Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 5
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Capítulo 5

Eran las ocho de la tarde cuando llegué a la villa con mi hermana.

No sé quién fantaseaba más con los chicos, si ella o yo, pero ambas nos habíamos quedado de lo más prendadas.

Acordamos vernos con ellos después de cenar, en uno de los bares de copas que había frente al mar.

Con nuestros padres reservamos para la cena a las nueve, en un restaurante de marisco. Así que mi hermana y yo fuimos directas a ducharnos, después de saludarlos en su villa, de la que todavía no habían salido.

Estaban como Dioses…

Dicen que el mundo está lleno de lugares que te hacen desconectar de todo. Este era uno de ellos. Apenas había mirado el móvil ni nada de mis redes.

Con Romeo me sentía de lo más apartada de ese mundo digital, al que estaba tan arraigada por mi trabajo.

—Hermana, ¿me ves bien con este top?

—Estás estupenda y el color te resalta mucho el bronceado de la piel —le contesté.

—A ese voy a ponerlo hoy mirando hacia el Panteón de Atenas. Y el resto de los días hacia todas las islas griegas, empezando por Santorini.

Rio, hablando de Marco.

—Te pondrá él a ti, ¿no? —le pregunté con diversión.

—Perdona, me pondré yo y él no podrá detenerse ante las vistas, por lo que terminará mirando al Panteón. ¿Y quién lo habrá conseguido? Pues yo. Entonces, ¿quién lo pondrá mirando hacia allí? Acción y reacción —me dio su explicación totalmente razonable.

Me hizo un guiño, mientras se pintaba los labios frente al espejo del baño. Yo estaba secándome el pelo y solté una carcajada.

Según nuestros amigos Julia era la loca y la pizpireta, mientras que yo era la sensible y la borde. Ya, lo mío era un contraste un poco raro, pero era lo que había.

A los pocos segundos de estar preparadas nos llamaron nuestros padres y nos dirigimos hacia la villa de ellos, para ir juntos al restaurante de marisco donde íbamos a cenar.

—Si es que cada sitio que descubrimos es más bonito que los anteriores —comentó mi hermana, cuando llegamos.

Ocupamos unos sillones blancos que tenían unos asientos y respaldos acolchados muy cómodos. En la mesa había dos velas decorativas preciosas, una en cada lateral.

Mi hermana les contó a nuestros padres que habíamos conocido a unos chicos y a su madre. Les dijo que la mujer era fan de nuestra familia y que le habíamos prometido que nos tomaríamos una foto con ella, para que tuviera un bonito recuerdo de este viaje, a sumar a los demás.

Como ya sabíamos se lo tomaron super bien y no perdieron la sonrisa mientras escuchaban a Julia.

Cuando uno de los camareros vino a atendernos le pedimos una cazuela de marisco para cada uno, junto a una bandeja de langostinos a la parrilla de entrantes.

Don Ernesto, como le decíamos a nuestro padre en broma, se encargó de pedir una de las botellas de vino blanco que más nos gustaba. Él era un gran catador y daba siempre de pleno en sus elecciones.

Mis padres eran un ejemplo de amor, ese que hoy en día, como decía ellos, costaba mucho encontrar en la nueva era.

Justo cuando nos trajeron el vino aparecieron Romeo y Marco con sus padres, los que casualmente también reservaron en este restaurante para cenar.

Digo que fue casual porque era imposible que lo supieran para forzar un encuentro, ya que ni Julia ni yo lo supimos hasta que fuimos a saludar a nuestros, antes de ducharnos.

Nos levantamos a saludarlos y después de todas las presentaciones y de los saludos, se ofrecieron las manos sonrientes y comenzamos a hablar. Mis padres no tardaron ni dudaron en pedirles que se quedaran a cenar con nosotros.

Entre varios camareros unieron otra mesa a la nuestra, con sus sillones, y cuando estuvimos acomodados de nuevo la familia al completo de Romeo, incluido él, se animó a pedir la misma cena que nosotros.

Ambos platos tenían una pinta estupenda, como vimos disimuladamente en algunas mesas de alrededor.

Las madres comenzaron a conversar, al igual que los padres que se pusieron a hablar de fútbol, como no podía ser de otra manera. A mi padre le corría por las venas, incluso después de tantos años de haberlo dejado.

Por momentos Romeo me miraba sosteniendo la risilla de provocación que le salía sola. No podía ser más guapo el tío.

La noche había dado un buen giro, la cena se presentaba de lo más animada.

—¿Y bien? —me preguntó Romeo.

—¿Y bien qué?

Sonreí.

—No sé, ¿cómo te ha ido durante el tiempo que hemos estado separados? ¿Has podido superarlo sin echarme de menos?

—¿En serio me estás preguntando eso? —le hablé con sorpresa.

Del asombro pasé a reírme, solté una carcajada.

—De alguna manera tenía que comenzar la conversación —me dijo con un guiño, sonriéndome.

Con sus expresiones decía más que con sus palabras.

—Ya. Buena táctica.

Reí nerviosa.

Greta no dejaba de reírse con mi hermana. Julia no se callaba ni una y todo había que decirlo, lo que soltaba era con mucho arte. Esta noche estaba que se salía, tenía cada ocurrencia…

Los más mayores comenzaron a hablar de ir a tomar algo cuando termináramos de cenar, a una zona muy tranquila del resort, lo que a los más jóvenes nos pareció una idea genial. Se trataba de un bar en la playa que se ponía de lo más animado.

