Romance de verano para chicos perdidos 19
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EL SER CONSCIENTE DE QUE NO SABES

ABSOLUTAMENTE NADA

ISAAC

M i casa está sumida en la más absoluta penumbra, en el más profundo silencio.

Deben de ser la una de la madrugada y todos están ya dormidos.

Subo con sigilo hacia mi habitación y, en lugar de tenderme sobre la cama, me siento a sus pies, en el suelo, con la cabeza sobre un cojín y las piernas desparramadas por aquí y por allá.

Ha pasado mucho en tan solo unas horas. Ni siquiera soy capaz de discernir si me arrepiento o no.

No entraba en mis planes besarlo, ni tocarlo, ni volverlo a besar, ni desear hacerlo de nuevo tantas veces como fueran posibles.

La vida a veces es inesperada, demasiado.

Cuando lo he visto con las lágrimas en las mejillas por culpa del idiota de Andreu, he sentido un pellizco en el corazón, muy parecido al que siento cuando mi hermana se cae de la bici o a mamá se le quema la cena por intentar llegar a todo; me he dado cuenta de que lo que siento por Josh es algo más complicado que una mera amistad.

Y mira que no sé mucho de eso, ni del amor ni de la amistad.

Nunca me he enamorado. Ni tampoco he salido con nadie.

Mi vida sentimental se ha limitado a unos cuantos besos en algunos bares a los que solía ir en Vigo y algunos polvos esporádicos con una chica con la que hice el curso de socorrismo.

No me gustaba, pero la presión social por acostarse con alguien es demasiado traicionera, y más cuando eres el bicho raro, el que nunca ha encajado, el diferente.

Nunca me he planteado mi sexualidad porque, durante mucho tiempo, nadie me ha gustado tanto como para despertarme una emoción latente e intensa.

Hasta que conocí a Josh. Lo nuestro se ha fraguado a fuego lento y casi sin darme cuenta.

Miradas por allí, roces por allá y, de repente, cuando menos lo he esperado, he sentido un impulso voraz por besarlo, por probarlo, por resolver de una vez mis dudas.

Y sería ideal que los besos que hemos compartido esta noche hayan solventado mi preguntas, pero creo que ha surtido el efecto contrario.

Ahora tengo muchas más. Demasiadas. También tengo miedo de perder una amistad, de perderlo a él, de no entenderme o de conseguir que él sea el que no me entienda.

Cuando nunca te has sentido querido con gente ajena a tu familia y consigues conectar con alguien, te amilanas al plantear un presente en el que puedas perderlo.

Y quizás debería estar acostumbrado a la soledad, a no tener a nadie más que a mis padres…

pero es que uno se hace muy rápido a la compañía, en especial si ha sido capaz de despertar en mí sensaciones que creía imposibles.

De repente, todo es complicado.

Mi vida, mis sentimientos, mi sexualidad y Josh.

Bueno, mentira… Josh es una de las pocas cosas que más claras tengo.

Maia, Elisa y él me han enseñado a aceptarme, a no re primir lo que soy, y sí, también me han enseñado que hay en mí una parte homosexual de la que nunca me he dado cuenta.

O puede que sí. Siempre ha habido señales.

La más clara es cuando tuve mi primera erección en los baños del instituto después de educación física.

Tenía catorce años y el cuerpo atestado de hormonas.

Mi móvil suena, sacándome de mis pensamientos. Y menos mal, he de decir, estoy empezando a meterme en una espiral sin fin.

JOSHUA brOWN

Ya he llegado a casa.

Gracias por salvarme la noche ❤️

¡No con el beso! Si no con el consuelo que

me has dado en el baño.

Vale, quizás no ha sido la mejor elección de palabras.

ISAAC

Me alegra que no te hayan secuestrado

y que tu escarabajo amarillo siga intacto

No hay de qué.

Es un placer consolarte cuando

lo necesites.

Sonrío al ver mi mensaje. He contestado con esas mismas palabras a propósito.

Me gusta pensar que está al otro lado del teléfono nervioso al leer mi respuesta.

Mi vello se eriza al recordar sus dedos adentrándose entre las hebras de mi pelo.

Escribo y borro. Escribo y borro. No encuentro las palabras adecuadas para enviarle.

