Capítulo 4
Nuestros padres nos avisaron de que se acostarían un rato tras la comida, en cambio nosotras nos fuimos en busca de uno de los bares acuáticos que tenía la piscina. El lago precioso que formaba estaba lleno de rincones increíbles.
Solo el paseo nos dio para tirarnos unas impresionantes fotos en las que los fondos, entre el contraste blanco y el turquesa, irradiaban una luz especial.
Simplemente quedaban perfectas.
Nos encontramos con uno de esos bares que estaban dentro de la piscina, tenía la barra completamente libre y no se veía a nadie alrededor, más que al camarero dentro de esta.
El pobre chico tenía todas las papeletas para que rompiésemos su paz.
Allá que fuimos…
—Buenas tardes —dijimos a unísono.
—Buenas tardes. ¿Qué os puedo servir?
El joven camarero nos sonrió, que por cierto era guapísimo y en el cartelito de su pecho ponía el nombre Ethan.
—A mí en estos momentos de mi vida me puedes servir para muchas cosas, pero mientras me eches un buen ron con mucho cariño y un poco de Cola cero, ya me estás sirviendo de mucho —le contestó Julia.
—Es muy dramática —comenté, por el tono en el que lo había dicho.
Ethan amplió su sonrisa.
—¿Lo mismo que ella? —me preguntó.
—Sí, pero sin tanto drama. —Le hice un guiño.
Mi hermana y yo rompimos a reír y contagiamos al camarero.
—¿Españolas?
—De pura raza. Tenemos hasta pedigrí —le contestó Julia.
—Se nota.
El chico tenía la risilla suelta porque ya estaba viéndose venir que cualquier cosa que dijese mi hermana iba a tener una de las suyas preparada.
—¿Hermanas?
—Claro, ¿acaso tenemos pinta de ser madre e hija? —Puso la puntilla ella.
—Si no fuera porque os parecéis podríais ser amigas.
—Si claro, o pareja. Si nos ponemos a buscar hipótesis… —suspiró.
—Lleva un rato que está enfadada con el mundo —le aclaré.
Me reí después de advertir a Ethan, a sabiendas de que mis palabras tendrían una reacción en Julia.
Mi hermana se subió un poco las gafas de sol por encima de sus cejas, me miró analizándome y puso cara de desprecio. Como ya dije, lo suyo era gesticular y montar su propia escena.
Ethan nos miraba con diversión y expectación. No podía quejarse, lo estábamos entreteniendo.
Yo aguanté la risa, mientras contaba los segundos para…
—¿Qué es para ti el mundo, hermana?
Habló con una tranquilidad a la que yo estaba acostumbrada, pero Ethan no.
Él arqueó una ceja.
—Repito, hoy estás enfadada con el mundo.
—Dímelo con tu carisma —me pidió.
—Vete a tomar por culo.
Solté una carcajada, al mismo tiempo que Ethan se giraba para reírse. Aunque intentó ocultarse fue evidente, por el movimiento de su espalda y sus hombros.
—Así me gusta, hermana.
Julia me lanzó un beso al aire y aplaudió unas cuantas veces.
En el momento en el que Ethan nos puso la bebida delante Julia cogió la suya enseguida, para dar un trago largo. Aparentaba estar feliz de la vida, aunque por dentro estaba envenenada por la publicación de su ex.
De fondo la música te envolvía… ¿En serio mis ojos estaban viendo lo que estaba viendo?
—Válgame el señor —murmuró mi hermana.
Pues sí, Julia acababa de confirmármelo. No era producto de mi imaginación.
—Y la virgen María —añadí.
Sonreí después de contestar entre dientes. Ethan se había dado cuenta por lo que lo decíamos y se le escapó una risilla, mientras observaba la escena con diversión.
Dos pedazos de tíos acababan de ponerse a nuestro lado, unos hombres que ni en mis mejores sueños los hubiera imaginado tan perfectos.
Obviamente esperaba que en cualquier momento aparecieran sus novias o sus mujeres. No creía que hubieran venido solos a un lugar así, a no ser que ellos fuesen pareja.
