Romance de verano para chicos perdidos 15
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NO HAY QUIEN NARICES

ENTIENDA LO QUE ESTÁ PASANDO

ISAAC

P ara cuando llego al puesto de control, me quito los auriculares de los oídos y reparo en que algo está sucediendo ahí arriba.

No puedo verlo bien porque las dos voces que soy capaz de distinguir se esconden.

Subo las escaleras y la escena con la que me topo me hace palidecer.

Dylan y Elisa están juntos, ambos con el uniforme, sentados en sendas sillas y discutiendo.

—Son 100 pulsaciones las que se deben conseguir —dice él, despatarrado sobre la silla del socorrista. Me giro hacia la playa y busco los posibles problemas que puedan darse durante su riña. Me pregunto de qué hablarán ahora.

—Te estoy diciendo que son 115, Dylan. Ayer mismo lo miré para refrescar la información —insiste Elisa con un tono molesto que crispa el estado del chico.

Aunque intento enfocarme en lo que hablan, hay una duda que surge de manera abrupta en mi cabeza.

—¿Qué hacéis aquí los dos? —Me entrometo en la conversación y, sé por la manera en la que ambos me miran sorprendidos de verme, que no se han dado cuenta de mi presencia hasta este momento.

—Ey, Isaac… —Dylan se levanta de la silla y me tiende la mano con cordialidad—. ¿Qué pasa, tío? Nada, estábamos charlando sobre las pulsaciones que se tienen que conseguir con la reanimación.

—Vale. Pero…, ¿por qué estáis los dos juntos en un mismo turno?

Elisa chasquea la lengua y asiente, colocando las manos a ambos lados de sus caderas.

—Me ha vuelto a mezclar las horas con otro compañero. Y, para mi desgracia, ha sido con este. —Lo señala con desaire, provocando que Dylan sonría, orgulloso de causar tal efecto en ella.

—No te hagas la difícil, Eli. Sé que te encanto.

Evito mostrar algún ápice de diversión por su comentario y me limito a ver a Elisa girando su cabeza para asegurarse de que sus oídos no la engañan y que realmente le ha dicho eso.

—Piérdete de mi vista, Dylan. Y no me llames «Eli», no somos amigos. —La chica comienza a recoger sus pertenencias con rapidez y se despide de mí antes de bajar del control—: ¿Nos vemos luego en casa de Maia?

Asiento y ella se marcha.

—Que te vaya bien, tío. La playa está muy tranquila hoy. —Dylan me choca el puño y se pira detrás de ella. Se reencuentran en algún punto de la arena y continúan su camino juntos. No sé de lo que estarán hablando, pero Elisa hace miles de aspavientos.

Estoy volviendo al control de mando tras solventar un problema con un erizo, el cual ha ido a parar al trasero de una señora mayor a la que le ha parecido una idea fantástica sentarse encima de una roca, donde claramente hay erizos —no solo porque hay un cartel que así lo notifica, sino porque se ven a simple vista—, cuando me suena el móvil, avisándome de que tengo un mensaje.

JOSH brOWN

He soñado con las mazmorras por tu culpa.

¿En qué momento accedí a bajar?

No volveré a hacerte caso nunca más.

ISAAC

Deberías de haberme dicho que te daban miedo.

Te lo pregunté.

JOSH brOWN

No iba a caer tan bajo delante de ti.

ISAAC

Sí, luego quedaste genial cuando te abrazaste a mí

y me estrangulantes el braz o.

Aguardo durante un rato su respuesta con una sensación temblorosa y repleta de adrenalina danzando por mi estómago .

JOSH brOWN

No me abracé a ti.Y tampoco te estrangulé nada.

Simplemente, reprimí las ganas que tenía de

matarte.

Me encantaría decir que mis dedos se mueven solos, inconscientes de lo que escriben.

Pero no es así. Estoy en mis plenas facultades, embriagado de un espíritu empoderado innato en mí que me hace terminar enviando el mensaje, sabiendo que debería arrepentirme casi al instante.

Aunque me doy el beneficio de la duda. Quizás ese tono seguro funcione y Josh se ría.

Espero por el bien de mi sanidad que lo tome a coña.

ISAAC

Me creería esta versión,

si no estuviera tan seguro de que te sabes

la forma de mi bíceps a la perfección

JOSH brOWN

¿Te ha poseído el espíritu de Dylan o algo así?

O es que hoy te has tomado doble dosis de creído.

Menos mal.

ISAAC

​ Creo que he pasado demasiado tiempo con él .

​ JOSH brOWN

Deja de hacerlo. No te sienta bien.

Te fríe las neuronas hasta calcinarlas como una croqueta .

Por mucho que quiera continuar hablando con él, el deber me llama de nuevo cuando la señora vuelve a mí, hinchada como un pez globo por una reacción al erizo de mar.

—Soy alérgica al marisco —me dice cuando me coloco a su lado y la observo con los ojos como platos. Hay que joderse.

Cuando por fin llega el final de mi turno, recojo rápido y salgo disparado a casa de Maia, donde hemos quedado para comer.

Son las cuatro de la tarde cuando quiero darme cuenta y, aunque es un poco tarde para el almuerzo, sé que todos me estarán esperando para degustar la increíble paella que han hecho sus padres en la Caracola Celeste.

