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CÓMO QUERER
ASESINAR A TU EX
EN UN FESTIVAL DE SLASHER
JOSH
E ste verano Palma de Mallorca ha sido seleccionada como lugar en el que desarrollar el slasher weekend festival.
Un festival en el que proyectan en varias sesiones algunas de las mejores películas de terror de las últimas décadas.
Ni siquiera me acordaba de que Maia me había pedido el currículum hacía meses, incluso antes de saber si volvería a Mallorca este junio o no.
Mi amiga decidió aplicar para ambos a la oferta de trabajo en la que buscaban personal para el evento.
Y, por alguna extraña razón que aún desconozco, antes de ayer nos llamaron para confirmarnos que estábamos dentro.
Sin ni siquiera hacernos una entrevista previa.
Ahora, vamos en mi escarabajo de camino al antiguo cine de la ciudad para recoger nuestros uniformes y los horarios de ese mismo día.
—¿Es necesario que traigas eso? —le pregunto, echando un vistazo al cojín en forma del Ghostface de Scream que lleva sobre el regazo.
—Sabes que me da buena suerte.
—Y a mí repelús.
—Te liaste con Andreu. No hay nada que dé más grima que ese tío—. Le golpeo el brazo con fuerza, a lo que ella suelta un quejido antes de devolverme el golpe con el cojín—. ¿He mentido?
—No pero está mal hablar así de la gente. El karma te lo devolverá.
—El karma ha hecho que tenga la regla durante el festival.
No ha podido castigarme más —replica ella, bajando la ventanilla y viendo los campos verdes a nuestro alrededor—.
Creo que nunca he estado en el antiguo cine.
Parece un lugar perfecto para asesinar a alguien, o para que alguien te espere desnudo en una jaula.
Le echo un vistazo rápido y me topo con que ella también me está mirando, esperando mi respuesta.
—Para con la bromita —le advierto por vigésima vez desde que mi visita con Isaac a las catacumbas llegó a sus oídos—. No estaba desnudo. Ninguno de los dos lo estábamos. Fuimos a conocer un poco más de Mallorca y acabamos allí.
—Define «acabar». —Arquea una de sus cejas y, por la forma en la que lo ha dicho, sé perfectamente a lo que se refiere.
—Terminamos la ruta allí.
—¿Sin liaros? —replica, insistente como ella misma.
—Joder, sí, Maia. No hay nada romántico entre Isaac y yo. —Aunque me haya fijado en sus músculos más de lo que debería y aunque a veces tenga algún que otro sueño húmedo en el que me salva de morir ahogado y me hace el boca a boca más sexy que jamás ha existido.
—No estoy hablando de amor.
—Tampoco hay nada sexual. —Eso no es mentira, ¿vale? No siento nada hacia él. Sé apreciar un cuerpo bien labrado. Soy humano y mi imaginación también sabe volar a rincones ínfimos en los que perderse. No dejaré que un acto involuntario me defina.
—Pero sí que hay conexión. Mucha, de hecho. Os reís de las mismas bromas, os buscáis cuando estamos juntos… Te noto muy tranquilo con él. Espero que no se le haya pasado por la cabeza desbancarme. Solo puedes tener una bestie , y esa soy yo —me advierte con un tono muy divertido.
Llegamos al antiguo cine y nos bajamos del coche antes de que deba darle una respuesta a lo que ha dicho.
Es más que obvio que sí que existe una conexión entre ambos, pero también soy consciente de que justificarla ante ella solo serviría para dejarme en evidencia.
No le voy a permitir vanagloriarse de ello.
Hay varias personas trabajando en el recinto.
Muchos de ellos montan pequeñas caravanas sobre las que se pueden leer letreros de trucks de comida, juegos, merchandising y muchos más entretenimientos.
Pasamos al lado de dos chicos y, dadas las escasas indicaciones que hay en la zona, decidimos preguntarles.
—¡Noel, súbelo un poco más! ¿No estás viendo que está torcido? —dice un chico moreno.
—Hugo, llevábamos más de veinte minutos colocando el maldito cartel y ya me estoy arrepintiendo de haberte hecho caso.
¿Qué narices esperas conseguir en un festival de cine de terror si vendemos chocolates navideños?
—Ese tal Noel le responde, dejando el letrero en el suelo y llevándose las manos a la sien.
—Hola, ¿qué tal? Perdonad la intromisión pero estamos buscando la entrada al recinto y no la encontramos.
¿Nos podéis echar un cable? —Sonrío con tanta amabilidad que noto como ambos se quedan extrañados al percatarse de la inmensa falsedad.
Mi abuela siempre me ha dicho que antes de pedir un favor, hay que ser agradable. Solo sigo sus consejos.
—Es por allí. —Creo recordar que el chico rubio ha mencionado antes el nombre del moreno, Hugo. Es él el que estira el brazo y nos señala una puerta no muy lejos de donde estamos.
—Muchas gracias —respondemos Maia y yo al unísono.
—No hay de qué. —Asiente y se despide de nosotros. Cuando estamos algunos pasos más alejados, escuchamos cómo dice—: ¿Quieres que nos tomemos un descanso para comer?
