Romance de verano para chicos perdidos 25
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QUIERO CAUSAR

UNA BUENA IMPRESIÓN

ISAAC

E stoy nervioso. Mucho, de hecho. No es la primera vez que voy a cenar a casa de los Brown, pero no puedo evitar pensar que esto es una prueba de fuego, que estoy en un programa de supervivencia y voy a ser el primer eliminado.

Esta cena debe salir a la perfección. No solo porque Margaret y Henry me caen genial, sino porque son los abuelos de Josh, y eso los convierte automáticamente en un punto especial de su vida.

Salgo de casa con la frente perlada, una camiseta ceñida (quizás no ha sido mi mejor decisión, ya que puedo empezar a notar los surcos de sudor aflorando bajo mi axila) y una botella de vino blanco entre mis manos.

Camino mostrando una falsa confianza que queda muy lejos de la ansiedad que siento bajo la superficie.

No tardo demasiado en llegar a casa de los Brown.

Vivimos muy cerca, a apenas unos veinte minutos.

Aunque es evidente que no me ha tomado tanto.

He dado zancadas tan grandes y ansiosas que parecía parte de una serie en la que los aliens se hacen con el control de la Tierra y los humanos huimos despavoridos de ellos.

Llamo al timbre y espero una respuesta. Repiqueteo la deportiva de mi pie contra el suelo con desesperación. Estoy a punto de propiciarme una torta en el muslo cuando la puerta se abre abruptamente.

—Hola —saluda Josh con el tono de voz más tierno que jamás he escuchado.

Todos mis males se esfuman en cuestión de segundos, como si nunca hubieran estado ahí.

—Hola. Sé que llego un poco antes, pero es que he salido muy temprano de casa pensando que no encontraría una buena botella de vino en el super.

De hecho, pensaba que iba a llegar tarde porque Flora ha decidido meterse en la ducha a dar uno de sus conciertos.

Al final, he podido convencerla de que continuara en mi habitación y he llegado a tiempo…

Bueno, a tiempo no, llego antes. Si quieres, puedo esperar fuera.

No me importa. —Suelto toda la información sin pensarlo, sin hacer ninguna pausa para respirar, consiguiendo que termine de hablar y deba tomar una gran bocanada de aire para facilitar el trabajo de mis pulmones.

Josh se carcajea y mueve su cabeza de un lado hacia el otro, negando.

—Parece que estáis criando a la próxima superestrella… —Creo entender lo que dice. Lo cierto es que estoy tan ahogado que no soy capaz de escuchar con nitidez.

—¿Qué? —pregunto para asegurarme cuando vuelvo en mí y me recompongo.

—Nada. —Le resta importancia—. ¿Eres tonto o qué? ¿Cómo te vas a quedar en la calle? Anda, pasa. —Extiende su brazo y me arrastra hacia el interior de la casa—. Mis abuelos están en la cocina terminando la cena.

—He traído vino. —Le entrego la botella.

—No hacía falta —dice, aceptándola y caminando hacia el interior—. ¿Estás bien? Tienes muy mala cara.

—Tengo mucho calor. Hay muchísima humedad y esta camiseta parece una segunda piel. —Tiro de una de las costuras y la despego levemente de mi costado, sintiendo una liberación momentánea.

—¿Quieres ponerte un más ancha? Te puedo dejar algo.

—Me quedaría corto.

—Y, dale. Solo eres unos centímetros más alto que yo.

—Lo suficiente como para convertirte en un enano.

—Paso mi mano por encima de su cabeza, dándole un par de palmaditas que acompaño con un gesto de superioridad.

Él se irrita y pretende darme un pisotón, pero aparto el pie antes de que pueda hacerlo—.

Está bien. Aceptaré tu ropa. —Lo cierto es que mi camiseta está empapada en sudor y comienza a darme un asco terrible el sentirla tan mojada, como si me hubiera bañado con ella.

—Ahora vuelvo.

Josh se marcha, dejándome en el pasillo de su casa completamente solo.

Escucho ruidos provenientes de la cocina, supongo que serán sus abuelos.

Me embravezco, concienciándome de que son las mismas personas que ya conozco, a las cuales ahora les profeso un respeto aún mayor.

Camino con pies de plomo, pareciendo la Pantera Rosa en una misión.

—¡Isaac! —Henry es el primero en verme cuando aparezco entre la jamba de la puerta—. Qué bien que has llegado ya. Nos vendría genial un par de manos para llevar las cosas al jardín.

