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NO ME ARREPIENTO DE DECIRLO
JOSH
¿C ómo se supone que debo reaccionar cuando el chico con el que me estoy enrollado, que también resulta ser mi amigo, me confiesa que le gusto de la manera más tierna, espontánea y honesta posible?
«Pues, supongo que me gustas siempre».
Quizás no sea tan profundo como lo estoy queriendo ver.
Tal vez fue algo banal y normal que se le dice a alguien que es de tu agrado.
Aunque me cuesta plantearlo de esa manera, especialmente porque me lo soltó después de una escena romántica en la que nos besamos en todas las esquinas de mi casa, nos pringamos de caramelo, y terminamos sobre mi colchón, filosofando sobre la vida.
La mayoría de las personas en los primeros años de la veintena pensarían que soy un afortunado, pero yo no puedo dejar de preguntarme si seré suficiente, si valdrá la pena, si él me verá como un chico más.
Los traumas que Andreu me dejó ahora salen a borbotones cuando tengo la ínfima posibilidad de empezar a rehacer mi vida sentimental.
Esto es más complicado que conseguir un buen VPN para ver contenidos internacionales en HBO.
—¡¡No me lo puedo creer!! —Maia se ha llevado una de sus manos al pecho y la otra al pelo; ha abierto la boca y los ojos con tanto entusiasmo que creo que ha estado a punto de desencajarse la mandíbula—. O sea que era cierto. Os estábais liando en el baño.
—¿Has escuchado algo de lo que te he contado? —le pregunto aunque sepa la respuesta.
—Eso es lo que he entendido.
—Nos besamos al lado de la noria, no en los baños. Allí no pasó nada, salvo que me caí encima de él cuando intenté trepar al cubículo de madera para poder salir.
—¿A quién se le ocurre? —Se lleva la taza de café a la boca y le da un sorbo.
—Tenía que encontrar alguna manera de salir.
—No, no me refiero a eso. Digo que a quién se le ocurre no liarse con él allí. Ya que estabas encima de su regazo, deberías haber propiciado la tarea.
Bufo al mismo tiempo que pongo los ojos en blanco. Maia expulsa una risita sabiendo perfectamente lo que está haciendo. Me conoce demasiado bien.
—Continúa con la historia —me insta, haciendo un movimiento con la mano.
—No hay nada más que decir. Se marchó a casa y no hemos vuelto a hablar. Creo que se ha arrepentido de lo que dijo. Me habría escrito si estuviera todo bien entre los dos, ¿no?
—¿Y por qué no le has escrito tú? —reprende ella, sacando un muy buen punto a relucir.
—Porque no sé qué decirle.
—¿Por qué no empiezas con algo sencillo? Pregúntale qué tal se lo pasó ayer en tu casa, o qué tan cachondo se quedó después de que le comieras la boca estampándolo contra la encimera.
Esbozo una mueca incrédula. De verdad, no sé para qué me extiendo en explicarle cada detalle de lo que ha ocurrido, si luego no va a hacerme caso y se va a inventar los detalles de la historia.
—Maia… —le advierto, ladeando la cabeza—, no lo estampé contra la encimera. Fue él el que lo hizo.
—El orden de los factores no altera el producto.
Estamos en la Caracola Celeste merendando. Hemos quedado hace unas cuantas horas, pero ella ha decidido aparecer hace media, después de despertarse de una siesta reparadora junto a Joan.
—Esperaré un poco más. Quizás me hable por la noche cuando salga de trabajar.
—¿Esperar? ¿Por qué sois los hombres tan irresponsables emocionalmente? Si te gusta el chico y quieres hablar con él de lo que ocurrió en tu casa, ¿por qué narices no te lanzas, Josh? —El tono de voz que emplea me suena a reprimenda. Está en modo psicóloga.
—Ya sabes que estas cosas no se me dan bien. —Doy un prolongado resoplo para mostrarle la realidad del asunto. Me asusta el rechazo, pero lo hace aún más la expectación de mi cabeza en la que todo va a salir tremendamente bien o nefastamente mal.
Maia se inclina sobre la mesa, aparta las tazas de su camino y me tiende una de sus manos mientras entona una expresión afable en su rostro.
—Joshy, en algún momento tendrás que enamorarte otra vez.
