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LA TEORÍA DEL PICNIC
NUNCA FALLA
ISAAC
O bservo el círculo morado que tiene Josh en el cuello y juraría que comienzo a sentir cómo el suelo se abre ante mis pies y empieza a engullirme.
¿Cómo narices le he hecho eso? La pregunta es retórica, sé perfectamente cómo se consiguen esas cosas; lo que no entiendo es en qué momento llegué a conseguirlo.
Esto también es una forma de hablar, sé cuándo ocurrió.
Da igual, el caso es que ahora mismo estamos frente a sus abuelos, los cuales nos estudian con unas miradas lúcidas, mientras yo trato de inventarme algo.
Menos mal que el tiempo de reacción ante situaciones comprometedoras de Josh es más veloz y brama una excusa casi al segundo:
—El otro día me golpeé en la playa. Pensé que os lo había dicho.
Una ola me revoleó contra las rocas. Tengo la espalda llena de magulladuras también.
—Hace el intento de alzarse la camiseta para darle más veracidad a su mentira.
Gracias al Universo, sus abuelos se quedan satisfechos con lo que les cuenta.
—No me digas, honey… Tienes que tener más cuidado. La marejada cada vez viene más brava. Bueno, Isaac, tú tendrás que saberlo mejor que nadie.
—Estas últimas semanas están siendo impresionantes —me limito a decir, sentándome a la mesa.
Empezamos a desayunar mientras hablamos de la marea y los temporales que llegarán en unos días a Mallorca. Por suerte para nosotros, no estaremos demasiado tiempo en la isla.
—¿Y cuándo os vais? —se interesa Henry cuando Josh le explica el plan que tenemos con el resto del grupo.
—El lunes —contesta—. Elisa e Isaac se han pedido esa semana de vacaciones. La casa de Maia en Menorca estará libre solo esos días durante este verano, así que aprovecharemos para irnos ahora.
—Será muy divertido. Aún recuerdo lo bien que nos lo pasábamos en Menorca, ¿verdad, Henry? It was so lovely there . —Margaret mira a su marido en busca de aprobación.
—Y que lo digas, Margaret. Fueron buenos años. —Aprecio un deje de nostalgia en su voz, supongo que por el paso del tiempo y los recuerdos que este trae consigo.
Continuamos desayunando con tranquilidad hasta que pasadas las doce de la mañana, decido volver a casa para preparar la siguiente parada del itinerario.
Va a ser diferente al resto, tiene que serlo.
Josh y yo no somos los mismos, ni tenemos la misma relación que cuando esto empezó.
Siento que ahora debo hacer del recorrido algo mucho más memorable.
Un picnic. La teoría del picnic en la playa nunca falla, nunca defrauda.
No conozco a nadie en la faz de la Tierra al que no le guste comer mientras observa la inmensidad del mar junto a una persona que le gusta.
Es imposible. Los humanos estamos programados para amar al mar, el atardecer y el verano.
Son cosas que nos hacen felices. Si no, ¿cómo es posible que el 71% del planeta sea agua?
Ciencia. Evolución. Geología. Yo qué sé.
Los seres vivos necesitamos del mar, por eso sé que esto no nos dejará indiferentes.
Mi abuela diseñó un recorrido de pocas paradas.
Todas las que ella solía hacer en un par de meses.
Sus favoritas. Cala del Moro es la siguiente.
Solo espero no cagarla ahora que hemos conseguido llegar a un buen punto.
—Conduzco yo. Quiero que sea una sorpresa. —Me agacho frente a la ventanilla del escarabajo amarillo.
—Mis abuelos me matarían si le pasara algo al coche.
—No le va a pasar nada.
—Más te vale. —Sale del asiento del piloto y me señala con el dedo, acopiando un tono de advertencia—: Después de lo del chupetón de esta mañana, no creo que les haga gracia saber que has roto su bien más preciado.
—Prometo cuidar del escarabajo como si fuera mío. —Pongo la mano sobre mi pecho, haciendo un juramento de boy scout —. Sube, passenger prince , te llevaré al fin del mundo. —Camino hacia el maletero y dejo la cesta que traigo conmigo antes de que se dé cuenta.
—Iughhhh. —Josh hace una mueca cuando se abrocha el cinturón.
—Eres un pedante, Joshua. ¿Lo sabías?
Asiente con bravuconería y me mira de soslayo antes de guiñarme un ojo con la mayor fanfarronería posible. Este chico desde luego es un maldito caso sin resolver. Y, por mucho que me cueste reconocerlo, yo me muero por resolver las piezas que aún me faltan.
El viaje en coche hacia la Cala del Moro es de unos cincuenta minutos, por lo que aún tenemos una larga travesía por delante cuando salimos de Palma de Mallorca.
