Romance de verano para chicos perdidos 20
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ENTRE GAVIOTAS Y HAMBURGUESAS

JOSH

N o puedo parar de pensar en el beso.

Es una imagen que se repite constantemente en mi mente. Me resulta curioso cómo el cerebro es capaz de memorizar cada mínimo detalle de algo que ha sucedido en nuestra vida y que tiene cierta relevancia.

Me he enrollado con Isaac. Mi amigo. Todavía me cuesta digerirlo y, sobre todo, asentar de alguna manera lo que me hizo sentir.

Nunca he sido demasiado bueno despejando las incógnitas de mis sentimientos —a la vista está—, y mucho menos los efectos que otras personas causan en mí.

Ahora, mientras divago por el documento en blanco que tengo abierto en el ordenador y la carpeta de todas las fotos que he hecho a lo largo del verano, no puedo evitar reflexionar sobre ello, sobre cómo soy tan sumamente inútil a la hora de entenderme a mí mismo.

La respuesta no es sencilla, ni siquiera creo tenerla.

Si fuera así, si conociera la manera en la que mi mente funciona, muchos de mis problemas se habrían resuelto ya.

Por ejemplo, el principal conflicto de estos meses: el maldito Trabajo Final.

No solo mi carrera pende de un hilo porque no tengo ni pajolera idea de lo que narices voy a hacer cuando llegue septiembre, sino que también, a todo este cacao mental, debo sumarle la presión de hacer un proyecto que esté a la altura de aquello en lo que quiero convertir mi trayectoria profesional.

¿Cómo demonios voy a volcar mis objetivos en el trabajo, si ni siquiera sé cuáles son?

Es decir, tengo deseos a corto plazo, nimios y estúpidos, pero ahí están.

Quiero que regrese la SuperPop , Disney Channel y que las Jumpers de kétchup vuelvan a costar treinta y cinco céntimos.

La felicidad parece sencilla cuando no tienes un futuro incierto por delante y acabas de enrollarte con uno de tus nuevos amigos, al que apenas conoces desde hace un mes y algo, y del que acabas de descubrir que te gusta, o te pone… , o ambas a la vez; no son excluyentes.

Sin darme cuenta, he tecleado varias veces «Isaac. Isaac. Isaac». Estoy perdiendo la cabeza.

Mi teléfono suena bajo las sábanas de la cama. Debo recolocarme sobre el colchón y hundir mi mano entre ellas (que están hechas un embrollo) para poder alcanzarlo.

ISAAC (SOCORRISTA HOT)

Paso a recogerte sobre las 21.

¿Te viene bien?

Mi corazón empieza a latir a velocidades exageradas.

No solo porque me ha escrito, cumpliendo la promesa de que lo haría; si no porque me percato de que su nombre de contacto ha cambiado.

Maldita, Maia . Tengo que tomarme algunos segundos antes de responderle sin sentir que me va a dar un ataque.

¿Por qué me pone tan nervioso pensar que nos vamos a ver los dos solos?

No es la primera vez que lo hacemos, aunque sí es la primera en la que hay un ambiente peculiar entre ambos.

El típico que se genera cuando intercambiamos fluidos corporales contra la estructura de una noria. Qué vergüenza .

JOSH

Perfecto.

¿Cuál es el plan que tienes

en mente?

ISAAC (SOCORRISTA HOT)

Una sorpresa.

Ya lo verás

JOSH

Espero que no sean otras mazmorras

ISAAC (SOCORRISTA HOT)

Eso ya es pasado, Josh.

Ahora somos más de baños públicos 😛

JOSH

No creo que pueda soportar

más experiencias así.

Maia me las estará recordando toda la vida.

ISAAC (SOCORRISTA HOT)

Y no es para menos…

​ Yo tambiénte las recordaré

a partir de ahora.

Puedes dejar tu carruaje en casa

Yo me encargo ;))

JOSH

Te mataré si lo mencionas ⚰️

Está bien. Te espero a las 21, entonces.

¿Llevo algo?

ISAAC (SOCORRISTA HOT)

Ganas de estar conmigo.

Una sonrisa bobalicona se asoma de entre mis labios, imposible de remediar. Debo darme una torta mental para quitarla cuando me percato de que mi abuela me observa desde la puerta con el ceño fruncido y, por lo que veo en su mirada, con muchas ganas de saber qué es lo que causa mi alegría.

—¿Qué ocurre, honey ? ¿Algo que deba saber? —pregunta, colocando sus manos sobre la jamba de la puerta.

—He quedado esta noche.

—¿Con quién? ¿Maia?

—Estará trabajando en el festival. —Muevo la cabeza, negando—. Con Isaac.

No le lleva más de dos minutos atar cabos.

—Con Isaac… —repite con un tono de intriga—. Me parece bien. Have fun, honey ! Y no vuelvas tarde, ni solo. —Alza su dedo, amenazante.

Asiento y, cuando se marcha, vuelvo a centrar mi atención en el ordenador, en el proyecto. Vuelvo a revisar la carpeta de todo el material que he hecho y, pese a que intento no divagar hasta él, su rostro, su pelo, su cuerpo y sus manos es todo lo que encuentro entre las imágenes.

