21
UN ARREPENTIMIENTO MÁS QUE
MENOS NO SE NOTA
ISAAC
S igo la trayectoria de la mirada de Josh hasta que me topo con el desconocido que acaba de irrumpir en nuestra conversación.
Es Andreu. A lo largo de mi vida, la comparación con otros chicos ha sido algo de lo que he intentado alejarme, pero es inevitable no hacerlo cuando te sientes en el otro extremo de la misma moneda.
Tiene el pelo castaño con leves destellos rubios que caen en forma de rizos descontrolados, en un estilo de surferito norteño que me provoca tanta repulsión.
Sus hombros son anchos y tiene un pecho firme que se puede entrever por la apertura de la camisa que lleva puesta.
Observa a Josh de esa manera en la que miras a alguien al que le tienes un cariño especial, con el que compartes recuerdos.
Y me jode. Me jode que Andreu siga causando sensaciones pésimas en Josh, porque él no se merece algo así.
Por eso, sé, antes de que pueda tan siquiera hablar, el rumbo que va a tomar esto.
—¿Qué… qué hacéis aquí? —El tipo me mira de arriba abajo, escudriñándome al detalle. No pasa desapercibida la mueca de desagrado que hace con los labios.
—Pasear —le contesta Josh, escueto.
—Yo también. Ya sabes que me encanta venir al puerto en verano. Los atardeceres aquí son una pasada —apostilla, buscando cierta conexión con Josh.
Él asiente. No puede importarnos menos lo que haya venido a hacer aquí. No parece pillar que el silencio extendiéndose entre los tres es su señal para salir de esta ecuación. De hecho, hace lo opuesto. Se queda estático frente a nosotros en la fila.
—¿Podemos hablar, Josh? Por favor —ruega, de repente, cuando conseguimos avanzar levemente hacia el frente—. Solo serán un par de minutos, de verdad.
—Hoy no.
—Está bien. Mañana, si quieres. Me viene bien cualquier día. Ahora que he dejado el trabajo en el festival y que estoy de descanso en el hospital… puedo amoldarme a ti.
—¿Por qué has dejado el trabajo? —Josh enarca una ceja.
—El jefe era un imbécil y me echó la culpa por dejarte ir sin avisar a nadie.
La expresión de lástima que esboza Josh me hace entender que se siente mal por el chico. Aunque, si eso es cierto, no se lo hace ver. No dice nada al respecto.
—Mañana tampoco puedo —termina diciendo, cruzándose de brazos.
—Esperaré lo que haga falta. Pero, por favor, dame una oportunidad. —La voz con la que habla pasa de ser grave a ser un hilo tembloroso y casi inaudible.
—¡Siguiente! — gritan desde el puesto cuando llega nuestro turno.
Andreu termina por marcharse cuando Josh se gira y se encamina hacia la mujer. Yo lo sigo, no sin antes echarle un vistazo al chico que camina por el puerto con cierta pesadez.
Cuando tenemos nuestra cena, buscamos un pequeño banquito no muy lejos del atracadero, donde decidimos sentarnos con las bolsas de hamburguesas en las manos. Dejamos cierta distancia entre ambos, en la que colocamos la comida. Ataco primero las patatas fritas con beicon y queso.
—Perdón por lo de Andreu —se apresura a decir—. A veces no sé muy bien cómo manejar la situación.
—No tienes nada por lo que disculparte —mascullo, seguro. Nunca me ha molestado nada que tenga que ver con su ex, en la medida en que él no salga perjudicado de esos encontronazos.
—Por cosas como estas, pienso que el amor es una mierda.
—Chasquea su lengua mientras intenta abrir un sobrecito de kétchup sin éxito alguno.
Me lo tiende y termino arrancando yo el plástico con los dientes—.
Estuvimos dos meses juntos y fueron más que suficientes para que jodiera la percepción que tengo sobre el amor.
—Debió ser muy intenso, entonces.
—Demasiado. Pero me da igual. Hace demasiado ya de eso.
No me tiene que dar ninguna explicación.
No las quiero. Al menos, no ahora. Llegan tarde.
No puede irrumpir en mi vida cuando le salga de las narices y decirme que quiere arreglarlo.
¿El qué? ¿El corazón que me dejó medio roto, nuestra relación…
? Rompió mucho cu ando decidió marcharse y dejarme aquí.
No puede pretender que ahora quiera escucharlo.
Mucho menos ahora que siento cómo mi mundo se arregla poco a poco…
—Eso último lo dice con un hilo de voz más susurrado y pausado, avergonzado de decirlo en voz alta.
—Estás en todo tu derecho de no hacerlo. Si no quieres escucharlo, no lo hagas.
Josh asiente, observándome mientras le pega un bocado a su hamburguesa. El queso sale a la superficie y le pringa las manos por completo. Tiene que coger una servilleta al vuelo para impedir que se manche.
—Y tú…, ¿te has enamorado alguna vez, Isaac?
—Nunca. —No he tenido vínculos emocionales tan fuertes con nadie como para poder llegar hasta ese punto—. No habrá llegado la persona correcta, supongo.
—Llegará. Estoy seguro. —Desvía su mirada hacia el horizonte, donde la luna ya ha salido e ilumina las olas del mar, que se mueven en un vaivén imperfecto—. Seguro que consigues enamorar a alguien con tus visitas random a mazmorras.
