17
CUANDO UNA PUERTA SE CIERRA,
OTRA SE AbrE
(O SE QUEDA ATASCADA)
ISAAC
E lisa y yo nos quedamos en la cola del recinto a la espera de la hora de apertura.
Nos ponen las pulseras alrededor de la muñeca y nos permiten el paso con ciertas advertencias como: «no se permite el consumo de alcohol a menores de edad», «están prohibidas las sustancias ilegales» y «hay baños en todas las esquinas del recinto, por favor, haced vuestras necesidades en ellos».
El festival está montado de tal manera que parece una feria ambientada en el terror.
Hay una pequeña noria, varios puestecillos, un gran edificio con el cartel del festival —que intuyo será el cine— y un pequeño escenario en el que parece que van a dar varias conferencias algunos cineastas y actores del género.
No nos ha hecho falta buscar demasiado a Maia porque nos hemos topado con ella en la entrada.
—Josh está en las taquillas del cine —nos ha dicho antes de despedirse de nosotros y continuar con los siguientes en la fila.
Elisa y yo nos paramos, atónitos, frente a un puesto de hamburguesas. Le echamos un vistazo a la carta y nos topamos con que todas tienen el pan negro y una sustancia viscosa que no parece saber genial, simulando sangre. Desde luego, este festival es toda una experiencia.
—He escuchado que tu madre ha empezado a trabajar en una floristería del centro —me dice Eli cuando decidimos apartar nuestra mirada del extraño ritual que el dueño de este food truck tiene para cortar las patatas.
—Sí, lleva ya una semana. Está muy contenta. Le encanta.
—Me alegro de que hayáis encontrado lo que vinisteis buscando. —Elisa sonríe y yo no puedo evitar hacer lo mismo.
—¿Qué tal tú? ¿Cómo van los preparativos para la boda de tu madre?
Exhala con fuerza y mueve la cabeza, negando.
—Fatal. Horrible. Lleva semanas pensando en qué caligrafía quedaría mejor para las minutas de las mesas.
Llegamos a un puesto de granizadas con unos sabores peculiares, como casi todo aquí. Los colores son oscuros, en tonos negros, grisáceos y rojizos. El vómito del diablo no debe envidiarle nada a estas sustancias.
—No me esperaba verte aquí, Eli. —Dylan aparece entre los que esperan en la fila. Va acompañado de Joan y, teniendo en cuenta su cara de sorpresa, está bastante claro que nada de esto es pura casualidad.
—¿En serio? —Enarco una ceja y trato de sacarles más información.
—Y tanto que sí. No tienes pinta de disfrutar las películas de miedo —replica Dylan, mirando a Elisa con una expresión juguetona.
—Y aun así siempre me topo con fantasmas como tú —escupe ella, sin darle tregua a continuar la conversación.
—Maia nos dijo que estaríais aquí. —Joan decide hacer acto de presencia y nos desvela la verdad.
—Hemos venido a apoyar a Andreu —justifica Dylan, cogiendo entre sus manos un vaso de granizada negra. Le da un sorbo y parece complacido con el sabor.
—¿A Andreu? ¿Por qué? —Elisa es la que se atreve a preguntar lo que ambos nos cuestionamos.
—Está trabajando aquí.
—¿En serio? —El tono de mi voz corta lo que quiera que vaya a decir.
Elisa y yo nos miramos, preocupados. Esperemos que con algo de suerte sus puestos de trabajo estén alejados el uno del otro.
—Sí. Es un friki del terror —afirma Joan, ajeno a lo que pasa por nuestra mente.
Nos despedimos de ellos antes de acercarnos a la zona de las taquillas del cine. Cuando estamos a apenas unos metros, ambos nos damos cuenta de que no solo hay dos figuras en el interior. Una está girada levemente hacia la otra, que descansa laxa sobre su mano.
—¿Esos son…?
—Andreu y Josh. —No es necesario decir nada más.
La figura que parece despreocupada desde la distancia sale de la pequeña cabina, huyendo de la otra con un caminar ansioso.
Es Josh. No me hace falta verlo más de dos segundos para identificar los rizos descontrolados de su pelo luchando por el control.
Miro a Elisa y ella asiente—: Ahora vengo.
—Te espero aquí.
Salgo corriendo en busca de Josh que, para cuando quiero darme cuenta, ya está bastante lejos y parece no querer concederme ninguna ventaja.
Se cuela en una especie de cabaña de madera en la que puedo leer el cartel de «ASEOS» y yo sigo sus pasos hacia el interior.
Escucho el correr del agua del grifo pero, cuando ya estoy dentro, no lo veo por ninguna parte.
Aunque sí consigo ver una de las puertas de los cubículos cerrándose.
—¿Josh? —lo llamo en un susurro incierto, aunque estoy bastante seguro de que es él.
