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EN ESE MAR DE TU MIRADA
JOSH
D esde que tengo uso de razón, Maia y yo siempre nos hemos escapado algunos días del verano a su casa en Menorca.
Sus padres habían comprado una cerca de la playa cuando celebraron el primer aniversario de la Caracola Celeste.
Y pese a ello, han pasado dos años desde la última vez que estuvimos allí.
Ella se había marchado a Inglaterra y, aunque sus padres me ofrecieron irme con ellos durante su ausencia, no tenía sentido hacerlo sin mi mejor amiga.
Es como si en Tú a Londres, y yo a California faltara alguna de las gemelas. Imposible.
Este año, aprovechando las temperaturas de agosto, hemos decidido ir con el resto del grupo.
Aunque ese no haya sido el plan inicial, hemos ido improvisando.
Al principio, Maia ha invitado a Joan, el cual podía extender una invitación más, a Dylan.
Evidentemente, este último no ha tenido nunca pensamientos de venir solo (aunque creo que le hubiera dado igual con tal de ver a Elisa), por ello, también ha decidido invitar a Andreu (que no sé qué chispa le ha cortocircuitado en la cabeza para presentarse aquí con todas sus narices, sabiendo que Maia lo odia).
El caso es que estamos aquí, todos reunidos como una gran familia que no esperaba la visita ingrata del chaval.
—¿Estás de coña? —pregunta mi mejor amiga, impertérrita, viendo al chico con un macuto de mano sobre el hombro—. ¿Quién lo ha invitado?
—He sido yo. —Dylan alza su mano con cierta reticencia, por supuesto fingida.
—Claro que has sido tú. Solo alguien sin neuronas sería capaz de invitarlo —le chista Elisa, sentándose en uno de los bancos dispuestos en la cubierta.
—Entono el mea culpa . —Se palmea el pecho mientras Andreu dirige su mirada hacia mí.
Analizo cada parte de su expresión: tiene un deje de arrepentimiento que no pasa desapercibido.
También puedo leer en su frente un «sé que no debería, pero tenía que intentarlo».
Tal vez no esté en mis plenas facultades, quizás la euforia de volver a Menorca se haya apoderado de mi raciocinio, pero decido dar mi brazo a torcer.
De igual manera, el ferry acaba de salir en dirección al destino.
—A mí me da igual que venga. —Presiono mis labios—. No vamos a tirarlo por la borda.
—¿Por qué no? Sabe surfear, supongo que también sabrá nadar —justifica Maia, observándolo de soslayo. Incluso la veo frotar una mano contra la otra con cierta malicia.
—Da igual, Mai. En serio.
—Tendrás la peor habitación —le advierte.
—Me conformo con el sofá —replica el chico, despreocupado.
¿Por qué narices se presta a este tipo de situaciones? ¿Se le está yendo la pinza o algo así?
Decidimos dejar la conversación en ese punto.
Es mejor que las aguas se calmen antes de llegar a Menorca.
Cada uno busca un asiento libre en los bancos en los que relajarse durante las cinco horas de trayecto hasta Mahón.
Yo me acomodo junto a Isaac que me sonríe mientras me tiende uno de sus auriculares.
Inclino mi cabeza sobre su hombro y termino durmiéndome con el sol dándome en la cara.
—Pasajeros, bienvenidos al Puerto de Mahón. Por favor, desembarquen del ferry en orden. Passatgers, benvinguts al Port de Maó. Per favor, desembarquen del ferri en ordre . —Una voz enlatada me espabila y la mano de Isaac se posa sobre mi muslo y me aprieta con delicadeza.
—Tienes una destreza para quedarte dormido en cualquier lugar que flipas —me dice en un susurro—. También para babear. Eres increíble.
Reparo en el cerco de baba de su hombro.
¿Otra vez? Menos mal que en esta ocasión no ha sido un desconocido.
Me recompongo poco a poco o, más bien, todo lo poco a poco que puedo teniendo en cuenta el sonido del mar, la bocina del barco anunciando la llegada, las gaviotas sobrevolándonos y las voces estridentes de todos los pasajeros, desesperados por tocar tierra firme.
—Gracias por la última parte. Que te den. —Lo empujo con sutileza pero, antes de que pueda escaparme, él consigue alcanzar mi brazo al vuelo—. ¿Algo más que tengas que decir?
—Sí, que haces unos sonidos extraños al dormir, pero estás guapísimo con el pelo desordenado, así que, me tendré que acostumbrar. —Esboza la sombra de una sonrisa y yo creo que soy capaz de derretirme allí, delante de todos.
—Qué sutiles sois. —Maia pasa por nuestro lado, dándonos un codazo.
Eso nos devuelve a la realidad en la que queremos mantener lo nuestro en privado, al menos hasta que estemos preparados, al menos hasta que tengamos una etiqueta y no seamos un embrollo imperfecto de besos, caricias y confesiones.
Nos separamos levemente y cogemos el ligero equipaje que traemos para los próximos cuatro días.
Desembarcamos antes de lo previsto, por lo que llegamos a la casa de Maia cuarenta minutos antes de lo que habíamos planeado.
Es una propiedad sencilla, blanquecina con puertas amarillas pastel y muchas enredaderas trepando por las paredes.
Mahón es la capital de Menorca, y en estas fechas del año está atestada de foráneos dispuestos a veranear y pasar aquí los últimos días de libertad antes de volver a la rutina.
