12
LA PEOR EXCUSA
JAMÁS CONTADA
JOSH
N o hay nada que odie más en este mundo que los adultos irresponsables, y eso que yo me considero en ocasiones uno de ellos.
Estoy en el supermercado más cercano a casa y, pese a que debería tener una botella de Barceló en mi mano, lo que tengo es a un niño llorando porque piensa que ha perdido a su madre.
Y, no solo eso... Por supuesto que no. También tengo a un bebé montado en la sillita de un carrito de la compra que me ha vomitado toda la camiseta y ahora pretende atormentar a todos los clientes con un llanto infernal.
—¿Se puede saber qué ocurre aquí? Calma a tus hijos. —Una chica que está reponiendo se acerca a mí con una expresión desdeñosa—. Lleva diez minutos sin parar de llorar.
No sé si me enfada más que me señale como padre de estas dos criaturas, o que, en el supuesto de que sí lo fuera, dejaría que mi hijo llorara de esa manera tan desgarradora sin intentar calmarlo como fuera posible.
—Su madre ha ido a por limones a la frutería hace quince minutos y me los ha encasquetado antes de que pudiera ponerme a la cola. —Sonrío, irónico y deseando en mi interior que el niño le vomitara a ella también.
—Perdón. Perdón. —La voz de la señora de pelo castaño que los ha dejado abandonados aquí se hace entre nosotros—. Me he encontrado a una vecina y no paraba de charlar. —Extiende sus brazos y recoge a su hijo de mi pecho, lleno de vómito , por si se me había olvidado—. Muchas gracias.
—No hay de qué. —Ahora solo tendré que volver otra vez a casa y cambiarme antes de ir a la fiesta. Eso me hará llegar aún más tarde (como buen adulto irresponsable que soy). Qué bien .
Avanzo en la cola y la mujer me chista como si fuera un perro al que tienes que impedirle colarse en algún lugar.
—Estaba yo antes que tú —inquiere con un tono intransigente que me hace querer lanzarle uno de los limones que tiene a la cabeza—. No me mires así, muchacho. Llevaba un rato esperando en la fila antes de que tú llegaras.
¿Después de haberle cuidado a los niños del demonio pretende no cederme la vez?
Lleva un carrito familiar hasta arriba de productos y yo solo tengo una triste botella.
Sé que apiadarme de su bondad no me servirá de nada, así que desisto en el intento.
Voy a colocarme detrás de ella cuando empieza a colocar las cosas en la cinta.
En ese momento, otra cajera habilita la caja continua.
—Pasen por aquí en orden de fila, por favor.
Antes de que la mujer pueda moverse, sostengo su carrito con la mano y esbozo una mueca ladina.
—«Por orden de fila» —repito con retintín—. Tú ya estás en esta caja, ¿verdad? —Echo un vistazo a la familia que aún no ha terminado y que va por delante de ella—. Es de mala educación colarse delante de los demás.
Jaque mate, petarda .
Salgo del supermercado una hora después de haber entrado, con tan solo una botella en la bolsa y un olor a vómito que tira hacia atrás. Qué bonita es la vida en verano.
Después de cambiarme en casa, salgo corriendo hacia el árbol en el que hemos quedado. Llego con el corazón bombeándome en el pecho, en las muñecas y en todo el cuerpo, pero lo hago puntual. Me sorprendo al ver que mi amiga ya está allí, charlando con Isaac y Elisa.
—¿Quieres que llame a la funeraria y vaya adelantando los trámites? —me pregunta Maia con un tono gracioso al verme con la respiración desacompasada.
—O a una ambulancia para que te pongan oxígeno —añade Isaac, siguiendo la broma.
—¿Por qué no os vais un rato a la mierda? —les reprendo, recobrando mi cuerpo y empezando a inhalar con mejor ritmo.
Elisa es la única que se preocupa por mí y me ofrece un caramelo de menta que tiene en el bolsillo.
—Te abrirá los bronquios para que puedas respirar mejor —justifica, convencida de lo que dice. No creo que haya ningún fundamento médico detrás que avale su efecto, pero lo acepto igual.
