Romance de verano para chicos perdidos 22
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UN HUERTO REPLETO

DE HORTALIZAS

J OSH

E stoy paseando por casa cuando me detengo en la jamba de la puerta del estudio del abuelo.

Está dentro, enfrascado en un óleo que no puedo ver mientras desliza el pincel por él.

Siempre he pensado que la devoción que tiene mi abuelo por el arte es muy parecida a la que tengo yo.

Son dos disciplinas muy diferentes, la suya el dibujo y la mía la audiovisual, pero ambas parten de la misma base creativa en la que, en algún punto, una chispa de imaginación debe provocar un incendio de ideas.

Ahora que he encontrado un hilo narrativo del que tirar, transito los pros y los contras del argumento principal.

Aún me falta pulir ciertas aristas a las que continúo sin verle el punto, pero es bastante complicado concentrarse cuando mi mente se evade a los besos, a Isaac, a su cara frente a la mía, a sus mejillas, a sus pestañas, a cómo de firmes se sintieron sus músculos bajo mis manos.

Es dificilísimo pensar en otra cosa cuando mi cuerpo se empeña en crear escenarios imaginarios en los que me arranca la ropa y…

—¿Por qué no pasas, son ? —La voz de mi abuelo cesa el desenfreno furioso y hormonal en el que llevo casi una semana y media. Desde el festival, mi libido no ha vuelto a ser la misma.

—No quería interrumpirte —aclaro, entrando a la habitación, dejando que mis fosas nasales se inunden de un aroma intenso a pintura.

—¿Qué te parece? —me pregunta, retirándose levemente del óleo y dejándome ver lo que parece un acantilado con un atardecer de fondo. Es solo un boceto, pero ya se puede observar un claro potencial.

—Increíble. ¿Eso es el escarabajo? —Señalo lo que intuyo que es la estructura de un coche.

Mi abuelo asiente mientras esboza la sombra de una sonrisa.

—Sí. Hace muchos años que no lo hacemos, pero Margaret y yo solíamos ir a ese sitio a ver el atardecer durante el verano. Es de ese tipo de cosas que haces cuando eres joven y que vas abandonando poco a poco conforme creces.

—Siempre podéis volver ahora. Ese acantilado sigue en Mallorca y el escarabajo, aunque sea un trozo de chatarra amarillo, también continúa aquí.

Mi abuelo se encoge de hombros y tuerce el gesto antes de decir:

—Podríamos, pero no lo hacemos. A veces es mejor quedarte con el recuerdo de algo que volver a intentar vivirlo de nuevo. Puede que termine siendo decepcionante y que este cuadro no sirva para nada, ¿no crees?

—Tienes razón. —Muevo la cabeza de arriba abajo, asintiendo. Yo mismo he tomado miles de decisiones para intentar prolongar un momento en el que me he sentido feliz—. Te dejo para que puedas seguir con el dibujo…

Salgo del estudio después de despedirme de él y me siento frente al ordenador, en un intento vago de poder exprimir un poco de la reflexión que mi abuelo ha hecho.

Si nuestras memorias pierden el sentido al volver a vivirlas, ¿por qué seguimos empeñándonos en volver a un punto de nuestra vida al que consideramos conveniente?

El timbre de casa suena y, consciente de quién será, me apresuro a ser yo el que abra la puerta.

Lo primero que veo es a él en un atuendo que me arrebata la respiración y dispara el movimiento descendente de mis hormonas.

Isaac está frente a mí con una camiseta blanca y unos pantalones de lino celestes.

Tiene una sonrisa sobre los labios y los brazos a ambos lados de su cuerpo, mostrando una despreocupación apasionante.

¿Por qué estoy tan nervioso? Detrás de su espalda y, fingiendo que no me cuesta apartar mi vista de sus labios, me topo con sus padres, Raquel y David, y también con su hermana Flora.

—Bienvenidos —saludo, retirándome levemente de la puerta para darles paso.

Isaac me lanza una mirada furtiva que recorre el recibidor.

Qué complicada va a ser esta cena . Hace varios días desde la última vez que nos vimos; de hecho, creo que demasiados.

