Romance de verano para chicos perdidos 23
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NECESITÁMOS MÁS FLAN

PARA EL CARAMELO

ISAAC

M e lavo las manos en el baño y me refresco la nuca.

«Lo estás haciendo genial, Isaac. Se siente a gusto contigo y se divierte», me repito a mí mismo, impidiendo que el síndrome del impostor acuda a mí y me haga cagarla.

Dentro de todo el caos mental que supone sentir algo hacia Josh, recalco que es mi amigo y que es un hombre, y que aún estoy determinando cuál de esas dos razones me preocupa más, estoy haciendo un gran esfuerzo por disfrutar de lo que tenemos.

Por dejarme llevar y solo fluir. Estiro los músculos de mi cuello, aclaro mi garganta y bajo hasta la cocina.

Josh sigue junto al flan, del cual parece no querer separarse.

Me pregunto si será su postre favorito o si lo habrá hecho él.

—Ya está —le digo, alzando los pulgares.

«¿Por qué acabo de hacer eso?» Espero que no lo espante.

—Aún no han vuelto del jardín de mi vecino —contesta sin darle importancia al gesto. Pillar indirectas se me da fatal, pero puedo leer entre líneas lo que pretende decirme. Aún seguimos solos en la casa.

—Tendrán muchos nabos que ver. —Tengo que dejar esta estúpida bromita antes de que se haga demasiado pesada.

Josh se limita a poner los ojos en blanco.

—¿Nos comemos nosotros el flan? —le propongo, desviando mi mirada hacia la bandeja de cristal.

—Como quieras. ¿Te apetece?

—Pues claro. Tiene una pinta increíble—contesto, aceptando el tenedor que me tiende cuando abre el cajón.

Es él el primero que corta un trozo y hunde el cubierto. Se queda quieto, sin probarlo, y entiendo que me está esperando, así que replico sus movimientos.

—Espera —lo freno antes de que se lo lleve a la boca—. ¿Tienes más caramelo?

—¿Más? Te va a dar una sobredosis de azúcar.

Expulso una risita nerviosa y divertida. Una mezcla inexacta entre ambas, honestamente.

—No es para comérmelo —la advierto, echándole un último vistazo antes de hundir mi dedo en la superficie del flan y coger la cobertura de caramelo. Lo acerco a su nariz y la pringo por completo.

—¡¿Se te ha ido la pinza?! —Se aleja unos cuantos pasos de mí con una expresión de sorpresa que le hace abrir la boca hasta que toca el suelo de la cocina.

Dudo durante algunos segundos si ha sido una buena idea hacerlo, gastarle una pequeña broma.

La confusión se esfuma de mi cabeza tan rápido como entrecierra sus ojos antes de decir—: No sabes lo que acabas de hacer, Isaac.

Antes de atisbar la sombra de su sonrisa y de que sea consciente de que ha sido capaz de descompasar mi respiración con apenas ocho palabras, estampa un trozo de flan contra mi cara. Restregándolo contra mi nariz. Debo escupir un poco para poder hablar.

—Te has pasado un poco, ¿no crees?

—Has empezado tú.

—Y tú has respondido muy rápido.

—El aprendiz siempre termina superando al maestro. —Se lleva a la boca el pedazo que había cortado antes de nuestra riña y lo saborea con gusto—. Está muy bueno, ¿verdad? —Disfruta de mi cara impertérrita como un malvado de Disney. Pero yo tengo el último movimiento guardado en la manga.

—Ni idea. Déjame que lo pruebe. —Enredo mis manos en su nuca y lo atraigo hasta mis labios con tanta ferocidad que, durante apenas segundos, creo que alguien me ha poseído, consiguiendo que el Isaac tímido y con escasas habilidades sociales se hunda bajo una versión mucho más confiada, aunque también mucho más caótica y perdida.

Pero si es ese el precio que debo pagar por besar a Josh, por saborear cada resquicio de caramelo de sus labios, merece la pena.

