Romance de verano para chicos perdidos 14
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LO QUE PASA ENTRE

DRÁCULA Y LOS GÓTICOS

SE QUEDA ENTRE ELLOS

JOSH

S algo de casa y abro el coche con la llave antes de montarme.

Pongo la música, el aire acondicionado y el GPS para llegar a la de Isaac.

Tengo bastantes expectativas con su plan de descubrir juntos algunos puntos de la isla.

Tampoco es como si tuviera muchas otras ideas fantásticas para inspirarme, así que esta es mi última opción antes de mandarlo todo al traste y tomar la decisión de prescindir del Trabajo Final.

Las carreteras del interior de la ciudad están bastante concurridas; se nota que es fin de semana y que todos intentan buscar la excusa perfecta para ir a la playa y refrescarse un poco durante los últimos días del mes.

Llego al destino y cojo el móvil para avisarle de que ya estoy fuera, esperándolo.

Él no tarda en salir y lo hace con una sonrisa de oreja a oreja, acompañada de un atuendo sencillo basado en unos vaqueros marinos y una camiseta blanca lisa.

Le queda genial, aunque a Isaac nada le queda mal.

Tiene esa estructura corporal para la cual todas las prendas parecen estar hechas. Qué envidia .

A medida que se acerca a mí, puedo reparar en más detalles, como por ejemplo sus brazos y el vello castaño que se dispersa liviano en ellos, y en el que tanto me fijé durante la fiesta de Joan. Fue una noche… digna de recuerdo.

—No sé cómo nunca he visto este coche en tu casa —anuncia, sentándose en el asiento del copiloto, dejando una mochila entre sus piernas justo antes de abrocharse el cinturón—. Llamativo es un rato.

—No te metas como mi escarabajo. Primer aviso. —Lo amenazo con el dedo, haciendo más profundo mi tono de voz. Este coche es mi vida. Nunca dejaré que nadie lo juzgue de ninguna manera.

—Mensaje recibido. —Asiente, firme—. He de reconocer que es especial. Nunca he conocido a nadie con alguno así.

—Es edición limitada —contesto, tirándome flores. La realidad es que a mi abuelo siempre le han encantado los colores chillones. Ha dedicado gran parte de su vida a la pintura profesional y algo que no destaque entre el resto, siempre le ha parecido aburrido.

Llevo algunos minutos conduciendo sin rumbo, siguiendo las señales de tráfico. Hemos terminado llegando al centro de la ciudad.

—Y bien…, ¿cuál es la primera parada de la guía de tu abuela? —pregunto, deteniéndome en una acera en la que el riesgo de multa es bastante alto. Sin peligro, la conducción es muy aburrida.

Coge el librito de su mochila y lo abre por la página cinco.

— La Seu —murmura con un tono encogido, leyendo la guía de su abuela. Alza su cabeza y me mira confundido—: ¿Qué narices es eso?

Pese a que podría responderse a sí mismo pasando la página y observando las imágenes que su abuela pegó del lugar, prefiere que sea yo el que conteste.

—La Catedral de Palma.

—¿En serio?

—Es como se le dice en mallorquín. —La situación me parece graciosa y no puedo evitar esbozar una sonrisa mientras cambio el rumbo hasta la construcción—. Deberías decirle a tu padre que te enseñe un poco.

—Nunca lo ha hablado —se apresura a contestar—. ¿Tú sabes?

—Lo chapurreo. A mi abuelo le encanta inventarse las palabras. Para él, mesa no es taula , es Paula . A la hora de comer, siempre dice «vamos a poner la Paula».

Isaac se carcajea ante la anécdota y yo hago lo mismo.

—¿Qué más sabes, a ver…? —me insta a que continúe y, de repente, todo el mallorquín que conozco se desvanece de mi memoria y me quedo en blanco. Qué presión.

—No mucho más. He crecido en una casa bilingüe. Suficiente tenía con aprender inglés y español, como para también estudiar mallorquín.

—Así que eres un british boy certificado… —murmura él.

La realidad es muy diferente a eso. Nunca me he sentido lo suficientemente español, ni lo suficientemente británico. Siempre he sido un poco de allí y un poco de allá. La identidad ha sido uno de mis mayores problemas toda la vida.

—¿Qué me ha delatado? ¿El acento, que me llame Joshua o que mi apellido sea Brown?

Se toca el mentón, fingiendo una falsa reflexión. Repiquetea el dedo contra la barbilla y responde:

Honestamente…, he sabido que no eras de aquí por lo rápido que te has quemado las mejillas con el sol.

Acabo de aparcar. Estamos disfrutando de los últimos segundos de aire acondicionado antes de dejar que el verano nos queme vivos.

Y él aprovecha la ocasión para tocar con la yema de su dedo mi rostro, palpando la quemadura.

El tacto me eriza el vello, tal y como hizo en la fiesta de Joan.

El espacio entre nosotros se me antoja diminuto; parece que estamos el uno sobre el otro.

—Ya estamos aquí. —Desvío su atención al aparcamiento, a las bicicletas que pasan por nuestro lado, al trazo de mar que se dibuja en el horizonte y que nos rodea.

—Se me ha hecho corto el viaje —confiesa y, honestamente, no sé cómo tomármelo.

