31
EL QUE NACE COBARDE,
MUERE COBARDE
ISAAC
N osé qué hora es, hace mucho que he perdido la noción del tiempo.
Creo que debe ser el olor intenso al polen.
O las miles de veces que me he cortado con las tijeras tratando de recortar algunas hojas ya marchitas.
He venido temprano a la floristería en la que trabaja mamá para echarle una mano con el último remate de las rebajas de verano antes del inicio de septiembre.
Lleva varios días ocupada con las preparaciones florales para una boda (que resulta ser la de la madre de Elisa), a la cual parece que estamos invitados.
—Estoy atacada, Raquel. Ya sabes lo que dicen de que da mala suerte ver al novio el día de la boda, ¿verdad?
—Rebeca, la madre de Elisa, se lleva la mano al pecho con una preocupación increíble—: ¿Te puedes creer que no se quiere ir a un hotel?
¡Lo va a gafar todo! —Menea la cabeza, apesadumbrada por la noticia—.
Bueno, y eso de «algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul» me trae por la calle de la amargura.
¿Qué narices voy a llevar yo? Tengo una sensación constante de que algo malo va a ocurrir. Quiero que todo sea perfecto ese día.
—Y lo será, Rebeca. Ya lo verás. Son nervios completamente normales.
Yo llevé un anillo de mi bisabuela, unas medias nuevas, un collar de mi suegra y un lacito azul muy sutil en la parte baja del vestido.
Pero es solo por temas de superstición, no pasa nada si no lo llevas.
No es una regla no escrita de las bodas.
—Quiero evitar cualquier mal fario.
Dejo que continúen charlando en la trastienda mientras vuelvo al mostrador, donde una señora mayor me espera impaciente.
—Quiero una barra de pan de cereales. —No se molesta ni siquiera en saludar. Me encanta la amabilidad del personal.
—¿Perdón? —digo con dificultad.
—Quiero una barra de pan. Rápido, si puede ser.
—Esto es una floristería. —Me siento un imbécil teniendo que aclararlo.
—Antes era una panadería. —Echa un vistazo a su alrededor y me observa impertérrita. Creo que no se va a mover de aquí—. Entonces, ¿no vendéis pan?
—No, vendemos flores.
—Pues vaya —rechista, girándose y saliendo de la tienda con el gesto torcido y un malhumor notable a miles de kilómetros de distancia.
Estoy a punto de adentrarme de nuevo en la trastienda cuando una voz me frena:
—Hola. Quiero una hogaza, por favor. —Noto el tono burlesco en su frase. Es Josh, lo reconocería en cualquier lugar.
Tiene una sonrisa de oreja a oreja, el pelo revuelto por el mar, la brisa, el sol y… no sé, quién sabe, también el verano. Ha apoyado sus manos sobre el mostrador y me observa con la cabeza ladeada, aguardando mi respuesta.
—¿No vendéis pan? —parafrasea a la mujer de antes, solo que en él, la situación me parece más divertida.
—No.
—Pues vaya. —Rodeo el mostrador hasta colocarme a su altura y me quedo junto a él con unas ganas incontrolables de besarlo. Pero no lo hago. No es el lugar ni tampoco el momento—. ¿Cómo vas? ¿Estás listo ya?
—¿Para qué?
—¿Cómo que para qué ? Hemos quedado —replica con tono lacónico.
—Lo sé, Joshua. Solo me estoy burlando de ti —me apresuro a justificar—. Dame unos minutos y estoy.
Él asiente y yo vuelvo a la trastienda. Mi madre sigue charlando con Rebeca intentando convencerla de que su marido no perderá la cabeza en el banquete y de que ella no morirá al día siguiente por no haberse puesto algo azul.
—Mamá, me voy —le digo, cogiendo la mochila que he traído conmigo, la cual descansa sobre un amasijo de cajas en una esquina del lugar.
—Está bien, cariño. —Se levanta de la silla en la que está sentada y le propone a Rebeca trasladar su animada conversación a la tienda.
—Uy, me está llamando la wedding planner. Un momento. —La mujer se distancia de nosotros y se queda atendiendo su llamada cuando nos marchamos.
Mi madre saluda a Josh con dos sonoros besos y un tierno abrazo. El chico, algo tímido, responde con amabilidad y simpatía, como siempre.
