Romance de verano para chicos perdidos 18
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VIVIMOS A BASE DE IMPULSOS

JOSH

N o sé qué es peor. La cara de mi jefe, la expresión de Andreu o que, con todas esas miradas observándonos, yo no quiera moverme ni un ápice del regazo de Isaac.

Mucho menos quiero que él lo haga. Sus manos me atrapan contra su pecho con una precisión a la que no me disgustaría acostumbrarme.

Su nariz se roza con la mía con una sutileza apasionante.

—Lo que me faltaba. —Mi jefe chasquea la lengua.

Eso no puede avecinar nada bueno, ¿verdad?

—. Uno de mis empleados decide escaquearse de su turno para venir a darse el lote a los baños.

Es la primera edición del festival en la que algo de esto ocurre…

Y mira que hace dos años un cliente encontró un preservativo en una de las hamburguesas de los food trucks .

¡Esto ya es el colmo! Joshua, estás despedido.

Hay demasiada información concentrada en pocas palabras.

Aunque mi raciocinio quiera repasar con detalle eso del preservativo, decido enfocarme en lo último que ha dicho.

Despedido . Eso implica que no voy a tener que compartir el mismo espacio que Andreu el resto del fin de semana, que no voy a tener que poner ninguna excusa para marcharme del lugar y perderlo de vista durante algunos minutos. ¡Esto es un sueño!

Termino levantándome de las piernas de Isaac, que parece perdido en el momento. Mi jefe sale del baño, enfurecido, y llama a Andreu para que retome su puesto.

—Que conste que yo no le he dicho nada. Ha aparecido en la taquilla y ha visto que no estabas —se detiene a aclarar antes de irse. Por alguna razón que desconozco, siento la necesidad de musitarle un «gracias», pero no lo hago. Él no lo espera y yo prefiero no continuar cayendo tan bajo.

—Enrollarse en los baños de un festival de terror es algo que no tenía en mi lista de picaderos, pero que acabo de añadir ahora mismo —bromea Dylan ante la atenta mirada de Elisa, que no duda en asesinarlo.

—Pero ¿os estábais liando o no? Me tenéis un poco perdido —confiesa Joan, tocándose la nuca con desconcierto.

—Claro que no. Nos hemos quedado encerrados aquí y he intentado salir por el hueco de arriba —Lo señalo para clarificar la historia—, pero me he resbalado y hemos terminado así.

—¿Y qué hacéis los dos en un mismo baño?

—Sujetársela mutuamente. —Dylan se arrepiente de lo que ha dicho en cuanto Elisa le da un pequeño empujón—. Perdón. Ha sido una broma mala.

—Como todas las que haces. Nadie se sorprende —escupe ella en su dirección. Dylan rueda los ojos poniéndolos en blanco, antes de sonreír una vez más.

Isaac se pone en pie finalmente junto a mí y nos echa un vistazo a todos.

—¿Podemos salir de este sitio? Creo que me ha generado claustrofobia —dice, colocando sus manos a ambos lados de su cadera.

Todos asentimos y salimos al exterior. La noche ya se ha echado por completo sobre el festival y la luz tenue que ambienta el lugar ilumina los pocos senderos visibles que hay.

Dylan y Joan irán a dar algunas vueltas por el recinto hasta que termine la noche.

Dylan se marchará con Andreu; y Joan esperará a Maia.

—Aún tengo que invitarte a esa granizada —recuerda Dylan, mirando a Elisa.

—No, gracias.

—Venga. Solo serán unos minutos. —Nos miran al resto del grupo buscando una especie de afirmación que justifique sus decisiones.

—Yo aún tengo que recoger mis cosas —digo cuando nadie más contesta.

—Y yo me he quedado con ganas de echar un pis —afirma Joan, ladeando la cabeza.

—Está bien. Vamos. —Elisa chasquea su lengua y se gira sobre sí misma, empezando a caminar sin esperar a Dylan.

Isaac y yo nos quedamos solos, el uno junto al otro.

La humedad se pega a mi piel y hace que la camiseta del uniforme comience a molestarme.

No puedo evitar mirarlo de soslayo, intentando que no se dé cuenta.

Mantiene una expresión impertérrita que no logro descifrar.

A veces, Isaac se me hace un tanto complicado de entender.

Tiene las manos metidas en los bolsillos del pantalón y estoy seguro de que por su imaginación están pasando miles de pensamientos a toda pastilla.

A mí me ocurre lo mismo. Mi mente divaga en el recuerdo que hemos vivido hace apenas unos minutos.

Nunca había visto sus ojos tan cerca, por eso nunca había reparado en las pequeñas trazas verdes alrededor del iris color miel.

—Ahora vuelvo. —Me giro sobre mí mismo, encaminándome hacia la zona de taquillas en el interior del cine donde habíamos dejado nuestras pertenencias antes de comenzar el turno.

—Te espero aquí —masculla en un hilo de voz.