Llamo al timbre mientras aviso a mi madre de que ya he salido. No tardan demasiado en abrirme.

—¡Estamos muertos de hambre! —me grita Maia al verme.

—Lo siento. He venido lo más rápido que he podido —justifico, dejando mi macuto a un lado. He conseguido cambiarme de ropa antes de venir y dejar el bañador mojado en la zona de control. No iba a venir con el glúteo lleno de piedrecitas haciéndose su camino por el resto de mis piernas.

—No desvíes el tema, Mai —le advierte Josh, que me saluda con una sonrisa mientras se inclina sobre la silla en la que está sentado—: Cuéntanos lo que pasó con Joan.

—¿Qué ha pasado con él? — intervengo yo, queriendo rescatar el hilo.

—Después de la fiesta en su casa, ella se quedó a dormir con él —responde Elisa, tendiéndome un vaso vacío para que me eche un poco de la jarra de tinto de verano que hay sobre la mesa.

—Nada. No pasó nada, ¿vale? —clarifica ella, sirviendo los platos de paella—. Dormimos en la misma cama, abrazados, pero no ocurrió nada de lo que pensáis. Ni siquiera un restregón tonto. Nada.

—¿Y por qué parece un problema gravísimo? —se adentra Josh, tratando de entender la cara de circunstancia de nuestra amiga.

—Porque no intentó tocarme y, joder…, estuve toda la noche sintiendo su erección en mi culo. ¿Por qué no hizo nada?

—Las erecciones son involuntarias, a veces —expone Elisa con un tono sabiondo.

Todos nos giramos hacia ella que rectifica su respuesta en cuanto cae en cuenta de la connotación que tiene lo que ha dicho—: No me refiero a que no le gustes lo suficiente como para empalmarse, sino a que…

yo qué sé, Maia. Los tíos son todos imbéciles.

—¿Eso de las erecciones te lo ha enseñado Dylan en una de sus clases magistrales?

—Josh enarca una ceja y suelta una risita al decirlo.

Se vuelve sobre sí y le advierte a su amiga—: Había bebido y trabajado ese día, Mai, no le des más vueltas.

Estaría cansado y, aunque tuviera ganas de hacer algo, su cuerpo simplemente no podría.

Tendrás más oportunidades con él. ¿A ti te gusta el chico como para no perder la cabeza hasta que llegue ese momento?

—Dylan no me ha enseñado nada que yo no supiera ya —remarca Elisa, haciendo una mueca.

—Ningún chico ha estado tan cansado como para resistirse a mis encantos.

—Joan es un poco peculiar —arremeto yo, seguro de lo que digo.

—¿Habéis ido a una mazmorra? —Elisa está observando un cuaderno que hay abierto no muy lejos de la mesa en la que nos hemos sentado.

—¿Cómo de peculiar? —se interesa Maia.

—Sí, una de las experiencias más traumáticas de mi vida gracias a Isaac. —Me lanza una mirada ladina a la que yo no puedo evitar carcajearme.

—El género por el que debes decantarte es el terror —afirmo, entonces.

—¿Habéis ido a una habitación de estas guarras con jaulas? —Maia se levanta y se acerca a Elisa a ver las imágenes que hay pegadas en el cuaderno.

Josh y yo nos levantamos como un resorte de las sillas y nos miramos el uno al otro confundidos, preocupados y con los huevos en la garganta.

—¡Por supuesto que no! —Josh retira las fotografías de la vista de nuestras amigas—. Es una mazmorra, no una habitación guarra.

—¿Y por qué Isaac sonríe tanto en esta foto mientras te mira? ¿Estabas desnudo en ese sitio, pillín? —Maia lo golpea con el hombro, empleando un tono perspicaz.

—¡Cómo voy a estar desnudo! ¿Se te ha ido la pinza o qué?

—Me había dicho algo gracioso y sonreí —afirmo yo, presa del pánico.

La insinuación de que Josh pudiera estar sin ropa frente a mí me arrebata la respiración y me seca la boca, la cual debo hidratar al instante con tinto de verano.

Porque no solo me entra el pánico al pensar que eso hubiera ocurrido en una situación hipotética; además también siento un calor expandiéndose por mi cuerpo al imaginarlo.

Un calorcito placentero que me cosquillea de arriba abajo.

Las imágenes de la fiesta de Joan en la que nuestros cuerpos estaban tan pegados vuelven a mí y debo tragar con dureza la poca saliva que soy capaz de generar para apaciguar el fuego que me quema en el estómago.

—Ajá —termina diciendo Maia.

—Claro —concluye Elisa, observando a la otra chica con una expresión bribona.

Volvemos a la mesa y recobramos la normalidad.

Les explicamos nuestro plan de visitar algunos sitios de la guía de Mallorca que creó mi abuela y ambas asienten, pensando que es una idea fantástica.

Aunque noto que nos observan como si quisieran decir algo más.

Algo que crea un sudor frío recorriéndome la médula.

Josh se encoge de hombros y le quita importancia.

Pero mi cuerpo no se relaja, ni de una manera ni de otra.

Ni puedo eliminar su imagen desnuda de mi cerebro, ni puedo dejar de rumiar el secretismo de nuestras amigas.