—Eres tú el único al que he llevado a ese sitio. —Esbozo una sonrisa al ver cómo la luz de las farolas inunda sus ojos. Y, entonces, entiendo lo que ha dicho y lo que yo he contestado. Lo que lleva implícito con él me remueve la tripa de una forma desagradable en la que termino sintiéndome cómodo.
—Soy especial, entonces.
—Mucho. Nunca he conocido a alguien como tú… La forma en la que pensé que te ahogabas mientras nadabas es algo que nunca me había pasado antes.
—Único en la especie. —Se encoge de hombros y expulsa una risita.
—Eres único, sí. —Río yo también. No sé si por nervios, por la situación o por la forma en la que el abdomen me quema por dentro cuando imagino cómo sería volver a revivir lo que ocurrió en el festival.
Terminamos de cenar y nos quedamos sentados en el banco durante algunos minutos. En completo silencio. Solos con el sonido de las voces de los transeúntes y el mar moviendo los barquitos de nuestro alrededor.
—Oye, Isaac… —Carraspea antes de continuar—, a mí también me gustó.
—Debe percatarse de que he arqueado mi ceja y termina aclarando—: El beso.
No me ha dado tiempo a contestarte en la fila para las hamburguesas.
Me gustó mucho. Me gustó tanto que necesito que lo hablemos en voz alta y sacármelo de mis pensamientos.
El beso.
El único momento del festival en el que he pensado durante las últimas veinticuatro horas. Esa manera en la que nunca me he sentido tan cómodo con alguien. La forma en la que aún siento sus manos alrededor de mi nuca, instándome a continuar, a adentrarme aún más en los recovecos de su boca.
—Yo también necesito sacármelo de mis pensamientos.
—¿Tan malo te pareció? —se burla, haciendo acopio del humor en esta situación tan delicada.
—No. Ya te he dicho que me gustó.
—¿Por qué siento que hay un «pero»?
—Porque lo hay, ¿no? Tú también pareces querer decir algo.
—Hago un movimiento con la mano para animarlo a que empiece.
Él niega y replica, me apremia para que sea yo el que lo diga—: Estoy confundido, Josh.
Mucho. Nunca antes había besado a un chico.
Y no sé si es eso lo que me desconcierta.
Honestamente, tengo la cabeza hecha un lío.
—Te entiendo. Yo hace dos años que tampoco beso a nadie y parece que es la primera vez que lo hago.
¿No notaste ayer mis dientes mordiéndote la lengua?
—Estaba demasiado ocupado en intentar memorizar el momento a la perfección—.
Después de todo lo que ocurrió con Andreu, no sé si estoy preparado para exponerme otra vez a alguien.
—Nunca sería capaz de tratarte como él.
—Lo sé. Y yo nunca sería capaz de presionarte.
—Bien.
—Bien.
En algún punto de la conversación, he apoyado el brazo sobre el banco en el que estamos sentados. Mi mano se ha extendido hasta el suyo y, ahora, estoy tocando la tela de su camiseta con mis dedos. Tan cerca que puedo notar su vello erizándose cuando nuestras miradas se conectan entre sí.
—Tienes el pelo enredado en caracolas —confieso, deslizando las yemas de mis dedos por sus cabellos desordenados.
— Quítamelas —repite, tal y como la primera vez que se lo dije.
Ambos sonreímos, cómplices. Nos acercamos paulatinamente.
Su rodilla toca la mía hasta que nuestras piernas se enredan.
No hay nadie que pueda ser partícipe del momento a nuestro alrededor y, pese a que me tranquiliza, no puedo evitar pensar que todos sentirían envidia al vernos.
Yo lo haría, desde luego. Coloca su mano sobre mi muslo y me acaricia.
Zona peligrosa. Zona muy peligrosa—. ¿Ha sido esto una cita?
—Puede ser.
—Me has tendido una trampa para que vuelva a besarte…
—No te hace falta ninguna excusa para hacerlo. Soy todo tuyo. —Alzo las manos y me dejo a su entera disposición.
No tarda en coger mi camiseta en un puño y atraerme hacia él hasta hacer que su boca se vuelque sobre la mía con desesperación, impaciencia y una sed del otro insaciable.
Hay mordidas, caricias y más de un momento en el que, con tanta fricción, creo que me he corrido en el bóxer. Pero no. Es solo una falsa alarma.
—Será mejor que nos vayamos de aquí o nos volverán a gritar por alterar el orden público. —Pone su mano en mi pecho y se retira levemente. La distancia entre nuestras bocas se me antoja kilómetros que no dudaría en recorrer otra vez.
—Está bien.
Me pongo en pie y le tiendo la mano.
—¿Vamos? —Cojo las bolsas de la comida justo cuando él acepta mi agarre. Tiro de su cuerpo hasta la papelera más cercana y caminamos hacia los aparcamientos.
Josh saca su cámara y echa las últimas fotos del puerto, esta vez de noche.
Siento el flash en mi espalda, por lo que intuyo que también me está fotografiando a mí.
Llegamos a la moto y saco los cascos. Nos preparamos, nos subimos y conduzco en dirección hacia su casa.
No es necesario que le diga nada, rodea mi cintura con sus brazos, dejando caer su cabeza en mi espalda.
Puede que no entienda quién soy, pero estoy seguro de quién quiero ser a su lado.