30
CUANDO JOSH
CONOCIÓ A ISAAC
JOSH
—¿S oy el protagonista de tu proyecto final? —Isaac está sentado en el borde de la cama. Tiene la mirada brillante y las mejillas chispadas. Son cerca de las cuatro de la madrugada y acabamos de dar por finalizada la pequeña fiestecilla que hemos organizado.
—¿Qué? —Me giro sobre mí mismo con el cepillo de dientes aún en la boca. Seguro que tengo los labios llenos de pasta, pero no me importa. Estoy tan cansado que me da igual que Isaac me vea con esta expresión tan ridícula.
—Pues eso…, ¿salgo yo en tu corto? —vuelve a preguntar con una voz grave y profunda.
—Claro que sales. Me has acompañado durante todo el itinerario. —Evito decir que la idea de todo el proyecto es él. Él y este verano. Lo nuestro.
—Pensé que solo eran inspiraciones, que luego grabarías otras tomas.
—¿No te parece bien? —dudo sin entender el punto.
—No sé. —Se encoge de hombros—. Tampoco soy tan importante como para salir.
¿Cómo no va a serlo si ha sido lo único en lo que he pensado desde que llegué a Mallorca en junio? ¿Cómo podrían ese par de ojos y esa sonrisa perfecta no ser el centro del proyecto? Escupo la pasta y me enjuago la boca, dejando mi cepillo de dinosaurio junto al suyo.
—¿Por qué dices eso?
—¿Estás seguro de que quieres que aparezca? No me enfadaré si decides sacarme. —Si lo quito, me quedaría sin proyecto, sin idea y sin corto.
Me agacho frente a él y poso mis manos sobre sus rodillas.
—Nunca he estado tan seguro de algo. —Esbozo una sonrisa ladina y él hace lo mismo. Alzo mi mano y la coloco en su nuca, acariciando los nacimientos de su cabello castaño, el cual está un poco más largo de lo normal—. Eres muy importante en mi vida, Isaac.
No sé cuánto lleva ahí; si es producto de lo que le he dicho o si es consecuencia del alcohol, pero sus ojos están vidriosos, con una capa acuosa cubriéndole el iris. Una lagrimilla se desliza por su mejilla y se apresura a eliminarla antes de que pueda siquiera reparar en ella.
—Josh… —balbucea con una expresión azorada y una voz mansa.
Parece que va a decir algo, pero no. El silencio nos inunda y, antes de que el propio peso de la ausencia del sonido nos sacuda, su boca se enreda con la mía en una amalgama de dientes y lenguas.
Es un beso tierno que termina tornándose en algo más lascivo.
Mi mano se aferra con más fuerza a su cuello, y él aprovecha nuestra cercanía para tirar de mí.
Me siento a horcajadas sobre su regazo cuando enreda sus dedos en mi camiseta.
Me muevo sobre sus piernas como si todo lo que nos distanciara me molestase.
Mi torso termina desnudo y, antes de que pueda darme cuenta, sus labios recubren mi pecho, mis pezones y cada lunar con el que pueda toparse.
—Llevo toda la noche deseando este momento —confiesa, mordiéndome el labio inferior en un movimiento desafiante.
Le quito la camiseta y lo tumbo sobre el colchón.
La presión de mi entrepierna termina desesperándome y me quito yo mismo el bañador para hacer lo mismo con el suyo.
Su dureza sale disparada por impulso al liberarla, haciendo un sonido opaco contra su abdomen.
Intento no jadear al ver el líquido que se esparce por su tripa, pero es imposible.
Estoy tan al borde que no tengo miedo de tirarme al precipicio si él viene conmigo.
Me pongo de rodillas en el suelo, entre el hueco de sus piernas, y rodeo su polla con mi mano.
Sin cavilaciones previas, hundo mi boca en ella, sintiendo el tembleque de Isaac debajo de mí.
Sus dedos se enredan entre las caracolas de mi pelo.
Voy con un sosiego que lo hace corcovear.
Recorro todo el tronco y termino en sus testículos, acariciándolos con fuerza antes de pasar mi lengua por ellos.
Su glande se hincha ante mi contacto. Me ayudo de la mano y acrecento el movimiento cuando su agarre así me lo pide.
Antes de que pueda terminar, me retiro de su polla, dejándola laxa sobre su pierna, y me subo sobre él.
—¿Quieres? —Me quedo a la altura de su pecho.
—Hazlo —pronuncia antes de abrir la boca.
Me repantingo en el sitio, colocando mis piernas cerca de su cabeza y penetrando sus labios con mi polla.
La humedad y la calidez me reciben con tanta rapidez que temo correrme al segundo, pero no lo hago.
Me resisto. Muevo mis caderas con parsimonia, recreándome en el vaivén.
