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SI MUERO AHORA, LO HARÉ FELIZ
JOSH
D oy un puntapié y me deshago de las chanclas justo cuando Isaac sale de la habitación en dirección al baño.
Me recuesto sobre el colchón y dejo que mi mirada se pierda por algún punto del techo, en el dibujo, en las leves pinceladas azules del mar.
Salto en mi mente a todas las escenas de hoy.
Desde la Caracola Celeste hasta la cena en casa.
No sé si ha sido obra del mundo o más bien un apaño ingenioso por parte de Maia y mi abuela por unirnos a ambos en un mismo espacio durante parte de la tarde y la noche.
Ni siquiera he podido procesar la confesión que nos habíamos hecho.
Esa en la que hemos sido honestos, y nos hemos despojado del secretismo hasta tal punto de admitir que nos gustamos como si fuera la cosa más grande (e inesperada) del mundo.
Por si no era más que evidente, ahora ya lo sabemos con certeza.
Aunque no negaré que a mi incesante conciencia le viene bien un poco de reafirmación de vez en cuando.
Hay que joderse.
Cuando he abierto la puerta de casa y lo he visto con el rostro enrojecido, la respiración entrecortada y esa postura con las manos en la cintura tan sexy…
Creo que no me he desmayado de milagro. Suerte que estaba sujeto al marco de madera, que si no ahora estaría en una cama en el hospital.
Su voz grave pero trastabillada tampoco ha ayudado mucho a apaciguar la cálida sensación que se suele instaurar en mi pecho cuando lo veo.
Su presunto nerviosismo por causarle buena impresión a mis abuelos solo ha servido para demostrarme que este chico se preocupa por encajar en mi mundo, en lo que soy.
Y, joder, es muy complicado encontrar a alguien así de entregado.
Soy consciente de que es un bare minimum, pero es uno que se está perdiendo y del que merezco vanagloriarme de vez en cuando.
La puerta de mi habitación hace un chirrido ensordecedor cuando la abre con precaución y se asoma por ella, asegurándose de que sigo despierto y de que no acaba de irrumpir en mi descanso.
¿Cómo puedo dormir tranquilo después de haberle dicho que se acueste conmigo en la misma cama?
No hay manera posible de que mi mente se relaje sabiendo que lo voy a tener al lado.
Remansado, se tiende junto a mí, encima de las sábanas. Hace demasiado calor como para taparnos con ellas.
—¿Te cepillas los dientes con pasta para críos? —Se burla, acomodándose sobre el colchón.
—Está buena. La de menta me da asco. —Hago una mueca al imaginar el sabor del flúor.
—¿Tienes ocho años?
—Doce. Acabo de cumplir doce —me burlo, girándome hacia él, que permanece boca arriba admirando el techo—: Si necesitas un cargador, tengo uno de sobra en el escritorio.
—No hace falta, tengo un 80%. Gracias. —Vira su cabeza hasta que su mirada se cruza con la mía en algún punto inexacto de la cama—: ¿Sueles dormir en el lado izquierdo o solo te has apartado allí por mí? No me importa cambiarme.
—Estoy bien aquí.
—¿Seguro?
—No, de hecho… —El cuerpo entero me vibra.
Tengo el vello erizado y mi corazón está a punto de morirse rendido por tanto latido descontrolado.
Me apuesto lo que sea a que nadie se esperaría lo que estoy a punto de hacer.
Ni siquiera yo. Pero… no sé. El verano nos alborota a todos, y su actitud esta noche solo ha reafirmado mis sentimientos, mi deseo, mis ganas de arrancarle la ropa y devorarlo.
Así que, antes de pensar en algo que me haga arrepentirme, me abalanzo sobre él, colocando mis manos sobre su pecho con tanta pasión que ni siquiera le doy pie a desestabilizarse.
La camiseta que le he dado es finísima y no me lleva más de varios segundos sentir la rigidez de sus pezones ante el contacto de mi mano.
Su boca y la mía se abren, intrépidas, por descubrirse la una a la otra.
Sin resentimiento, sin miramientos. Solo dos lenguas descontroladas que buscan vaciar un deseo.
Mis piernas se enredan solas con las suyas, terminando a horcajadas sobre él, que sigue tumbado sobre el colchón, recorriendo mi cuerpo con sus manos, sus dedos, su mirada, su lengua…
con todo lo que es y que quiero que también sea mío.
¿Cómo dos pieles desconocidas saben el mapa la una de la otra si nunca se han visto? Supongo que la respuesta es algo así como la conexión, la sensualidad y el deseo…
Honestamente, me da igual.
Se deshace de mi camiseta con ansia y yo hago lo mismo con la suya.
En este punto, se ha recolocado sobre la cama y reposa su espalda contra la pared.
Hace calor, pero el tacto de su lengua succionando mi pecho me hace arder aún más.
Mi entrepierna reacciona al roce de la suya bajo los pantalones que lleva.
Todo me molesta. Le sobran todas y cada una de las telas que lleva.
