Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 6
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Capítulo 6

Nos sentamos en unos sillones con respaldo que había al lado del bar, frente a unas mesita pequeña y redonda de madera.

Pedimos un par de cubatas de ginebra con tónica.

La noche estaba perfecta. El mar se mecía suavemente en la orilla, la luna llena brillaba en el agua, por toda la isla, mientras la brisa era como una caricia constante, tocándote la piel. Todo te adentraba en un estado de tranquilidad y paz.

Sonreí al contemplar en el cielo una estrella fugaz. Ambos la habíamos visto.

—¿Has pedido un deseo? —me preguntó Romeo.

Su sonrisa era parte de la calma.

—Sí. ¿Y tú?

—Claro —sonrió.

—Pues suerte.

Reí nerviosa.

—Lo mismo he pedido por los dos —dijo.

—En el mío también cabe esa posibilidad.

—¿Habremos pedido lo mismo?

—No lo sé, pero si se revela dicen que ya no se cumple.

—¿Y por qué no nos la jugamos y retamos al destino?

—Eres muy valiente, por lo que veo.

Negué riendo.

—¿No te da la sensación de que es cómo si nos hubiéramos encontrado después de habernos buscado por mucho tiempo?

—Yo tengo la sensación de conocerte de toda la vida. Es raro.

—Pero no has estado en los momentos más importantes, esos que aún desconocemos el uno del otro. Nos estábamos buscando.

—Tú lo que tienes es más peligro que un niño chico con un dardo —reí.

—¿Te doy miedo? —sonrió.

—No, no me das miedo, pero te estoy viendo venir.

—¿Qué has pedido?

—¿Qué me das a cambio si te lo digo?

—El beso que has pedido…

Acababa de dejarme con la boca abierta, aunque él no se dio cuenta porque conseguí mantener los labios cerrados.

—¿Y cómo estás tan seguro?

—Porque es lo mismo que he pedido yo.

Sin esperármelo me dio un pico y tan rápido como se acercó, se echó hacia atrás con una sonrisa de oreja a oreja.

Muerta, me dejó más que muerta.

No supe cómo reaccionar, solo me limité a reír nerviosa, mientras me decía a mí misma que esto estaba superándome.

—¿Sabes que mañana, en la isla que está hacia allí, se celebra un festival de tres días?

Señaló la dirección hacia el mar, para que supiera a qué isla se refería.

—¿Y de qué es el festival?

—De los ochenta y actual.

—¡Hostia, que guay!

—¿Nos animamos?

—¿Y cómo se saca la entrada?

—Yo tengo varias en mi móvil, estoy invitado. Se va en lancha taxi.

—¿Y a qué hora sería?

—Comienza a las doce de la mañana y estará en abierto durante tres días.

—¿Iríamos un ratito?

—Mujer, si tuviésemos la suerte de que tus padres se fiasen y te dejasen estar los tres días, me lanzaba de cabeza a desaparecer ese tiempo contigo.

Obviamente me estaba picando.

—Perdona, pero la decisión es solo mía. —Elevé las cejas—. Como si tuviera que pedirles permiso… —Puse los ojos en blanco.

—Ya —rio—. Tú llámalos y les preguntas.

Me encogí de hombros.

—Dame el teléfono desbloqueado —me pidió, sorprendiéndome—. Voy a hablar con tu padre.

Se lo di pensando que cuando se llevó mi móvil a la oreja estaba engañándome para hacer una broma, pero no, vamos que lo llamó sin dudarlo en ningún momento.

Lo más asombroso fue con la naturalidad que le contó a mi padre lo del festival y que estábamos pensando en ir.

Estaba claro que yo sabía que mi padre le iba a responder que yo soy mayorcita para tomar mis propias decisiones y que, si yo quería, no tenía razón para oponerse.

Y como era de esperar, así fue…

—Dice que si quiero podemos irnos esta misma noche —comentó cuando colgó.

Solté una carcajada porque supe que eso se lo había sacado de la manga.

—Lo que mi padre te ha dicho es que yo haga lo que quiera.

Sonreí.

—En absoluto, me ha ofrecido dinero si te quito de en medio hasta el último día. No sé qué tiene en tu contra.

Mientras hablaba negaba con la cabeza, en un gesto claro de que no lo entendía.

Me reí a carcajadas.

—Entonces, para que yo me entere —carraspeé—. ¿Cuál es el plan?

—Salir de aquí mañana, después de desayunar y con ropa para tres días.

—¿Y dónde dormiremos? ¿Al aire libre?

—Tranquila, tengo alojamiento.

