Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 1
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Romeo, ¡objetivo a la vista!

Romeo, ¡objetivo a la vista!

Por Ariadna Baker

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Capítulo 1

Julia me miraba intentando contener la sonrisilla, mientras yo me descalzaba las sandalias de tacón que llevaba soportando toda la noche. Ya comenzaban a ser bastante molestas.

Sabía que mi hermana estaba loca por explotar.

—Ríete y dime que ya me lo advertiste. Estás deseándolo —le dije.

—Tú solita lo has dicho.

Como no, hizo su típica mueca de ladear la boca hacia un lado, con un ligero movimiento de cabeza en la misma dirección, a la vez que alzaba los hombros. Con esos gestos lo daba todo por hecho.

Si había una persona en este mundo a la que le gustase pinchar más a otra, esa era ella.

Suspiré mientras negaba y la miraba agotada, por la noche que había dado paso a un nuevo día.

—¡¡Vivan las mujeres guapas!!

Casi me mató de un infarto. Esa voz la conocía, pero no me la esperaba de repente y con ese tono tan fuerte.

—Hombre, nuestro gran amigo Damián —expresó Julia.

Lo miramos sonrientes, a pesar de que yo tenía una mano en el pecho y el corazón en la boca.

—No me digáis que habéis estado aquí de fiesta toda la noche y no nos hemos tropezado. Estas cosas no me pueden pasar a mí, no puedo ser tan desafortunado. No sé qué le hice a la vida para que me trate de esta manera tan injusta y lamentable.

—Sí, sobre todo, te trata mal. ¡Lo que hay que oír! Pero bueno, parece ser que tuvo que despejarse la terraza para vernos las caras.

—Maldita multitud de personas…

—El destino no está hecho para que coincidamos en los momentos claves.

Sonreí con ironía y aguanté la carcajada que me venía.

—Carina, Carina… algún día serás mía.

Habló confiado, mientras se sentaba a mi lado y me acariciaba la espalda con cariño.

—¿Debo irme o puedo participar en un prometedor trío?

—Por mí no hay problema —le contestó a Julia—, pero creo que tu hermana no quiere estar conmigo, así que mucho menos con los dos. Es muy exquisita ella.

—Menos mal que te van quedando las cosas claras, amigo. Al menos la lucidez no la has perdido esta noche —le dije a Damián.

El camarero se acercó, ya que la terraza estaba lista para los desayunos. Le pedimos tres cafés con leche y una ración de churros con un topping de chocolate que ponían aparte para mojarlos.

Era como una tradición terminar la noche de fiesta comiéndolos.

Damián era un exitoso empresario de una bodega de vino muy famosa en el país, y en muchos otros a los que exportaba.

Éramos amigos desde hacía años y muchas veces coincidíamos en el club. Habíamos vivido con él momentos de locura total, ya que era una persona muy divertida. Cada vez que preparaba un evento en su bodega nos invitaba casi de las primeras.

—Carina, ¿entonces vendrás a estrenar mi nueva propiedad inmobiliaria?

—Claro que sí, para otra fiesta estoy yo.

Solté una risita mientras observaba como Julia negaba con una mano en la frente, la otra la tenía muy ocupada sujetando un churro. Le encantaba gesticular y hacer poses como si la estuvieran fotografiando y no se diera cuenta. Moría con ella.

—¿Nunca te he comentado que tengo un máster en masajes? —me preguntó Damián— Te adelanto que todas las que prueban quieren repetir.

Mordió con fuerza un churro, causándonos una carcajada.

Era todo un personaje y lo mejor es que era el típico hombre que muchas mujeres soñaban con conseguir: guapo, cuerpo fibroso, elegante, culto, adinerado y gracioso. Una joya con un piquito de oro.

—Pues si tantas tienes en cola, ¿qué haces rogándome?

—Tampoco ha sido para tanto. —Rio, acomodándose hacia atrás—. Solo te he invitado porque me considero un señor de los pies a la cabeza y he pensado que quizás tienes sobrecargados los hombros, o cualquier otra parte del cuerpo.

Me hizo un guiño.

—Las piernas, tiene las piernas —se apresuró a decir mi hermana—. Mira, se ha tenido que quitar hasta las sandalias.

Julia señaló hacia mis pies, los que no eran visibles al estar debajo de la mesa.

—Eso, tú anímalo.

Bufé negando.

—Está mirando por ti. Es una buena hermana —dijo Damián.

Él la miró y le hizo un guiño, el muy zalamero.

—Gracias, Damián —le respondió Julia.

Acto seguido le dio dos palmadas en la espalda, con las que poco faltó para que el pobre hombre se comiera la mesa.

—A ver si dejas el gimnasio que se te está yendo de las manos —le dijo a mi hermana y soltamos una carcajada—. No veas si estás cogiendo fuerza.

Damián se rascó la paletilla del picor que tenía, por los golpes que le había dado a mano abierta.

Julia era muy bruta para unas cosas y muy fina para otras.

—A ver si ahora va a tener que darte el masaje Carina —rio mi hermana.

—Julia, por favor —me quejé por su ocurrencia.

Resoplé negando, mientras sostenía la taza de café en la mano para darle un sorbo.

—No me quiere nada —le dijo Damián a mi hermana— Pero un día vendrá pidiéndome amor.

—Lo llevas claro —le contestó Julia, riendo.

—En peores plazas he toreado.

—Pues no será en la mía —le contesté.

Me miró arqueando una ceja y le sonreí con plenitud.

Damián mantuvo su mirada fija en mí para ponerme nerviosa, pero yo no se la aparté, es más, mastiqué con la boca cerrada un churro, mostrando la mayor de las seguridades.

—Sabes que en el fondo estás deseando probarme —me dijo.

—Deseando, pero ¿sabes qué? No solo yo me quedaré con las ganas, también te quedarás tú.

—¡Ole mi Carina! —gritó mi hermana.

Damián esbozó una sonrisilla de medio lado mirando hacia el suelo, por lo que supe que lo siguiente que me diría subiría de nivel. Lo tenía muy claro, ¡cómo si no lo conociera!

—Te haré que me lo repitas el día que te tenga desnuda en mi cama.

—¿Qué has bebido esta noche, hijo? —le preguntó Julia— Porque no veas lo bien que te ha sentado. Vamos, si antes tenías la autoestima por las nubes ahora se te salió de la órbita.

—¿Sabéis que todo el mundo tiene un precio?

—Ay, qué mono, que vio la peli aquella de la propuesta de pasar una noche completa a cambio de dinero —soltó mi hermana con toda su gracia.

—Pues tú vas a ser la siguiente —me dijo Damián.

—Pues anda que no habrá pasado gente la noche a cambio de dinero —comenté.

Negué poniendo los ojos en blanco.

—No me has entendido… —carraspeó él.

—Carina, que está diciendo que ya le pagó a otra —me dijo Julia.

Si ella estalló en carcajadas, yo más. Damián nos miró con la sonrisilla sostenida, se lo estaba pasando bomba. No podía tener más poca vergüenza.

El club en el que nos encontrábamos se componía por socios que pagábamos mensualmente para poder disfrutar de las instalaciones.

Estaba situado a pie de playa, que era hacia donde daba la terraza del bar en la que nos encontrábamos. En el club había dos restaurantes, uno exterior y otro interior, dos zonas de copas, hamacas de lujo en la arena y una piscina en un lateral, desde la que veías el mar a pocos metros. Una gozada.

Era un lugar abierto las veinticuatro horas del día para un ambiente muy selectivo. Aquí se respiraba dinero por todas las esquinas.