Julia no perdió el tiempo, en menos de media hora comiendo ya los había invitado a nuestra casa en España, a los cuatros. Francesco y Greta nos dijeron que las puertas de la suya también las teníamos totalmente abiertas.

Lo más gracioso fue que cuando Francesco comentó cuál era su compañía aérea, el negocio familiar, resultó ser la misma en la que viajamos nosotros hasta Atenas.

Algo llamó mi atención de Romeo, le pillé un fallo o varios, ya que desconectaba bastante a menudo para estar pendiente de su móvil. Y de vez en cuando veía de reojo cómo contestaba mensajes.

Que no se me entendiera mal, obviamente él estaba en todo su derecho de hacer lo que le diera la gana, pero no sé, me pareció raro.

Quizás era una tontería porque podía estar hablando con cualquier amigo, pero algo me decía, como una corazonada, que, de algún modo, había alguien en su vida.

Aunque si era el caso no debía ser muy importante y, por supuesto, nada serio, cuando tenía los ojos puestos en mí. Al menos esa era la impresión que me daba.

Siempre me llenaba la boca de decir que nunca sería la segunda opción de nadie, pero claro, aquí tampoco había pruebas de nada y no sería yo la que le preguntase. En definitiva, era su problema, si es que era cierto y él quería meterse en uno.

Entre Romeo y yo había mucha tensión. Se notaba, era más que evidente, por no hablar de mi hermana y de Marco. En ellos era exagerado el calentón que tenían.

Independientemente de lo que acababa de comentar sobre Romeo y su teléfono, en un momento de la noche colocó una mano en mi pierna, cerca de la rodilla y por debajo de la mesa. Así estuvo una buena parte del tiempo que estuvimos en restaurante.

No desaprovechó la oportunidad al estar sentados uno al lado del otro. Disimuló ante todos, tuvo mucho cuidado para que nadie se diera cuenta, para que solo lo supiéramos nosotros dos.

¡Me puso de lo más nerviosa!

Pero me encantaba, esa era la realidad, porque me hacía sentir cosas que me agradaban. Tenía mucha vibra.

Nuestros padres hicieron planes entre ellos, unos muy interesantes con los que iban a estar de lo más entretenidos los cuatro.

Pues sí que hicieron buenas migas, tanto que parecía que se conocían de toda la vida.

Disfrutamos muchísimo de la cena, comenzamos con los langostinos, con los nos chupamos los dedos, literalmente, y continuamos con las deliciosas cazuelas de marisco. Toda la comida estuvo espectacular.

Para el postre nos pedimos dos bandejas variadas de bombones helados, para colocar una en cada mesa y así compartirla entre cuatro.

En mi caso lo compartí con mi hermana, Marco y Romeo, ya que cuando unieron las mesas los hijos nos quedamos en una y los padres en la otra.

Los bombones eran crujientes por fuera, con helado por dentro y en el centro del todo tenían chocolate líquido.

Brutales, estaban brutales.

Y encima comiéndolos en un ambiente genial, porque parecía que todos nos conocíamos de mucho tiempo. En mi caso con Romeo notaba una conexión muy especial, la que con cada mirada se volvía complicidad.

Lo de mi hermana era fuego con Marco, poco faltaba para que se comieran el uno al otro, lo que aplacaban por el momento con sus risas, miraditas y susurros al oído que hablaban por ellos.

En el día a día, en mis rutinas, muchas veces tenía la sensación de que mi mundo iba más rápido de lo que yo lo vivía, pero aquí, en este lugar apartado de todo, sentía que se detenía en una armonía y bienestar de esos que te recargaban las energías, a la vez que te hacían sentir de lo más relajada.

Era feliz con mi vida, pero si bien es cierto es que la mayoría del tiempo me implicaba demasiado en mi trabajo. Disfrutaba de él creando el contenido que proporcionaba en mis redes y con la de infinidad de personas que me seguían, pero en ocasiones notaba la asfixia que suponía.

Me gustaba interactuar con las personas que dejaban sus comentarios en mis publicaciones, dentro de mis posibilidades porque era imposible contestar los miles de ellos que había en cada publicación.

Pero era eso, vivía condenada a un móvil del que ahora me estaba tomando mi tiempo. Eran mis días libres, mis vacaciones para desconectar de todo y conseguir de esa manera la paz mental y física que tanto necesitaba.

—¿Estás bien? —me preguntó bajito Romeo.

—Sí, claro.

Sonreí.

—Estás muy pensativa.

—En lo único que estaba pensando era en el relax que estoy sintiendo desde que llegué a la isla.

—Entonces bien, ¿no?

—Sí, claro.

—Es bueno desconectar de todo, pero, sobre todo, muy necesario para la salud y el bienestar personal.

—Estoy completamente de acuerdo.

Me hubiera gustado responderle que ya se lo podría aplicar él también, pero como no sabía de qué iba lo de estar tan pendiente a su teléfono y me parecía muy atrevido por mi parte, ya que era algo que no me incumbía, pues opté por el silencio.

Cuando nos terminamos el vino de la última botella que pedimos nos levantamos todos a la vez de la mesa, para salir del restaurante.

Al final cambiamos de planes, los padres nos dejaron a nuestro aire para darnos libertad. No lo dijeron, pero se les notó la intención.

Ellos se fueron hacia un lado para continuar disfrutando de la noche los cuatro juntos, nuestros hermanos más de lo mismo, en otra dirección, y nosotros, Romeo y yo, nos dirigimos donde teníamos previsto desde que se habló del bar de copas.