—Hola. —Saludo con la mano y me acerco, sagaz—. Sí, claro. ¿Qué me voy llevando? — Me felicito a mí mismo por saber fingir a la perfección un estado normal, en lugar de mostrar la zozobra que me ha poseído.

—Lo que quieras. El jamón, mismamente.

Asiento ante su orden y me dispongo a cumplirla.

Cojo el plato entre mis manos y camino hacia el jardín exterior, saliendo de la cocina.

La mesa allí ya está casi puesta. Tiene el mantel, los cubiertos y los vasos.

También reparo en dos velas de citronela que permanecen encendidas.

Cuando estoy a punto de inclinarme para soltarlo, una voz me sobresalta por la espalda, y la vajilla vuela por el aire hasta terminar en el suelo hecha añicos.

—Joder, Joshua. Qué susto. —Me llevo una mano al pecho antes de girarme hacia él.

El chico comienza a carcajearse mientras observa el panorama. Intuyo que mi expresión es un maldito cuadro del que sacar una buena mofa.

—¿Se puede saber qué te pasa, Isaac? ¿Por qué estás tan tenso? —pregunta sin dejar de reírse mientras se acerca a mí. Posa una de sus manos sobre mi hombro, tratando de relajarme.

—Quiero causar una buena impresión, ¿vale? Estoy nervioso, y no ayuda en nada que aparezcas aquí sin hacer ningún ruido.

Su risa cesa y lo que la sustituye es una sonrisa ladina. Inclina su cabeza hacia un lado, y entrecierra sus ojos en un tierno movimiento. Me acaricia el pecho levemente.

—Ya les caes bien, Isaac. No tienes nada que demostrar. —Me tiende su camiseta—: Ve y te cambias. Yo recojo esto, ¿vale?

—Está bien. Perdón.

Se tuerce con delicadeza y me da un beso en la mejilla.

—No pasa nada. —Se saborea los labios con precisión y vuelve a sonreír—: Está saladito.

—Será el sudor —confieso, haciendo una mueca.

Él termina haciendo un mohín, y me empuja con una de sus manos antes de agacharse frente al plato destrozado y comenzar a recogerlo. Yo me esfumo del jardín antes de que sus abuelos salgan y puedan ser testigos de mi crimen.

Termino relajándome a lo largo de la cena cuando tanto Henry como Margaret me incluyen en la conversación, y se preocupan por saber más de mi vida. Me preguntan sobre Vigo, el nuevo trabajo de mamá, el colegio al que irá Flora en septiembre y lo que será de mi vida cuando acabe el verano.

—No tengo ni idea. Buscaré algo aquí en Palma, supongo —afirmo, dándome cuenta de que estoy perdido en otro aspecto más. Pese a que mudarme a Mallorca ha supuesto un gran avance en mí, siento que hay varias piezas del puzle que aún quedan inconexas.

—Seguro que encuentras algo —me asegura Margaret, ofreciéndome más comida.

La cena ha sido de lo más amena. No hemos querido prolongar demasiado la sobremesa ya que es un día corriente, hábil en la semana. Mañana todos tenemos que madrugar, así que cerca de la medianoche recogemos los platos. Y es justo en la cocina donde Margaret me lanza una propuesta:

—Quédate a dormir, Isaac. Así no volverás solo hasta tu casa. Tenemos una cama hinchable. Es comodísima. Puedes dormir con Joshy, si quieres.

Desvío mi atención hacia el chico, que está fregando los platos sin prestarnos demasiada atención, aunque la voz de su abuela lo alerta. Se gira hacia nosotros y descubro sus mejillas sonrojadas y una expresión impertérrita.

—¿Qué opinas, honey ? ¿Te parece bien? —inquiere su abuela de nuevo.

Josh carraspea antes de hablar.

—Por supuesto. —Tiene un vaso enjabonado en una mano y la esponja en la otra—. Quiero decir…—Se recompone, moviendo sus hombros hacia atrás con nimiedad—, si él quiere, por supuesto.

Debería avisar a mis padres, notificarles que no volveré a casa, advertirles que mañana por la mañana no podré quedarme con Flora.

Sería un gran cambio en los planes que ya tenemos.

Uno súbito y que quizás los enfade, en especial a mi padre.

Pero, si soy sincero, no hay nada que me apetezca más que prolongar las horas para poder estar más con Josh.

No retiro mi mirada de la suya, la cual parece alentarme a tomar una decisión.

