había terminado. La música seguía escuchándose, pero por más que miré a nuestro alrededor no encontré a nadie.

Todas las personas que vi se encontraban muy lejos de nosotros, demasiado. Las camas balinesas, a excepción de la nuestra, estaban desocupadas. Ni siquiera había camareros ni personas de seguridad.

Hasta la parte de la playa que quedaba a unos metros de nosotros estaba solitaria.

—Un poco de tranquilidad e intimidad siempre vienen bien. ¿O no?

—¿Has despejado la zona para nosotros? —continué hablando sorprendida.

—De algo debe servirme que pueda controlar esta isla y todo lo que pasa en ella —sonrió con picardía.

—No me lo puedo creer… Había mucha gente, ¿a dónde se han ido?

—Ahí no entro, cada cual habrá decidido hacia dónde ir. Te aseguro que hay muchas opciones y espacio para todos.

Me hizo un guiño.

—No puedes echar a la gente porque a ti…

—No he echado a nadie —me interrumpió—. Solo he pedido que se corriera la voz de que este espacio debía quedarse vacío.

—Eres un peligro —suspiré.

No salía del asombro con este hombre.

—No me mires así —me pidió riendo.

—Es que lo tuyo es muy fuerte.

Negué con la cabeza.

—¿Qué es lo mío, exactamente? —Elevó las cejas.

—Conmigo no te hagas el tonto y el inocente, que no tienes ni un pelo de ninguna de las dos cosas.

Resoplé escuchando sus risas.

—Ahora que ya puedes relajarte déjame echarte crema como quiero, sino esta noche te dolerá. El sol pega fuerte y llevas un rato bocabajo.

—Puedo echármela yo.

—¿Y dónde estaría la gracia?

—En ningún lado, porque no la tiene.

Romeo soltó una carcajada, se lo estaba pasando bomba el tío.

Me colocó una mano en la espalda y con ella me empujó suavemente para que cayera de nuevo sobre la cama. Me dejé llevar por el movimiento, sin saber muy bien cuáles eran sus intenciones reales.

Con los brazos extendidos a los lados de mi cuerpo y con la mejilla apoyada en una toalla, que no recordaba haber puesto ni era mía, cerré los ojos al sentir otra vez sus manos deslizándose por mis piernas.

Se me escapó un suspiro entrecortado, antes de tragar saliva. Toda mi concentración se fue hacia el recorrido que hacían las manos de Romeo, como si en cualquier instante me fuesen a abrasar la piel.

Poco faltó, sobre todo cada vez que llegaba a la curva de las nalgas, las que me acariciaba muy sutilmente, para después descender por la cara interna de mis muslos. Cada vez que hacía eso se me erizaba la piel, por lo sensible de la zona y porque pasaba a centímetros de la braguita del bikini.

Se quedaba tan cerca… y a pesar de que no me tocaba y que ni siquiera me rozaba ahí, mi cuerpo ardía más en cada nueva pasada.

Romeo sabía muy bien lo que hacía, pero no sería yo la que se quejara ni la que le dijera algo al respecto. A pesar de lo poco que lo conocía sabía lo que estaba buscando: una reacción mía que le pusiera el camino aún más fácil, para darle libertad. Eso se notaba, se intuía.

—Tienes la piel muy caliente.

No tenía cara ni nada. Caliente, decía. Me tenía hirviendo por dentro.

—Lo normal bajo el sol —dije.

No iba a darle tan fácilmente lo que quería.

Lo sentí moverse. Se apartó de mis piernas, por lo que supuse que había terminado.

—Abre las piernas —me pidió.

—¿Cómo?

—Si te cuesta empieza por una y después por la otra. Abrir las piernas significa que las separes, para dejar un…

—¿Tú eres tonto? —le pregunté.

Separé lo justo la mejilla de la toalla, para elevar la cabeza. Soltó una carcajada al mismo tiempo que yo ponía los ojos en blanco.

—Has sido tú la que me has preguntado cómo —sonrió.

—No puedo contigo, de verdad que no puedo.

Me dio por reír, por los nervios.

—Abre las piernas para mí, preciosa —insistió, acariciándome uno de los gemelos.

Su voz, joder, con su voz. Y la forma que me lo pidió… en el peor momento los pensamientos se me fueron hacia donde no debían.

—Ahora voy a la espalda y después te darás la vuelta para que continúe por delante.

—No hace falta que te esmeres tanto.

—Me gusta hacer las cosas bien, sin margen de error o dejando muy poco —comentó.

—Eres muy pesado.

—Pero me adoras.

Solté una carcajada.

—Más quisieras…

—Lo harás. Me adorarás y besarás el suelo que yo pise.

—Estás fatal.

—Lo que yo diga —rio.

Para no escucharlo más deslicé las piernas hacia cada lado, solo un poco. Al menos de esa manera se pondría a trabajar y se callaría.

Romeo colocó una rodilla en el hueco que dejé y lo hizo más grande, empujando él. Me abrió las piernas a su antojo, hasta que se quedó en la postura que quería.

Sumó su otra pierna entre las mías y cerré los ojos tragando saliva, con la tranquilidad de que él no podía ver ni notar todo lo que me provocaba.

El chorro de crema que cayó directo en el centro de mi espalda me erizó todo el cuerpo. Entreabrí los labios. Romeo colocó rápido las manos sobre mí y comenzó a extender la crema por mi piel.

—¿Puedo?

Abrí los ojos de golpe y lo miré de reojo, sin separar la cara de la toalla.

—Sí —le contesté susurrando.

Sus dedos deshicieron el lazo de la parte de arriba de mi bikini, que era para lo que le había dado permiso. Ambas tiras cayeron a cada lado de mi cuerpo.

Durante un breve tiempo nos mantuvimos callados y Romeo no hizo nada, solo me observó. Lo noté, pero volví a cerrar los párpados porque si lo miraba en este instante…

Continuó esparciendo la crema, ahora sin nada que le impidiera deslizar las manos por toda mi espalda, con total libertad. Dejé salir el aire que había estado reteniendo.

Intenté relajarme, pero no lo conseguí. Imposible con Romeo tan cerca de mí y tocándome. Solté el aire despacio, sin abrir los ojos, y me concentré en seguir el movimiento de sus manos.

No era justo que me sintiera tan bien, ni que diera tan buenos masajes. Romeo no estaba solo echándome crema, aprovechaba cada pasada para presionar donde más lo necesitaba.

—Estás demasiado tensa —dijo hablando bajo.

—Llevo muy poco de vacaciones, cuando vuelva a la rutina estaré como nueva —aseguré.

—Lo dudo si no le pones remedio. Yo puedo ayudarte.

—¿A qué?

—A relajarte.

Reí, por nervios y por no soltarle una bien gorda.

—¿Ahora qué he dicho que te hace tanta gracia?

Cómo me ponía su acento…