—¿Has echado el túper de macarrones con muuucho queso?
—La duda ofende.
—Esto es muy sencillo. La gente viene aquí a disfrutar del buen terror, así que vuestra misión es facilitar su experiencia.
Habrá equipos en la taquilla para las proyecciones, equipos en las zonas de comida rápida, asignación de puestos en el interior de las cuatro salas y también los equipos de exterior encargados de abrir paso a aquellos que hayan comprado las pulseras de entrada ilimitada al festival.
Echaréis una mano aquí y allá, donde haga falta.
En las atracciones, en los puestos, e incluso en la limpieza.
Maia parece impregnada y entusiasmada con lo que dice el muchacho.
Y yo, pese a que no me viene nada mal un ingreso extra, empiezo a arrepentirme de haberle pasado el currículum sin preguntar.
Hago acopio de la promesa que me hice al inicio del verano, aquella en la que me dije a mí mismo que aceptaría todo lo que viniera.
Necesito vivir experiencias de las que pueda lucrarme para conseguir inspiración.
—¿Alguna pregunta? —concluye el hombre de barba perfecta.
Todos asentimos, procesando todo lo que nos ha dicho. Creo que nadie se ha enterado de nada. Improvisaremos sobre la marcha.
—Perfecto. Os espero aquí esta tarde sobre las siete. Por favor, mucha puntualidad. No solo porque tenéis que fichar, sino porque, una vez comiencen a entrar los clientes, no podrá hacerlo nadie sin acreditación ni pulsera.
Salimos del recinto en dirección a mi escarabajo con el uniforme entre los brazos, una gorra en las manos y muchas dudas sin resolver.
—Esto va a ser alucinante —confiesa Maia, entusiasmada con el trabajo.
—Dijo nunca nadie.
—Idiota. Ya verás como nos lo pasamos bien —contesta antes de que arranque el coche y volvamos a casa para descansar un poco antes de nuestro estreno.
La imagen que me devuelve el reflejo es digna de comedia.
Hago de tripas corazón para no echarme a llorar.
¿Es necesario que llevemos esto? Han contratado a la persona con las peores nociones de diseño gráfico para hacer esta camiseta.
Es blanca de manga corta, y lo que más llama la atención no son los detalles que tiene en el dobladillo simulando manchas de sangre; lo que te hace dudar entre la risa y el llanto es el gato que aparece en el centro con una máscara de asesino y un cuchillo en las patas, seguido de la frase « I could kill meow you ».
Nadie nos va a tomar en serio con esto puesto.
—Os quedan genial —nos dice Elisa, sentada en el asiento trasero de mi coche mientras vamos de camino al festival.
—Son ridículas —le corrijo.
—A mí me parecen perfectas para la ocasión —defiende Isaac—. Son graciosas, llamativas y relacionadas con la temática. —Ya conozco lo suficiente al chico como para saber que se está quedando con nosotros.
—¿Quieres llevarla tú un rato? —le propongo, mirándolo por el retrovisor interno del coche.
—No, gracias. No creo que me favorezca tanto como a ti.
Imbécil.
Maia va sentada junto a mí, de copiloto.
Lleva un rato abstraída de la conversación.
Se ha puesto un rulo en el flequillo y termina de retocarse el maquillaje mientras nos acercamos a nuestro lugar de trabajo.
Elisa e Isaac han conseguido entradas a última hora para un pase VIP durante los tres días, por lo que, se quedarán en la cola de clientes cuando lleguemos.
Dejo estacionado el escarabajo en el mismo lugar donde lo he aparcado esta mañana.
Nos bajamos de él y partimos nuestro camino.
—¡Mucha suerte, chicos! —nos grita Elisa, tratando de pasarnos buena energía.
—¡Vosotros podéis! —secunda Isaac, alzando su puño—. Ten cuidado con el pasaje del terror, Josh…
—No queremos que vuelvas a aparecer desnudo —continúa diciendo Maia con una sonrisa bobalicona. Chasqueo la lengua y la fulmino con la mirada—: Oh, vamos, es divertido…
Pasamos por una entrada casi sin gente y nos colamos delante de ellos.
El personal del festival nos pide la documentación y no nos pone demasiado problemas para acceder.
Faltaría más. Nunca nos pondríamos estas camisetas si no fuera obligatorio.
Nos reunimos con el resto del equipo junto al food truck de perritos calientes y, para mi sorpresa, una cara familiar se asoma entre el resto. Es Andreu.
—¿Qué narices haces aquí? —le pregunto con una mueca de desagrado. Mis ojos danzan por su cuerpo y no tardo demasiado en percatarme de mi respuesta, aunque dejo que sea él el que aclare mi duda.
—Intuyo que lo mismo que tú. Trabajar.
—¿No estabas en el hospital de Palma?
—Soy residente y tengo días libres. Sabes lo mucho que me gustan las películas de terror.
—Mete sus manos en los bolsillos del pantalón y me observa como si lo que estuviera diciendo tuviera todo el sentido del mundo.
