Romance de verano para chicos perdidos 33
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LOS PROBLEMAS DE HOY,

SERÁN ANECDOTAS DEL MAÑANA

ISAAC

—M e he abrasado entero. Tengo la espalda ardiendo —se queja Dylan, palpándose la piel con sumo cuidado.

—Ahora, intenta decirlo sin llorar —le reprende Elisa, mostrando una indiferencia súbita.

Acabo de llegar a Cala Pi para enfrentarme a uno de los turnos más complicados de mi vida.

Es finales de agosto, en medio de un verano donde las olas de calor no han dado tregua alguna.

Debido a la gran afluencia de bañistas, nuestro jefe ha tenido que reajustar los horarios para ponernos a dos socorristas por turno.

En esta ocasión, nos toca a Elisa y a mí juntos.

En cuanto a Dylan…, no tengo ni puta idea de qué narices hace aquí.

—Creo que tengo fiebre. —El chico se lleva una mano a la frente y finge una indisposición poco creíble—. No hay nada que me haga sentir mejor…, ni siquiera tus tetas.

Elisa le arremete una torta en el brazo, justo encima de la zona quemada. Él da un respingo acompañado de un grito profundo.

—Vuelve a decir eso y te corto los huevos, ¿entendido?

—Alto y claro. —Hace un movimiento con los dedos, como acatando una señal proveniente de un superior.

—Ven, anda, que te revise eso. Bebe de mi agua y échate crema. —Elisa se acerca a él y le echa un vistazo a toda la espalda del chico. Tiene la piel de un color rojo cangrejo muy intenso.

—¿Me ayudas, por favor? No creo que pueda solo. —Dylan hace una súplica con los labios y ella termina aceptando su propuesta.

Me acomodo en la silla de mando y observo el horizonte con los binoculares mientras estos dos se dedican a restregarse la crema por el cuerpo.

Me llama la atención que estén tan callados, cuando normalmente, a estas alturas, estarían chistándose el uno al otro.

No digo nada. Me limito a vagar entre mis pensamientos porque suficiente tengo ya con lo mío.

Hace una semana desde mi fatídica ruptura con Joshua y no ha habido ni un mísero día en el que no me haya arrepentido de hacerlo, en el que no haya querido explotar y confesárselo todo a mi familia, de improviso, soltarlo y desear que se lo tomaran de la mejor forma posible.

Aunque no he sido capaz de hacerlo. Cada vez que reúno las fuerzas suficientes como para decirlo, vuelvo a recordar todo lo que viví en Vigo.

Todos los días que pasé solo en mi habitación, sin amigos, sin nadie en quien poder volcarme.

Es curioso que haya tomado la decisión de alejarme de Josh por miedo a perder a los que me rodean, perdiendo precisamente a la persona que más me ha importado en la vida.

—¿Qué te pasa, tío? —Dylan se sienta a mi lado, descamisado y con la piel embadurnada en crema de aloe vera—. Llevas varios días perdido.

Meneo la cabeza negando, restándole importancia. Vuelvo a los binoculares, a los bañistas, a las rocas, al mar, a la marejada…, a todo lo que no sea Josh.

—Nada, estoy muy cansado. No estoy durmiendo bien estos días —me limito a decir, aunque siento la mirada evaluadora de Elisa sobre mi nuca. Sé que no me cree—. En serio .

—No he dicho nada. —Alza las manos.

—Pero sé que lo piensas —remarco, viéndola caminar hacia mí.

—Porque sé que te ocurre algo. Y está bien si no nos lo quieres contar. Especialmente con este aquí delante. —Señala al chico con la cabeza, el cual nos devuelve una mirada de soslayo.

Llevo una semana acallando todo lo que ha pasado, tragando cada uno de mis pensamientos, de mis miedos. Solo he salido de casa para venir al trabajo. Pensar que, después de tanto tiempo ansiándolo, al fin tengo a alguien que se preocupe por mí me reconforta de alguna manera extraña.

—Estoy aquí para lo que necesites, ¿vale? —Elisa coloca su mano sobre mi hombro y me consuela con un estrujón.

— Estamos —apostilla Dylan, sonriendo con simpleza.

Una sensación angustiosa se esparce por mi pecho tal y como lleva haciéndolo toda la semana, con una lentitud apabullante que reprime mi respiración.

He podido identificarla: es una mezcla de arrepentimiento, culpa y miedo.

Todo mi cuerpo reacciona a ella. Mi párpado derecho comienza a vibrar como si tuviera vida propia.

Mi pierna se mueve sola, repiqueteando el talón contra la madera del puesto de control.

Sopeso la opción de dejarlo salir, de exponerlo, de liberarme de alguna forma de todo el horror que me persigue.

Quizás podría confiar en alguien por una vez en mi vida, sin miedo a que me juzguen, sin miedo a que me rechacen.

—Os he mentido —murmullo, cerrando los ojos para amortiguar mis palabras. Si no puedo ver sus reacciones, no puedo arrepentirme antes de tiempo—: Sí que me pasa algo. Alguien, de hecho. Joshua.

—¿Quién es Joshua? —duda Dylan con un tono innecesariamente dubitativo.

—Josh —le contesta Elisa por mí. Si desvío el objetivo de mi cerebro, no podré volver al punto de partida y me perderé entre cavilaciones. Debo centrarme.

—¿Se llama Joshua?

—¿De dónde narices te piensas que viene su nombre? —Sigo con los ojos cerrados pero estoy seguro de que mi amiga observa al chico con una mueca mordaz, y él le devuelve una mirada cargada de sorna.

