Romance de verano para chicos perdidos 29
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GIVE ME EVERYTHING TONIGHT

ISAAC

E stamos en mitad de Mahón, en un punto inexacto entre la calle Isabel II y el abismo con la muerte. Ahí es donde nos espera La Parca con un bote de protección solar en las manos y un hacha sobre el hombro, dispuesta a llevarse nuestras almas después de fallecer por un golpe de calor.

—Me sudan lugares que nunca pensé que me sudarían —se queja Dylan, resguardándose bajo el amparo de una tenue sombra.

—A nadie le importa —resopla Elisa, moviendo el abanico muy cerca de su cara.

—¿Y por qué contestas?

—Para pedirte por octava vez que cierres la boca. —Toma una gran bocanada de aire—. Si muero, prefiero que no sea tu voz lo último que escuche.

—Si mueres, tu madre te mataría —añado con un tono burlesco. Ahora que la boda está a la vuelta de la esquina, no creo que le siente demasiado bien tener que preparar además un funeral.

—Así podría ahorrarme ir a su despedida de soltera.

—¿Habrá stripteases? —apostilla Maia, observando la pantalla de su móvil—. Si es así, yo me apunto.

—¿En serio? —Joan se lleva la mano a la sien y se la acaricia con brusquedad, restregando el sudor que la recubre.

—No tengo ojos para nadie que no seas tú, rubio —dice, moviendo su brazo hacia la calle contraria—: Es por allí. Estoy segura.

—Eso dijiste hace cuarenta minutos —expone Josh, sentándose junto a Dylan en el banquito que han encontrado no muy lejos de donde estamos.

—Esta vez es la verdadera —declara la chica con una sonrisa dudosa.

—Hemos pasado por delante de esa heladería tres veces. —Andreu tiene los brazos en forma de jarra sobre sus caderas—. Yo me voy a comprar uno. Tengo hambre.

—Píllame uno de limón, tío —le ruega Dylan.

—¿De limón? —Elisa hace un mohín de desagrado.

—Ahora te doy un poco para que pruebes. Te volverás loca. —El chico le guiña el ojo con un descaro que me arrebata una carcajada. Si no estuvieran tan empeñados en odiarse, harían muy buena pareja.

—Loca me volveré como no te calles.

—¿Me odias?

—¿Yo? Qué va, ¿qué te ha hecho pensar eso?

Elisa da por finalizada la conversación cuando Andreu vuelve con helados en las manos.

Le tiende uno de vainilla y chocolate a Josh, que lo acepta casi al instante.

Andreu lleva desde ayer intentando enmendar el error de haberle golpeado durante el partido de vóley en la piscina.

Josh solo necesitó una siesta reparadora para levantarse como nuevo.

—Ya lo he encontrado. Es aquel supermercado. —A lo lejos, cerca de una esquina y casi difuminado en el horizonte, pudimos apreciar un ápice de nuestro destino.

—¿No había ninguno más cerca de la Fortaleza de la Mola? —pregunta Josh con un tono más bajo.

—Sí, pero así le enseñamos la ciudad al resto. ¡Vamos, chicos!

Maia toma la voz cantante junto con Joan y se echan a caminar hacia el frente. El resto seguimos algo rezagados, cansados y ardiendo por el sol y la humedad. ¿A quién se le ocurre estar a las cuatro de la tarde bajo la solana en plena ola de calor?

—¡¿Josh, puedes traerme la espuma de afeitar que he dejado en mi neceser?! Estoy empapado y no quiero salir del baño —le grito, anudándome la toalla alrededor de la cintura cuando termino de secarme levemente el pelo.

—Voy.

Me he acordado de traerme conmigo la cuchilla, pero se me ha debido olvidar la espuma. No tarda demasiado en encontrarla. Pide permiso antes de entrar, y asoma la cabeza levemente por la rendija que hay entreabierta.

—Aquí tienes. —Extiende su brazo sin traspasar demasiado el umbral.

—Gracias. —Cojo el bote—. Oye —lo llamo con un tono implorante gutural que me sale casi sin mediarlo—, ¿te importaría echarme una mano con el aftersun ? Me he quemado un poco la espalda.

Siento cómo mi piel hierve tras los rayos del sol.

Estoy acostumbrado a exponerme a ellos, pero normalmente lo suelo hacer con una camiseta que me cubre y me protege.

Sin embargo, ahora llevo dos días sin recordar lo que es tener un trozo de tela sobre el torso, ya que me paseo por toda la casa en bañador y en chanclas.

Este, sin dudarlo, es el estilo de vida que siempre he querido.

Josh me mira a través del espejo como si le acabara de pedir algo inaudito. Yo debo morderme el labio inferior para evitar reírme ante la cara de circunstancia que tiene.

—Puedo pedírselo a Elisa o a…

—No, yo lo hago.

—¿Seguro? —Observo cómo se acerca a mí y coge el bote de aftersun .

Asiente, convencido, y se extiende un poco de la crema en las manos.

Coloca sus dedos sobre mis hombros y los desliza por mi columna vertebral hasta llegar al inicio de la toalla.

Mi vello se ha erizado ante su contacto, y no es la única zona de mi cuerpo que ha reaccionado ante él.

Mi miembro se sacude al sentir su respiración sobre mi nuca, su piel tan cerca de la mía, sus manos tocándome, acariciándome.

Nunca he disfrutado tanto del roce con otra persona.

Nunca he sentido esa sensación placentera en el pecho típica de una conexión física con quien con el pretendes fusionarte hasta que el fin del mundo llegue.

Las relaciones sexuales han sido para mí un mero intercambio de energías que nunca ha simbolizado mucho más.

Hasta ahora. Hasta que ser tocado por Josh es lo único que quiero.

