14 #2
—Tendría que decantarme por el boca a boca para poder revivirte. —La mera insinuación de un roce entre nuestros labios me provoca un estruendo latente que me recorre de arriba abajo—. ¿Me lo prometes o no?
—Mis películas favoritas son las de terror, flipado.
—Lo empujo a un lado y me hago paso por las escaleras.
Hago acopio de una falsa valentía y me adentro en aquel lugar tan lúgubre y lleno de oscuridad.
Me empiezo a arrepentir cuando noto el cambio drástico de temperatura.
¿Por qué narices hace aquí tanto frío si fuera estamos a 38ºC?
Isaac llega a mi altura y suelta una risita divertida que me hace lanzarle una mirada desdeñosa.
—¿Estás bien? —duda, asegurándose de ello aunque soy consciente de que lo hace para reírse de mí. Menudo idiota.
—Perfectamente. —Hago una mueca y continúo adentrándome por el lugar.
El suelo es terroso y está plagado de piedrecitas.
Las paredes son rocosas y la iluminación brilla por su maldita ausencia.
No quiero darle el beneplácito de la razón a Isaac y, aunque me haya empeñado en demostrarle que no estoy aterrado, ralentizo mi caminar cuando vislumbro al final de un pasillo siniestro una maldita jaula de metal corroída por el tiempo.
—Este sí que es el lugar favorito de los góticos —afirma él a mis espaldas.
Ni siquiera ese comentario me hace relajarme.
Mis hombros se cargan de una tensión inminente que me acompaña hasta que me topo con paja en el suelo.
Observo la mazmorra y, no sé bien si los restos de un cadáver del interior son reales o están colocados ahí para hacer una representación dramática del uso que este lugar debía tener.
Olvido mi existencia, mi presencia y todo lo que me rodea. Estoy cagado. Me quiero pirar.
Estoy tan enfrascado en el terror que, cuando unas manos se posan sobre mis brazos, mi cuerpo reacciona solo y mi puño sale catapultado hasta el estómago de Isaac, que se dobla sobre sí mismo mientras me maldice.
—Joder —balbucea, impregnado por el dolor.
—Lo siento. —Me agacho a su altura y toco su espalda para intentar mitigar el golpe—. Me has asustado.
—Venía detrás de ti, Josh. No hay nadie más aquí —escupe con un gesto compungido. Se yergue aún con los labios apretados y se apoya en mi hombro—: ¿ Planeas hacerme a mí la víctima de tu película de terror?
Pese al puñetazo que le he pegado digno de un boxeador profesional que juegue en MMA, él se las apaña para esbozar lo que parece la sombra de una sonrisa y hacer que mi culpa se desvanezca al ver que se encuentra bien.
—Nunca serías la chica final.
—Oye, que yo tengo muchas tablas de supervivencia. Soy socorrista —defiende, arrugando el ceño.
—Nunca te he visto hacer ninguna peripecia sorprendente.
—¿Qué quieres que te demuestre? Podemos irnos a algún bosque perdido e intentar convivir con los osos. Seguro que ahí te sorprendo.
—¿Cómo exactamente? ¿Huyendo? —Me carcajeo y, con ello, me gano que me propicie un leve empujón en el hombro, que me hace trastabillar algunos centímetros. Toco la celda con mi espalda y doy un respingo al sentir la frialdad del hierro.
—Nunca te dejaría en un sitio así. Lo sabes —advierte, muy seguro de lo que dice.
Tan seguro que debo tomarme algunos instantes de tregua para continuar escuchándolo—: Terminarías muriendo siendo comido por los osos y cargaría con la culpa por el resto de mi vida.
—Hace un mohín y echa un vistazo a lo que tengo detrás—: Acabarías como ese de ahí.
Me giro y observo los restos óseos de un humano esparcidos sin ton ni son (quiero pensar que de plástico, pero no las tengo todas conmigo).
—¿Sería fan de Avril Lavigne o de Machine Gun Kelly? —pregunto, divertido y alejándome lo más sutil posible de la celda. Qué horror .
—Creo que moriría esperando en la cola virtual para algún concierto en TicketMaster.
Debo admitir que, a medida que Isaac y yo hemos afianzado nuestra confianza, descubro detalles del chico que me hacen plantearme demasiadas cosas.
Estoy muy cómodo con él, muy tranquilo y en paz.
Es divertido y sabe cómo hacerme reír. A estas alturas de la vida, eso es lo mínimo que pido en un chico.
En este caso, en un amigo , claro. No tengo ninguna otra intención con él.
—¿Nos vamos? Este sitio ya me está empezando a resultar tenebroso.
Tengo miedo de que Drácula salga de ese ataúd de la pared y te ataque.
En ese caso, sí que te las tendrías que apañar tú solo mientras yo huyo.
—Señala el sarcófago que hay en una esquina, en el cual no he reparado hasta ahora que lo ha mencionado.
—Sí, por favor. —Intento que no se me note la desesperación en la voz, pero el leve chillido que doy al escuchar algo moviéndose detrás de mí me delata.
—Ha sido el viento —aclara él, riéndose sin remedio.
—¡Vámonos ya! —Lo tomo por el brazo y lo arrastro hasta las malditas escaleras.
Cuando quiero darme cuenta, estamos fuera, en la intemperie; el sol nos abrasa sin pudor alguno y yo me estoy aferrando (con muchísimo gusto) a su bíceps.
¿Cómo han llegado mis dedos ahí? Un misterio sin resolver, supongo.
El caso es que hemos conseguido huir de Drácula, los góticos y los usuarios de TicketMaster. Una victoria más para nosotros.