Asiento y continúo caminando hasta que me aproximo a la noria. Una mano toca mi hombro y me hace girar. La luz es escasa, pero las luces de colores tenues me hacen identificarlo casi al segundo.

—Pensé que me ibas a esperar allí.

—Me he arrepentido. —La manera en la que lo dice me hace intuir que quizás no solo se refiere a lo de quedarse en mitad de festival aguardando mi regreso. Hay algo intrínseco que no consigo desvelar, pero que está presente en su hablar.

—¿De venir?

—De no haber aprovechado el momento en el baño.

—No sabía que tú también necesitaras hacer pis.

Abre la boca y la cierra con rapidez, arrepintiéndose de lo que está a punto de decir.

Cuando recorta la distancia entre ambos y sus manos se posan a ambos lados de mis mejillas, recuerdo eso que tanto dicen de que los humanos vivimos a base de impulsos, de pequeñas decisiones que nos llevan a cometer las mayores locuras.

Quizás este momento sea uno de esos. Aunque eso no quita que no lo desee.

Sus labios se posan sobre los míos con inocencia, ternura y nerviosismo.

Su boca sabe a caramelo y me deleito con su sabor.

Su lengua se topa con la mía a mitad de camino y yo decido enroscar mis dedos en su camiseta, aferrándome a él, a la noche, a la noria, al festival, a los segundos y minutos que trascurren entre nosotros.

Siento que algo hace click cuando profundiza el beso que, aunque torpe, me parece la decisión más acertada que ha podido tomar.

Algo en la alquimia de mi cerebro empieza a hacer funcionar los engranajes que quedaron obsoletos y petrificados hace dos años.

Lo hace con parsimonia y lentitud, casi la misma con la que Isaac decide abrazarme.

Se nota que hace mucho tiempo que nadie es capaz de hacerme sentir así porque mi cuerpo acoge esa sensación impropia como si fuera la primera vez.

No sé si esto ocurre en la vida real o en las comedias románticas, pero a mis dedos les parece insuficiente su camiseta y ascienden hasta su pelo rasurado al milímetro.

Lo agarro de la nuca y creo que se me escapa el jadeo más ridículo que jamás he dado, pero él no lo nota o, al menos, no hace nada al respecto.

Su mano juguetea con mis brazos, me sostiene con firmeza hasta que toma la bravura suficiente como para agarrarse a mi cintura.

No sé cuánto pasa ni cuántos movimientos hago hasta lograr acomodarme a su lado.

De lo que sí estoy seguro es de que mi entrepierna se despierta voraz al escucharlo gemir.

Es grave, delicado y casi parece irreal, pero lo he escuchado.

Doy un traspié cuando su cuerpo se vierte sobre el mío, deseoso de catar más, de sentir más, de abarcar más.

Me topo con algo metálico que está frío y que me reconforta después de la humedad cálida a la que estoy sometiendo a mi piel.

Creo que es la estructura de la noria. No estoy seguro, pero me da igual.

Estoy teniendo el mejor beso de mi vida.

—¡Eh, vosotros! ¡Idos a follar a otra parte! —nos gritan desde fuera.

«Vaya manera de romper el momento con lo cerca que estaba de correrme en los pantalones».

Isaac se separa de mí paulatinamente. Mantiene sus ojos cerrados, sin querer despertar del momento.

Sus manos aún siguen sobre mis caderas y la mueca de sus labios me parece la más sexy que jamás he visto.

Parece mentira que haya tenido que suceder esto para hacerme ver que está buenísimo.

Esboza una sonrisa ladina en la que esconde un calentón importante.

No solo porque su dureza yazca sobre la mía, sino porque está devorándome con la mirada.

Yo me quedo recostado sobre la superficie de metal como un adolescente bobalicón, pero no puedo evitarlo.

Me tiemblan las piernas, los brazos y mis labios quieren un poco más de los suyos.

—Joder. —Exhala con fuerza, dejando escapar una gran cantidad de aire—. Llevaba días aguantando la presión de besarte. Qué alivio.

—¿Planeas volver a hacerlo o ha sido suficiente con uno para darte cuenta de que no quieres volver a hacerlo? —pregunto con una timidez en la que no soy capaz de reconocerme.

—Como vuelva a besarte ahora mismo, creo que voy a ensartar a alguien. —Baja su mirada hasta su entrepierna y veo el resultado del beso tan pasional que acabamos de darnos. Lo tapa con sus manos, avergonzado de que yo lo haya visto.

Me carcajeo y él hace lo mismo, moviendo la cabeza de un lado a otro.

—Voy a por mis cosas, ¿vale? —Me separo levemente de él.

—Te espero aquí. Esta vez de verdad.

—No te muevas. ¡Y baja esa pistola! —Eso último lo digo con un ligero tono de voz más alto, consiguiendo que palidezca y abra los ojos, estupefacto, mirando de un lado hacia el otro en busca de alguien que haya podido escucharlo.