Tal y como lo planteo, hay dos opciones: o he hablado tanto que las palabras le han parecido más largas que el trayecto; o el tiempo se le pasa en un visto y no visto junto a mí.

Prefiero pensar que es la segunda, aunque el Hades que descansa sobre mi hombro izquierdo me grita que es más bien la primera y que debería callarme un rato.

—A mí también —replico, escueto y saliendo del coche. Cargo conmigo las cámaras que me he traído: la Sony Handycam, la Kodak de carrete limitado y la MM35. Tengo claro que quiero un toque retro en el trabajo, sea lo que sea que vaya a hacer.

La entrada se divide en varios turnos y nosotros esperamos pacientemente a que llegue el nuestro.

Hay bastantes turistas esperando con las gorras sobre las cabezas y las mochilas en el pecho.

Nosotros nos hemos limitado a echarnos bastante protector y a llevar unas gafas de sol sobre el puente de la nariz.

—Tengo información —me dice Isaac, al introducirnos en las instalaciones—. La que mi abuela anotó aquí.

—Sorpréndeme con tu sabiduría.

—Vamos a ver primero un poco de la Catedral y luego te cuento. —Coge mi brazo con su mano y tira de mí hacia la parte exterior que parece una especie de desfiladero.

Las vistas desde aquí son increíbles. El mar rodea casi toda la construcción y, por si eso no fuera poco, justo en uno de los laterales de la Catedral hay una especie de estanque que la precede.

Isaac se deja caer sobre el pequeño mural que separa el desfiladero del vacío y una ráfaga de viento húmedo azota su rostro, moviendo consigo parte de su camiseta.

Saco la cámara y comienzo a grabar al horizonte mientras la leve brisa nos sacude a ambos, pringándonos la piel.

También lo grabo a él, recostado sin preocupación alguna.

—Dylan ha hablado esta mañana por el grupo de socorrismo y Elisa le ha mandado un sticker de un gato sacando el dedo. Se odian a muerte —dice, girándose hacia mí mientras se alza las gafas de sol.

—Los escuché en la fiesta de Joan. Dylan es un papanatas.

—Es buen chaval —afirma Isaac con una expresión de indiferencia.

—Estuvo una hora y media hablando sobre sus huevos.

—Le encanta ese tema de conversación.

—No entiendo qué puede tener de interesante sus testículos —bramo, caminando hacia delante, llegando al final del tramo descubierto. El siguiente paso es el interior de la ermita.

—Solo digo que, pese a que es un tío obsesionado consigo mismo, es majo.

—No soy nadie para rebatirlo. En los dos meses que estuve con Andreu, su supuesto mejor amigo, no tuve casi apenas trato con él.

Las pocas veces que coincidimos fueron escuetas—.

¿Preparado para la información? —Enarca una ceja cuando ponemos el primer pie en la puerta de la iglesia.

—Me aseguraré de sacar un buen plano que quede para la posteridad.

Presiono el botón y comienzo a grabar justo cuando él carraspea su garganta, se coloca en el sitio y abre la guía entre sus manos.

—Es una catedral gótica y tiene el rosetón más grande de todas las ermitas góticas.

Se comenzó a construir allá por el año 1229 y, por lo visto, mis abuelos tuvieron aquí su primera cita.

—Eso último lo lee con cierta nostalgia que no me pasa desapercibida.

Alza su cabeza y mira directamente al objetivo de mi cámara—: Tiene unas mazmorras increíbles. ¿Quieres ir a verlas?

—Qué mal rollo.

—Quién sabe si tu trabajo final puede convertirse en la siguiente película de thriller más taquillera de la historia —me anima, cerrando la guía de nuevo y entrando a la iglesia.

Puedo mentir y decir que estoy prestando muchísima atención a la arquitectura, pero lo cierto es que no soy capaz de apartar mis ojos de la espalda de Isaac. Por alguna extraña razón, aún puedo sentirla bajo mis dedos.

—No entiendo por qué es gótico. No veo a tanta gente emo aquí —me susurra al oído, tan cerca del cuello que debo aferrarme a los bolsillos de mi pantalón para no dejarme en evidencia.

—No creo que a los fans de Machine Gun Kelly les gusten las ermitas.

—Tienes razón. A los de Avril Lavigne seguro que les flipan —expone, acercándose más cuando una china pretende observar una de las claraboyas del interior desde el mismo lugar en el que estamos los dos.

—A mí me gusta su música —replico, siguiéndole el juego.

—¿Y las iglesias también?

Tuerzo el gesto y consigo que ambas comisuras de sus labios se eleven en un movimiento sutil pero contundente. Continúanos con el recorrido y yo grabo y fotografío tanto como puedo. Nunca se sabe dónde puede residir la inspiración.

Aunque trato de hacerle entrar en razón, se empecina en que ambos tenemos que entrar a esas dichosas mazmorras de las que tanto ha visto en Internet. No están dentro del recinto, es algo que unos simples aficionados han hecho junto a la Catedral para aprovechar el foco turístico.

—¿Prometes no desmayarte del miedo? —Estamos bajando las escaleras de piedra que guían hasta el subsuelo cuando se gira y termina diciendo—: No quiero tener que hacerte una reanimación en mi día libre.

—¿Me dejarías morir así como así?