Estoy en la puerta de casa cuando una moto se para frente a mí.

Es grande, negra y tiene unos acabados en plateado que denotan la palabra «caro» desde kilómetros.

El conductor deja caer sus pies a ambos lados y se gira hasta toparse conmigo.

Lleva un casco también oscuro con rayos rojos en los costados.

—¿Subes o te vas a quedar ahí mirándome? —Su voz me toma desprevenido. Es Isaac.

—¿De dónde has sacado eso? —Me acerco a él con un gesto de asombro.

—Me la ha prestado Joan. —Saca la patilla de la moto y se baja de ella. Se acerca al pequeño compartimento que tiene detrás y saca un casco, el cual me tiende. Alza la visera del suyo y me sonríe con los ojos—. Vamos, póntelo. No hay tiempo que perder.

Hago lo que me ha pedido con cierta dificultad.

Nunca se me ha dado demasiado bien ponerme este tipo de cosas.

¿De qué demonios está hecho el broche… de hierro?

No hay manera de cerrarlo. Isaac se percata de mi torpeza y, tal y como hizo el día que fuimos con las scooters , desliza sus manos por mi cuello y termina por colocármelo él.

—Listo —anuncia, dándome una palmadita en la cabeza que consigue hacerme vibrar.

—¿Sabes conducir esto?

—Mejor que un piloto profesional de GP. —Es él el primero que se sube sobre la mastodóntica moto—. ¿Necesitas ayuda o puedes solo?

—Imbécil. —Le hago una mueca aunque no puede verla, pero sé que la intuye y expulsa una risita—. Más te vale que no me lleves a una mazmorra.

Me siento detrás de él, dejando cierta distancia entre nuestros cuerpos por inercia, por nerviosismo, por… quién sabe, por miedo a que mi cuerpo reaccione a él de una manera imposible de ocultar.

—Vamos a un lugar lejos, así que agárrate a mi cintura.

—Vira su cabeza levemente al decirlo, arranca el motor y yo siento el rugir de la cosa esta bajo mi cuerpo.

Lo último que me apetece ahora mismo es morirme.

Enredo mis dedos en su camiseta y me aferro a ella, con temor de perder mi vida—. ¿Listo, Brown?

—No.

—Mejor, así lo vives con más intensidad.

Seguro que no te faltará inspiración después de esto.

—Honestamente, creo que el tema de mi Trabajo Final siempre ha estado justo frente a mis narices, debajo de mis manos, dándome la espalda mientras nos lleva a Dios sabe dónde.

No hay nada en lo que haya pensado más que en él.

La musa de la creatividad ha decidido visitarme, al fin.

Llegamos a una especie de aparcamiento que ubico casi al instante.

Estamos cerca de la costa, no solo porque la humedad aquí se hace más intensa, casi insoportable, sino porque hay muchísimas gaviotas pululando por la zona.

La misión intentarquemientrepiernanotoquesuglúteo ha sido imposible.

En cada frenada, he tenido que recomponerme hacia atrás para evitar que nuestros cuerpos estén tan pegados que no sea capaz de diferenciar su espalda de mi pecho.

Al menos no he tenido una erección. Eso ya es un éxito que merezco celebrar.

—Ya hemos llegado al destino, pasajero. —Aparca entre otras miles de motos y se baja antes de mí. Me tiende la mano y me ayuda a hacerlo, aunque no la necesite, la acepto con algo de torpeza—. Bienvenido a su destino.

—¿Un aparcamiento? —Me quito el casco con una sensación de agrado increíble. Me siento las orejas ardiendo por la presión.

—¿No te parece increíble? —Hace lo mismo y, por fin, desde que me ha recogido de casa, puedo verle la cara. Él parece no haber sufrido ningún efecto secundario por el casco. De hecho, está perfecto, como siempre. Y me mira con una expresión animada, esperando una respuesta por mi parte.

—Puedo adaptarme. —Le tiendo el casco y guarda ambos en el compartimento de la moto.

—Anda, ven. —Mueve la cabeza en dirección hacia el paseo marítimo que hay al otro lado del aparcamiento—. He decidido traerte a la segunda parada del recorrido: el puerto de Palma.

Extiende sus brazos y me enseña la gran retahíla de barquitas atracadas en batería alrededor del puerto.

En el horizonte, justo donde el mar y el cielo se unen, el sol ya tiñe en tonos violáceos las nubes y refleja sobre el agua una gama de naranjas dispersa.

Las gaviotas se posan sobre las rocas, sobre los muros, sobre las escaleras que descienden al atracadero.

—Quizás hayas venido alguna vez —Se rasca la nuca, tímido e inseguro—, pero yo no. Y quería verlo contigo.

Su confesión hace que mi vello se erice, como si me hubiera tocado la piel. Mi pecho se expande, enternecido por la manera en la que me mira, por la forma en la que mantiene su boca entreabierta y me sonríe con las comisuras de los labios.

