Romance de verano para chicos perdidos 35
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POR LO QUE SABEMOS, QUIZÁS NO HAYA UN MAÑANA

ISAAC

E stoy abotonando mi camisa cuando mis padres empiezan a llamarme, hostigándome para que me apure y termine cuanto antes de prepararme.

Me coloco la chaqueta y atuso las arrugas del pantalón antes de coger mi móvil, las gafas de sol y salir de mi habitación.

Es treinta y uno de agosto, el último día del mes.

Tanta elegancia se debe a que hoy es la boda de la madre de Elisa, Rebeca, a la cual hemos sido invitados después de que mi madre se sumara al equipo de preparación como decoradora floral, segunda wedding planner y guía espiritual.

Iremos caminando, ya que hasta la semana que viene no recogemos el que será nuestro nuevo coche.

Papá comenzó a trabajar hace unos días en una nueva piscifactoría como pescador y hemos decidido invertir en un vehículo que nos facilite la vida.

Todo empieza a tomar el camino que deseamos cuando llegamos a Mallorca.

La ceremonia se llevará a cabo en una cala no muy lejos de casa, por lo que no tendremos que caminar kilómetros hasta llegar.

Y pese a que aún quedan varias semanas de verano, el peso de la humedad cada vez es menor y las temperaturas son más ligeras, incluso frías por la noche.

Se prevé tormenta en los próximos días, así que podríamos decir que el otoño ya está a la vuelta de la esquina y, con él, el fin de la temporada de socorrismo.

No sé qué me deparará septiembre, pero no me preocupa ahora mismo.

Tengo demasiadas cosas pululando por mi cabeza.

Llegamos a la cala y nos sorprendemos al ver la gran cantidad de invitados que hay. Luego de que Rebeca hubiese asegurado que sería «algo tan íntimo como un entierro», ninguno de los cuatro se esperaba un tropel de tales magnitudes.

—Hombre, si está aquí el chico de oro… —masculla una voz muy familiar.

Cuando me giro para ver el paradero de ese sonido, me topo con la sombra de una sonrisa cargada de bravuconería. Lleva las manos metidas en los bolsillos de su traje y me observa con la cabeza ladeada.

—¿Dylan? ¿Qué haces aquí? —pregunto, sorprendido y confuso a partes iguales.

—Sorpresas de la vida.

—¿Te has colado? —Esa es la única explicación que se me ocurre de por qué está aquí.

—No ha hecho falta. Me han invitado. —Alza la mano y muestra el sobre de la invitación, el mismo que mi madre trae en su bolso.

—Deja de decir eso en voz alta. No puedo estar todo el rato detrás de ti corrigiéndote. —Elisa aparece en la escena de una manera abrupta. Lleva un vestido rosa chicle y el pelo recogido en un moño increíblemente plagado de fijador.

Mis padres, Flora y yo los miramos a ambos como si estuviéramos en un partido de tenis, de un lado hacia el otro, de un extremo hacia el opuesto.

—¿Acaso es mentira?

—Esta historia tiene matices.

—Da igual. Lo único que me importa es que me has invitado y que hoy estás preciosa. —Dylan le guiña un ojo a la chica, que se mueve ¿muy a gusto? en su sitio.

No doy crédito. ¿En qué momento estos dos han pasado de odiarse a, de repente, tolerarse?

Las últimas noticias que tengo es que, por mucho que Dylan pusiera empeño en intentarlo, no había nada que pudiera complacer a Elisa.

Aunque es cierto que hace bastantes días que yo estoy disociado del resto del mundo, centrado en otras miles de cosas.

—¿Qué está pasando aquí? —termino preguntando, incapaz de unir las piezas que me faltan por mí mismo.

—Está enamorada de mí —explica Dylan.

—¿Perdón? —Es lo único que soy capaz de decir.

—¡Deja de decir eso, imbécil! No estoy enamorada de ti.

—No, solo te mueres por mí, suspiras por mí, quieres todo de mí. —A medida que va añadiendo más y más matices, su sonrisa se hace más y más amplia, vanagloriándose al saber que quizás Elisa siente lo mismo.

Increíble .

—Me río de ti. —Alza su dedo—. Te ha faltado esa. —Elisa saca un abanico y empieza a hacerse aire, que impacta de lleno contra su rostro, consiguiendo que los mechones que se han quedado desperdigados fuera del moño se meneen a su son—. Ha ocurrido algo…

—Nos hemos enrollado. Varias veces. Bueno, de hecho, llevamos haciéndolo desde que fuimos a Menorca, ¿verdad, princesa? —Dylan parece tan orgulloso de lo que está diciendo que me cuesta creer que esto no sea una de sus fantasías.

—Vuelve a llamarme así y te corto los… —Elisa se detiene a percatarse de la mirada atenta de Flora— las orejas. ¿Qué tal? —Saluda a mis padres con la mano—. Muchas gracias por venir. Y muchas gracias por la ayuda que le has prestado a mi madre, Raquel. Todo ha quedado precioso.

Se ensalzan en una conversación sobre los adornos, los preparativos, las últimas semanas intensas de dudas, miedos y muchas ilusiones.

