Romance de verano para chicos perdidos 11
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ESTE PLAN PUEDE AYUDARTE

(O ESO CREO)

ISAAC

N ecesito más espacio en mi habitación. Puede que no tenga demasiadas cosas pero las pocas que tengo, merecen un lugar en el que estar.

Por eso, me paso parte de la mañana limpiando el interior de los muebles que tengo.

Uno de ellos es una gran cajonera de la que saco miles de papeles esparcidos, manchados y cuya información ya no se puede leer por el desgaste de la tinta con el tiempo.

En uno de ellos encuentro un cuaderno, una especie de guía de Palma de Mallorca.

No es impresa, ni siquiera comprada, está hecha a mano y escrita a puño y letra.

Reconozco que es de mi abuela y, a medida que avanzo por las páginas y le echo un vistazo a lo que pone, me doy cuenta de que es una recopilación de algunos de sus sitios favoritos no solo en la ciudad, sino en toda la isla.

Cuando cayó enferma, le rogamos que se mudara con nosotros a Vigo.

Allí la cuidaríamos mejor y podría sentirse más arropada, pero ella siempre nos decía eso de que «nací mallorquina y en Mallorca moriré».

Era una mujer muy testaruda. Supongo que de ella heredó mi padre esa cualidad que a veces tanto choca conmigo.

He podido notar un sentimiento generalizado en aquellos que viven aquí, y es que, en su gran mayoría, todos se niegan a abandonar la isla.

Están tan arraigados emocional y físicamente a estas tierras que no se imaginan una vida en la Península.

Mi abuela era una de ellas.

Me siento sobre el colchón y continúo oteando el librillo.

Hay fotos al final y, aunque me encantaría que fueran de ella y mi abuelo, son de los sitios a los que se refiere en la guía.

A mí me gustaría sentirme así, conectado a un lugar.

En Vigo, nunca sentí que la ciudad fuera parte de mí, de hecho, más allá del cambio evidente de aires y del proceso de adaptación típico, no me ha resultado difícil hacerme a la isla.

Supongo que porque aquí sí que he encontrado lugares en los que perderme y encontrarme; además de personas con las que sentirme a gusto.

Mi móvil vibra en el bolsillo de mi pantalón. Lo saco y leo la notificación que aparece en mi pantalla.

JOAN

Tío, el viernes voy a dar una fiesta en mi casa!!!!

Mis padres se van de finde y voy a aprovechar.

Estás invitado. No me falles ;)

Se lo he dicho a Maia también.

Por si se lo quieres decir a Joshhhhhh .

ISAAC

¿Este viernes? Tengo que mirar los horarios.

No sé mi turno en la cala

JOAN

De mañana. Ya los he mirado yo.

Ser el socorrista jefe tiene sus ventajas

ISAAC

¿Podrías recordarme cómo has conseguido ese puesto?

¿Y desde cuándo lo tienes?

JOAN

Por mis increíbles habilidades.

Desde hace una semana -_-

Nos vemos el viernes en la fiesta.

¡No puedes faltar!

Pese a que intente negarme o rechazarlo, sé que Joan no me dejará hacerlo; además no quiero sonar hosco al decirle que no. Después de haberme invitado, lo menos que puedo hacer es ir. Me reconforta que Maia también vaya, y Josh… no creo que oponga resistencia alguna.

Nunca he sido mucho de salir, pero quizás deba empezar ahora. Tal vez sea el momento de que todo me dé igual.

Vuelvo a centrar mi foco en la guía de mi abuela y, después de treinta y siete páginas, llego al final. En la parte interior de la contraportada, encuentro una inscripción:

Palma de Mallorca. Septiembre de 1957.

Una luz se ilumina en mi cabeza, como en los dibujitos animados cuando alguno de los personajes tiene una idea brillante que quizás comprometa el transcurso de la historia, pero que termina enseñando una moraleja muy importante.

Espero que este también sea el caso. Decidido con ello, me calzo unas deportivas y salgo de casa con el librillo en la mano.

Llamo al timbre y aguardo alguna respuesta. La puerta se abre al cabo de un rato, dejándome ver a una mujer de expresión simpática.

—Hola, Margaret —saludo con amabilidad antes de envalentonarme—. ¿Está Josh en casa?

—Hola, Isaac. Sí, está arriba en su habitación. Pasa.

Me cuelo en el interior de la casa y, cuando hace un movimiento con la mano dándome permiso para subir, lo hago.

Mi mirada se pierde por las pinturas que hay en el pasillo mientras dirijo mi cuerpo hasta el dormitorio de mi amigo.

Solo estuve aquí una vez, pero ha sido suficiente como para poder recordar dónde está.

Antes de entrar, toco con los nudillos y su voz me da paso, creyendo que seré alguno de sus abuelos. Está tirado sobre el suelo, con el ordenador frente a él y un amasijo de cuadernos, bolígrafos, tazas y papeles a su alrededor. Tiene las piernas estiradas y los hombros apoyados en la alfombra.

—Al final va a ser verdad eso de que te estás fusionando con la moqueta —le digo, reprimiendo una carcajada que me muero por expulsar.

Mi voz lo asusta porque da un pequeño respingo y lanza el boli que tiene entre los dedos a la otra punta de la habitación. Se lleva la mano al pecho y respira con profundidad.

—Qué susto, joder, Isaac. Pensaba que eras mi abuela.

—Aún me quedan algunos años para ser un abuelo. De hecho, creo que antes tengo que tener hijos, pero no sé muy bien cómo va lo del árbol genealógico… —Me adentro en la habitación con su mirada sobre la mía.

—Muy gracioso —se burla, haciendo una mueca y reincorporándose sobre el suelo—. Puedes sentarte donde quieras… En la silla, en la cama, en la alfombra, en la mesita de noche.