Advierto lo que parece ser un sollozo y acorto la distancia con la puerta para llamar con dos toques leves.
—¿Josh, estás ahí? ¿Estás bien?
No contesta, aunque yo puedo intuir la respuesta de ambas preguntas.
—¿Ha ocurrido algo con Andreu? Puedes contármelo y estrujar mi brazo, si quieres.
El intento de hacerlo reír parece causar algún efecto en él porque abre la puerta ligeramente, lo suficiente para que yo entre.
La cierro tras mi espalda de un tirón. Me topo con su cuerpo sentado sobre la taza.
Tiene las piernas flexionadas contra su pecho y la cabeza hundida entre las rodillas.
También atisbo los restos mojados de varias lágrimas y una expresión abatida.
—No lo aguanto más, Isaac.
—¿Qué te ha dicho? —Me agacho a su altura y coloco mis manos sobre su piel. Ambos sentimos una descarga eléctrica porque damos un respingo ligero que conseguimos ocultar con alguna flaqueza.
—Ha seguido insistiendo en que quiere hablar conmigo y contarme su versión de la historia. Me he negado. Me dejó después de proponerme una relación abierta antes de irse a California. Quería liarse con otros, teniéndome a mí aquí en España como segundo plato.
No necesito que me diga lo que le contestó porque puedo intuirlo. Si la respuesta hubiera sido afirmativa, no estaríamos ahora en esta situación.
—No estaba preparado para tener algo así.
Ni siquiera entendía bien lo que teníamos los dos, como para meter a un tercero, o a un cuarto…
—Se quita los restos de lágrimas de las mejillas y alza la cabeza —.
Lloro por la rabia contenida. Por un momento, he deseado asesinarlo, te lo juro.
¿Cómo tiene las narices de decirme que fui suficiente para él después de haberme mandado a la mierda a la primera de cambio?
Ahora que tengo parte de los detalles de la historia entre ambos, no puedo evitar reafirmarme: Andreu es un cabrón.
Y Josh no se mereció lo que ocurrió, ni tampoco se merece tener que seguir cargando con esto.
Empiezo a acariciarle las piernas para que sea consciente de que estoy aquí y de que no pienso marcharme.
—Fue un idiota por romper contigo, Josh. No es consciente de lo mucho que perdió al dejarte ir —le digo en un hilo de voz tan honesto que hasta la garganta me arde al decirlo.
Su iris castaño oscurece al oírme decir eso.
Eleva una de las comisuras de sus labios, y debo obligarme a parpadear varias veces antes de asegurarme de que no me ha rechazado, ni me ha reprendido, de que estoy a salvo pese a que le haya soltado semejante cursilada.
Supongo que he aprendido a medir mis emociones, o…
quizás, él sepa perfectamente cómo reaccionar ante mí.
Desliza sus manos por mi brazo y las posa sobre mis hombros, donde comienza a repiquetear sus dedos con la tela de mi camiseta.
—Gracias, Isaac —masculla con un tono retraído pero sincero—. Perdón por ser tan repetitivo con el tema de Andreu.
—No tienes que disculparte. Te escucharé las veces que hagan falta.
—Josh es capaz de hacerme bajar la guardia, de hacerme ver una nueva versión de mí mismo de la que nunca antes me he dado cuenta.
Y me gusta sentirme así. A todos nos gusta sentir que alguien sabe vernos más allá de lo que mostramos.
Josh baja sus piernas al suelo y enrosca sus brazos alrededor de mi cuello, lanzando su cuerpo contra el mío, dándome un abrazo fuerte en el que termina posando su boca en el hueco de mi hombro.
Sus labios rozan con sutileza mi piel desnuda, y creo que estoy a punto de perder la cabeza, el control y la estabilidad.
Mis manos actúan solas y lo rodean por la cintura atrayéndolo más hacia mí.
Disfruto de la cercanía, de su perfume, de saber que este momento es único entre los dos.
—¿Dónde narices está Joshua Brown? —La voz de un hombre suena en el cubículo del baño de manera acartonada.
—Mierda. —Se separa de mí y coge el walkie talkie que lleva enganchado en el pantalón—. Será mejor que vuelva a la taquilla o me matarán.
—Tus gritos agonizantes se mimetizarán con el ambiente.
—Y, entonces, no va a haber ningún boca a boca que valga.
—Sonríe y se pone en pie. Referirme a este lugar como claustrofóbico es un eufemismo para describirlo.
El habitáculo es tan pequeño que, cuando Josh quiere moverse, su cabeza se choca contra mi nariz, haciéndome trastabillar hacia atrás, compungido por el golpe—: Dios, lo siento. ¿Estás bien?
