13 #2
Pese al frío y a los reflejos de la luz en el agua que terminan impactando directamente en su cara, puedo advertir la rojez de sus mejillas, aunque también el tono violáceo de sus labios debido al cambio de temperatura.
—Me quedaré con la ventaja. —Coloca su mano en mi pecho y me empuja hacia atrás, aventajándose varios centímetros. Cuando me recupero y lo veo próximo a las escaleras de la piscina, me lanzo a nadar con rapidez, como si estuviera de servicio.
Pese a su privilegio, termino llegando yo el primero. Me siento sobre el primer escalón, vanagloriándome de mi velocidad, y observo su torpe forma de nadar. Me muerdo el labio evitando soltar la carcajada que atormenta a mi garganta.
—¿Cómo narices lo has hecho? —se queja, quitándose los resquicios de agua de la cara.
—Magia.
—Eres un idiota.
—Vale. Me parece justo que pienses eso. ¿Nos salimos ya o pretendes una revancha? —Arqueo una de mis cejas cuando adopto un tono divertido con el que consigo que me dé un golpe en la rodilla antes de subir los escalones que nos separan y salir de la piscina abrazándose el cuerpo.
Replico su acción y me quedo a su lado en el césped artificial. Maia está aún sentada en la hamaca en la que estábamos antes y ondea de un lado hacia el otro una toalla. Josh se lanza hacia ella con un caminar descompasado y una cara colérica.
—¿Estás enfadado? —le pregunta a su amigo cuando él acepta la toalla y se la tiende por la espalda.
—No. Pero atente a las consecuencias…
—Prometedor —balbucea ella antes de irse en busca de Joan que la llama desde la otra punta.
Podría parecer mentira pero no lo es, Dylan y Elisa siguen manteniendo la misma conversación; solo que ahora lo hacen con un tono más hosco e incluso creo que están a punto de chillarse el uno al otro.
El frío me sacude con fuerza y, pese a que estoy dándome calor con las palmas de la mano, no parece surtir ningún efecto.
—Ven. —Josh saca un hueco de su toalla y me la ofrece—. Solo hemos traído una.
—Da igual. Estoy bien. —Muevo la mano, restándole importancia.
—Tienes el vello erizado y te castañean los dientes. —Viendo que yo no voy a mover ni un ápice de mi cuerpo, es él el que recorta la distancia y me abraza contra la toalla y su pecho, quedándonos el uno frente al otro.
Termino aceptando la tela como amparo. Lo cierto es que tengo los músculos encogidos y la tela del bañador ya no parece un problema teniendo en cuenta que tengo toda la entrepierna del tamaño de una uva pasa.
Estamos abrazados ambos con la misma toalla, lo que hace que nuestros rostros queden el uno frente al otro, nuestras cinturas se rocen y, evidentemente, pese a que parece que hayan desparecido, nuestras zonas bajas también se rozan.
No sé cómo pero mis manos encuentran un camino entre su espalda y las suyas hacen lo mismo en la mía. Estamos abrazados de una manera muy incómoda pero que nos brinda el suficiente calor corporal a ambos como para no apartarnos.
Me fijo en sus labios, morados. Me fijo en sus ojos, en sus pestañas, en su sonrisa tímida y también me percato de que sus dedos se aferran a mi piel como si fuera un clavo ardiendo. Y, joder…, creo que nunca me he sentido tan tranquilo estando tan cerca de alguien.
Mueve su pie apenas unos escasos milímetros, que hacen que nos choquemos más y que nuestras narices se toquen.
Creo que esto me gusta. Creo que incluso demasiado porque siento una descarga en la entrepierna y comienzo a sentir cómo la sangre termina confluyendo en esa dirección. Mierda, se me está poniendo dura.
Necesito pensar en otra cosa.
Porque apartarme creo que todavía no es una opción.
—Tienes caracolas en el pelo —digo sin pensar, sonando de una manera tan cursi, que incluso me duele el estómago al repetirla de nuevo en mi mente.
—No jodas. Quítamelas —contesta, llevándose una mano al pelo, apavorado.
Debe notar la torcedura de mi mueca porque deja de intentar zafarse de ellas.
—Me refería a que tus rizos parecen caracolas. —Rio, nervioso, confuso y un tanto arrepentido por haberlo dicho. Aunque he de reconocer que me ha hecho gracia verlo tan asustado.
—¿Entonces no tengo ningún bicho?
—Todo despejado.
—Vale. —Vuelve a meter la mano bajo mi brazo y me abraza de nuevo, aferrándose a mí como si no hubiera dejado de hacerlo—. ¿Es un cumplido o me estás queriendo decir que debería pasarme un peine más a menudo?
Eso me arrebata una carcajada, y es que Josh parece saber tocar la tecla perfecta para poder transformar una situación por completo.
—Ambas.
—Si me peino demasiado, parecería un león. No querrías verme de esa forma.
—¿No es así como estás siempre? —pregunto, tratando de tornar esta situación en algo burlesco en el que sé que ambos nos sentiremos más que cómodos.
Mi erección ha remitido y, pese a nuestra cercanía, la tranquilidad que siento a su lado apacigua el resto de mis pensamientos.
Incluso aquellos que rodean la idea de que Andreu haya pensado en algún momento que Josh y yo tenemos algo más allá de una amistad.
Incluso aquellos que me gritan que mire a nuestro alrededor y me asegure de que nadie está siendo cómplice de nuestra postura, cercanía y conversación.
—Yo creo que ya estoy medianamente seco. ¿Y tú? —Su voz resuena en mí, haciéndome consciente de que el momento está a punto de romperse.
—También.
Entonces, nos separamos.
Aún mantengo la expresión bobalicona en la que reparo segundos después, aunque me tranquiliza que él también la siga teniendo. Nos quedamos un rato mirándonos el uno al otro hasta que la conversación de Elisa y Dylan se les empieza a ir de las manos.
—Eres un imbécil, Dylan. Hay más vida allá de tus huevos.
—No lo creo.
No sé qué es lo que ha ocurrido. Tampoco sé bien cómo digerir que me haya empalmado con él, con un hombre, con mi amigo.
Por el momento, intentaré no darle más vueltas, aunque creo que tampoco necesita demasiadas.
Nunca realmente se necesita demasiado de un pensamiento para ser consciente de que existe una realidad.