Romance de verano para chicos perdidos 34
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HAY HISTORIAS QUE DAN MIEDO

PERO QUE MERECEN LA PENA CONTAR

JOSH

E stoy sentado en el jardín trasero de casa mientras remato la postproducción del corto.

Tengo las mejillas empapadas de lágrimas y la mente hecha un batiburrillo.

Me queda menos de una semana para entregar la versión final del Trabajo, pero yo no soy capaz de terminar el guion.

Pese a que tengo muy claro lo que quiero decir, el nudo que tengo en el estómago me impide hacerlo.

Siempre lo ha hecho. Todo esto no es solo por Isaac y su absurda manera de hacerme sonreír en cada plano en el que aparece (la gran mayoría).

Esto tiene un trasfondo más profundo. Entregar este trabajo no solo implica liberarme de una carga, sino ponerle el broche de oro a mi etapa universitaria.

La incertidumbre que llega tras esto es lo que me aterroriza y me impide darle un fin, como si quisiera aferrarme al único vínculo que me queda con esos años.

Y luego, por supuesto, está Isaac. Es inevitable pensar en él cuando todo el proyecto gira en torno a cómo me he ido pillando de él durante el verano.

De él y de su personalidad. De él y de su forma de describir los rizos de mi pelo como caracolas.

De él y de sus sonrisas. De él y de cómo siempre sabe encontrar la palabra perfecta en la conversación más remota.

Sé que suena cursi a más no poder y que parezco un adolescente adicto a Pinterest, pero no lo puedo remediar.

—¿Qué haces aquí con el calor, son ? —Mi abuelo aparece en el jardín con un gorro de paja sobre la cabeza y una regadera en la mano.

—Intentando concentrarme un poco. ¿Y tú?

—Vengo de regar las zanahorias que planté allí la semana pasada. —Señala con el dedo una de las esquinas del jardín.

—¿Zanahorias? No sabía que querías cultivar en casa.

—Fue idea de tu abuela. Ya sabes cómo es. No puedo decirle que no, siempre me termina convenciendo. —Suelta el sombrero sobre la mesa y me echa un vistazo—: Hace días que no sales de casa. ¿Qué ha pasado?

Intento disimular la realidad, fijando mi vista en la pantalla del ordenador, pero es imposible hacerlo. Al menos no con las mejillas coloradas y los ojos hinchados por el llanto.

—Estoy un poco estresado con el proyecto —miento con todo el dolor de mi corazón.

—¿Solo eso? —Se sienta en una de las sillas que hay junto a mí.

—Sí. —Asiento, intentando sonar lo más contundente posible aunque creo que se me da fatal esto de fingir. Nunca podría protagonizar un fake dating .

No sé qué es lo que le da la clave de que estoy maquillando ligeramente la realidad, pero no tarda demasiado en torcer el gesto y mirarme sagaz, esperando una respuesta más desarrollada y, a ser posible, verdadera.

—Está bien. —Claqueo la lengua, rindiéndome ante él. —He conocido a alguien con el que no han terminado muy bien las cosas.

—Ajá.

—Pensé que iba a ser diferente pero creo que ninguno de los dos está preparado para una relación así —secundo con un tono lacónico.

Mi abuelo cruza los brazos sobre la mesa de madera y sé que eso es un aviso de que intentará darme el mejor consejo que pueda sin inmiscuirse demasiado en la situación.

—¿Se está preparado alguna vez para una relación? —suelta en un tono reflexivo—. Si detuviéramos nuestras vidas y lo que sentimos por no estar preparados al cien por cien para algo, nunca nos atreveríamos a hacer nada.

Su respuesta me hace reflexionar sobre todas las veces que me he echado hacia atrás en algo por no sentirme preparado.

Como cuando me apunté a clases de spinning y no fui a la primera clase por pensar que no aguantaría el ritmo.

O como aquella vez que decidí inscribirme a un concurso de matemáticas y decidí no presentarme por miedo a olvidarme de las tablas de multiplicar delante de todo el instituto.

A decir verdad, toda mi vida he sentido que nunca era el momento correcto para lanzarme a la piscina, dándome igual si estaría vacía o no. Si me pegaría la hostia o no.

—A mí se me da fatal arriesgarme, abuelo.

Ya lo sabes. —Hago una pausa para beber del vaso de agua que tengo junto a mí y continúo—: ¿Recuerdas cuando fui a esquiar con mis padres y me costó la vida subirme al teleférico porque pensaba que nos íbamos a quedar ahí atrapados durante horas?

—Chasqueo la lengua—. Al final, hubo un problema eléctrico y nos quedamos suspendidos en el aire durante un buen rato.

—Eso fue una casualidad, Josh.

—Una casualidad que confirmó mis miedos.

—¿No crees que estás siendo un poco catastrofista, son ? —Mi abuelo se repantinga en la silla y coloca los brazos sobre la mesa, acercándose aún más a mí—. No puedes pensar que todo el tiempo algo se va a torcer.

—Me gusta estar preparado por si surge un problema.

—Eso está bien cuando vas de senderismo o cuando sales en barco por mar adentro. El amor es algo muy diferente, Josh. El amor implica dejarse llevar, permitirse sentir, afrontar los problemas que puedan surgir por el camino. Esa es la gracia, aprender a resolverlos con la persona a la que quieres.

Mi abuela sale al jardín exterior en silencio, escuchando nuestra conversación. Se acerca a mi abuelo y le acaricia el hombro con una mano, quedándose de pie junto a él.

—¿Crees que Margaret y yo no hemos tenido conflictos? Llevamos más de cincuenta años juntos, es imposible no tenerlos. Hay discordias, desacuerdos, enfrentamientos…, pero todos merecen la pena si el precio a pagar es quererse.

La imagen que tengo frente a mí me ablanda el corazón.

No solo la de mis abuelos mirándose el uno al otro con complicidad, sino la de dos ojos con motas verdes que se posan sobre mí a través de la pantalla, haciéndome esbozar una sonrisa babieca como si estuviera aquí presente, a mi lado, sentado a esta mesa, con su rodilla tocando la mía.

Cuando conocí a Isaac hace más de dos meses, nunca pensé que su llegada a mi vida pudiera suponer un antes y un después.

Un cambio no solo de hoja en mi historia, sino de libro en mi destino.

Antes y después de él, serían las partes de división.

Este verano he encontrado (aunque con mucha dificultad) lo que me hizo elegir Comunicación Audiovisual en la universidad, lo que me gustó de ella al pensar en mi carrera profesional: contar historias.

Siempre me ha gustado contar historias, desde pequeño, cuando grababa a mis amigos con la cámara antigua de mi padre.

Las historias tienen el poder de conmover y mostrar la realidad de un tiempo que quedará congelada para siempre, sin que los años pasen por ella.

El tiempo no cambia las historias, y creo que así es como se debe de sentir el amor.

Ese amor del que mis abuelos hablan. El que se intensifica y afloja.

El que se tambalea y se mantiene. El que vale la pena sentir, a pesar de todo.

El amor es como las historias: por mucho que los años pasen, sigue ahí.

Y, aunque el miedo me paralice, estoy seguro de que eso es Isaac para mí. Una historia que merece la pena contar.