Ponemos rumbo a la casa de Joan que está situada a las afueras de la ciudad y que, pese a que queda un buen tramo aún para llegar, son apenas veinte minutos lo que nos separan de ella.
Por el camino, les cuento la fatídica escena en el supermercado con pelos y señales.
Todos se ríen y se sorprenden a partes iguales.
—Qué rácana es la gente —confiesa Maia—. Te podía haber dejado pasar.
—Menos mal que el destino ha jugado en mi favor por una vez en el día.
—Ya decía yo que olía un poco raro aquí. —Isaac se tapa la nariz.
—¿En serio? —le pregunto, preocupado por no haberme quitado bien los restos de vómito del maldito niño de las narices.
—Nah, es broma. —Se carcajea—. Y yo que pensaba que se te daban bien los niños.
—Esos dos eran descendientes del mismísimo Hades.
Cuando queremos darnos cuenta, estamos frente a la casa de Joan.
Debo parpadear varias veces —hasta que los ojos me lloran— para poder creerme el pedazo de construcción que tenemos delante de nuestras narices.
Es una casa blanca, asimétrica, plagada de figuras geométricas que se esparcen de aquí para allá; tiene miles de cristaleras y pequeñas placas de aluminio que irrumpen en el diseño del conjunto.
Estupefactos, entramos al interior por la puerta que permanece abierta y llamamos al timbre, aunque desde fuera se escucha un gran estruendo que seguro dificultará la tarea de que nos escuchen. Sin embargo, no tardan demasiado en recibirnos.
—¡Ey, chicos! —Joan nos saluda con una gran sonrisa. Se lanza a los brazos de Maia para continuar abrazándonos al resto—. Qué bien que ya hayáis llegado. Pasad. Se está armando una buena ahí fuera.
—Hemos traído algunas botellas de alcohol… —Le tiendo la bolsa que he cargado en la mano.
—No, hombre… No era necesario. —Coloca una de sus manos en mi hombro y me palmea con camaradería—.
Pero, gracias. Las dejaré encima de la mesa.
—Acepta la bolsa y se echa a caminar—. Venid, os en seño todo.
—Ralentiza su paso con disimulo para quedarse a la misma altura que Maia.
Le sonríe con pillería y continúa explicando—: Esto es el salón.
Aquello la cocina y esa puerta de allí es el baño de abajo.
Hay otro arriba, pero prefiero que usemos este para evitar caídas por las escaleras.
No quiero ningún cadáver en mi fiesta. —Nos señala a todos con el dedo, amenazante, aunque en su expresión hay cierta picardía que no pasa desapercibida—.
Y, esto —Mueve los brazos en amplitud cuando llegamos a la zona en la que están agolpados todos los invitados— es la piscina.
Allí tenéis comida, bebida y todo lo que podáis pedir.
Menos preservativos, eso ya va a cuenta de cada uno.
—Guiña uno de sus ojos y da por finalizado el tour—. Maia, ¿me acompañas a soltar esto?
Mi amiga gira su cuello levemente para vernos y no sonríe antes de marcharse. Elisa, Isaac y yo nos quedamos viendo el ambiente.
—Mira, allí están los chicos del equipo —anuncia ella, dirigiendo su mirada hacia una de las esquinas.
Cuando me giro hacia el lugar que señala, la teoría que rumia en mi cabeza desde hace un rato, se hace realidad. Andreu está aquí, con un vaso de lo que parece ser agua con hielo y su estúpida sonrisa.
—¿Otra vez? —balbuceo, rodando los ojos. Creo recordar que a él siempre le gustó vanagloriarse de su extenso grupo de amigos, ¿por qué narices siempre parece que está con Dylan?
Isaac, que se ha mantenido erguido a mi lado, me pregunta:
—¿Quieres que vayamos a otra parte?
—¿A casa?
—Si tú quieres… —Se encoge de hombros—. No me importa. Esta fiesta parece un coñazo igualmente.
Elisa se mantiene lejos de la conversación; de hecho, cuando quiero darme cuenta, ya está junto a los socorristas, charlando con Dylan en un tono muy animado.
Andreu se percata entonces de mi presencia, porque sus ojos se enmarcan con los míos.