Joder. Qué les den a los planes.

—Está bien, me quedaré a dormir. Muchas gracias. —Me giro hacia Henry que asiente con una sonrisa dibujada en los labios.

Dejo el móvil sobre la mesita de noche mientras Josh está cambiándose en el baño.

Mis padres no han puesto ningún impedimento, de hecho, se han alegrado de que me quede aquí.

Muy raro, si me preguntan. Ahora, sentado en el filo del colchón, mis ojos intentan acaparar la máxima información que pueden de estos minutos a solas en este lugar tan suyo.

Pese a que no es la primera vez que estoy aquí, sí que siento que es la primera en la que puedo inmiscuirme en su mundo sin sentir que estoy haciendo algo indebido.

Reparo en el cuaderno que hay sobre el escritorio, junto al portátil.

Sé que ahí es donde guarda todas las fotos que toma para su proyecto, incluso creo que ha empezado a escribirlo en algún punto de esas páginas.

Me pica la curiosidad, pero quiero que sea él el que me enseñe en lo que está trabajando.

Tenemos una promesa. Yo seré el primero al que se lo muestre, así que esperaré hasta entonces.

—Te he dejado un cepillo de dientes nuevo en el baño —anuncia su voz, inundando la habitación.

Le echo un vistazo y debo contener la sonrisa babieca que comienza a cosquillear entre mis labios.

Lleva una camiseta gigantesca con la frase «Cómo perder a un chico la cabeza en 10 días» y debajo de ella, unos pantalones de chándal cortos.

Es un atuendo básico para dormir y, aun así, consigue hacerme sentir esa sensación vertiginosa que me recorre de arriba a abajo y termina ardiendo en mi estómago.

Tiene el pelo húmedo, como si se hubiera echado algo de agua.

Lleva unas gafas de vista sobre la nariz, y me está observando con tanta atención como yo a él.

—Lo sé. Me quedan horribles. Pero tengo la vista muy cansada y estoy empezando a no ver ni media —dice, caminando hacia mí y termina sentándose a mi lado.

Nunca me cansaré de esa sensación de frescura, de novedad, que siempre se instaura entre ambos. Como si nunca terminara de conocerlo del todo; y, pese a que pueda suponer un hándicap, a mí me produce una adrenalina increíble. Siempre habrá algo nuevo en Josh que pueda descubrir.

—Estás guapísimo —confieso, pronunciando aún más la sonrisilla.

—Mentiroso.

—No miento. —Alzo mis manos, en señal de inocencia—. Te quedan muy bien. Pareces el niño de Stuart Little .

Él expulsa una risita y niega con la cabeza.

—Tendré que fiarme de ti, entonces.

—Hazlo. Te quedan genial. Me gustan.

—Gracias. —Agacha su cabeza y comienza a juguetear con sus dedos con cierta intranquilidad.

Sé que tiene algo atorado en la garganta, algo que no sabe cómo decir.

Coloco mi mano sobre su rodilla y lo animo a hablar.

Me gustan sus silencios, pero no el tener que colarme en su mente para saber lo que piensa—: No tienes que dormir en el colchón inflable… Puedes dormir conmigo, en mi cama .

Pese a la cercanía de nuestros cuerpos sobre el colchón, sigue habiendo cierta distancia entre ambos.

No dudo en mermarla, en hacerla mínima. Paso mi brazo alrededor de su espalda y me adentro por sus mejillas con leves toques de las yemas de mis dedos.

Lo acaricio con sutileza antes de propiciarle un tierno beso sobre la comisura de los labios. Llevo días muriéndome por hacerlo.

—¿Eso es un no ?

—¿Te parece que un beso no es suficiente afirmación?

—Debo asegurarme. No quiero hacer más el ridículo contigo.

—He aparecido en la puerta de tu casa con un vino de tres euros, empapado en sudor y ahogado completamente. Creo que el cupo de ridiculez ya está cubierto por mí. —Nuestras narices se rozan con suavidad en un movimiento casi inevitable—. Voy a cepillarme los dientes antes, ¿vale?

—Aquí te espero.

—¿Desnudo o con ropa? —Me pongo en pie y le echo una última mirada.

—Idiota. —Intenta golpearme pero lo evito con perspicacia.

Dicen que hacen falta más de veintiocho días para adecuar una rutina a tu vida, sin embargo, yo creo que Josh ha sido parte de mi vida desde mucho antes que eso.