Ambos hemos estado ocupados. Él con los turnos dobles en Cala Pi, y yo tratando de martirizar a mi cerebro para que el brainstorming que tengo en mi cuaderno comience a cobrar sentido.

—¿Cómo estás, Josh? ¿Qué tal está yendo el verano? —pregunta Raquel mientras me da dos besos en cada mejilla.

—Muy bien, la verdad. Todo va genial.

—Me alegro .

Antes de que pueda continuar preguntándome, mis abuelos salen de la cocina y los reciben, caminando hacia el patio exterior, donde volveremos a cenar de nuevo.

Isaac y yo nos quedamos algo rezagados. No cae en vano la mirada de soslayo con la que me está observando, así que le doy un leve golpecito en el hombro para insistir en que disimule.

—¿Qué pasa? —susurra en un hilo de voz.

—No hagas eso con los ojos.

—¿El qué?

—Mirarme como si te gustara. Queda muy cantoso —respondo, echando un vistazo al frente donde mis abuelos y sus padres ya se han sentado en torno a la mesa.

—Igual te sorprende la respuesta que tengo que darte, Josh… —Se detiene en seco, a apenas unos escasos centímetros de nuestras familias—, pero creo que has dado en el clavo.

Está bastante claro que, para besarnos con la pasión con la que lo hacemos, al menos una atracción física debe haber entre ambos; no obstante, aunque haya sacado yo el tema, no me imaginaba una confesión de tal calibre aquí, sin medio ni impedimento posible para disimular que me acabo de derretir por dentro (y por fuera también, creo).

—¿Qué queréis beber, chicos? ¿Cerveza? ¿A ti te gusta, Josh? —David asoma su cabeza por la cristalera y nos enseña la jarra. Ambos asentimos y él se marcha unos segundos para volver con dos vasos llenos—. Aquí tenéis.

—Gracias —contestamos al unísono, siguiéndolo hacia el jardín.

Las estrellas esta noche son casi invisibles con intensidad de la luna.

Según he leído en Internet, hoy, cuatro de agosto, es el día lumínico de la luna, por lo que se verá más potente que el resto del año.

Podría emplear términos científicos que avalen esto, pero no recuerdo ninguno y tampoco creo que sea capaz de explicarlo bien.

Así que, me limito a entenderlo y a apreciarla.

Mis abuelos han preparado un pequeño tentempié preambular antes de dar paso al gran plato de la noche: el tumbet.

Posiblemente uno de mis platos mallorquines favoritos.

Es simple, una gran estructura de varias hortalizas como patata, pimiento y berenjena.

Sabe riquísimo, similar a como si te comieras un trozo de cielo.

En términos pop, es como si Ariana Grande colaborara con Blackpink, una absoluta locura.

—¿Qué tal en la floristería del centro, Raquel? —pregunta mi abuela, sirviéndose un poco de ensalada en el plato.

—Muy bien, Margaret. Estoy muy contenta. Estamos ahora en medio de los preparativos para una boda que se celebra a finales de verano. Está siendo todo una locura, pero estoy muy feliz de la oportunidad que me han dado.

Podría negarlo, ser un hipócrita y decir que es de mala educación no prestarle atención a alguien cuando habla, pero no puedo evitarlo.

Hay algo en Isaac que hace que mis ojos lo busquen con cada reacción que da a las conversaciones que mantenemos.

Esta vez, a diferencia de las otras, está sentado frente a mí, y no a mi lado.

Esto me permite poder apreciarlo sin parecer un rarito, aunque supongo que lo soy de igual manera.

—¿Puedes ir a por el postre, honey ? Lo he dejado en la cocina —dice mi abuela, mirándome con un gesto de súplica.

—Voy. ¿Cuántos tenedores traigo? —pregunto, asegurándome de quién tiene aún hambre para probar algún bocado más. Alzan las manos con algo de reticencia, y finalmente me doy cuenta de que vamos a ser todos.

Llego a la cocina y lo busco entre todos los platos vacíos que hay sobre la encimera. A lo lejos, escucho la sobremesa que estamos teniendo pasada la cena. Veo la bandeja de cristal en la que ha hecho el flan y me acerco a ella, cogiéndola.