—¿Qué tal en Menorca? —pregunta ella, doblando algunos de los albaranes que hay dispersos por el mostrador—: Me ha dicho Isaac que ha hecho muchísimo calor.
—Muy bien. El momento quizás no ha sido el adecuado, pero nos lo hemos pasado genial.
—Me alegro. Menos mal que se llevó el colchón inflable consigo, si no, no sé cómo os habríais distribuido para dormir.
—Puede que la historia que le haya contado a mamá difiera ligeramente de la realidad.
Para ella, la casa de Maia había resultado más pequeña de lo que creíamos, con camas individuales.
Josh y yo nos habíamos turnado cada noche para dormir uno en la individual y otro en el colchón inflable que dejé escondido en un cajón de mi habitación.
¿Por qué no le había dicho simplemente la verdad…
que habíamos compartido una cama grande?
Porque eso supondría explicarle demasiadas cosas y no sé si estoy preparado para salir a la luz con toda la verdad.
—Sí, menos mal. —Josh me lanza una mirada desconcertante. Sé que intenta no poner una mueca por el bien de mi historia, cosa que le agradezco enormemente, pero que me hace sentir fatal. No tendría por qué cubrirme y aun así lo hace.
—¿Qué tal tus abuelos?
—Genial. Acaban de llegar de la playa.
—Bueno, pues no os entretengo más. Que os lo paséis genial con las chicas.
—Adiós, mamá —contesto, tocando la cintura de Josh con disimulo para animarlo a salir de la floristería antes de que pueda continuar interrogándolo.
Lo sigo por la calle como un patito hasta llegar al escarabajo amarillo.
Hemos quedado en la Caracola Celeste para tomar algo y cenar.
Estamos en absoluto silencio. Josh va caminando algunos metros delante de mí y yo lo hago algo más rezagado.
Nos montamos en el coche y siento que esta sensación punzante se está volviendo demasiado pesada, así que decido tomar la voz cantante:
—¿Qué ocurre? —Lo hago con una voz turbada.
—Nada —responde, desmadejado pero tajante. Es evidente que algo pasa, y tampoco necesito ser un mago para adivinarlo.
—Oye, lo siento por haberme inventado esa historia de la cama… No sabía cómo explicarles a mis padres que habíamos dormido juntos. —La lengua se me hace un embrollo antes de terminar la frase y debo obligarme a tomar una gran bocanada de aire para continuar—: Es complicado.
Josh empieza a conducir, se incorpora a la circulación de la ciudad y se encamina hacia el bar de los padres de Maia.
—No quiero que estés enfadado —apostillo, por si pudiera ayudar en algo.
—No lo estoy.
—Entonces, ¿qué ocurre?
Le lleva varios segundos contestarme. Quizás porque no pueda encontrar las palabras correctas; tal vez porque no sepa qué decir. El caso es que el tiempo se me antoja eterno y creo perder la cordura en varios momentos.
—Noto que no estás seguro de esto.
—No es así.
—Entonces, ¿por qué te empeñas en hacérmelo ver de esa manera? Primero, me doy cuenta de que no estás conforme con salir en mi corto. Y ahora, te inventas una trola para no decirle a tus padres que dormimos juntos.
—No está siendo fácil.
—Por supuesto que no, pero necesito saber que ambos remamos hacia el mismo lugar. Entiendo que esto sea nuevo para ti, también lo es para mí. Me ha costado mucho entregarte mi corazón en bandeja.
—Lo sé y siento haberte hecho sentir que no estoy seguro, pero aún tengo muchas preguntas que resolver antes de exponerlas al mundo… —Sé que no es complicado de comprender, pero para mí todo es una amalgama de miedos y caminos sin salida.
—¿Y qué pretendes que haga yo hasta entonces?
—Ocultarlo. —La garganta me hierve al decirlo. Es algo que he evitado por todos los medios. No creo que nadie se merezca tener que esconderse, pero no tengo una mejor respuesta, ni una mejor situación.
Josh ni siquiera contesta, se limita a observarme de soslayo, decepcionado, impertérrito y supongo que enfadado.
—El verano se acabará en unas semanas y tú volverás a Sevilla…
—Eso no lo sabes. Ni yo mismo lo sé aún.
—No te quedarás en Mallorca.
—No lo sé, Isaac. Quizás sí. Quizás sí que haya un peso importante que me haga quedarme en la isla. Pero desde luego no lo haré si tengo que esconderme.