Qué mal suena esa palabra, y qué miedo me provoca el saber que la entrega del Trabajo Final está a la vuelta de la esquina.
—Os haré un house tour rápido pero, antes, quiero recordar las normas para los nuevos. —Mira a Andreu que rueda sus ojos y espera que continúe—. No podéis romper nada, ni desordenar los muebles, ni la decoración. —Calla durante algunos segundos para concluir diciendo—: Ya está. Eso es todo.
—¿No podemos remodelar la casa? —Hago un gesto de tristeza—. Con lo que me apetecía a mí una reforma por sorpresa.
—Muy gracioso, Joshy. —Me saca el dedo antes de abrir la puerta principal.
El aire fresco del interior nos acoge a todos con muchísima generosidad.
Nos hacía falta un alivio después de la humedad insoportable que nos ha perseguido durante el viaje en el ferry.
Maia empieza a enseñarnos todas las habitaciones: el salón anexo a la cocina, a su vez anexa al comedor, que también está unido a la zona de juegos.
Todo se mantiene tal y como lo recuerdo.
La segunda planta son los dormitorios. Sonrío al ver que la letra de madera con dos zapatos de charol aún sigue con la forma de una «J».
Tras varios veranos viniendo, sus padres tomaron la decisión de asignarme este dormitorio.
—Hay cuatro habitaciones en total. Joan y yo nos instalaremos en la mía, el resto las podéis distribuir cómo queráis —anuncia Maia, dando por finalizado el tour—. Nos vemos en media hora en la piscina.
No es necesario que alguno diga algo. Cuando abro la puerta de mi dormitorio, Isaac entra detrás de mí con sus pertenencias en la mano y una expresión dubitativa, como si estuviera preguntándose lo que hace.
—¿Qué pasa? —le pregunto, alzando la persiana y dejando que la luz del día se cuele por la cristalera.
—¿Te parece bien que duerma aquí? —Emplea un tono de voz fino, casi inaudible.
Echo un vistazo a lo que tiene a su espalda y me aseguro de que la puerta está cerrada. Me acerco a él y rodeo su nuca con mis manos, acortando la distancia entre nuestras caras. Huele a limón y a miles de promesas más.
—Me parece genial.
—Vale.
—Bien. —Le doy un escueto beso en los labios y me encamino hacia la otra puerta que hay en la habitación—: Tenemos un baño propio.
—Espero que te hayas traído tu pasta de dientes de fresa — bromea, sentándose sobre la cama.
—Por supuesto que lo he hecho. También he traído dos cepillos de dientes en forma de dinosaurio. —Entrecierra sus ojos tratando de descifrar si lo que he dicho es cierto o una invención. Dada su desconfianza, abro mi maleta y rebusco en el neceser los dos cepillos—. No estoy bromeando.
—Lo dices en serio… —No puedo detectar si es ironía, sorpresa, o sorna.
Asiento, convencido, enseñándole los dos diseños.
—¿Cuál quieres…? ¿El azul o el verde?
—La eutanasia, por favor.
Salgo del baño con el bañador puesto. He intentado buscar mi camiseta entre el amasijo de cosas que me he traído conmigo, pero creo que la he dejado dentro de la maleta. Por eso, cuando abro la puerta e Isaac me busca con el mar (profundo y de tonos color miel) de su mirada, me temo lo peor.
—¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué tengo?! —exclamo, buscando la respuesta a la pregunta antes de que él me diga nada. Sin embargo, ahí sigue, pánfilo, impertérrito, sin mover ni un solo ápice de su cuerpo—. ¡¡Dímelo!!
—Joder. —Es un jadeo lo que se escapa de su garganta, uno grave y sinuoso. Se repantinga sobre la cama y se tapa el regazo con la toalla. Tiene los ojos abiertos como dos platos.
Viendo lo visto, no me va a decir nada, así que me giro sobre mí mismo y me apresuro a mirarme en el espejo. Pero no veo lo llamativo, los sorprendente. No hay nada que destacar.
—¿Qué te pasa? — Vuelvo a salir del baño. Esta vez, en dirección a la maleta mientras trato de decodificar lo que le ocurre.
Isaac traga con dureza antes de contestarme:
—Voy a ir bajando ya, ¿vale? Tengo demasiado calor aquí. —Se hace viento con la mano y se pone en pie en cuestión de segundos.
Cuando va a abrir la puerta, alguien lo hace desde el otro lado antes que él y lo golpea. Isaac se cae al suelo y se toca la entrepierna con un gesto prolífico de dolor.
—¡¿Pensáis venir ya o qué?! —Maia no duda en entrar.
—Me cago en la leche. Me acabas de dejar estéril —balbucea, corcoveando.
—¿Y por qué tenías los huevos en el pomo? ¿Qué clase de guarrerías hacéis?
—No estábamos haciendo nada. Iba a salir cuando tú has entrado —me adelanto a explicar, cogiendo la primera camiseta que pillo y acercándome a Isaac para ayudarlo a levantarse del suelo.
—Lo siento mucho, Isaac. No esperaba tu miembro en el otro lado de la puerta —masculla ella, echándome una mano—. Solo quería saber cuánto os faltaba. Vamos a jugar al vóley en la piscina y os necesitamos para los equipos.