Sus dedos se hunden en mi carne, ansiosos por probarla entera, y los míos se aferran a su cuello con fuerza.
Me muevo con sutileza encima de su dureza, la cual ya noto desde hace un rato, desde que me he subido encima de él.
—Josh…, es la primera vez que lo hago con un chico —me advierte—. Perdón por todo lo que pueda hacer mal.
—Ahora mismo con que me beses, me sobra. Iremos al ritmo que quieras. —No le doy más tregua. Es una necesidad propia la que tengo de besarlo, de saborearlo, de no permitir que se cuele ningún espacio entre ambos.
Me bajo de su regazo y me coloco en el hueco de sus dos piernas estiradas.
Ahí, deslizo mis manos por sus piernas, precavidas, sagaces, muriéndose por un poco más.
Mi mirada observa su miembro abultando la tela del pantalón, y me adentro por ellos, por la parte baja, esa cerca de la rodilla.
Subo mis dedos por el interior de sus muslo y toco su polla por encima del calzoncillo.
Él jadea y creo que yo me corro. O estoy a punto.
No lo sé. Llevo un rato sin saber nombrar mis emociones.
—Joder —corcovea en un tono muy sexy que me hace sonreír con picardía y devoción.
Qué bueno está.
Le arrebato los pantalones de cuajo, lanzándolos lejos, muy lejos. Creo que incluso fuera de la ventana, que lleva abierta desde que hemos entrado, haciendo de esta habitación un lugar un poco más habitable con tanta humedad. Isaac se queda desnudo ante mí… Y, joder, gimo solo de verlo.
—Un momento, Joshua… —Otra vez ese nombre. Esa formalidad que en otros me suena tan hosca y en él tan cercana—, me encanta. Bueno, tú me gustas entero, al completo, pero…, será mejor que te las quites. —Toma las patillas de mis gafas con una ternura que me enternece—. Por lo que pueda pasar.
—¿El qué puede pasar, Isaac? —Juego con él, con su mente, con sus sensaciones, con la manera en la que está deseando burlarse de mí, pero es tan presa del calentón que no es capaz de inquirir más de tres palabras.
—Ya lo sabes. Cállate.
—No tengo ni idea de lo que dices. —Cojo su polla con mi mano y comienzo a moverla de arriba a abajo con una lentitud apasionante. Él se retuerce, entrecerrando sus ojos para recobrar el sentido.
—No quiero que se manchen. —La deja sobre la mesita de noche—. Pero estás guapísimo con ellas, que no se te olvide nunca. —Me besa de nuevo, con ternura, sensualidad y lascivia. Gime contra mis labios y yo también lo hago.
Antes de que pueda volver a hacerlo, acerco mi boca hasta su glande y relamo el líquido que ha aflorado en la punta.
Me recreo en él durante unos minutos. Él se queja, gime, me pide más y yo…
yo debo aferrarme al colchón para no hacerlo terminar ya.
Lo hago hasta el fondo, hasta que siente la calidez de mi boca en todo su miembro, hasta que me advierte.
Pero nada me frena. Parezco invencible cuando estoy con él.
Mi lengua repasa sus testículos, y noto cómo su vello se eriza al mismo tiempo.
Me encanta conocer a Isaac. Me encanta saber dónde volverlo loco, cómo gatear en su mente, cómo hacerle sentir una parte de lo que él me hace sentir.
—Estoy a punto de correrme, Josh —susurra, enredando sus dedos entre mis rizos.
Retiro mi boca a tiempo para besarlo y disminuir la intensidad de sus gemidos, justo cuando el semen sale disparado y nos pringa a ambos.
Su estómago y mi pecho salen fatal parados y él…
él es como un sueño, siempre etéreo. Me mira con la sonrisa más honesta que he visto jamás, y me lanza sobre el colchón, separándome las piernas, dejándome expuesto a él de una manera que no me hace sentir vulnerable, sino venerado.
—Marca tú el ritmo.
Coge mi mano y la coloca sobre su cabeza al mismo tiempo que atrapa mi polla entre sus labios.
Su lengua se pasea por mi tronco sin ningún remedio, segura y orgullosa de lo que hace.
Yo me aferro también a lo poco que llego a alcanzar de su espalda.
Y lo hago con los dedos, con las uñas, con todo lo que tengo a mi alcance para hacerme testigo de este momento.
Quiero recordarlo el resto de mi vida. Me retuerzo de placer cuando el ritmo se hace más constante, menos torpe y más cierto.
Lo dirijo con mi mano, empujando su cabeza contra mi erección que aclama cada vez un poco más.
No hace falta que diga nada. Isaac hace un último movimiento alrededor de mi glande y termino explotando en su boca, sin impedimento posible.
Alza su visión y arquea una de sus cejas justo cuando noto su nuez bajando a lo largo de su garganta.
—No sé cómo sentirme ante ese sabor —masculla, levantándose y tendiéndose junto a mí. Ambos tenemos las respiraciones inconstantes.
—No es el mejor del mundo.