Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 8
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Capítulo 8

Romeo y yo brindábamos de vez en cuando con nuestras mejores sonrisas, chocando las cervezas.

En algunos momentos me sentía incómoda, porque él volvía a caer en lo mismo. Hacía rato que tenía el móvil sobre la mesa y lo que menos me gustaba era que parecía como si esperase algo de su teléfono, el que miraba continuamente.

No era que se le fuesen los ojos hacia él a cada minuto, pero sí cada diez, por poner un ejemplo. Las miradas de Romeo hacia la pantalla no eran por casualidad, sino que parecía que alguien le escribía y él no tardaba en contestar.

Tenía la sensación de que estaba en continuo contacto con alguien. Podían ser perfectamente asuntos de trabajo, o conversaciones entre amigos, claro, pero mi instinto me decía otra cosa muy diferente. Más que nada porque en algún que otro momento intentaba esconder la sonrisilla que le salía sola.

Para mí no tenía sentido, por mucho que le daba vueltas, y esta situación me incomodaba porque, si algo tenía yo era que a cabezota y a cojones no me ganaba nadie cuando veía que algo, bajo mi punto de vista, no estaba bien.

Y no, no iba a preguntarle ni a montar ningún numerito. Eso estaba descartado, pero yo también podía y sabía dar mucho por saco con el móvil, hasta aburrirlo para que me dijese que parase, entonces podría proponerle que lo apagásemos los dos. Deseaba ver cuál era su reacción.

Algún fallo debía tener, claro estaba, y no sería el único, pero me incomodaba mucho que pudiese estar pendiente de otra mujer mientras se entretenía conmigo.

—Te has puesto muy seria.

Colocó su móvil bocabajo a un lado, después de contestar uno de esos mensajes.

—No, para nada.

Mentí y fingí, que de vez en cuando era una experta.

En ese momento comenzó a escucharse la música del festival y los aplausos de la apertura.

—Empiezan los tres días de locura.

—Imagino que no solo de locura, ¿no? La gente vivirá sus ratos de relax en la isla.

—Con la música de fondo.

—Eso sí.

Sonreí. Tampoco era molesta y se escuchaba a lo lejos. Obviamente contra más cerca de la parte norte, mayor sería el volumen.

Apretó mi pierna con cariño, mientras me miraba de esa manera tan provocante y sensual. Controlaba cada uno de los músculos de su cara para parecer más interesante.

Le salía de forma natural y a mí me provocaba una revolución en el estómago.

Romeo sabía cómo manejar el terreno, perfectamente. Se veía que tenía demasiadas tablas y que las usaba para conseguir todo aquello que desease.

A mí me ganaba a pasos agigantados, pero… su móvil me causaba mucha inquietud.

No había nada peor en este mundo que tener una corazonada y que esta no fuese buena.

—Así que viniste a unas vacaciones de relax y te las he puesto patas arriba —me dijo.

—Bueno, tampoco tanto.

Reí nerviosa.

—¿Segura?

—¿Quieres dejar de analizarme tanto?

—No, no quiero. —Me hizo un guiño.

Se acercó sonriente y me dio un pico. Luego me mantuvo la mirada, sin perder la curva que se le formaba en sus labios.

¿Qué estaba haciendo yo aquí, con un desconocido al que parecía que conocía de toda la vida, pero el guardaba algún que otro secreto?

Solté un suspiro, antes de darle un sorbo a la cerveza.

Vi unas cuantas caras más conocidas e importantes, pero no tenían nada que ver con las redes. Lo que más predominaba eran las personas desconocidas que se hacían fotos por todos los rincones.

Esta isla tenía su rollo y glamur, pero para mí lo que la hacía más especial era la compañía de Romeo. Sus atenciones hacia mí y sus gestos conseguían que se me olvidasen, por momentos, sus ratos con el móvil. Hasta que volvía a caer en lo mismo.

Después de un par de cervezas nos fuimos dando un paseo hacia el festival. Nos compramos por el camino un cartucho de patatas recién hechas, de un puestecito de madera que era una cucada.

Aproveché para pedirle a Romeo que me sacara una foto con el cartucho, delante del carrito. Salí haciendo una postura como si estuviera comiéndome una, levantando la cabeza con cara de satisfacción.