Por la cercanía a la noria, ningún sonido que no sea el de su maquinaria es audible.

—¡No os vais a creer de lo que me he enterado! —Maia sale de las taquillas de acceso y se lleva las manos a la cabeza a punto de soltar la mayor noticia de su vida—: Han pillado a dos liándose en los baños. ¿Quién en su sano juicio haría algo así en este ambiente tan sórdido?

Chasqueo la lengua y pongo los ojos en blanco. Qué rápido vuelan las noticias en ese lugar.

—No nos estábamos liando. —Al menos no en ese momento—. Me he caído encima de él al intentar salir del baño. La puerta estaba atascada.

—¡Espera! ¿Habéis sido Isaac y tú? —Maia coge mi brazo al vuelo y lo zarandea, sorprendida.

—Sí.

—Qué fuerte. Te lías con nuestro amigo y no me lo cuentas. —Esboza una mueca de decepción con la que no duda en mirarme. Echa un vistazo a Elisa e Isaac y a la mochila que tengo colgada en la espalda—. ¿A dónde vais?

—A casa. Me han echado —contesto, intentando sonar lo más apenado posible.

—¡¿Qué?! ¿Por qué?

—Por huir de la taquilla del cine cuando Andreu ha empezado a hablar sobre nosotros. Era eso o asesinarlo con el sonido de I know what you did last summer de fondo.

—¿La canción de Camila Cabello y Shawn Mendes? —Elisa alza una de sus cejas.

—No, la película —aclara Maia. Es una de sus favoritas—. Intentaré hablar con el jefe para que te readmita. —Me consuela mi amiga con un gesto apenado.

Asiento y terminamos despidiéndonos de ella para encaminarnos hacia el escarabajo amarillo que, aparcado en esta carretera en mitad de la nada, parece un Lacasito extraviado en medio del desierto.

El viaje a casa se me hace eterno. La noche, el cansancio y la humedad incrustada en la piel no facilita para nada la tarea en la que mi mente está enfrascada: el beso con Isaac.

El chico está sentado en el asiento del copiloto, tiene las piernas ligeramente abiertas y entre ellas sujeta mi mochila.

Repiquetea los dedos contra su rodilla y charla con Elisa de algo que no consigo enterarme.

Estoy demasiado centrado en escudriñarlo.

—Adiós, chicos. Qué descanséis. —Se despide ella cuando paro frente a su casa.

—Buenas noches, Eli —le contestamos al unísono.

El aire que entra por las ventanas se me antoja abruptamente insuficiente, y la distancia entre ambos es tan escasa que mi boca se seca por completo. ¿Se supone que deberíamos hablar sobre el beso?

—Siento mucho que te hayan echado del festival, Josh. —Es Isaac el que se encarga de romper el silencio.

—No importa. Tampoco me encantaba el trabajo.

—¿En serio? Casi no lo he notado. —Ríe en voz baja.

—Idiota. Lo he ocultado genial. Maia no se ha dado cuenta.

—Se ha hecho la tonta. Era bastante evidente que no estabas pasando las mejores horas de tu vida.

—Qué mal se me da mentir, entonces.

—Casi igual que nadar. —Gira su cara y me observa por completo. Aferro mis manos al cuero del volante e intento no desviar mi atención de la carretera, pero es muy complicado cuando un tipo de metro noventa te mira como si fueras lo único que le importa.

Su casa queda a apenas unos metros y siento que el tiempo se consume con una velocidad feroz, ni siquiera me da tiempo a procesarlo cuando ya hemos llegado.

—Es aquí. —La señala con la cabeza pero no se mueve. De hecho, se aferra aún más a la asa de mi mochila—. Josh…

—Isaac. —Echo el freno de mano y me giro levemente hacia él para enfrentarlo, para cruzar nuestras miradas. Comienzo a sentir una ráfaga de euforia apoderándose de mí poco a poco hasta esparcirse por mi pecho, envalentonándome a hacerlo.

Antes de que él pueda decir algo me abalanzo a sus labios, hambriento, asustado y hecho una amalgama imperfecta de pensamientos y deseos.

Él me corresponde con sutileza, incluso me asusta haberla cagado, haberme precipitado sin haberlo aclarado antes.

Pero no. Siento cómo sonríe y cómo acuña mi rostro en sus manos.

Nos envolvemos en una mezcla de labios, dientes y lenguas que dura menos de lo que me gustaría.

—Se me ha olvidado lo que iba a decir —confiesa al separarse—. Es muy buena técnica para hacerme callar.

—Es difícil dejarte sin palabras.

—Pues tú lo has conseguido.

Suelto una risita presa del pánico. Él deja la mochila a sus pies y desabrocha su cinturón. Me echa un último vistazo antes de bajarse y se despide de mí cuando va a cerrar la puerta:

—Nos vemos mañana, Josh.