Capítulo 2
La gran mayoría de la alta clase de la ciudad pertenecían a este club.
¿Y qué pintábamos mi hermana y yo en un lugar así?
Nuestros padres eran unos de los socios más antiguos del club, desde que abrió diez años atrás, y nos inscribieron a Julia y a mí cuando tuvimos la edad suficiente.
Durante una larga temporada veníamos con ellos a comer todos los viernes y los días que nos apetecía los pasábamos en la playa, de manera exclusiva.
Esa tradición se rompió hace tres años, en cierta manera. De vez en cuando seguíamos frecuentando con ellos el club, pero ya no teníamos un día fijo. Nuestros padres disfrutaban solos de este lugar, al igual que Julia y yo, como había sido el caso de esta pasada noche. Porque ya era más que de día.
Nuestro hermano Dylan era el que venía menos, pero cuando podía lo hacía.
Julia acababa de cumplir los veintiséis años y yo los veintinueve. Aún vivíamos en la casa de nuestros padres y no teníamos interés alguno en independizarnos, a pesar de tener nuestras propiedades para hacerlo.
Como era el caso de nuestro hermano mayor Dylan, que a sus treinta años era el terror de las mujeres y de la casa. Otro que no se iba ni, aunque le echasen agua fría.
Teníamos unos padres que ni eligiéndolos hubiésemos tenido tanta suerte.
Ernesto, nuestro padre, fue jugador de fútbol de un equipo de primera, uno muy exitoso y reconocido mundialmente. Luego estuvo de entrenador en dos grandes clubes, hasta que se retiró del todo para vivir relajadamente, gracias a la fortuna que acumuló.
Carlota, nuestra madre, había sido presentadora de televisión durante más de treinta años. Se retiró a la vez que nuestro padre y también amasó una fortuna, porque fue de las mejores pagadas del país.
Mis hermanos y yo habíamos tenido la suerte de nacer en la cuna de una familia de personajes conocidos que habían sido y eran de interés público, dentro y fuera de nuestro país.
Y digo suerte porque desde pequeños fuimos muy jugosos para los medios y en cuanto nos abrimos las redes sociales nos hicimos rápidamente con millones de seguidores, por lo que pasamos a ser influencers muy codiciados para las firmas.
Tanto mi hermana como yo vivíamos de las redes y amasábamos nuestra propia fortuna, por todas las colaboraciones que hacíamos para esas firmas que eran de las más prestigiosas y exclusivas a nivel internacional.
En el caso de mi hermano, cuando cumplió los veinticuatro años consiguió coronarse como un actor de éxito.
Ya había trabajado con grandes celebridades de Hollywood y su caché era de los más altos.
Vivía con nosotros, pero pasaba buenas temporadas alejado por cuestiones de grabaciones.
A no ser que los rodajes le pillaran relativamente cerca de casa, solía alquilar pisos para estar lo más próximo al trabajo.
Cuando nos terminamos los churros y los cafés nos despedimos de Damián, para dirigirnos hacia el parquin donde nos esperaba Abel, nuestro chófer y seguridad.
Era un cubano de treinta y cinco años que contaba con un físico de esos que imponían, además de que era de lo más gracioso del mundo. Al menos con nuestra familia, para la que trabajaba desde hacía tres años.
—Buenos días, mis chicas preferidas. Pensaba que ibais a empalmar con el día siguiente —bromeó.
—Casi —contesté riendo—. La noche ha pasado demasiado rápido.
—Para mí también —dijo mi hermana.
—Vaya dos peligros estáis hechas.
—Pues nos hemos portado muy bien.
—Es verdad —afirmó mi hermana sonriente.
Abel nos dejó en la misma puerta de la casa y esperó a que entrásemos para marcharse. Le tiramos besos desde la entrada, con los que Abel rio.
En el porche nos encontramos a nuestro padre, tomándose un café. Nos observó con una sonrisa de oreja a oreja, mientras nos acercábamos a él.