—Me encanta, Isaac. —He traído conmigo la cámara retro MM35 y no dudo ni un segundo en sacarla—: ¿Puedo? —Le pido permiso antes de empezar a explotar su imagen.

—¿A mí? —Se señala, sorprendido. Si supiera que todas las fotos que he hecho hasta el momento lo tienen a él como protagonista—. Está bien. Pero me tienes que enseñar lo que quiera que hagas con lo que grabas cuando lo termines.

—Trato hecho.

Isaac extiende un brazo y estrecha su mano con la mía, creando una descarga de emociones que me recorren la palma por completo. Comienzo a fotografiarlo cuando se gira hacia el sol, tímido de que lo capte ante la cámara.

—Déjame que te haga unas cuantas a ti, ¿no? —Alza su mirada hacia mí, que lo observo a través del objetivo—. Es lo justo.

—Está bien. —Acepto y le tiendo la MM35—. Solo tienes que darle a este botón y dejar que enfoque —le indico con pocas palabras. Es una cámara actualizada por lo que no tiene demasiada complicación.

—Creo que está grabando —me dice, pasados unos segundos—. A ver, muévete.

Le saco el dedo y él se carcajea.

—Sí, está grabando y te acabo de capturar en pantalla tratándome fatal.

—Idiota.

—Podrías decirme algo bonito, al menos finge que te caigo bien — se burla, acercando la cámara a mi cara.

—No se me da bien fingir —le confieso.

Se queda algunos instantes callado, concentrado en lo que está haciendo; o, más bien, rumiando la idea de lo que está a punto de decir. Se está mordiendo el labio inferior, suele juguetear con él cuando se pone nervioso. Es algo que he podido notar.

—Pues te lo diré yo. Sales guapísimo en el vídeo. —Aparta la cámara de su cara y cruza su mirada con la mía.

En el iris miel de sus ojos puedo ver algo bastante similar a la incertidumbre.

Está igual de confundido que yo. Ambos de distinta manera, pero con una misma característica: ninguno sabe bien hacia dónde va, caminamos por inercia, por costumbre.

Ambos somos dos chicos perdidos en medio de un verano.

—Gracias —termino contestando con una amalgama de palabras atoradas en la garganta.

—No sé si he parado el vídeo. —Intenta dispersar mi atención de lo que ha dicho, pero creo que es demasiado tarde para ello. Mi cerebro ya lo ha memorizado.

Me acerco a él con pies de plomo, elevo mi mano y rozo sus dedos con sutileza cuando intento coger mi cámara.

Veo la luz roja que indica que ya no está grabando y asiento.

Él, sin embargo, parece no prestarle nada de atención a mi movimiento.

Me escudriña con detalle. La luz del atardecer se funde detrás de sí.

—Quiero ser el primero que vea el proyecto.

Iba en serio lo que te dije el día que nos conocimos.

Me encantaría ver todo lo que haces. —Desliza su mano por mi brazo, ascendiendo hasta mi hombro.

Intenta acariciarme la mejilla, pero un grupo de chicas pasa por nuestro lado charlando a decibelios muy molestos.

No puede haber peor timing . Estaba a punto de tocarme.

Deja caer sus manos a ambos lados de su cuerpo, desistiendo.

—Lo serás. Te lo prometo.

—Más te vale, Josh. —Entrecierra sus ojos—. Venga, te invito a cenar algo. Me muero de hambre.

—Pagamos a medias. ¿Te apetece una hamburguesa?

—La idea de quedar ha sido mía. Perfecto. Llévame a dónde tú quieras.

—¿Y? Yo he sido el que ha decidido venir. A medias. Conozco un sitio aquí en el puerto. Podemos pedirlo para llevar y comérnoslo por la zona.

—Hubiera estado feo que no vinieras. Quería verte —confiesa en medio de esta conversación tan dispar—. Especialmente, después de lo que ocurrió ayer.

Trago saliva con dureza cuando lo menciona.

—Me echaron del trabajo.

Expulsa una carcajada y emprende el camino junto a mí cuando comienzo a dirigirme hacia el sitio de hamburguesas al que iba con Maia cuando éramos adolescentes.

—Lo sé. Creo que fue por culpa mía. —El tono de su voz muestra una culpabilidad que espero sea fingida, porque él no tiene nada que ver con que mi jefe sea un imbécil.

—Fui yo el que terminó encima de ti en aquel baño.

—No puedo quejarme. —Alza sus manos y hace un gesto despreocupado—. Ni de tu caída ni de lo que ocurrió junto a la noria. Me gustó.

Ahí estaba. El gran beso por fin era mencionado. Supongo que era cuestión de tiempo. Nos colocamos en la fila del sitio de hamburguesas justo cuando una voz nos exalta a ambos.

—¿Josh?

Me giro sobre mí mismo y no puedo creerme que el destino haya vuelto a traérmelo de nuevo. ¿Qué narices está haciendo aquí Andreu? Es como una espinilla en la mejilla, molesta y parece que nunca voy a poder deshacerme de ella.