—¿No puedes darme una pista de a dónde nos dirigimos? —espeta, jugando con la rueda del sonido de la radio por la que está sonando Start a war— . I’m gon’ try for you. I’ll fight for you, go off for you. I’m gonna start a war —tararea en voz bajita mientras espera mi respuesta.
—Tendrás que hacer uso de tu paciencia.
—No tengo de eso. Se me agotó hace mucho. —Desde luego, tiene una respuesta para todo. Y aunque me gustaría decir que me pone nervioso, lo cierto es que me genera una endorfina increíble.
—Pues deberías buscar una forma de recargarlo, porque no te voy a decir nada —repito, tajante.
—Pues te atormentaré todo el viaje con mi voz. I was gonna be your down bitch. If I need to start a warrrrrr. —Si él supiera que esto no es nada comparado con lo que tengo que aguantar en casa con Flora, se rendiría casi al instante. Estoy entrenando en la peor de las batallas.
Llegamos a nuestro destino y, pese a su advertencia de vengarse, Josh termina durmiéndose con la música a decibelios incontrolables, por lo que tengo que despertarlo cuando estaciono el coche no muy lejos de la cala.
—Arriba, Adele, ya estamos aquí. —Lo zarandeo con delicadeza y él tarda bastante en espabilarse—. ¿Te quieres quedar en el escarabajo toda la tarde o qué?
—Esta noche no he dormido casi nada por tu culpa. Estoy muerto —prolifera, cediendo ante mi agarre y poniéndose en pie.
—¿Por mi culpa ? Fuiste tú el que se subió encima de mí y me besó.
—Y tú el que empezó a toquetearme —apostilla, cogiendo las cámaras.
—Estoy seguro de que fuiste tú el primero.
—Pues te equivocas —me reprende, haciendo un movimiento soberbio con los labios.
Abro el maletero y saco la cesta. Él no tarda demasiado en reparar en ella. No es demasiado grande pero tampoco lo suficientemente pequeña como para pasar desapercibida. Abre y cierra la boca mientras hace aspavientos con las manos.
—¿Esto es una cita? —Me señala con la mirada, con el dedo, con la boca y hasta incluso con las orejas. Está ¿sorprendido?
—Puede ser.
—Eres un romántico, Isaac.
—¿Supone un problema para ti, Joshua ? —Pronuncio las dos últimas vocales con cierta templanza. Quiero que se dé cuenta de cómo lo estoy llamando.
—En absoluto.
—Perfecto, pues sígueme. Voy a enseñarte esta parada del itinerario.
Pese a que creo que va a rechistar o a añadir algo, Josh se limita a asentir y a seguirme por las formaciones rocosas que colindan la zona a la que mi abuela solía venir.
Cala del Moro es una pequeña playita flanqueada por dos barrancos de piedra (parecidos a unos acantilados pero en una escala más pequeña; algo así como una versión Playmobil de la realidad).
Hay unas escaleras de madera a un lado y, pese a que están llenas de la arena que el viento ha arrastrado consigo, de alguna manera conseguimos llegar a la parte baja.
— Caló des Moro —pronuncia en un acento mallorquín casi perfecto.
—Mis abuelos se comprometieron aquí. —Saco la guía de mi mochila y le enseño la imagen que hay pegada en las páginas destinadas a este lugar—.
Mi abuelo no había comprado anillos y lo hicieron con una concha.
Mi abuela se hizo un collar con ella años después.
La ha tenido colgada al cuello hasta el día que murió.
Nunca tuve una relación demasiado estrecha con mis abuelos.
La distancia entre Mallorca y Galicia hacía imposible encuentros habituales.
Aunque la economía tampoco nos permitió viajar mucho a la isla, así que tuve que conformarme con verlos dos veces al año.
Ahora, gracias a la guía y al itinerario me siento más cerca de ellos, de los recuerdos que crearon en Palma, y que, curiosamente, son los mismos que estoy creando con el chico que lleva algunos minutos grabándome desde la distancia.
Se ha sentado sobre una de las rocas junto al mar, y me observa a través del objetivo de la cámara.
—Te voy a tener que pedir derechos de imagen —le advierto, acercándome a él con una expresión de tontaina.
—Atrévete.
—¿No hay algo más interesante a lo que grabar?
Yo soy un coñazo. A nadie le va a gustar verme en tu proyecto.
—Josh aparta la cámara de su rostro, y consigo verlo por completo.
Las caracolas de su pelo se menean al son de la leve brisa veraniega.
El sol está cayendo en el horizonte, y los rayos violáceos proyectan sombras rosas y lilas en el cielo que impactan contra sus mejillas.
La imagen que tengo frente a mí es etérea, demasiado perfecta para ser real.
Debo tragar con dificultad antes de continuar hablando—.