Él se aferra a mi camiseta con sus dedos, aunque creo que desea que sea mi piel lo que toca. Mi lengua danza con la suya con tanta desesperación, que a mi cuerpo le toma varios instantes acostumbrarse a tanta intensidad, a tanta pasión, a tanta lujuria contenida.

—Van a… volver en… cualquier momento —musita mientras le muerdo el labio inferior.

—Sí.

—Deberíamos… parar. —Me aferro a las hebras de las caracolas de su pelo.

—Sí.

—Ahora… —continúa diciendo antes de volver a besarme por última vez y separarse de mí apenas unos milímetros—. Creo que me va a dar una hiperglucemia por el caramelo.

—Yo casi no lo he probado. Lo tengo entero en la cara. —Paso uno de mis dedos por mi mejilla y me retiro parte de los restos de flan que aún se resisten en mi piel.

—Será mejor que nos limpiemos antes de que vengan.

No sé cómo podremos explicar esto. —Nos señala a ambos.

Al desastre en el que estamos hechos, a su pelo alborotado en direcciones diferentes, a mi rostro manchado, a nuestras respiraciones acompasadas, a mi camiseta arrugada por su puño, a nuestras erecciones, a nuestros labios hinchados. A lo que somos ahora mismo.

Asiento y lo ayudo a recoger el desastre que hemos hecho en la cocina. Cuando está todo limpio y no hay señales del crimen, subimos a la segunda planta, al baño, y nos enjuagamos la cara.

—No hay manera de que salga el maldito caramelo, joder —se queja, frotándose con fuerza la nariz.

—Creo que yo estoy en peores condiciones que tú. —Me mira de arriba abajo y repara en las manchas de mi camiseta blanca. Muy buen atuendo para ensalzarse en una guerra de flan; aunque, en mi defensa, diré que ha sido una de las guerras más sexis en las que jamás he participado.

—Mierda. Te daré algo para que te cambies.

—¿Me estará bien tu ropa?

—No eres mucho más alto que yo.

—Ahí estoy en desacuerdo contigo —bramo, discrepante con lo que ha dicho—. Son cinco centímetros. Eso son muchos centímetros.

Sé que pilla mi broma al vuelo. De hecho, sonríe, rindiéndose ante mí y golpeándome la mano cuando intento pringarle la cara con más caramelo.

Terminamos de limpiarnos y vamos hasta su habitación donde me da una camiseta blanca bastante parecida a la que llevo.

Me deshago de la mía de un cuajo, y él se gira sobre sí mismo, dándome la espalda, completamente apavorado.

—¿Se puede saber qué haces? No es la primera vez que me ves sin camiseta —le explico, recordando todas las veces en las que nos hemos topado en bañador.

—Es la primera vez en mi habitación.

—¿Y?

—Es diferente. Aquí hay una cama… No sé. —Me mira de reojo, asegurándose de que aún sigo con el torso desnudo. Puede que yo me recree más de la cuenta en cubrirme, y puede también que sea consecuencia de que estoy muy ocupado observándolo de espaldas con el pelo aún desgreñado.

Me acerco a él con sigilo y, antes de decir nada, poso mis manos a ambos lados de sus caderas. Josh da un respingo, asustándose, pero se relaja cuando se da cuenta de que soy yo.

—Aún no han llegado —vuelvo a decirle. No se escucha nada de jaleo en la casa, por lo que seguimos solos. Josh se gira y asiente antes de lanzarse sobre el colchón e invitarme a mí a hacerlo junto a él.

—Creo que ya he encontrado la inspiración para mi trabajo final —confiesa, enfrascando su mirada en el dibujo del techo.

Sigo el camino de sus ojos hasta toparme con la escena de las rocas y el mar que tan desgastada está por el tiempo.

Ha vuelto a causar en mí la misma sensación de asombro que la primera vez.

Aunque ahora todo es diferente. Josh no es ningún desconocido y no me aterroriza que nuestras manos se rocen de vez en cuando.

Aunque sí que me da miedo porque sigo sin entenderme bien. Lo que nos rodea ha cambiado.

