Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 10
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Capítulo 10

El italiano estaba como una cabra y no tenía ni idea de cómo se la estaba jugando conmigo, ni hasta qué punto.

No paraba a pensarse las cosas, Romeo era de impulsos, por lo que estaba descubriendo. Detrás de esa sensualidad, aire de misterio y simpatía, había un hombre con un punto de locura por determinar.

Cuando conseguí moverme un poco, ya que de las caderas para abajo me adapté a la temperatura del agua, comencé lentamente a mojarme los brazos.

Un baño me venía genial, claro que sí, pero joder, a mi tiempo. Qué rabia me daba que, en verano, la gente se empeñara en que me bañara cuando a ellos les venía en gana.

Mi hermana Julia era experta en eso y muchas veces terminábamos discutiendo porque yo me bañaba cuándo yo quería y de la forma en la que me daba la real gana. Como si me tiraba media hora para estar cubierta de agua, que cada uno hiciera lo hiciera como le saliera de las narices.

—Una pregunta.

Me sobresalté cuando Romeo sacó de repente la cabeza fuera del agua, muy cerca de mí. Puse los ojos en blanco.

—¿Quieres un consejo? —le pregunté, mirándolo con los ojos entrecerrados.

El apretó los labios, a punto de reír de nuevo.

—Adelante.

—Ahora mismo mide muy bien tus palabras si no quieres que te clave los dedos en los ojos, o algo peor.

Soltó una fuerte carcajada que me hizo decir alguna que otra lindeza, todas dedicadas únicamente a él.

—Avisado estás, te encuentras en la posición perfecta para darte, así que… yo solo lo digo —continué.

Siguió sin levantarse, agachado dentro del agua, lo que quería decir que su cara quedaba a la altura de mi barriga.

Me crucé de brazos y el muy descarado, con la vista fija en mis pechos, se lamió los labios. Me entró de todo por el cuerpo y de repente hizo muchísimo más calor.

—Gracias, preciosa. Tendré en cuenta tus sabios consejos.

Me hizo un guiño.

—Por la cuenta que te trae… —suspiré—. ¿Qué querías preguntarme?

—Oh, sí. Ahí va. Si tú y yo follamos, ¿qué somos?

—Romeo —me reí, con un agobio impresionándote—. ¿Qué narices te pasa? No habrás tomado sustancias raras, ¿verdad?

—Seríamos unos afortunados —se respondió a sí mismo, ignorando mis palabras.

Sonrió ampliamente el muy descarado y yo no pude parar el ataque de risa nerviosa.

—¿Y por qué seríamos unos afortunados? —Quise saber, cuando me tranquilicé.

—Hoy en día no es tan fácil…

Nos señaló a ambos, con una ceja ligeramente arqueada y una sonrisa ladeada que le hacía una cara de pícaro…

—Claro, hombre, y quieres que me crea que tú no…

—Tendrás que descubrirlo.

—Como si no tuviera otra cosa que hacer que ponerme a investigar tu pasado amoroso.

—No conseguirías sacar nada —me picó.

—Quién sabe, cuando me lo propongo soy muy buena como detective. Más de lo que puedes llegar a imaginar, aunque también te digo que no pierdo el tiempo en buscar si algo o alguien no me interesa.

Sonreí, al ver la cara que puso.

—¿Me estás diciendo que no te intereso?

Se acercó del todo a mí, moviéndose dentro del agua sin levantarse.

—¿Qué…?

No llegué a terminar de hacer la pregunta porque cuando dejó de mirar hacia arriba y cortó conmigo el contacto visual, el calor y la suavidad de sus labios en mi barriga me dejaron sin respiración.

Me estremecí, no pude evitarlo ni controlar la reacción para que no percibiera hasta qué punto me afectaba.

Romeo lo notó, por supuesto, porque no separó la boca de mi piel.

Al primer beso le siguieron varios más por la misma zona y cuando me recompuse un poco e iba a hablar, no me dio tiempo a hacerlo.

De repente, me vi saltando por el aire. No me di cuenta de que Romeo se preparaba, ni de cuando sus brazos me rodearon las piernas por debajo del agua, tampoco del momento exacto en el que se levantó llevándome con él, para lanzarme al agua.