Él posa sus manos en mis glúteos y los aprieta con fuerza, consiguiendo que un gemido se escape por mi boca.
Hundo mi miembro hasta el fondo, hasta que no queda ninguna parte visible, hasta que toco su garganta, hasta que se queja, hasta que pierdo el sentido.
No sé cuánto tiempo paso así. Solo sé que ahora su lengua se adentra por mi apertura.
Lo hace con tranquilidad, también con cierto nerviosismo, pero está determinada a prepararme.
—¿Bien? —se asegura, separando su cara levemente.
—Genial.
Noto cómo poco a poco empiezo a sentir una sensación de libertad apasionante. Sé lo que significa. Sé que es el momento. Isaac sale de debajo de mí cuando me recuesto con el abdomen sobre el colchón y busca un preservativo en su neceser.
—Voy a cerrar la puerta del baño. Me da vergüenza que los cepillos de dientes de dinosaurios nos vean hacer esto.
Me carcajeo al ver a un hombre tan grande como él empequeñecerse ante dos figuritas.
—No te perdonarían tal cosa.
—Desde luego que no. —Encuentra el preservativo y lo rasga con los dientes, deshaciéndose del plástico y lanzándolo a algún punto de la habitación.
Reparte besos leves por la parte trasera de mis muslos y desliza su lengua una última vez por mi apertura, consiguiendo que mi polla se endurezca aún más—. ¿Estás preparado?
—Sí.
—Iré lento —me advierte, colocando la punta de su erección en mi glúteo.
—No. Ve rápido, Isaac. Fuerte.
—Te voy a…
Antes de que pueda decir algo, me giro levemente y le arrebato un beso que lo deja sin aliento.
Lo miro con confianza y sonrío con picardía.
Estoy tan cachondo que toda la piel me arde al tocarlo.
Isaac asiente y noto cómo entra poco a poco en mí, asegurándose de que estoy bien.
Besándome los hombros con ternura. Mi cuerpo acepta al suyo como si estuvieran hechos para ser el uno del otro.
Y, entonces, cuando creo que conozco todas las versiones de Isaac, aparece una nueva.
Me azota un glúteo con fuerza y me muerde la espalda con precaución antes de empezar a follarme tal y como le he pedido.
No sé cómo lo hace. Bueno, por supuesto que lo sé, conozco el funcionamiento del cuerpo.
Pero me corro sin tocarme, solo sintiéndolo, disfrutando de él.
Lo hago varias veces hasta que termino encima.
Muevo mi cadera con precisión mientras él se escupe en la palma de la mano y empieza a masturbarme.
Me aferro a su pecho con las uñas, con las yemas, con todo lo que tengo a mi disposición porque, justo cuando esboza una sonrisa brava, siento cómo el momento vuelve otra vez.
—Voy a terminar ya —me advierte sin dejar de deslizar su mano por mi polla.
—Yo también.
Y lo hacemos. Él se corre primero, temblando bajo mis glúteos.
Siento cómo su masculinidad se ensancha a la misma vez que gime.
Después, justo cuando creo que no puedo volver a hacerlo, el semen sale disparado de mi interior y me deshago otra vez.
Joder, qué maratón . Terminamos exhaustos, con las frentes una sobre la otra y las respiraciones desacompasadas.
—Ha sido una locura —balbucea, besándome con ternura.
—Creo que estoy a punto de desmayarme.
—¿Quieres agua?
—Sí, por favor —le ruego, tendiéndome junto a él.
—Ahora vuelvo.
Isaac se pone en pie, se viste rápido y sale de la habitación. Vuelve a los pocos minutos con dos vasos en las manos. Me tiende uno de ellos y se vuelve a acostar a mi lado. Nos quedamos en silencio, mirándonos el uno al otro, recuperándonos del momento, reparando en que no hay vuelta atrás.
—Tú también eres muy importante para mí, Joshua. Mucho .
Sonrío como si nunca antes me hubieran dicho «te quiero». Y, la verdad, es que un poco es así. Siempre creí que conocía la calma, pero cuando él llegó a mi vida me di cuenta de que no tenía ni idea.
Me despierto mucho antes que él. Isaac aún está plácidamente dormido cuando salgo de la habitación.
Debo ponerme cuanto antes a terminar el proyecto final.
La fecha de entrega es en dos semanas y aún estoy en las primeras fases de edición y en las últimas de perfeccionar el guion.
Camino hasta la cocina con mi portátil en una mano y mi libreta en la otra.
—Buenos días —me sobrecoge una voz cuando pongo un pie en la planta de abajo.
—Joder, Andreu, qué susto. —Me llevo la mano al pecho, tratando de relajarme y de liberar la tensión de mi cuerpo.