Hasta que sus labios son una prisión en la que quiero quedarme, cuando sus ojos son los únicos que quiero sobre mí, cuando me pregunto cómo será estar dentro de él, y fuera, y por todo su cuerpo.

Joder, parece que todas mis hormonas están armando una rave .

—Josh… —mascullo, dá ndome la vuelta sobre mis talones. Cojo su mano al vuelo y la coloco sobre mi pecho—, también me he quemado por delante. ¿Me ayudas?

—Un par de musculitos no me impresionan, Isaac. —Enarca una ceja con cierta diversión cuando entiende perfectamente mis intenciones.

—¿No te he impresionado ya con mi labia?

—Todavía no. —Mueve la cabeza de un lado al otro, pasando sus dedos por cada recoveco de mi pecho.

—Tendré que hacer algo al respecto.

—Nos están esperando —advierte, danzando su mirada por todo mi torso, por todo mi abdomen, por mi erección atravesando la toalla.

—Lo sé. Y no sabes lo mucho que me jode.

Termina de echarme el aftersun y me da una palmadita con camaradería en el hombro antes de marcharse del baño y dejarme con un calor inaudito plagándome el cuerpo. ¿Qué narices tendrá para hacerme perder la razón sin dudarlo?

Joan lleva más de diez minutos intentando encender la barbacoa que hay junto a la piscina. Los trozos de la pastilla no arden y ha necesitado de la ayuda inmediata de Dylan y Andreu. Nosotros preparamos las carnes, dejándolas a su lado sobre una bandeja mientras Elisa pone la mesa.

—Pon las manos ahí, tío. Le está llegando todo el viento —dice Joan, cansado tras varios intentos.

—¿Qué viento, flipao ? Si estamos en una ola de calor. Con suerte no estamos a 45ºC a las diez de la noche —le reprocha el chico.

—La brisa marinera. Yo qué narices sé.

—Sujeta la pastilla —le ordena Andreu, haciéndose con el mechero—. Intentaré quemarla yo.

Give Me Everything comienza a sonar por el altavoz que Maia acaba de sacar de la casa.

Mueve la cabeza con frenesí haciendo que su pelo se zarandee con ella.

Coje a Josh de la mano y lo arrastra a bailar.

Él termina sucumbiendo al sonido, a su amiga, a la noche, al verano…

Y yo lo observo, ajeno al resto de lo que ocurre.

Y, joder, me quedo sin respiración. Mueve su cuerpo con sincronía y me señala con diversión a la llamada de « Grab somebody sexy, tell’em hey».

Me alejo de los chicos que parecen haber encontrado la clave para encender la chimenea y me dejo llevar por las palabras de ánimo de Maia.

—¡Eso es, Isaac! —exalta, palmeando sus manos para animarme.

No suelo bailar, de hecho, lo hago fatal, pero la vida está llena de idioteces, de situaciones surrealistas y de hacer todo lo que nunca has hecho para divertirte un poco.

Este verano, sin duda, me está enseñando que todo lo que creía tener claro no eran más que espejos y humo, una ilusión para no plantearme mi vida.

«Give me everything tonight.

For all we know, we might not get tomorrow.

Let’s do it tonight».

Terminamos de cenar la carne que hemos comprado en ese supermercado en la Calle Del Infierno número 666 y pasamos a una sobremesa con alguna que otra copa. La noche se adentra entre nosotros. Las horas pasan con un ritmo frenético, conversaciones absurdas y bailes al ritmo de cualquier canción.

—Voy a por la cámara —me dice Josh, pasándome su copa—. Ahora vuelvo.

Su cuerpo desaparece por las cristaleras que separan la zona de la piscina del resto de la casa. No tarda demasiado en volver y en empezar a grabarnos a todos.

—Hazme una foto con Elisa, Josh —le pide Dylan, acercándose a nuestra amiga—. La regalaremos el día de nuestra boda.

—La fecha coincidirá con la de mi entierro —contesta ella, reconfortándose contra su cuerpo, como si quisiera negarse pero no pudiera.

Joan y Maia llevan un rato besándose detrás de mí como una panda de críos salidos.

—¿Nos hacemos nosotros una ? —me pregunta antes de tenderle la cámara a la dueña de la casa que tiene el pelo revuelto, los labios hinchados y la respiración desencajada—. ¿Te importa dejar de procrear delante de todo el mundo y hacernos una foto?

—Eres un cortarollos, Joshy —se queja ella, aceptando la propuesta.

Josh se acerca a mí con una sonrisa repleta de ilusión.

Nadie que no sea la fotógrafa (la cual no aparta la vista de su churri ) sabe lo nuestro.

No porque no confiemos en ellos (en Andreu desde luego que no), sino porque mantenerlo en secreto es una forma de hacerlo privado, de mantenerlo entre los dos, de no dejar que nadie se entrometa, de permitirnos nuestros propios tiempos para digerir todo lo que está cambiando en nuestras vidas.

Soy consciente de que debemos explicaciones, de que en algún momento lo diremos y seremos felices (o eso espero), pero, hasta entonces, me conformo con las miradas furtivas, los besos escuetos y las caricias sutiles en medio de un lugar repleto de gente.

Como ahora .

Como cuando mi brazo se posa sobre sus hombros y el suyo rodea mi espalda.

Como cuando mi cabeza cae sobre la suya, apoyada con delicadeza, con ternura, con cariño.

Como cuando echo un vistazo a todos los que nos observan detrás de Maia y reparo en sus sonrisas bobaliconas al vernos (incluso en Andreu, aunque sea más tenue, más ligera).

Como cuando Give Me Everything sigue sonando.

—Perfecta. —Maia nos enseña el resultado—: Quedará perfecta en tu trabajo final, Joshy.