—Nunca me has hablado de tus amigos de Vigo —susurra a bocajarro. Si siguiéramos siendo desconocidos, ahora no hubiera notado que el tono que ha empleado ha sido sagaz y precavido, como si quisiera preguntarme por ello pero no se atreviera.

Y es cierto. El asunto es peliagudo y, hoy, todavía me cuesta hablar de ello. Aunque sé que es bueno expresar lo que sentí, lo que pasó en mi vida. Hablar del pasado siempre nos ayuda a soltarlo o, al menos, a dejarlo ir durante algunos segundos.

—Eso es porque nunca he tenido. —Tomo una gran bocanada de aire antes de seguir—. Nunca he sido popular, ni me he sentido parte del grupo. Siempre he sido el rarito.

—Es cierto, eres un friki. —Sonríe, girando su cabeza hacia mí, consiguiendo que el entendimiento que aprecio en sus ojos me anime a continuar.

—He tenido algún que otro conocido en ciertas épocas de mi vida, pero se terminaron mudando y perdimos el contacto.

Supongo que nunca he sabido bien cómo socializar.

Hice muchos esfuerzos por intentar encajar, sobre todo cuando era adolescente, pero pronto me di cuenta de que no podía cambiar quien era.

Tampoco surtió demasiados efectos positivos.

Me acostumbré a la soledad. Por eso, cuando nos mudamos a Mallorca, intenté esforzarme de nuevo por encontrar algún lugar al que pertenecer.

En Vigo, nunca fui yo. Siempre fui una versión de mí que intentaba agradar a la gente.

—A mí me gusta como eres, Isaac. Si nadie lo supo ver en ese momento, es su problema.

Comienzo a sentir una calidez parecida a la templanza expandiéndose por mi pecho muy poco a poco, con tanta lentitud que me abruma en ciertos momentos. Ya debería estar acostumbrado a ello porque siempre ha sido así desde que lo conozco, pero sentir que alguien me entiende, aún me resulta extraño.

—Aquí ha sido diferente. Os encontré a vosotros y, aunque sigo buscando qué versión de mí soy, creo que voy por buen camino.

—Supongo que serás un poco de todas esas versiones, ¿no? Serás el solitario, el que pretende gustar, el que gusta, el que se siente bien estando acompañado, el que disfruta de la soledad, el socorrista, el hijo, el hermano, el amigo… Todos son tú, al fin y al cabo.

Asiento, entendiendo su punto. Quizás tenga razón. Quizás no merezca la pena buscar un único punto cuando está claro que soy todos a la vez. No al mismo tiempo, pero sí en el mismo cuerpo.

—¿Cuál soy para ti?

—El idiota.

—¿Y te gusta?

— Nah , me das grimilla.

Ambos nos reímos ante su respuesta.

—A mí me gusta esa versión tuya en la que te contradices miles de veces en una misma frase —confieso, honesto, mientras giro mi cuerpo sobre el colchón en dirección al suyo.

—Siempre soy así —aclara, haciendo lo mismo.

—Pues, supongo que me gustas siempre.

Mi respuesta nos pilla por sorpresa a los dos.

A mí, me cuesta procesar que mi voz haya sido capaz de decirlo sin trastabillar ni un poco, ni una palabra.

A él, supongo que le causa dificultad entenderlo.

O no, quizás sí lo hace. Vete tú a saber.

A veces, cuando uno está a punto de colapsar por el pánico, no sabe leer las expresiones humanas.

—¡¿Josh, dónde está el flan?! —La voz de su abuela nos interrumpe cuando me apresuro a abrir la boca para decir algo que rompa el silencio sepulcral.

Nos ponemos en pie y bajamos hasta la cocina para coger el postre.

Salimos al patio exterior como si nada de lo que ha ocurrido hubiera pasado de verdad, y fingimos normalidad el resto de la cena.

No soy capaz de mirarlo a los ojos cuando nos marchamos.

No sé si estoy preparado para la respuesta que tenga que darme, o para la conversación que ello desencadene.