—Perdón. Pensaba que me habías visto.
—Tengo aún los ojos pegados. Con suerte puedo ver por dónde camino —contesto, acercándome a la mesa del salón—. ¿Qué haces despierto tan temprano?
—No puedo dormir más. Ese sofá es una tortura. —Estira sus brazos hacia arriba, consiguiendo que varios huesos le crujan—. ¿Y tú?
—Tengo que adelantar cosas de mi trabajo final para la carrera.
Asiente y me tiende un poco del brick de zumo de naranja que acaba de sacar de la nevera. Tomo el vaso que me ofrece y bebo un sorbo.
—¿Y de qué va? —se interesa, sentándose frente a mí.
—Del verano. Del amor. De la incertidumbre…
—¿De Mallorca?
—También.
—Ya veo. —Desvía su mirada con cierta timidez que me pilla por sorpresa. Es la primera vez que lo noto actuar así—. ¿Puedo preguntarte algo?
Sé que si me niego, me lo preguntará de igual manera, así que nos facilito el trabajo a ambos, aceptando.
—¿Me odiaste? —Carraspea su garganta y rectifica su pregunta, añadiendo más contexto—: Cuando te propuse aquella idea de mierda sobre abrir nuestra relación, ¿me odiaste?
Quizás debería pensar la respuesta, hacer un ejercicio de reflexión sobre lo que sentí en aquel momento, pero lo cierto es que lo tengo bastante claro.
—Sabes que nunca podría odiarte, Andreu.
—Yo me hubiera odiado. Fui un imbécil.
—Me obligué a hacerlo. Pensé que quizás así te olvidaría antes, pero no me sirvió de nada. Tú no volverías y yo no podría volver a confiar en ti. ¿Qué sentido tenía guardarte rencor?
—Deberías haberme gritado aquel día. Quizás así hubiera despertado.
—Parecías muy seguro de que lo decías.
—Fue el peor error que pude cometer jamás.
— Hace una pausa para posar sus ojos sobre los míos.
Y me asusta lo que pueda decir, pero me asusta aún más que su mirada ya no tenga ningún efecto en mí.
Me veo a mí mismo buscándolo. Pero no me topo con ello.
No encuentro las motas verdes en unos ojos color miel, ni un pelo castaño rapado.
No encuentro nada en él de lo que ahora me hace sentir vivo—.
Pensé que sería mejor soportar la distancia si sabía que estabas con otro.
Nunca lo hice por liarme con nadie más. Creí que…
no sé, quizás sería más fácil de esa manera.
Me daba miedo distanciarme de ti, pero me daba aún más miedo perderte.
Creí que esa era la única opción que teníamos, ponerte en bandeja el conocer a otra persona.
—Se encoje de hombros y esboza una sonrisa agria, de arrepentimiento, de muchas emociones que no soy capaz de detectar.
Ya no sé leer a Andreu de la misma manera—.
No sabes cuánto siento haberme comportado de esa manera.
—Me perdiste de igual forma.
—Te vi llorando, roto y…, joder, ¿cómo iba a permitir hacerte sentir así? ¿Cómo iba a saber si estabas bien o mal a tantos kilómetros? Cortar por lo sano era lo mejor. Ninguno de los dos sufriría. —Chista la lengua—: No podría estar más equivocado.
En algún lugar de mi mente, en ese mismo en el que habitan nuestros recuerdos juntos, Manchild de Sabrina Carpenter comienza a sonar. Los hombres incompetentes e idiotas siempre han sido mi prototipo, ¿qué le puedo hacer?
—No te odio, Andreu —me veo en la obligación de repetir. Necesito dejárselo claro. Necesito hacerme ver que ya nada de lo que ocurrió entre nosotros me importa.
—Entendería si lo hicieras.
—Pero no lo hago.
—Te quise mucho. Mal, pero te quise.
Quiero soltar un comentario irónico que corte este momento, pero no puedo. Sé que esta es la única manera de cerrar el ciclo.
—No supimos querernos. Eso desde luego. Pero, gracias a ti y a lo que tuvimos, sé lo que no quiero en una relación.
Ambos sonreímos. Presas del nerviosismo, de la incertidumbre, del paso del tiempo, de la confianza que alguna vez tuvimos.
—Me alegro de que al menos haya servido para algo… —Hace una pausa antes de levantarse de la silla—: Espero que seas muy feliz con él, Josh. Todo lo que no pudiste serlo conmigo.
Me detengo varios segundos para pensar una respuesta y, justo cuando estoy a punto de decir un « espero que no le pidas una relación abierta a tu próxima pareja », desaparece del salón, dejándome allí solo.
Dejándome frente a un cuaderno repleto de recuerdos de este verano.
De todos los recuerdos que tengo con Isaac.