Termina desconectándose y yo lo hago también, con un sabor de boca agrio.

Pongo el móvil a cargar y me quito toda la ropa, me pongo unos pantalones sencillos de chándal y me acuesto. No sé qué hora es cuando caigo rendido ante el cansancio, solo sé que mi último pensamiento es él. Nuestro beso.

Me levanto a la mañana siguiente aturdido con una sonrisa bobalicona en la cara y una sensación pesada extendida por todo el cuerpo.

Mi madre está sentada en el salón cuando me sirvo una taza cargada de café y una buena tostada de jamón con tomate.

Desde que mamá empezó a trabajar en la floristería vamos muchísimo más desahogados con el dinero.

Podemos pagar las facturas, los préstamos, la comida, e incluso nos quedamos con algo extra para algún capricho.

Noto que la dinámica en casa es mucho más distendida y que, pese a que papá parece no encontrar nada de lo suyo, todos estamos más felices.

Sin duda, mudarnos a Mallorca ha supuesto el gran cambio que necesitábamos antes de hundirnos en un pozo sin fondo.

—¿Qué tal el festival ayer? —me pregunta, mirando fijamente las agujas gigantescas que tiene entre las manos.

—Muy bien. Venden cosas extrañísimas pero nos divertimos. —Decido emplear un eufemismo y guardar en la privacidad todo lo que ocurrió en apenas unas horas.

—¿Y Josh? —Estoy bebiendo un sorbo de café cuando escucho su nombre salir por la boca de mi madre. La tensión se hace más prominente sobre mis hombros de un momento a otro.

—¿Qué pasa con él?

—Nada. —Menea la cabeza—. ¿Qué tal está? Hace mucho que no lo veo.

—Bien — me limito a decir—. Maia y Elisa también están genial.

—¿Cómo va con ese trabajo que me dijiste que debía entregar a final de verano?

—Mi madre insiste en no desviar la conversación al resto de mis amigas.

Honestamente, no sé por qué intento evitar hablar de él.

Quizás porque me conoce demasiado bien y sé con certeza que va a ser capaz de darse cuenta de que algo ha ocurrido.

Y no tengo explicación. Al menos, no por el momento.

—Sigue atascado en las ideas. No sabe aún sobre qué hacerlo.

—Seguro que encuentra algo. ¿Seguiréis con el recorrido que hizo tu abuela de la isla?

—Supongo que sí. —No sé cómo fluirán las cosas entre nosotros ahora que ha ocurrido algo trascendental.

Mamá me mira por encima de las gafas que lleva sobre el puente de la nariz, lanzándome una mirada que no logro descifrar y que me pone aún más nervioso.

Me va a pillar. Me apresuro a terminar el desayuno y subo corriendo a mi habitación, huyendo de más preguntas impertinentes.

Me cambio de ropa y me pongo el uniforme.

Salgo de casa antes de tiempo, en dirección a Cala Pi.

—¡Eh, tú, guapo! —Una voz me grita desde los pies de la zona de control mientras reviso la costa con los binoculares—.

¡Dame tu número o algo! ¡Vamos a liarnos en el festival de películas slasher mientras mi jefe me busca por todo el recinto!

—Me pongo en pie y asomo la cabeza entre la madera.

Es Maia y, junto a ella, Josh le golpea el brazo con fuerza.

—Eres gilipollas —rechista el susodicho, derrengado—. Ya te he dicho mil veces que no ocurrió nada en el baño.

—¿Y? Mi versión de la historia es mucho más divertida, Joshy —le contesta con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡¿Puedes bajar un momento, Isaac?! ¡Mi amigo necesita una reanimación urgente!

Expulso una sonora carcajada al escucharla. Otra cosa no, pero guasa tiene un rato. No hay nada como darle un toque cómico a un asunto así.

—Para ya, Maia. Nos está mirando toda la playa —vuelve a decirle, observando en derredor.

Decido aceptar su propuesta y bajar antes de que Josh se muera de vergüenza.

No sería sencillo levantar un cadáver en plena cala.

Llegaron hace cuestión de media hora y se sentaron cerca de la orilla.

Se embadurnaron de crema solar y se tumbaron a leer.

Me detengo frente a ellos y doy gracias al Universo por llevar unas gafas que me cubren los ojos porque, lejos de sutilezas, mis ojos deciden deslizarse sin piedad y delicadeza alguna por el cuerpo de Josh.