Y es verdad, lo tiene, pero eso no quita que el destino no me la esté jugando otra vez.
—Eres insoportable —. Maia sigue junto a mí y decide hacer acto de presencia para decirle lo que guardo en el fondo de mi mente.
—Eché la oferta de trabajo y me cogieron, no he hecho nada para que me vengáis así.
—Fuiste un imbécil —continúa ella. Siempre tuvo mejor don de la palabra que yo.
—He intentado hablar con Josh —Posa su mirada sobre mi cuerpo—, pero se ha negado. Le debo una explicación.
—Llegas dos años tarde —confirmo, casi seguro de que no quiero escuchar lo que tenga que decirme.
—Déjame explicártelo —me ruega con un tono muy poco común en Andreu. Aunque, después de cómo decidió dejarme, creo que nunca llegué a conocerlo de verdad.
El tipo que nos explicó todo el trabajo que podíamos hacer esta mañana aparece de la nada en el centro del grupo. Palmea sus manos para rogar nuestra atención y continúa echándonos la chapa hasta que faltan treinta minutos para abrir las puertas del festival.
—Idos a vuestros puestos y mucha suerte. Cualquier duda que tengáis, usad los walkie talkies —claudica, moviendo su cabeza para que nos dispersemos.
A mí me ha tocado en la taquilla del cine y a Maia en la del exterior.
Ni por toda la suerte del mundo hubiéramos terminado en el mismo puesto.
Me echo a caminar hacia el lugar y, cuando quiero darme cuenta, unos pasos me siguen, sagaces, pero puedo escuchar perfectamente el crujir de los palitos de los árboles que se rompen con sus zapatos.
—¿Me estás siguiendo? —Me giro a confrontarlo y confirmo mi sospecha. Es Andreu, otra vez—. Ya te he dicho que no quiero hablar contigo. No seas pesao . —Cuando me enfado, el acento andaluz se apodera de mí. Sevilla y sus cosas.
—No soy un stalker , Josh. Estoy caminando detrás de ti porque voy al mismo sitio que tú.
—No me jodas.
—Sí te jodo.
—¿Estás en la taquilla del cine? —pregunto con la voz dispersa.
—Exacto.
¿Por qué narices no le pregunté a Maia para qué era el currículum cuando me lo pidió? Ahora podría haber evitado llevar esta camiseta, tener a Andreu conmigo y pasar las tres siguientes noches en el mismo cubículo de plástico que él.
Los primeros clientes han pasado por la taquilla para poder entrar a las sesiones de las cuatro películas que se están proyectando simultáneamente.
No hemos tenido que hablar gracias al gran flujo de personas que han plagado el festival desde la apertura.
Sin embargo, ahora, durante algunos minutos muertos, Andreu decide cortar mi paz con su voz.
—Hacía dos años que no te veía. Estás muy cambiado. Más guapo. —No voy a negar que eso último me ha revuelto las tripas. Aún debo identificar si ha sido por una sensación buena o porque me ha causado ganas de vomitar.
Me limito a dejarme caer sobre la repisa del interior de la taquilla. Echo miradas por doquier en busca de algo con lo que distraerme para no centrarme en él.
—Te queda muy bien el pelo más largo. Y tienes mucha más seguridad en la mirada.
—Eso me hace expulsar una carcajada socarrona.
Él se muerde los carrillos de las mejillas al escucharme.
Manda narices que en un punto en el que me siento tan perdido, con un futuro tan incierto y tantas incógnitas a mi alrededor, a él le parezca que estoy más seguro que nunca—. Me hiciste muy feliz, Josh.
—Sí, eso me pareció interpretar cuando te marchaste a finales de agosto a California.
—Sabías que tenía que irme. Me habían concedido la beca para estudiar allí un año de la carrera —me reprocha, con las mismas palabras con las que lo hizo la última vez que nos vimos.
Suelto un bufido, uno sonoro, uno cargado de rabia y tensión acumulada.
—Nuestro problema nunca fue que te fueras, fue que nunca parecí suficiente para ti.
—Sabes perfectamente que sí lo eras.
—¿Y por qué me pediste una relación abierta, entonces?
¿Por qué me dejaste cuando te dije que no?
Eres un egoísta, Andreu, y un cobarde. Y me hiciste sentir tan pequeño durante tanto tiempo.
Así que, no. No me apetece hablar contigo.
No, no me apetece entenderte porque no tiene ninguna buena explicación el decirme que quieres follarte a otros estando conmigo. Eres un sinvergüenza.
Me levanto de la silla, iracundo, y trato de no mirarlo.
No quiero que vea las lágrimas que afloran en mis ojos, a punto de derramarse sobre mis mejillas.
No quiero que me vea débil y frágil, que piense que sigue siendo importante para mí.
Porque lo único que recuerdo del tiempo que estuve con él es cómo de insignificante me hizo sentir.
Salgo de la taquilla sin dar ninguna explicación.
Necesito un poco de aire, o terminaré matándolo como en alguna de las películas slashers que están proyectando.