—Aprieta mis dedos contra los suyos—. No puedes dejar que lo que tuviste con Andreu te atormente toda la vida.
Gracias a Dios, al Universo y a las fuerzas celestiales movidas por Katy Perry yendo al espacio, no todos los hombres son iguales, la mayoría sí, pero habrá excepciones.
Tú eres una de ellas, aunque de vez en cuando te luzcas con algún mansplaining .
Estoy segura de que si fluyes con Isaac, podréis tener algo muy bonito.
Los dos os lo merecéis. Además, tratas de darle a un par de besos una entonación muy profunda.
¿Recuerdas lo que prometimos al inicio del verano?
—Me pilla con una memoria un tanto desmadejada—.
Viviríamos el verano de nuestras vidas. Quizás el tuyo sea eso, dejar que Isaac te meta la lengua hasta la campanilla y te quite todas las penas.
Me toma varios segundos analizar sus palabras. Sin embargo, termino extrayendo muy pocas conclusiones finales sobre lo que me ha dicho.
—No sé si querías animarme, o simplemente meterte un poco conmigo —confieso, dibujando en mis labios una pequeña sonrisilla.
—Ambas.
—Gracias, Mai, por compartir conmigo tu extensa sabiduría en hombres. —Le pellizco el brazo para restarle intensidad al momento—. ¿Qué tal con Joan? ¿Aplicas tus propios consejos a tu vida personal?
—Eres malvado, Joshy… —pronuncia en un tono adusto—. Avanzamos muy poco a poco, pero creo que vamos por buen camino. Aunque yo necesito más, estoy tratando de adaptarme a esta nueva forma de enrollarse con alguien. ¿Sabes cuánto puede durar una erección?
La pregunta sale disparada por su boca en mi dirección, pillándome desprevenido.
—¿Qué…?
—Horas. Estamos horas besándonos y él está así, empalmado todo el tiempo.
Pero no hace nada. Y no es porque yo no me restriegue.
A este paso, me voy a acabar convirtiendo en una reina del petting .
—Su voz me sobresalta y me apresuro a mirar en derredor, donde sus padres y varios clientes asiduos a la Caracola Celeste pululan de un lado hacia el otro.
Nadie parece habernos escuchado, así que decido contestarle:
—¿Has probado a hablar con él sobre eso?
—¿Y decirle el qué? ¿Que vuelvo con un calentón del quince a mi casa…? Qué vergüenza. —No puedo creerme que esté saliendo eso por su boca. Maia es la última persona en la faz de la Tierra y la Vía Láctea de la que podría esperar tal confesión.
—No te reconozco.
Ella se enrojece ante mi comentario. ¿Qué le pasa? ¿Han abducido a la otra Maia y han traído a una mucho más tímida?
—Vete a la mierda, Josh —me reprende, haciendo una mueca mientras termina de beberse el café—: Es que con Joan todo está siendo rarísimo. Me da miedo meter la pata.
—Estás pillada.
—No.
—Sí, mucho, de hecho.
—Nunca.
—¿Por qué lo niegas, Mai? Hace mucho que no te veía tan precavida con alguien. Ni siquiera con Juan, el chico que te gustó cuando teníamos trece años.
Mi amiga enmudece. Se queda en silencio durante algunos segundos, los suficientes como para que la puerta de la Caracola Celeste se abra y deje pasar a una figura que reconozco con tan solo un vistazo. Isaac. Él alza su mano y nos saluda a ambos con alegría mientras se encamina hacia nosotros.
—Por ahí viene la sorpresa —masculla ella.
—¿Qué has hecho?
—¿Yo? Nada. Le dije que estaríamos aquí merendando.
—Pensaba que estaba trabajando —afirmo con un tono nervioso. Ahí estaba de nuevo esa sensación desconocida que se entremezcla con la tranquilidad que Isaac suele hacerme sentir.
—Se lo ha cambiado con Joan.
No soy capaz de emular alguna palabra más. Isaac se detiene a nuestro lado y se sienta en la silla que hay entre ambos, rozando su rodilla sutilmente con la mía. Termino repantigándome por completo, presa del desconcierto, la sorpresa y la inquietud.
—¿Qué tal? —le pregunta ella, sonriendo como una psicópata. Maldita lianta —. ¿Quieres un café?