Rehuyo la mirada con velocidad. No quiero tener que mirarlo ni un segundo más. Isaac alza su mano, saludándolos.
—¿Qué me dices? ¿Huimos juntos o nos quedamos?
Tránsito su propuesta durante algunos segundos.
Intento no centrarme demasiado en ese «juntos» que ha empleado porque en realidad no tiene nada más implícito.
Es una palabra para expresar un conjunto, ¿verdad?
Fuera como fuese, lo importante aquí es decidir si quedarme en esta fiesta y pasármelo bien como se espera que uno haga en verano; o marcharme a mi casa con el rabo entre las piernas por culpa de alguien al que ya debería de tener superado.
Uno se pasa los dos últimos años huyendo del pasado, para que ahora el maldito pasado se presente en todos los lados a los que voy.
Pues si eso va a ser algo recurrente y voy a tener que verlo con cierta asiduidad, que así sea.
Como dirían en los Juegos del Hambre: «que la suerte esté siempre de vuestro lado».
—Nos quedamos —contesto, asintiendo.
Alerto en los labios de Isaac una sonrisilla y él también asiente.
—Venga, vamos a por una copa. Te invito.
Acepto su propuesta y caminamos hasta llegar a la mesa del alcohol en la que hay varias botellas —incluidas las nuestras— al gusto del consumidor.
Nos servimos dos cubatas rápidos y paseamos alrededor de la piscina hasta sentarnos junto a Maia y Joan que disfrutan de la compañía de unos desconocidos.
Supongo que era cuestión de tiempo que, en algún punto de esta fiesta, en algún lugar remoto, termináramos encontrándonos.
Es algo inevitable y, pese a que quiera huir de este lugar ahora que tengo razones para hacerlo, el alcohol y la humedad del ambiente me embravecen de alguna manera.
Estamos sentados en unas hamacas, todos alrededor de un círculo mientras jugamos al Cluedo.
Los socorristas y Elisa se unen a nosotros, aburridos de estar tratando siempre los mismos temas.
Isaac y yo estamos en una hamaca en la que le hacemos sitio a Elisa.
—Ey —nos saluda Andreu, sentándose junto a ella.
De repente, necesito salir de aquí. Alejarme de él y que el viento fresco vuelva a golpearme la cara porque, pese a que estamos al aire libre, siento que me ahogo aquí fuera.
Me levanto como un resorte y me dirijo a la mesa de bebidas, fingiendo que quiero echarme otra copa.
Lo que quiero es vomitar. O gritar. O correr.
Algo que me haga liberar la rabia contenida.
Cojo un hielo en mi mano y, aunque su fin es terminar en mi vaso, lo dejo en mi palma durante varios segundos, los suficientes como para conseguir templarme.
Aunque parece que no para mucho tiempo.
—¿Podemos hablar, Josh? —Es su voz, la reconozco antes de verlo. Por supuesto que la reconozco, aún la tengo grabada a fuego en mi mente.
—No.
—Por favor —insiste. Y sé perfectamente que no va a dar su brazo a torcer .
—¿Qué quieres, Andreu? Recuerdo que tus intentos de hablar siempre han sido bastante ineficientes.
—Quiero aclarar varias cosas contigo. Quiero saber cómo estás y cómo te ha ido la vida estos dos últimos años.
—Todo ha ido genial. —Sonrío, al borde de perder la poca paciencia que me queda. Se cree que, después de dejarme como lo hizo, ahora tiene derecho a volver a Mallorca y a exigir una conversación conmigo—. Creo que todo está más que claro.
—No para mí.
—Pues han pasado veinticuatro meses casi.
Tiempo has tenido para aclararte. Adiós.
—Rodeo su cuerpo con el mío, pasando de largo.
Trato de no hacerlo, pero me fijo en que tiene el semblante mucho más musculado.
Él siempre ha sido de los típicos que disfrutan del deporte.
Y tiene el pelo más largo, y más rizado, y las pestañas más largas.
Pero sigue teniendo esa misma expresión que tanto me desconcierta.
Supongo que hay cosas que nunca cambian.