Debo detenerme a mí mismo en el elástico de su bañador, en el mismo punto en el que se pierde un rastro de vello oscuro.

Tiene la piel dorada y empapada por el agua, la humedad y el sudor.

Trago con dureza al elevar mi mirada y toparme con su sonrisa.

Desde luego, es muy complicado resistirse a sus encantos cuando me tiene comiendo de su mano.

—¿Qué os pasa? —decido preguntar, dejándome caer en las escaleras en busca de alguna sombra que me cubra de los rayos del sol.

—Queríamos ver cómo estabas después de la noche de ayer…

—musita Maia con un tono maligno. ¿Josh le habrá contado que nos besamos?

Una sensación vertiginosa me recorre la médula al imaginarlo.

Maia me cae genial y confío en ella, pero no sé cómo me siento al saber que alguien más que no sotros dos conoce lo que hemos hecho.

Nuevamente no quiero tener que dar explicaciones a algo que no entiendo.

—Deseando volver al festival esta noche —confieso con un convencimiento falso. No me apetece nada volver a poner un pie allí.

Josh tuerce el gesto al escucharme.

—Es broma —me adelanto a decir—. Me pareció un coñazo.

—¡Oye, respetos a los trabajadores! —exalta Maia, ofendida como si le hubiera dicho el peor insulto.

Sonrío al ver cómo hace una pistola con sus dedos y me apunta con ella. He traicionado su confianza.

Analizo cada ápice de Josh a su lado, mantiene los brazos cruzados y la cabeza ladeada mientras escucha a nuestra amiga.

Maia estará ocupada trabajando esta noche; Elisa me ha dicho que ayudará a su madre con los regalos de la boda para los invitados; Joan y Dylan volverán a ir al festival para disfrutar de las entradas VIP que han comprado; así que estamos él y yo solos.

—Oye, Josh…, ¿quieres que quedemos nosotros esta noche para hacer algo? —A veces, decían que el mundo estaba lleno de valientes; pese a que yo no fuera uno de ellos, sí que había encontrado unas agallas inusitadas en mí. Debía aprovecharlas antes de que se extinguieran.

Soy más que consciente del efecto que mi propuesta provoca. Maia sonríe de oreja a oreja con un gesto pícaro mientras golpea sutilmente a su amigo con el codo. Josh se ha quedado atónito, tiene los ojos posados sobre mí e intenta conectarse con mi mente de una forma que no comprendo.

—¿Nosotros? —balbucea, impertérrito. Quizás me he precipitado. Quizás no debería haberle propuesto nada tan rápido, sin haber hablado lo ocurrido con el beso. ¿La estaré cagando? —Quiero decir… Sí, claro. Estoy libre hoy.

—Bien.

—Bien.

—Genial.

—Súper.

—¿La tensión sexual debo cortarla yo con un cuchillo u os bastáis solitos para hacerlo? Lo digo por irme o quedarme —interfiere Maia, entrometiendo una de sus manos entre ambos y moviéndola hacia todos los lados.

Josh le da un empujón con fuerza mientras chasquea la lengua por vigesimotercera vez.

—Luego nos vemos, entonces. Escríbeme con lo que quieras hacer —me dice antes de arrastrar a la chica hasta las toallas en las que ambos están sentados.

Me permito algunos segundos para recobrar el sentido, aún de brazos cruzados con el peso sobre las escaleras de madera del puesto de control.

Algunas veces es inevitable dejarse llevar por la euforia del momento para cometer actos que no seríamos capaces de hacer en nuestro sano juicio.

Por ejemplo, nunca hubiera besado a Josh si no hubiera pensado que, por una vez en mi vida, sentía que pertenecía a algún lugar; tampoco me hubiera lanzado a pedirle salir (qué expresión tan milenial ) si no me hubiera percatado de que hay algo en él que me atrae como un imán.

Aunque me desconcierte el miedo. Sé que tenemos algo que no comprendo, que es confuso, y que me hace sentir perdido de una manera insólita.

No sé mucho ni de amor, ni de amistad, de hecho no sé nada de nada.

Pero, si estoy seguro de algo, es de que quiero averiguar lo que sea que nos une a ambos.