Romeo sonrió al devolverme el teléfono, con la última imagen en la pantalla. Me vi en todas las que me sacó y la verdad es que me quedé impresionada, por las tomas en primer plano tan buenas que me hizo.

El festival brillaba con luz propia. Llegamos tras el paseo que fue de lo más apetecible, a pesar del calor que hacía.

A pie de playa había hamacas, a ambos lados de donde estaba la movida, y un montón de gente que ya bailaba animada en la arena o en la orilla del mar.

Me quité la camiseta, para quedarme con la parte de arriba del bikini y el pantalón corto vaqueros. Caminamos cerca de la orilla, yendo hacia la parte más tranquila del festival, donde aún quedaban algunas camas balinesas libres.

Me encantaba el ambiente tan bueno que se respiraba, ni siquiera se notaba el bullicio continuo. Poder disfrutar del festival desde cualquier parte, incluso desde bastante distancia, era maravilloso porque no sentías agobio en ningún momento.

Fuimos directos a una de las camas y al llegar dejé el bolso playero sobre ella, donde metí doblada mi camiseta, el pantalón corto que me quité y la ropa de Romeo que me dio.

Cuando terminé nos descalzamos y colocó a un lado el bolso, mientras me aseguraba que no tenía que preocuparme por él, ya que había mucha seguridad, aunque a la mayoría no la distinguiera porque iban vestidos para pasar desapercibidos entre los visitantes.

Nos quedamos en trajes de baño y nos sentamos en la cama, poco tiempo después se acercó a nosotros un camarero.

Romeo le pidió un par de cervezas y una tabla con distintos tipos de carnes a la parrilla, tal y como nos recomendó el chico.

—No puedes estar provocándome continuamente con ese cuerpo.

—Romeo…

Puse los ojos en blanco, pero al mismo tiempo la risa me salió sola.

Al hablar había sonado muy italiano y con el movimiento que hizo con las manos hacia arriba, fue muy gracioso.

—Romeo, nada. Esto es un continuo despropósito hacia mi persona —dijo, como ofendido.

—Sí, ya… —carraspeé.

—Luego, cuando no tenga freno, no te quejes.

—¿Lo has tenido desde que te conozco? —Elevé una ceja.

—Me he contenido desde el principio —rio.

—Eso es mentira.

Reí también.

—¿Me estás llamando mentiroso? Si por mí hubiera sido, desde que te vi en la piscina te tendría atada al cabecero de mi cama.

—Es lo más gracioso que has dicho desde que te conozco. —Solté una carcajada fuerte—. Eso si yo te lo hubiera permitido.

Sonreí.

—Y si no también —me retó.

Echó una carcajada y la estúpida risa mía continuó.

—Hola, Romeo.

Una jovencita se acercó a saludarlo, con una sonrisa de oreja a oreja. Ni me miró, solo tuvo ojos para él.

—Hola, Regina.

Se levantó para darle dos besos.

—He llegado hoy con mi hermano.

—Sí, me comentó que vendría. ¿Todo bien?

—Todo genial. Gracias por invitarnos a tu isla.

—Siempre seréis bienvenidos.

Acababa de salir el gordo de la lotería. ¿Gracias por invitarnos a tu isla? ¿A tu isla? ¿En serio? Me quedé sin respiración durante un breve instante.

El camarero llegó justo cuando la chica se fue y nos dejó en una mesa baja las cervezas y la tabla con las carnes a la parrilla.

—Dime que lo que he escuchado no es cierto —le pregunté en cuanto nos quedamos solos.

—No sé a qué te refieres.

Me regaló una sonrisa ladeada.

—Lo sabes muy bien —reí nerviosa—. Romeo… la isla.

—¿Qué le pasa a la isla?

Comenzó a mirar hacia los lados, buscando algo.

—¡Eres tonto! —Solté una carcajada.

—¿Qué más da de quién sea la isla? —me preguntó, aguantándose la risa.

—¡A mí con ese cachondeo no! ¿Es tuya o es una broma?

—Este fue mi proyecto más ambicioso.

—Ay Dios.

Me llevé las manos a la cara y terminé frotándomela, con los nervios disparados.