Creo que se me estaba cayendo la baba.
El dorado de sus pieles, sus cabellos en tonos rubios, las sonrisas perfectas, la piel brillante y peligrosa, por no hablar de sus cuerpos tan jodidamente definidos.
Sí, definitivamente se me estaba cayendo la baba y no podía remediarlo.
Nos sonrieron directamente cuando se encontraron con nuestras miradas, gestos que acompañaron con un saludo levantando sus manos.
Yo los imité como si fuese el reflejo de ellos en un espejo. Me quedé de lo más pillada.
—Espabila —me pidió mi hermana.
Se acercó a mí y me habló disimuladamente, en un tono muy bajo y sin apenas mover los labios, para que saliese del shock en el que me encontraba. Se me debió anotar claramente.
No conseguí reaccionar ni para mirar a Julia.
¿De verdad existían hombres tan perfectos? Me daba igual jugar al pito, pito, gorgorito, ya que el resultado iba a ser igual de emocionante.
—Carina —me llamó Julia.
Me hizo girarme un poco hacia ella, para que fuese el foco de mi atención.
—¿El del bañador celeste para ti y para mí el que lo lleva de color blanco?
—O viceversa —dije por fin, viniéndome arriba.
Me encogí de hombros y nos echamos a reír.
Los chicos tuvieron la cortesía de presentarse. Eran italianos y se llamaban Marco y Romeo. Tenían treinta años cada uno y eran mellizos.
—Dos hermanos para dos hermanas —dijo Julia en alto.
Ambos se rieron. Yo no sabía dónde meterme.
—Bueno, al menos no somos los dos únicos hermanos que vienen con sus padres de vacaciones a esta isla —indicó Romeo, por un comentario que le hizo mi hermana.
Romeo era el mío, el del bañador celeste que me había asignado mi hermana y a por el que tenía que ir.
¡Objetivo a la vista!
En menos de diez minutos hablábamos como si nos conociésemos de toda la vida, como si este viaje lo estuviésemos disfrutando juntos desde el inicio.
Ellos también habían llegado esta mañana y como nosotras, tenían por delante diez días. A huevo, estaba saliendo todo a huevo como solía decir mi hermano Dylan.
Eran muy graciosos y tenían unas personalidades arrolladoras. Es más, estaba claro que como hombres tenían un peligro más que evidente.
Como diría mi abuela, estos no se casaban con nadie.
A Julia se le pasó de golpe el berrinche que se había llevado, por lo de la publicación de su ex Nacho. Faltaba muy poco para que se le olvidara, al menos por el momento, por lo a gusto que estaba con Marco.
Él tenía echado el brazo por los hombres de mi hermana y ella le rodeaba la cintura a él.
Tal cuál y como si fuese tan normal entre ellos.
A mí me daba que esta isla perdida de Grecia iba a dar mucho de sí…
Al cabo de un rato Romeo y yo nos encontrábamos sentados en el borde de la piscina, tomando una copa cada uno y charlando, mientras nuestros hermanos estaban sentados en la barra acuática, con un tonteo que se veía a leguas y que hacía presagiar que estallarían en cualquier instante.
Menos mal que minutos atrás Julia estaba enfada por lo su ex, del que ya ni se acordaba. Mejor, me alegraba por ello, pero me hacía gracia.
Romeo y yo hablamos acerca de nuestros trabajos y en un momento dado me confesó que Marco y él nos reconocieron en cuanto nos vieron en la barra, por lo que supieron quienes éramos.
Como comenté con anterioridad, Julia y yo nacimos en una cuna en la que la historia de nuestros padres y el interés mundial que creaban nos hicieron colarnos en millones de casas, a lo largo de nuestras vidas.
Y si a eso le sumábamos que los hermanos italianos nos habían visto multitud de veces en las redes…
En el caso de ellos, trabajaban en el equipo directivo de la compañía aérea de su padre. Casi nada.