—Muy bien. Sí, uno con leche.
—Perfecto. Ahora vuelvo. —Maia se pone en pie y nos deja a ambos en la mesa, no sin antes volver su cabeza hacia mí y guiñarme un ojo.
Isaac está jugueteando con sus dedos, repiqueteándolos contra la madera.
Lleva una camiseta amarilla que contrasta a la perfección con la oscuridad de su tez, ya bastante bronceada por el sol.
No sé cómo sentirme al respecto. Mi cuerpo parece reaccionar ante él arrebatándome el don de la palabra, ya que no soy capaz de proferir ni una maldita frase.
—Me he encontrado con tu abuela de camino hacia aquí. —Es él el que termina rompiendo el silencio sepulcral, que solo se ha visto quebrantado por el sonido de la máquina del café—. Me ha invitado esta noche a cenar a tu casa.
—¿Y qué le has dicho? —Debo morderme la lengua durante algunos segundos porque noto que ha salido con tanta velocidad por mi boca que temo haber pecado de adusto.
—Que tenía que preguntarte a ti qué te parecía.
¿Por qué narices siento estos nervios por alguien que me ha demostrado ser tan pacífico? ¿Por qué la alquimia de mi cerebro no puede funcionar correctamente y dejarme confiar plenamente en alguien así?
—A mí me parece bien.
—No quería aparecer en tu casa sin haber hablado antes de lo que te dije el otro día. —Aquí está el asunto. La confesión. Ni siquiera es algo tan complicado ni profundo como para continuar rumiando la misma idea durante tanto tiempo.
Isaac abre la boca y toma una gran bocanada de aire que deja escapar de entre sus labios con cierta suavidad.
—A mí también me gustas…
—No me refería a eso…
Los dos hablamos a la vez. Él para justificarse, y yo con miedo a que malinterprete mi silencio, mi espera y mi inminente pasotismo, que no es más que miedo enmascarado de indiferencia.
—¿Qué?
—¿Qué?
El silencio vuelve a inundarnos. Ambos estamos sorprendidos.
—¿A qué te referías, entonces…? —Mi voz prorrumpe entre ambos con un tono temeroso.
—¿Te gusto? —responde con una pregunta. Isaac no suele hacer eso, más bien es mi modus operandi . Va a ser cierto eso que dicen que todo lo malo se contagia—. Esto es una gilipollez. Somos imbéciles. —Alza sus manos y entierra su cabeza en ellas, azorado y frustrado.
—De manual.
Mi café ya se ha aguado. El hielo se ha derretido en su interior, y ahora es una mezcla de leche con resquicios de agua. Lo aparto de mi vista y me echo sobre la mesa, apoyando el codo, permitiéndome tener una visión de Isaac más amplia.
—No pude remediarlo, ¿sabes? —Se encoge de hombros, y me mira con despreocupación—. Me salió solo. No lo pensé. Tampoco me arrepiento de haberlo dicho.
—Lo sé. Me siento un imbécil por no haberte dicho antes cómo me sentía.
—Da igual. Ya me lo has dicho.
—De la peor manera posible —escupo, arrepintiéndome de la forma en la que he confesado algo tan honesto en mitad de un chiringuito de playa, dejándome llevar por la presión del momento.
—Hubiera preferido que ambos nos hubiéramos sincerado en la mazmorra, en aquel ambiente tan…
lúgubre. Hubiera sido perfecto. —Extiende su brazo sobre la mesa de metal, y desliza su dedo por mi mano.
No se atreve a estrecharla y, por el momento, yo tampoco voy a acelerar nada.
Quizás deba hacerle caso a Maia. Debería de fluir.
—¿Te espero esta noche en mi casa, entonces?
—Solo si hay un buen flan de por medio.
—Lo habrá.
—Me llevarás a ver el huerto de tu vecino plagado de…
No le dejo terminar la frase porque soy consciente de que nos embarcaríamos en una conversación a la que no sabríamos ponerle fin.
Tan absurda como todas las que tenemos, pero eso es lo que tanto me gusta de él: la capacidad que tenemos para no hablar de nada en concreto, y terminar sabiéndolo todo.
—No. No iremos al huerto.
—Bueno, me conformo con que me lleves a tu habitación.