Me desconecto por completo. No solo porque lleve ausente de la vida varios días, sino porque aún no me creo que Elisa y Dylan por fin se hayan decidido a dejar sus diferencias a un lado y se hayan liado de una vez por todas.

Parece que no soy el único que se ha visto envuelto en un romance de verano.

El amor, desde luego, aparece entre las personas más recónditas, en los lugares más inesperados.

Seguro que Josh estaría de acuerdo en que la historia de estos dos es digna de una romcom .

La ceremonia da comienzo cuarenta minutos más tarde de lo previsto, según comenta mi madre; ha habido unos problemas inesperados por parte de la novia.

Algo sobre una indigestión he podido escuchar.

La típica canción de boda empieza a sonar y Rebeca entra acompañada de su padre, seguida de dos críos que sostienen dos cestas y, justo detrás de ella, aparecen Dylan y Elisa.

¿Qué cojones? Esto es increíble. Me apresuro a hacerles una foto con la intención de enviarla por el grupo de WhatsApp que tenemos todos, pero no lo hago.

No quiero destapar su sorpresa. Prefiero que Maia y Josh reaccionen de la misma manera que lo he hecho yo.

Compartiremos el cardiólogo para nuestros ataques al corazón.

Los novios se dan la mano cuando ella llega al altar y el sacerdote empieza su soliloquio bajo los intensos rayos de sol.

Elisa sale al cabo de los minutos con una hoja en la mano y una mirada nerviosa. Se acerca al atril que hay situado en un lado y carraspea su garganta antes de empezar a leer el discurso que lleva semanas preparando:

—Mamá y Manu… —Alza su cabeza del folio y los mira—, si algún día dudo de lo que significa la palabra «amor», os observaré a vosotros.

Tal y como acabo de hacerlo ahora. Buscaré en lo que tenéis el sentido de lo que es quererse.

Porque, si de algo estoy segura, es de que vosotros sois el significado de esa palabra.

Esa pequeña unión de letras que con tanta facilidad usamos, pero que tanta dificultad implica.

Porque no es sencillo amar y tampoco dejar que te amen.

Porque el cariño es un trabajo de equipo y no de dos completos individuales.

Todo lo que se crea en una relación es a base de cariño, comprensión, y mucha comunicación.

Y vosotros... vosotros habéis construido algo conjunto desde los cimientos.

Habéis reanimado las rosas marchitas, habéis encontrado las cartas perdidas y le habéis puesto ritmo a las melodías rotas.

Mamá y Manu, aquí, en este día, rodeados de lo que os quieren, es cuando me doy cuenta de lo que en realidad significa el amor.

Y os envidio. Porque vais a pasar el resto de vuestras vidas el uno junto al otro, como dos almas gemelas que estaban dispuestas a encontrarse, cuyo destino estaba escrito desde mucho antes de toparos el uno con el otro.

Esto es el inicio de un nuevo vosotros en vuestra historia.

No puedo estar más contenta, feliz y orgullosa de ser testigo del amor que os une.

Os quiero muchísimo. —Sonríe con emoción.

No puedo verlas desde aquí, pero estoy seguro de que tiene las mejillas repletas de lágrimas—.

Manu, cuídala y alaba las flores que trae en la mano, llevamos ocho noches sin dormir para encontrar la combinación perfecta.

Eso último arrebata una carcajada sonora de todos los presentes, incluida la mía.

Aunque yo me he quedado impregnado por sus palabras, por todo lo que ha dicho de quererse y por todo lo que he escuchado sobre el amor estos últimos días.

Todos aciertan en algo: en que es necesario querer para vivir; en que, cuando encuentras a tu alma gemela, no importa nada de lo que pueda venir.

Joder .

He sido un completo iluso pensando que podría vivir sin Josh.

Estaba más que claro que era imposible.

No he podido respirar sin pensar en él desde que lo conocí, ¿qué me hacía pensar que sería posible hacerlo ahora?

La comida empieza poco después de la copa de espera.

No sé cuántas copas de vino blanco me he bebido.

Tampoco sabría decir con certeza cuántas veces le he preguntado a Dylan si es cierto su nuevo y presunto rollo con Elisa.

Me ha golpeado el hombro con fuerza y me ha dicho con toda la pedantería que lo suele acompañar: «Nunca se me ha resistido tanto una chica.

Es la mujer de mi vida, tío. Lo tengo claro».

Chasqueo la lengua varias veces, envidioso, frustrado de que él esté tan seguro de ello y yo siga siendo un maldito cobarde; de que Dylan sea el claro ejemplo de libertad y de que yo aún no sea capaz de arriesgarme, de sentir, de dar el paso de hacerlo.

Nos movemos hacia otra parte del salón de bodas en el que están celebrando el evento.

Es hora de que comience la barra libre y, con ella, la fiesta de celebración.

Pido una copa de algo que el camarero promete estar buenísimo.

Me da igual. A estas alturas, ya me da igual.

Pese a que estoy lúcido, siento esa sensación de calorcito expandiéndose por todo mi cuerpo, advirtiéndome de que el alcohol está haciendo su efecto.