—¿Te echo una mano? —Su voz retumba en las paredes de la habitación, haciendo acto de presencia.

Me giro sobre mí mismo y lo encuentro con una expresión divertida en la cara.

—¿Estabas tarareando la banda sonora de Código Lyoko ? —murmura mientras se acerca a mí, arrastrando las manos por la encimera.

Si soy honesto, ni siquiera lo sé. Estaba tan abstraído de la realidad que no me he dado cuenta de que estaba cantando.

—Puede ser. ¿Qué haces aquí?

—Pues ayudarte a llevar el postre. —Se detiene a unos metros de mí—. ¿Necesitas ayuda?

—Es solo una bandeja de cristal. Creo que podré con ella. —La cojo entre mis manos y hago el ademán de caminar hacia el frente, pero él no se mueve. Tampoco quiero que lo haga, disfruto de la poca distancia que hay entre nosotros.

—En realidad…, no he venido para eso —claudica, confesándose.

—No me digas.

—Venía a recoger otra cosa —continúa diciendo, recortando los pasos que nos separan.

—¿El qué? ¿Más tumbet?

—No. —Niega, frunciendo los labios en una mueca llena de sorna y bravuconería—.

Esto. —Su boca se encuentra con la mía en apenas segundos.

No dura mucho; de hecho, casi no soy consciente de que está ocurriendo hasta que se separa de mí, con los ojos cerrados y una expresión de satisfacción digna de apreciar—.

Ahora, si puedes recordarme dónde está el baño, te lo agradecería.

He bebido demasiadas cervezas. Me va a explotar la vejiga.

Tiene razón. He podido notar un fuerte deje de cebada en sus labios.

—En la planta de arriba, junto a mi habitación —mascullo aún con el flan en las manos. Debo parecer una estatua, petrificado de arriba abajo.

—¿Me esperas y vamos juntos? Seré rápido, te lo prometo.

—Están esperando el flan —afirmo, fingiendo que no me apetece alargar este momento a solas con él. Juntos.

—Han ido al jardín de tu vecino. Querían ver las berenjenas con las que han hecho el tumbet.

—¿Qué? ¿En serio? —Suelto el flan sobre la encimera y me sacudo los restos de caramelo en los pantalones.

—Les he dicho que iría al baño. Ha sido una forma sutil de escaquearme de ver pimientos y nabos.

—Su boca se abre demasiado al emular esa última palabra.

Lo ha hecho queriendo, está más que claro.

No solo por el brillo que se adentra en su mirada, sino por la forma en la que eleva las comisuras de sus labios.

—No tiene nabos.

—¿Quién?

—Mi vecino.

—¿Estás seguro? Me ha parecido escuchar que iban a ver sus nabos.

— Segurísimo . Yo he comido todas sus verduras, y nunca me he comido sus nabos.

Se carcajea y dobla su cuerpo por la risita tonta hasta que su frente se topa con mi hombro derecho. Me apresuro a retirarme porque sé que ha sido solo un jueguecito para mofarse de mí. Y le ha salido bien porque siento la cara ardiendo.

—¿No eres de nabos, Joshua? —Es la primera vez que lo escucho decir mi nombre completo.

Y…, mentiría si no dijera que ha sido una experiencia única.

Se me ha erizado el vello de todo el cuerpo, se me ha paralizado el palpitar del corazón para, segundos después, latir tan rápido como un piloto de F1.

Espero que no sea consciente de las sensaciones que causa en mí porque, entonces, estaría muy perdido.

—Eres idiota, Isaac.

—Tendrías que ver tu cara. —Me señala con el dedo, aún con la sonrisa en la boca.

—Es la conversación más absurda que he tenido con nadie.

—Me alegro. Ahora podremos proceder a una más profunda . —Arquea una de sus cejas. Debo aferrarme con fuerza al mármol de la encimera para no hundirle la cara en el flan—. Dame unos segundos para que pueda ir al baño antes.

Antes de que pueda contestarle, se esfuma de la cocina, dejándome con todo el cuerpo encendido de las peores maneras posibles.