Otros que habían nacido descalzos…
Principalmente lo hacían desde cualquier parte, porque todo era a través del portátil o el teléfono. Los meses de julio y de agosto se los tomaban totalmente de descanso, aunque por la risita con la que me lo contó Romeo no supe si algo iba con ironía o era verdad.
Su padre se llamaba Francesco y su madre Greta. Me habló de ellos muy felizmente.
Se notaba que sentía un profundo amor y admiración por sus progenitores. Dato en el que también coincidíamos Julia y yo.
Decidimos ir a la barra acuática con nuestros hermanos y en cuanto nos sentamos junto a ellos, un camarero se acercó a Romeo y a mí y nos sorprendió con un helado para cada uno. Eran de nata con sirope de caramelo, servidos sobre una canasta de galletas Lotus.
A Julia y a Marco también les puso lo mismo sobre la barra.
—Pues sí que está bueno —dijo Romeo.
—Está tremendo, estoy por pedirle otro —comenté.
—Nada te lo impide. —Me hizo un guiño.
Me miraba de una manera que conseguía que muchos de mis sentidos se despertasen. Estaba claro que entre nosotros había nacido una química difícil de obviar.
—No me toques las palmas que me conozco —reí.
—Imagino que quieres decir que te animas —sonrió.
—Eso mismo.
Terminé de comerme una galleta, después de haberme acabado el helado.
—Hijos, qué bien acompañados os veo.
La voz de una mujer nos hizo girarnos a los cuatro.
Era la madre de nuestros nuevos amigos , lo dejó claro al referirse a ellos como hijos y porque habló en italiano.
—Mamá —le habló Romeo, con una sonrisa—. Mira qué española más guapa he conocido. —Me señaló.
—Por favor, sé quién es —dijo emocionada—. Carina, una de las preciosas hijas de Ernesto y de Carlota. Y su hermana —señaló a Julia— que está con tu hermano.
—Hola —la saludamos ambas, levantándonos.
Nos dimos dos besos.
—¿Qué tal vuestros padres? Siempre he seguido vuestras vidas. Sois una familia preciosa.
—Gracias —le sonreí—. Hemos venido con ellos. Llegamos hoy también, pero han preferido descansar un poco después de comer.
—No me lo creo. —Se puso las manos en el pecho— Voy a ver en vivo a mis personas famosas favoritas.
—Qué linda —le dije, acariciándole la espalda con cariño.
—¿Y papá? —le preguntó Romeo.
—Ha querido ir un rato al gimnasio y por ahí yo no paso —rio y sonreímos.
—¿Has visto la suerte que he tenido? —le preguntó Marco a su madre, levantando una mano de mi hermana.
—Ni que lo digas. Cuida a Julia que soy muy fan de su familia.
Mi hermana sonrió al escucharla.
Greta nos acompañó en la barra, se puso al lado de Romeo y pidió un café, el que el camarero acompañó con otra canastilla con helado y galletas Lotus, como nos dio a nosotros.
Se veía una señora muy elegante, moderna y cuidada. Tenía un cuerpazo y su bañador blanco, con los complementos en dorado, le sentaba de maravilla.
Me comentó que en la otra parte de la isla había un rincón precioso lleno de detalles, para hacerse unas fotos idílicas. Y eso que todo el resort tenía muchísimos para hacerlas.
—Pues allí iré con tu hijo, para hacerme unas cuantas y presentarlo en sociedad —le dijo Julia.
Mi hermana era así, soltaba cosas que te dejaban roja como un tomate o blanca como la pared. Menos mal que todos carcajearon y ya pude reírme entre dientes.
La cara de Marco fue de lo más graciosa, mientras miraba hacia todos nosotros con gesto de terror.
No podía ser más mono, como su hermano. Vamos, que sus padres se quedaron a gusto con la que liaron la noche fogosa, fruto de la que nacieron los mellizos.
Mi hermana estaba a gusto y se le notaba, no dejaba de hacerme guiños o burlas, según como le apeteciera.
La madre de Marco no dejó de reírse con las cosas de Julia.
Al menos le caímos en gracia…