28 #2
Isaac hace el amago de andar pero un quejido se escapa de su boca.
Echa su cabeza sobre mi hombro mientras se sujeta la entrepierna con una mueca de sufrimiento.
Avanzamos por el pasillo y llegamos a la piscina.
Parece un poco más recuperado cuando el resto del grupo prorrumpe en aplausos al vernos.
—Ya era hora —advierte Joan, aplaudiendo como el resto—. Llevamos un rato esperando.
—Ya estamos aquí.
—Creo que me falta un huevo —afirma Isaac, irguiéndose levemente.
—¿Un qué ? —Elisa está en el interior del agua con un brazo apoyado en el borde.
—Nada. Se ha dado un golpe en los testículos —afirmo, dejando las dos toallas sobre una de las hamacas. Bajo el tono de voz y le pregunto casi al oído—: ¿Estás bien?
—Sí. Sí. No te preocupes. Ya puedo respirar sin sentir cómo se me van a salir las tripas por ahí abajo. —Sonríe con un gesto compungido—. Aunque creo que será mejor que me abstenga de jugar, al menos por el momento.
—¿Quieres que me quede contigo?
—¿Y hacerme qué… un masaje?
La piel de mi cara empieza a hervir en una mezcla entre los rayos del sol y la cercanía con el resto del grupo que, pese a que esté enfrascado en la división de equipos y parezcan ajenos, siguen estando aquí presentes.
—Ya te gustaría. Idiota —le contesto, sacando una valentía impropia en mí.
—¡¿Jugáis, entonces?! —Dylan nos grita desde el agua, como si estuviéramos a doscientos kilómetros.
—Yo me voy a quedar aquí, tomando un poco el sol y recuperándome del golpe. Josh sí juega —Me lanza una mirada maliciosa—. Dice que es un experto en el vóley y que os va a destrozar.
Cabrón .
Por supuesto que se me da fatal. Todo lo que implique pasar un balón de un lugar a otro deja de ser mi fuerte automáticamente, aunque nunca lo haya jugado o probado nunca. Tengo una puntería pésima que muy poca gente conoce. ¿Se lo habré confesado a Isaac en algún momento?
— Good luck, baby. —Dibuja una sonrisa pícara entre sus labios que, si no fuera por lo mucho que lo odio en este momento, me haría querer besarlo hasta que se le borrase por completo.
Vamos 7-2, perdiendo, por supuesto. Los equipos han quedado repartidos de tal manera en la que Maia, Dylan y yo somos uno, y que Elisa, Andreu y Joan suponen otro.
Me da coraje reconocer que Andreu está bordando la partida, pero es una realidad.
Joan también hace una buena presión; mientras que nosotros… , nosotros somos un cuadro.
—¡Madre mía, Josh! ¡¿Cómo has perdido ese golpe?! —me grita Dylan, ahogándose a sí mismo en el agua.
—No lo he visto venir, ¿vale? Deja de presionarme.
—¿Cómo no lo vas a ver? Si te venía de frente…
—No estás en circunstancias de reprochar nada. Te recuerdo que has sacado y el balón ni siquiera ha pasado la red —le reprocha Maia, cogiendo la pelota entre sus manos.
El chico termina callando. Se prepara para el saque y mi amiga termina dando el primer golpe, él lo asiste y Andreu lo devuelve.
Es la segunda vez que no lo veo venir. Aunque, en esta ocasión, todo ocurre demasiado rápido.
No tengo la mente en el juego, de hecho, mis pensamientos pululan alrededor del socorrista que tiene el cuerpo embadurnado en aceite y nos observa con las gafas de sol puestas desde algún punto del exterior de la piscina.
El balón termina cayendo sobre mi cara, en el hueco entre mi mejilla y mi ojo, propiciándome la mayor hostia jamás contada, escrita y redactada.
—¡Joshua! —grita la voz de Isaac casi al instante.
Yo me venzo hacia atrás, cayendo al agua por el fuerte impacto. Salgo a la superficie un tanto aturdido. Escucho murmullos a mi alrededor, varias manos me tocan pero yo no soy capaz de enfocar mi mirada sobre ninguna cara. Joder, qué tortazo me ha dado.
—Lo siento mucho, Joshy. —Es Andreu. Estoy seguro de ello.
—Apartaos un poco para que pueda respirar. —Ahora es Elisa.
—¿Puedes salir de la piscina? —Maia se acerca a mí.
Trato de mover la cabeza para negar, pero no soy capaz.
Me cuesta mucho mantener los párpados abiertos.
Siento como unos dedos se deslizan por mi espalda, cautelosos, perspicaces, pero determinados con lo que hacen.
Reconozco su tacto cuando sus brazos me recogen sobre su cuerpo.
Noto como el peso de mis extremidades se convierte en nimio cuando salimos del agua.
Isaac me está llevando por la casa como si fuera un peso de plomo.
—Maia, trae hielo —impera Andreu, caminando detrás de Isaac—. En una bolsa con alguna tela o algo para que no le toque la piel. ¿Dónde lo llevas?
—A nuestra habitación. —Si no fuera por el aturdimiento, sonreiría al escuchar el hincapié que ha hecho en lo que compartimos.
Siento como me suelta con delicadeza sobre una superficie blanda, supongo que el colchón. Visualizo el techo de madera y empiezo a sentir como el efecto tontorrón se desvanece paulatinamente.
—Déjame que le eche un vistazo —insiste Andreu muy cerca de mí.
—¿Para qué? ¿Para rematarlo?
—Solo ha sido un balonazo, además ha sido sin intención —aclara con un tono culpable—. Déjame que lo mire, por favor.
—Isaac, apártate. —Maia aparece de repente en la habitación. Estoy como volando por otra dimensión pero soy capaz de escucharlo todo—. Es médico.
Pasan algunos segundos hasta que unos dedos me tocan la mejilla con cuidado. Me mueven el mentón, haciéndome asentir. Poco después, algo frío se posa sobre mi piel.
—No tiene nada grave. Solo la rojez y el mareo por el impacto —concluye Andreu—.
Será mejor que lo dejemos descansar un poco hasta que se sienta mejor.
—Noto como el peso del colchón se estabiliza, supongo que se levanta de mi lado.
Me acaricia la palma de la mano y escucho como varios pasos se aproximan hacia la puerta.
—Me quedaré con él por si necesita algo.
Quiero dejarles claro que estoy bien, que solo ha sido un golpe, pero mi garganta no es capaz de hacer ningún sonido.
Así que, aprovechando el frescor de la habitación, la comodidad de la cama y el efecto del impacto termino cerrando los ojos hasta quedarme dormido, otra vez.
Empiezo a pensar que tengo narcolepsia severa.