—De José —expulsa sin duda alguna.

Tomo una gran bocanada de aire, lleno mis pulmones de oxígeno y decido hacerlo, decido sincerarme. Me pellizco un brazo por lo que pueda pasar. No sé, mecanismos de afrontamiento, supongo.

—Estamos juntos. —La garganta me arde y me recorre una gota de sudor frío bajo este sol abrasador en pleno agosto. Tengo el resto del cuerpo sudado menos la espalda—. Estábamos —rectifico, añadiendo más información.

—¿Juntos en plan…? ¿Os follabais y esas cosas? —Dylan parece tener demasiadas dudas para una historia que tampoco tengo muy clara.

—Sí. —Asiento, moviendo el asunto a otro lugar—: La semana pasada lo dejamos por mi culpa, porque soy un puto cobarde y no sé cómo deciles a mis padres que soy gay, o bi, o…

no sé, que me gustan los hombres. Ni siquiera sé lo que siento, así de imbécil soy.

Siento que la he cagado, que he tenido una cosa buena en mi vida y la he dejado ir por esta maldita manía de asustarme ante el confiar, el fluir, el querer.

No sé cómo lo voy a hacer. Cómo voy a sa lir de aquí.

Todo esto es un maldito caos que con veinticinco años ya tendría que tener más que claro.

—¿Quién dice que con veinticinco no puedas dudar? —me dice Elisa con un tono comprensivo que me reconforta el corazón acelerado.

—Si te la pone dura, es que te gustan los tíos. Es sencillo, Isaac. —Ojalá pudiera ver la vida desde la perspectiva de Dylan. Es increíble lo rápido que resuelve un problema.

Elisa chista y le echa una mirada asesina al chico que frunce su ceño, sorprendido por su reacción.

—¿Qué pasa? Nunca entenderías lo que es tener esa duda.

—¿Acaso tú sí? —pregunta ella con una ceja enarcada.

—Sí. A mí también me gustan los tíos.

—Mentira.

—¿Por qué crees que mentiría con algo así? —Se ríe él, llevándose las manos a la cabeza aunque se arrepiente casi al segundo al rozar su espalda con la silla de plástico en la que ha decidido sentarse.

Elisa y yo lo miramos, desconcertados, pero pronto nos recuperamos y decidimos correr un tupido velo ante su confesión.

—Escúchame, Isaac, no eres ningún cobarde.

Deja de decirte eso. A todos nos da miedo enamorarnos.

Le estás entregando tu corazón a una persona que no sabes si lo va a saber cuidar.

Y, por supuesto, todos le tememos al rechazo.

Somos seres sociales y, desgraciadamente, la percepción que tengan de nosotros nos importa muchísimo más que la que tenemos sobre nosotros mismos.

—A mí me la suda —añade Dylan, sacando la cabeza por detrás del cuerpo de Elisa—.

Pero tiene razón. El amor es una mierda, tío, pero enamorarse es una puta pasada.

Tener a alguien en quien apoyarte incondicionalmente, querer despertar todos los días a su lado, querer saberlo todo sobre esa persona…

También merece la pena arriesgarse, chaval.

No es fácil, claro que no. Para poder conseguir algo de valor, primero tienes que sacar tu espada y luchar contra todos los dragones que se opongan.

—Hace una pausa y se acaricia el mentón—: Lo de sacar la espada…

, no me refería a sacarte la polla. Era una metáfora.

Pero no guarra. Rabos aparte, lo que quiero decir es que habrá muchos problemas pero, si verdaderamente quieres a alguien, todos esos pequeños problemas merecerán la pena.

—En serio, ¿puedes no hacer referencia al aparato reproductor masculino en cada frase que dices? —duda Elisa, incrédula.

—No, me gusta aportar un toque dinámico. Además, son oraciones, señorita, todas poseen un miembro verbal.

Hace hincapié en esa palabra, consiguiendo que la chica se canse y vuelva a mí.

—Lo que quiere decir este ceporro…

—Me gusta más el apelativo «intelectual».

—Ya, sí. Sigue soñando.

—¿Contigo? Siempre. —Dylan sonríe con bravuconería mientras guiña su ojo. Este tío es de lo que no hay, desde luego.

—Lo que ahora parece un problema, puede que mañana no lo sea. Todo a lo que le des peso hoy, mañana puede no tenerlo. Estoy segura de que tus padres aceptarán cualquier cosa que les digas. Y, si no lo hacen, las puertas de mi casa estarán abiertas para recibirte.

—¿Eso es una metáfora cochina? —vuelve a decir con una voz bribona.

—¡No, Dylan, por supuesto que no!

Esta vez, con los hombros menos cargados, el pecho menos presionado, esbozo una sonrisa y me carcajeo.

Respiro con fuerza, consiguiendo que la humedad salada que recorre la cala se cuele por mis pulmones.

Quizás tengan razón. Quizás esté tan obcecado con mis problemas que no vea una perspectiva diferente, una en la que no tienen importancia.

Sea como sea, debo encontrar la manera de decírselo a mis padres.

Si no es hoy, será mañana. En algún punto de mi vida, tendré que sincerarme.

El que me gusten los hombres no es algo transitivo, no es una etapa.

Y, estar enamorado de Josh tampoco lo es.

De eso estoy seguro. Siempre lo he estado.

El ser humano y su extraña forma de decidir dónde depositar su seguridad.