¿Me echas una mano preparando el picnic?
—Para eso era la cesta —afirma, uniendo los cables.
—Eres un hacha.
No me responde, se limita a hacerme una mueca de desagrado. Deja la cámara a un lado, y me ayuda a colocar sobre las rocas el mantel que he traído conmigo. También he traído vino, tortilla, queso y un flan (que no puedo comparar con el que probé en su casa, pero, oye, he hecho el intento).
—¿Cuáles son tus planes para después del verano? —le pregunto, estirando mis piernas y cruzando una sobre la otra.
—Terminar la carrera, y… no sé. La verdad es que no tengo ni la menor idea.
—Quizás podrías tomar clases de natación.
—¿En pleno invierno? —me pregunta con los ojos muy abiertos y una mueca divertida.
—Sabes que después del verano viene el otoño, ¿verdad? —Aguardo un par de segundos antes de continuar—: Tienes que apuntarte además a clases de geografía. Tienes que repasar las estaciones del año. ¿Sabes que la Tierra no es plana?
—Lo único que sé es que eres idiota. ¿Entrenas tú para perfeccionarlo?
—Empezaré cuando tú empieces con la natación. —Cojo la botella de vino y le ofrezco un poco más. Él inclina su copa, y se la lleva a los labios cuando la vuelvo a llenar.
Llevamos aquí más de tres horas divagando sobre la vida, manteniéndonos en el silencio más cómodo en el que nunca he estado.
Estoy en lo cierto: el plan del picnic en la playa nunca falla.
La noche ya ha caído y con ella, la luna alumbra nuestra velada.
Ya no hay más comida sobre el mantel, no hay más luz natural para continuar grabando, sin embargo, ninguno de los dos quiere irse.
—¿No te planteas quedarte en Mallorca? —Sé que esta pregunta sale por mi boca con varios objetivos. El de conocerlo más, el de saber sus planes de futuro y el de tantear si yo estoy incluido en ellos.
Hay un pensamiento que me atormenta desde hace varios días.
Uno que tiene que ver con la fecha de caducidad de lo que tenemos.
Soy consciente de lo que dicen sobre los romances de verano, eso de los tiempos, la llegada precipitada de septiembre, y todas las mierdas que engloban el fin.
Y me asusta. No lo negaré. Me da miedo que lo nuestro termine antes de tan siquiera poder darle una oportunidad.
Si él se marcha de vuelta a Sevilla, pese a que las relaciones a distancia puedan funcionar, no sería lo mismo.
Apenas sé identificar lo que tenemos, o lo que siento, o lo que siente él…
, ¿cómo vamos a averiguarlo si cada uno está en una punta del país?
—Llegué aquí en junio con el propósito de encauzar mi vida…
—empieza a decir, desviando su mirada hacia el horizonte—, y sigo sin tener la menor idea de lo que quiero.
Nadie te prepara para el fin de la carrera.
Llevo muchísimos años siguiendo el camino dictado por la sociedad.
El colegio, el instituto, bachillerato, la universidad…
Lo tenía todo pautado antes de tan siquiera planteármelo.
Pero, ahora…, ahora estoy en mitad del mar sin rumbo alguno.
¿Qué hace a lguien sin experiencia en un sector como el audiovisual?
Sigo perdido. —Se encoge de hombros, restándole importancia aunque, por el fruncimiento de su ceño, sé que no parece poder quitarle la relevancia que tiene.
Es su vida. Es su destino. Es imposible dejarlo a un lado y no enfrentarlo—.
La vida era mejor cuando tenía dos años.
Estaba en mi peso ideal, sin preocupaciones, dormía más de ocho horas y no tenía esta tendencia absurda a pensar hasta la saciedad todo lo que me ocurre.
Me carcajeo y él termina haciendo lo mismo, aunque plagado de una preocupación latente. Se cruza de brazos y comienza a acariciar con cierta velocidad su piel.
—¿Tienes frío? —le pregunto, enfrentándolo cuando hacemos contacto visual.
—¿Si te digo que sí, nos iremos?
—Probablemente. No tengo una sudadera para dejar…
—Pues entonces, no. Estoy bien —claudica antes de que pueda terminar la frase.
Sonríe con ternura. También hace eso con los labios que me vuelve loco: elevar una comisura y dejar la otra relajada.
Aunque, en este punto del verano, en esta página de nuestra historia, en esta parada del itinerario…
, creo que todo lo que haga me vuelve loco.
Aunque me cueste admitirlo. Aunque me sea complicado digerirlo.
Josh tiene algo que rompe todos mis esquemas, retuerce lo que ya creía aprendido y lo rehace de nuevo como si nada. Tiene eso sobrenatural que tanto he ansiado en mi vida.