—Tú sí, pero yo no. Y no estaría bonito dormir con un hombre al que conozco de un día, por muy bien que me lleve con él.

—¿Nunca te has acostado con nadie en la primera noche?

—Paso de ti.

Me reí nerviosa.

Sabía cómo buscarme y cada vez estaba más suelto. Romeo era la versión de mi hermana, pero en hombre. Un gran peligro.

Ni corto ni perezoso volvió a acercarse a mí y me dio otro pico, a la vez que me agarraba de la mejilla y me sonreía mirando hacia mis labios, de manera descarada.

Era extraño lo que estaba comenzando a vivir con Romeo y a la vez fascinante.

Me daba mucho morbo.

Irme al festival con él me parecía muy interesante, pero a la vez me daba vértigo, por la velocidad que planeábamos ciertas cosas. Esto había surgido de manera tan espontánea…

Acabábamos de conocernos y ya nos íbamos tres días de locos por la vida.

No sabía si reírme o llorar…

Llorar obviamente que no iba a hacerlo, pero reír me estaba riendo y seguiría haciéndolo, porque estaba viviendo un momento muy bonito con alguien al que estaba descubriendo.

Todo lo que estaba dejándome ver de él me gustaba mucho, menos cuando miraba su móvil, que, aunque no lo hacía constantemente, cuando era el caso parecía que siempre estaba esperando un mensaje.

Debo decir que desde que estábamos solos el único teléfono que había tocado era el mío, para llamar a mi padre.

Hablamos de los viajes que habíamos hecho y de los lugares que teníamos como favoritos.

Ambos coincidimos en que Filipinas dejaba huella y que México, sobre todo, la península de Yucatán era un lugar que te dejaba siempre con ganas de regresar, por muchas veces que fueses.

Romeo había estado en México en cuatro ocasiones, una menos que yo.

Teníamos cosas en común, por ejemplo, que los dos vivíamos con nuestros padres, a pesar de tener nuestras propiedades. Coincidíamos en que no había nada como estar en la casa familiar, cuando había una buenísima relación basada en la unión, el cariño y el respeto.

Otra de las cosas que nos hacía en algunos aspectos similares eran los idiomas. Tanto él como yo hablábamos los más importantes, incluido el árabe, cosa que me pareció fascinante.

Era un tío culto. Me contó que tenía varios másteres y dos carreras universitarias, ya que siempre le habían gustado muchos los estudios y enriquecerse del conocimiento.

Aparentemente era el tío perfecto.

La noche estaba animadamente en calma. La música no sonaba muy fuerte, pero era movidita y se entremezclaba con el sonido del mar.

No solo la luna nos iluminaba, también las luces de muchos farolillos, con velas dentro, que hacían un ambiente muy acogedor.

Romeo me besaba desprevenidamente y sin previo aviso. Tampoco lo necesitaba, porque yo aceptaba encantada todo lo que me daba.

Él buscaba la complicidad en mis ojos, para interpretar cómo me hacía sentir con sus impulsos. Me daba la sensación de leerle la mente en muchos instantes, de la misma manera que Romeo hacia lo mismo con la mía.

Era desconcertante, pero al mismo tiempo tan interesante…

Mientras nos reíamos con complicidad pensé en lo increíble que era que alguien pudiera llegar de repente y entrar en tu vida con tanta fuerza, como para cambiar todos tus planes.

Los míos eran diez días de desconexión familiar, los que se iban a torcer al segundo día, ya que dejaría tirados a mis padres y a mi hermana para perderme en el festival. ¿No era una locura?

No era algo que me preocupara, me refiero a que ningún miembro de mi familia se lo tomaría a malas.

Al fin y al cabo, todos íbamos a lo nuestro, buscando sentirnos bien en las vacaciones que eran por y para nosotros.

Independientemente de cómo se fueran desarrollando, lo importante era disfrutarlas.

Me parecía fascinante todo, estaba como en una nube.

Romeo comenzó a besarme con más continuidad y no dejó de tocarme el pelo, mientras sonreía mirándome.

Las palabras sobraban.

La noche estaba transcurriendo tan envolvente como nuestros abrazos. Porque sí, también hubo muchos de esos y cada vez que nos separábamos nos costaba más.

No fue hasta las dos de la mañana que nos fuimos caminando hacia nuestras villas, las que se encontraban muy cerca. Solo nos separaba otra villa.

Quedamos en vernos por la mañana y nos despedimos con un beso, pero no fue beso como todos los picos rápidos que fue dándome Romeo durante la noche.

Todo lo contrario, en este beso con el que cerramos la noche dimos rienda suelta al deseo que sentíamos. Un beso que nos costó terminar.