De repente, noto cómo la tortilla da la vuelta y la conversación coge un rumbo desconocido e inesperado. ¿Está culpándome?
—Yo no te he pedido que te quedes —justifico cuando veo cómo arquea su ceja—. Solo te he pedido que mantengamos el perfil bajo hasta que… no sé, hasta que resuelva todo mi cacao mental.
—¿Lo harías? Si me quedara en Mallorca, ¿dejarías de mentir?
La pregunta me sobrecoge, me aturde y me confunde.
No sé qué contestarle porque no es algo que pueda medir, ni predecir.
El miedo es inesperado; a veces está y, otras tantas se esfuman.
No sé cómo sería nuestra vida si esto no estuviera limitado al verano.
No sé cómo será mi vida después de que esto la cambie por completo.
—No lo sé, joder, Joshua. ¿No puedes entender que no tengo nada claro?
—Claro que lo entiendo. Acabo de terminar la carrera y no sé qué narices voy a hacer con mi vida cuando llegue septiembre.
Sé lo que es sentirse perdido, pero, precisamente por eso, quiero saber cuáles son tus planes.
Porque pese a que no tengo ni puta idea de qué esperar, tengo claro que quiero encontrar un camino y que lo buscaré incesablemente, en Mallorca o en Sevilla.
—Sé que te quiero —prorrumpo a bocajarro con la respiración pesada por el miedo, la incertidumbre y la honestidad—.
Sé que me asusta hacerte daño, hacerles daño a los que me rodean, a mis padres, a mi hermana.
Josh…, por una vez en mi vida, siento que tengo a alguien fuera de mi familia que me quiere.
Los chicos, Maia, Elisa, tú… Nunca me he sentido así y no quiero perderlo.
Y mi cerebro no sabe funcionar de otra manera.
Asocio lo nuestro al rechazo, porque, joder…
, siempre me han rechazado, hiciera lo que hiciera.
¿Por qué no lo harían ahora? Tengo claro que te quiero, pero también que no sé qué voy a hacer, ni cómo lo voy a decir.
Ni siquiera estoy tan seguro de que quiera ir gritando a los cuatro vientos que soy gay, o bi, o…
no sé, que me gustan los hombres. Nunca he sido así.
Nunca he sentido la confianza suficiente como para estar seguro de quién soy, y ahora no es una excepción.
No quiero esconderte, no quiero obligar a que te ocultes…
, pero, no sé hacerlo mejor, no por el momento.
—Hago una pausa. No sé en qué momento hemos llegado a la Caracola Celeste.
Tampoco sé en qué momento Josh tiene los ojos cristalinos y me observa como si le estuviera rompiendo el corazón.
Quizás lo esté haciendo—. No quiero que tú tengas que sufrir esto, Joshua.
Por supues to que me gustaría que te quedaras en Mallorca pero, si hacerlo significa hacerte daño manteniendo esto en secreto, entonces no quiero.
Porque hacerte daño es lo último que quiero.
Josh alza su mano y la posa sobre una de sus mejillas, eliminando una lágrima que cae desconsolada por su rostro.
Mi pecho se parte por la mitad al verlo desvalido, entrando en barrena.
Me flagelo mentalmente por haberme permitido llegar hasta este punto, por no haberme obligado a aclararme, a despejar las ideas de mi mente y a ser honesto con él.
Pero, cuando nunca te han querido, el tener a alguien que te demuestre la importancia que ostentas en tu vida, nubla el raciocinio de cualquiera.
—No puedo pasar otra vez por esto, Isaac —me advierte con una voz temblorosa.
—Yo no puedo obligarte a esconderte, Joshua. Las personas como tú merecen brillar en la luz, no en la oscuridad.
Hace una mueca triste, una cargada de nostalgia y desolación.
Evito empeorar el momento dejando que las lágrimas que amenazan con desprenderse de mis ojos salgan a flote.
No podemos ahogarnos los dos juntos en este maldito coche.
Ni siquiera es necesario que diga nada. Salgo del coche, sin echar un último vistazo y me cuelo en la Caracola Celeste, recomponiéndome a mí mismo.
No me apetece fingir que todo está bien, pero debemos hacerlo.
Debemos fingir que no acabamos de cortar de raíz algo que no ha empezado.
El que nace cobarde, muere cobarde.
Eso es algo de lo que soy consciente desde pequeño.