Capítulo 3
Había pasado una semana desde que mi padre comentó lo del viaje y decidimos irnos a la isla de Grecia.
Nos encontrábamos a punto de abordar el vuelo, un vuelo que iba a comenzar un poco… ¿movidito?
Ya te digo que sí.
Pasamos la puerta de embarque por prioridad y recorrimos el túnel para abordar el vuelo, pero cuando estábamos muy cerca nos encontramos con una parejita que iba por delante de nosotros. Pertenecían a clase turista y claro, a eso había que sumarle que no eran famosos como nosotros.
¿Qué se le ocurrió a la pobre azafata? Frenarlos e indicarnos que entrásemos primero.
¿Qué se me ocurrió a mí que iba la primera de mi familia? Frenar a mi hermana y a mis padres a mi espalda.
—Pasen, por favor —nos indicó la azafata.
Bufé antes de contestarle.
—¿Acaso estas dos personas son unos floreros o unos adornos para que tengamos que pasarlos por encima?
—Ustedes tienen prioridad —me contestó la azafata.
Sonrió.
La parejita me miró con timidez.
—¿Prioridad? ¿Vamos a llegar antes que los demás? La prioridad es para las colas, pero no para apartar a dos personas como si fueran menos que los demás.
Le hice un gesto a los chicos para que pasasen.
—Pasen —les indicó la azafata.
—Gracias —la pareja me sonrió agradecida.
—Eres una gran persona —me dijo la chica en este caso.
El novio asintió corroborando sus palabras.
—Nada que agradecer. Feliz viaje.
Pasaron y luego lo hicimos nosotros.
Mis padres se sentaron juntos y mi hermana y yo detrás de ellos. Éramos, por ahora, los únicos que íbamos en primera clase.
—Has dejado a la azafata planchada —me dijo mi hermana.
Soltó una risilla, a la vez que sacaba el móvil de su bolso. Se tomó unas fotografías sola y en otras salimos las dos, antes de que pusiera el teléfono en modo avión.
—Joder, que ya iban para adentro, no teníamos ni que esperar. Quieren quedar tan bien que hacen cosas feísimas y al final terminan quedando como el culo.
—Ya, lo has hecho muy bien. Además, si no lo hubieras dicho, no serías tú.
Nos reímos.
Sí, yo era de esas personas que no permitían que a nadie se le tratase mal en mi presencia, y menos cuando era por la diferencia de clases.
Por mucho que hubiese nacido en una cuna con una posición económica muy afortunada, no significaba que me sintiese por encima de nadie, todo lo contrario.
No admiraba a la gente por su cuenta, ni por las prendas de marcas que vestían, ni por los flamantes coches o casas. Las admiraba por lo que resplandecía de ellos como personas.
Si algo nos enseñaron nuestros padres a los tres, desde bien pequeños, fue que el dinero puede desaparecer tan rápido como llega. Puedes estar muy arriba que, sin esperarlo, por lo que menos puedas imaginar, en cuestión de horas puedes perderlo todo y verte muy abajo.
Que no por eso dejaba de usar bolsos caros y me permitía mis buenos caprichos, esos hechos que no tenían nada que ver con mi parte empática, solidaria y de apoyo a las ONG que sabía que trabajaban con transparencia y se enfocaban en los más desfavorecidos.
Tenía mi lado bueno y mi lado malo.
¿El malo? Ese que salía cuando algo me tocaba las narices y me volvía la más irónica del mundo. No te decía lo que querías escuchar, eso nunca, soltaba lo que realmente pensaba, porque si me pedían opinión o me tocaban las narices, en ambos casos sacaba mi carácter.
A intensa no me ganaba nadie, para bien o para mal.
El vuelo lo pasé viendo una serie de Netflix que descargué con esta idea, así que ni me enteré del tiempo. Para cuando me fui a dar cuenta ya estábamos aterrizando en Atenas.
En el mismo aeropuerto abordamos un vuelo ultraligero privado que contrató mi padre, este nos llevó hasta la pequeña pista de aterrizaje de la isla.
A pie de ella nos recogió un chófer y nos trasladó hasta la recepción del resort que era en abierto y una verdadera fantasía.
El lugar prometía mucho para hacer un buen contenido.
Todas las instalaciones eran prácticamente una piscina sobre la que había puentes que llevaban a las villas de madera, estas se encontraban encima del agua.
También había plataformas grandes con restaurantes y bares, además de los que se encontraban por los alrededores de las playas que bordeaban la isla.
Y la joya de la corona era el mar que rodeaba toda la isla y que tenía zonas recreativas.
Un empleado con un carrito eléctrico nos llevó a las dos villas que estaban correlativas. En una se instalaron mis padres y en la otra nosotras.
—Esto es brutal, brutal…
Decía Julia, mientras abría las puertas de cristal. Estas daban a una terraza con una pequeña piscina preciosa y a las escaleras que llevaban directamente a la parte de la piscina grande sobre la que estábamos nosotros.
También había una mesa con cuatro sillas que se veían comodísimas y una cama balinesa. Era el paraíso.
Mi madre se asomó desde su terraza y alzó la mano hacia nosotras, con una copa de vino y una gran sonrisa.
—¡Pronto empiezas, madre! —le dijo Julia.