—Sí. No te preocupes. Ha sido solo un reseteo del sistema. Estaré como nuevo. —Trato de esbozar una sonrisa a través del dolor.
Josh asiente no muy convencido y cuela su mano por detrás de mi espalda para abrir la puerta. La empuja varias veces pero no cede. Frunzo el ceño y lo observo hacer un esfuerzo titánico.
—¿Qué pasa? —Replico sus movimientos.
—No se abre.
—Para. Vamos a intentarlo los dos —sugiero. Si unimos nuestras fuerzas, no hay forma posible de que no se abra, ¿verdad?
Pues no. Parece ser que el pestillo de la puerta se ha quedado anclado en la madera oxidada y pasada del cubículo. No hay forma posible de reventar esto sin echarla abajo.
—¡Joshua Brown, reporta ahora mismo tu localización! —repite la misma voz de hombre por el walkie . Esta vez, el tono es mucho más colérico.
—Tenemos que salir de aquí, maldita sea. —Josh empieza a entrar en pánico. Se lleva las manos a la sien y se acaricia la frente con desesperación.
—Tiene que haber alguna forma de salir.
Él alza su mirada y me señala el hueco que hay entre la estructura del cubículo y el techo. Es suficiente como para que podamos pasar al contiguo y escapar por ahí.
—Cógeme —me dice a bocajarro—. Voy a intentar impulsarme hacia el otro lado, pero necesito tu ayuda.
—¿Estás seguro? Puedes llevarte una buena torta si te caes.
—Es el verano de las vivencias, Isaac. Tengo que vivirlas al máximo. —Me guiña el ojo en un movimiento que me revuelve el estómago en el mejor de los sentidos.
Acepto su plan pese a que tiene varias lagunas. Se sube encima de la traza del retrete y me observa desde arriba. Asiente y yo me doy la vuelta para que pueda subirse a mis hombros. Coloca sendas manos sobre mi cabeza y se impulsa hasta conseguirlo.
—Acércate al hueco —me ordena mientras me aferro a sus espinillas con las manos.
Hago la mayor fuerza posible para mantenerlo estático e impedir que se caiga—.
Vale. Voy. —Empieza a coger impulso con los brazos para colocarse encima.
Cuando lo consigue, siento como el peso se desvanece de mis hombros y, aunque intento no apartarme, así me lo pide—: Échate hacia atrás un poco.
No quiero pegarte una patada en toda la cara.
Está haciendo peripecias para poder colocarse encima de la madera, pero las astillas y el paso del tiempo del material no se lo están haciendo nada fácil.
Antes de que pueda prevenirlo, hace un movimiento en falso y se escurre, consiguiendo descolgarse levemente.
Mi cuerpo reacciona solo y elevo mis brazos para detenerlo.
Mis manos terminan colocándose sobre sus glúteos.
—¡Cuidado! —le digo, intentando no pensar demasiado en la localización de mis dedos.
—Joder, me he resbalado con el sudor. —Y no solo eso, también se ha escuchado un desgarro—. Mierda, la camiseta del uniforme se me ha roto —inquiere, bajando la vista hasta la tela que le cubre el dorso—. Impúlsame, Isaac.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Comiendo. Empújame.
—¿Cómo narices quieres que lo haga? —replico, perdido en su plan. Esto no va a salir bien.
—Del culo. Empújame hacia arriba cuando termines de manoseármelo.
—¡¿Qué?! Yo no te estoy manoseando nada. —Bajo mi mirada hasta el agarre, y me doy cuenta de que mis manos se mantienen en el mismo sitio. Respiro tranquilo porque, por unos instantes, he pensado que mi propio cuerpo me estaba traicionando.
—Ya lo sé. Era una broma. ¡Vamos, hazlo! —repite con desesperación.
Me preparo para flexionar los brazos, tratando de menear las manos demasiado. Cuando estoy a punto de tomar el impulso, el walkie talkie vuelve a entrometerse en la escena de nuevo:
—Ha entrado en los baños con un chico de pelo corto. —Esta vez es una voz diferente la que suena.
Eso me despista. Mi cuerpo vence hacia atrás por el peso del suyo y mi agarre se desliza hasta caer.
Josh termina precipitándose sobre mí, mientras que yo lo hago sobre el retrete.
La puerta del cubículo se abre, dejando que la luz pase en su totalidad.
Elisa, Dylan, Joan, Andreu y un tipo con el ceño fruncido nos observan con las pupilas dilatadas y un gesto atónito.
Josh está encima de mí, casi a horcajadas. Mis brazos lo rodean y, por casualidades del destino, mis manoshan vuelto a terminar en sus glúteos. Nuestros rostros están tan cerca que puedo sentir su respiración fusionándose con la mía. Sus dedos se posan sobre mis hombros y se aferran a mi camiseta.
Parece que nos hemos estado enrollando.