Todo sucedió demasiado deprisa, por lo que di gracias a que tuve el tiempo justo para cerrar la boca, antes de hundirme por completo en el agua. Los ojos también los cerré, en un acto reflejo.

En cuanto me recuperé y tuve la estabilidad suficiente para incorporarme, salí de golpe del agua y lo busqué, mientras tosía un poco.

Tuve que dar un giro completo para quedarme de cara a él.

—¿Quieres dejar ya de hacer ese tipo de juegos? —hablé alzando la voz, con la respiración entrecortada.

Me retiré el pelo de la cara, con rabia y con un mosqueo impresionante. Ya he comentado lo mal que llevaba que los demás decidieran cuando me mojaba o no.

Me sentía tan acelerada que no lo dejé hablar, continué yo.

—Joder, casi se me corta la digestión con lo que has hecho. Ahora ha sido una zambullida y antes de que me cogieras para traerme aquí, poco faltó para que me tiraras de la cama balinesa.

—¿No crees que estás exagerando bastante? —Elevó las cejas.

—Pues no. ¡Por qué tú lo digas! A ti te parecerá gracioso y no te tomas nada en serio, pero eso no quiere decir que los demás lo reciban de la misma manera.

¿Es que no has visto lo que me cuesta mojarme?

Joder, que tenía la piel ardiendo y el agua, aunque no está tan fría, para mí, por cómo estaba, sí.

Solo te digo que seas un poco más delicado, joder. Por favor.

Puse los ojos en blanco y me giré. Le di la espada para calmarme un poco, pero Romeo no me dio tiempo para conseguirlo.

—Ven aquí —dijo.

Tiró de mi mano cuando se puso de pie y volví a quedarme frente a él.

—¿Qué quieres? —susurré.

—Que no te enfades por las tonterías que hago.

Colocó las manos en mis caderas y me acercó a él, pegando mi cuerpo al suyo. Cuando ya no había ni una mínima distancia que nos separara se inclinó hacia mí y me dio un beso en los labios.

—Pues ten un poco más de tacto —continué susurrando.

—¿Y por qué debería de tenerlo?

Me mordisqueó el labio inferior, al hablar con toda la pasividad del mundo.

—Romeo, de verdad, parece que te falta un tornillo.

Bufé.

—Tendrás que averiguarlo… —dijo con diversión.

—¡Anda y que te den!

Me separé de él y le di la espalda, para comenzar a salir del agua. No miré hacia atrás, me mantuve firme mientras me dirigía a la cama balinesa. Me había puesto de mala leche. Joder, ¿dónde había quedado la sutileza?

Aunque por otro lado también me había excitado.

Mierda de niño pijo.

Comencé a reírme porque en el fondo tenía que reír sí o sí, Romeo era un caso perdido. ¿Qué pensaba, que iba a pasarme los tres días del festival averiguando toda su vida? Iba apañado si era así, como sus respuestas continuaran siendo tendrás que descubrirlo, averiguarlo.

Mi objetivo no llegaba tan allá.

Me gustaba muchísimo y sentía una complicidad muy grande con él, en algunos momentos, pero no era como para perder la cordura por un tío con el que solo existía una fuerte atracción. No lo conocía de nada.

Ahora que se lo currase…

—¿Vas a tenerme los tres días detrás de ti, serio y enfadado? Antes te mando de vuelta con tu familia.

Su amenaza me provocó una carcajada, mientras me sentaba en la cama balinesa.

—Ya ves tú qué problema tengo con eso —le dije, dejándole claro que para mí no suponía ninguna provocación—. Hazlo cuando quieras, pero a partir de ese momento dejas de existir para mí. Ni se te ocurra acercarte.

—El cuándo lo decido yo, no tú.

Rio sentándose a mi lado.

—Madre mía. —Me froté la cara—. La que me ha caído contigo.

—¿Tenías acaso mejor plan que pasar unos días junto a mí?

Lo miré seriamente y no le contesté.

Decidí ignorarlo para no alterarme de nuevo, o más, porque todavía no se me había pasado el mosqueo por su bromita .

Me tumbé para relajarme y él, en silencio, hizo lo mismo muy pegado a mí. Sabía cómo provocarme.