Reí mientras pensaba en copiarle la idea, porque una copita en la mano con esta estampa de fondo sería una buena historia para mis redes.
La villa tenía muchas cosas y entre ellas se encontraba la nevera de vinos. Me dirigí hasta ella para coger una de las botellas de vino blanco, el que serví en dos copas.
—Toma, cariño —le ofrecí la suya a mi hermana, cuando llegué junto a ella de nuevo.
—Gracias —me sonrió y de me dio un beso en la mejilla.
Las dos hicimos lo mismo, pero en direcciones opuestas. La primera fotografía nos valió, por lo que ambas las subimos a las redes.
Me encantaba ver el contraste de la madera blanca sobre el azul que nos rodeaba, en forma de lago de la piscina y el del mar. Era impresionante e hipnotizador.
El equilibrio para la vista era un verdadero chute de relax y bienestar. El ruido visual me provocaba mucho desconcierto y era muy cuidadosa con los colores que usaba en mi vida.
Por eso este lugar me parecía de lo más armónico.
Cuando sonó el timbre fui a abrir la puerta, para darle paso al empleado que traía nuestra comida en una gran bandeja.
El chico la llevó a la mesa de la terraza y nos deseó buen provecho y buena estancia, antes de irse.
Cuando llegamos a la recepción dejamos pedido que nos trajesen la comida a cada villa, para comenzar tranquilos.
Julia y yo, al ver las opciones que había, nos decantamos por unos tacos pequeños y crujientes con verduras, pollo, guacamole y salsa blanca de yogurt. Estaban servidos en dos tablas, con seis de ellos en cada una, y perfectamente colocados para hacerles fotos. Como es obvio se las hicimos.
También nos trajeron una cesta con nuggets , estos se le antojaron a mi hermana, y una ensalada de pollo que fue mi capricho. Ambas cosas las íbamos a compartir.
—Por la salud —dije.
Brindé chocando mi copa con la suya, antes de comenzar a comer.
—Sobre todo por la mental —especificó.
—Uy, que tú digas eso…
—No, no me pasa nada. Bueno sí, pero no.
—Suelta lo que sea.
Alcé las cejas.
—He visto en Instagram una publicación que acaba de subir Nacho presentando a su nueva novia —me contó y bufé—.
Sí, tal cual, justo un mes después de dejarme porque necesitaba vivir la vida, porque no quería cadenas que le impidieran volar sin previo aviso, y porque sentía que debía usar una época de su vida para encontrarse a sí mismo.
Suspiró.
—En casa, desde que pasó, siempre hemos dicho que el cambio que dio fue porque había una posibilidad muy grande de que tuviese a otra esperando a que fuese libre.
—Sí, pero no quería creérmelo —dijo curvando los labios hacia abajo—. Ahora ya no puede haber mayor evidencia.
—Ninguna, cariño.
—¿Sabes lo que más rabia me da?
—Me lo imagino.
—Que no tuviera los cojones de venirme de frente.
—En los comentarios lo están poniendo guapo.
Le comenté a la vez que los miraba, ya que había buscado la publicación.
—Sí. Le están acusando de falso porque él explicó nuestra ruptura y justificó todo con que necesitaba encontrarse a sí mismo y tener para él un tiempo en su vida.
—Sí, sí, estoy viendo lo que le han escrito. También hay muchos comentarios acusándolo de que a su nueva novia ya la tenía de antes y que se ha quedado al descubierto.
—En fin…
Le dio un mordisco a un nugget .
—Acaba de limitar los comentarios —continué—. Creo que se ha llevado un chasco.
—Ese pensaba que a la gente se le iba a olvidar rápido nuestra relación de cuatro años, cuando durante todo ese tiempo hicimos participe a toda la gente en las redes. Y más con lo mal que lo ha hecho, con mentiras que ha destapado con su nueva novia.
—Bueno, la gente también es muy cruel porque hay comentarios que tampoco son lógicos —comenté.
—Como nos ponen a nosotras sin hacer nada y nos lo tenemos que comer con papas. ¡Qué se joda!
—Lo que quieras, pero tú relájate.
—Voy a subir fotos hasta con el director del resort. —Bufó.
Me provocó una risa. Cuando algo le dolía se ponía con la conducta, los gestos y la actitud de una niña pequeña.
—Yo también, aunque no tenga a nadie a quién molestar directamente.
Le hice un guiño.
—Es más, voy a subir fotos con todos los chicos de todas las nacionalidades y voy a reflexionar que, para qué volver a caer en la trampa de un solo color si hay tantos para elegir.
Al tragar un sorbo de vino no me ahogué de milagro. Me puse morada al quedarme sin respiración, por la carcajada tan grande que me entró.
Mi hermana no era yo, ella iba a saco y a matar, como los toreros. A esta la dejabas en una cuesta y llegaba antes abajo que otro en patinetes. Tenía que ir aflojándola de vez en cuando para que frenase en sus ocurrencias.
Aunque ahora no había dicho nada malo. Estaba en todo su derecho de subir lo que le diera la gana, porque era libre de dirigir su vida como le apeteciera.
Más que nada sería una reflexión e incluso le vendría bien como terapia.
Mi hermana lo había pasado mal por la ruptura y no debía de ser plato de buen gusto encontrarse con esa publicación, y menos el día que comenzábamos las vacaciones.