—Hijas, cada día llegáis más temprano.
Nos echamos a reír.
—Me voy a la cama —le dijo mi hermana.
Le dio un beso saludándolo rápidamente y se fue. Mi padre la siguió con la mirada sin perder el gesto sonriente.
—Pues yo me quedo aquí un poquito contigo.
Marisa, la empleada del hogar y del servicio que teníamos contratada, salió a ofrecerme el desayuno.
—Un café, ya he comido churros.
Le sonreí con todo el cariño que le tenía, que no era menor al que ella me tenía a mí. Bueno a todos.
Se alejó para ir a buscarlo y regresó rápido.
—Os traigo dos que el de tu padre ya está casi acabado.
Me miró con su preciosa y honesta sonrisa.
—Gracias, Marisa —le respondió él.
Llevaba con nosotros desde que Julia y yo éramos unas crías, y ahora a sus sesenta años decía que no pensaba jubilarse en la vida. Era de Perú.
Trabajaba de interna de martes a sábado. Hoy se iba a las tres para disfrutar de sus días de descanso, los que pasaba en la casa de su hermana Rosario. Esta era viuda, tenían muy buena relación.
Para todos nosotros Marisa era una más de la familia.
Eran las tres de la tarde cuando mi hermana y yo nos levantamos para comer la increíble paella que Marisa había preparado antes de irse.
Mi padre vino a la habitación de cada una, llamó a nuestras puertas para avisarnos de que ya estaba la mesa puesta en el jardín.
—Buenas tardes, querida familia —dijo mi hermana, cuando nos reunimos con nuestros padres.
Ellos nos miraron sonriendo.
—Ya me he enterado de que habéis llegado a las nueve de la mañana.
—Antes de que tú te levantases, mamá —le dije riendo.
—También es verdad, además, cuando estáis en el club me siento tranquila.
—Claro, ahora resulta que duermes más por la tranquilidad que te da que tus hijas estén en el club, no porque seas una remolona —le dijo mi padre picándola.
—Me habéis entendido muy bien —sonrió feliz y rio.
La paella estaba riquísima y es que Marisa tenía unas manos maravillosas. Dominaba a la perfección la comida española y cualquiera con la que se propusiera sorprendernos.
—¿Os habéis planteado dónde queréis que vayamos finalmente de vacaciones? —preguntó mi padre.
—Yo este año lo dejo a vuestra elección —expresé.
—Por mi parte me da igual también —dijo mi hermana.
—No os vemos este verano con muchas ganas, hijas —comentó mi madre, pasando la mirada de una a otra.
—No es eso, mamá, es que ya hemos estado en muchos sitios y ahora preferimos dejarlo a vuestra elección, porque siempre vamos donde decimos nosotras —le aclaré.
—Sí, es eso —Julia confirmó mis palabras.
—Me han hablado de una isla muy exclusiva de Grecia que tiene unos resorts increíbles, con villas privadas en las que hay piscinas que parecen lagos.
—Mola, de ahí podemos sacamos muy buen contenido —contesté a mi padre.
—Yo también lo veo ideal.
—Pues no se hable más. Cariño —le dijo mi madre a mi padre, acariciándole el brazo—, veremos las fechas que hay libres y ya les comentamos.
—Por mí como si nos vamos mañana mismo —le indicó mi hermana.
—Yo tampoco tengo problema. Ya dejé grabadas y editadas todas las colaboraciones hasta septiembre —comenté sonriendo.
—Pues sí, no hay más nada que hablar —sentenció mi padre, con un guiño.
Mi hermana me miró sonriente a la vez que mi madre nos observaba sosteniendo también su sonrisa.
Teníamos los mejores padres, a ambos les encantaba viajar con nosotras y siempre andaban haciendo planes para compartir momentos.
Con Dylan no podíamos contar, él llevaba sus propios horarios y rutinas y si en algún momento coincidíamos, era él el que viajaba donde estuviéramos, para pasar unos días juntos.