Esbozo una sonrisa y niego, fijándome en que lleva una camiseta blanca de propaganda a la cual le ha cortado las mangas para hacerla de tirantes, y unos pantalones negros cualquiera. La ventana está abierta y las gaviotas pasean de un lugar a otro frente a ella.

—Optaré por la alfombra. —Me parecería raro sentarme en la cama y hablarle desde ahí teniendo en cuenta que él está en el suelo.

También sería demasiado extraño sentarme en su colchón si Josh no está a mi lado…

O sea, no en ese sentido, sino en el…, da igual.

¿Por qué demonios estoy justificando mis pensamientos? Aquí nadie me puede juzgar.

Me agacho a su altura y estiro mis piernas a su lado, él hace lo mismo solo que frente a mí, creando una especie de yin y yang. Dejo la libreta sobre sus rodillas y él arquea una ceja, desconcertado.

—¿Qué es eso? —pregunta, cogiéndolo entre sus manos.

—Una guía de Mallorca. Estaba haciendo limpieza en algunos cajones de mi habitación y la he encontrado. La escribió mi abuela y es algo así como la ruta de un itinerario por sus lugares favoritos de la isla.

Le echa un ojo, no deteniéndose en ningún punto concreto. De repente, empiezo a pensar que es una pésima idea la que tengo que ofrecerle y que quizás en mi mente suena mucho mejor de lo que puede terminar siendo.

—Me parece precioso —termina diciendo, haciendo que toda mi incertidumbre se esfume.

—¿Sí? Perfecto porque he tenido una idea.

—Hago una pausa antes de continuar—: Yo casi no conozco ningún lugar de la isla y tú necesitas buscar inspiración.

—Antes de soltarlo, formulo la frase en mi cabeza, solo para asegurarme de que suena correctamente—: Quizás podríamos seguir todo el itinerario y beneficiarnos ambos.

Yo veré los lugares que más le gustan a mi abuela de Mallorca y tú podrás recorrer algunos sitios que quizás te traigan un poco de inspiración para tu trabajo.

Me quedo en silencio durante algunos segundos, esperando una respuesta por su parte.

Pero no llega. Su mirada se cruza con la mía por el camino, justo cuando intento fijarme en otro punto que no sea su cara; porque estoy tan nervioso que creo que voy a salir corriendo antes de que conteste.

Sin embargo, entre sus labios, reparo en lo que parece ser la sombra de una sonrisa tenue, un tanto escueta pero suficiente como para levantarme la estima.

—Me parece una idea increíble, Isaac —confiesa sin dejar que la risilla se le escape de entre los labios. Alzo mis ojos y me topo con las caracolas de su pelo que se enroscan entre sí con poca precisión y orden.

—¿En serio?

—Pues claro que sí. Necesito resolver la trama del trabajo de una vez por todas.

Y creo que exponerme a sitios que no conozco demasiado podría venirme bien.

Llevo viniendo a Mallorca todos los veranos desde que soy un crío y no he visitado casi ninguno de estos lugares.

—Señala la guía de mi abuela que descansa en el poco espacio que hay entre nosotros.

Sus palabras causan un alivio en mí. Me relajo por completo y destenso mis hombros.

—También venía a invitarte a una fiesta —prorrumpo cuando recuerdo el otro propósito de mi visita.

—¿A mí? —Se señala el pecho, completamente sorprendido. Después de lo que acabamos de hablar, me resulta graciosa su reacción, teniendo en cuenta que somos las dos únicas personas en esta habitación.

—Sí. Joan va a dar una este viernes en su casa y nos ha invitado. Maia también irá, no sé si te ha dicho algo.

—Me ha escrito hace un rato pero aún no he leído el mensaje.

—Estira su brazo hasta alcanzar su móvil que está colocado al borde del escritorio.

Me llama la atención que no lo haya tirado al suelo después del golpe que le ha dado para cogerlo.

Qué buenos reflejos—. Sí, me lo ha dicho.

«Joshy, el viernes nos han invitado a una fiesta de socorristas buenorros».

Ambos soltamos una carcajada al leer el mensaje de Maia.

—Está bien. Tendré que ir. —Se encoje de hombros y se muestra impertérrito. Creo que a él tampoco le entusiasman las fiestas.

—Nos lo pasaremos bien. Elisa también irá, supongo.

—Espero que sí. —Coge un bolígrafo de nuevo y empieza a juguetear con él, cogiendo el cuaderno que hay junto a su portátil—. ¿Cuándo quieres que empecemos con el itinerario? Puedo pedirles el escarabajo a mis abuelos.

—¿El qué ? ¿Para qué necesitamos un bicho?

Esboza una sonrisa y niega.

—No es un bicho, es un coche. ¿No has visto uno amarillo aparcado en la puerta? —Ahora que lo menciona, puede que sí me haya fijado en él. De hecho, ha sido casi imposible no hacerlo porque, con los rayos del sol, brillaba más que una guirnalda de Navidad. Asiento y continúa hablando—: Pues es ese.

—Está bien. Podemos ir el domingo, si quieres. Es mi día libre.

—Perfecto. —Agacha la cabeza y anota algo en el cuaderno—. Espero que ninguno de los destinos implique llegar a través del mar. Porque, con mi técnica de natación, llegaremos el año que viene.

—Bah, chorradas… Yo podría echarte una mano. —Mi cuerpo reacciona solo ante el suyo, es como si perdiera las riendas de su control y actuara por cuenta propia.

Sonrío, complaciente y trato de disuadir las ideas que se agolpan en mi cabeza.

No tardo en marcharme y dejarlo solo en su habitación. He de confesar que, cuando salgo de su casa, una sensación placentera me acompaña durante todo el camino. No sé explicarla; solo sé sentirla.