Romance de verano para chicos perdidos 10
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EN ESTE PUNTO,

HAY VIDAS EN RIESGO

JOSH

L levo toda la maldita mañana con la cabeza enterrada en el portátil, enfrascado en todas las imágenes de inspiración que he dispuesto en una presentación a modo de…

, ni siquiera sé cuál es su cometido. He vagado por Pinterest, he buscado fotografías veraniegas, y he guardado en una carpeta llamada «trabajo final» todas las que me han llamado la atención.

No tienen ningún tipo de vínculo, ni hilo conductor, eso es algo que debo encontrar yo.

Y, pese a que sí que tengo una idea en mente, no encuentro nada con qué conectarla.

Quiero hablar del mar, del agua, del verano…

de esa sensación de pertenecer a un lugar y a la misma vez sentirte lejos de él.

¿Cómo narices se hace eso? Quizás los cuatro años de carrera me deberían facilitar un poco la tarea, pero hay demasiada teoría que no recuerdo.

— Honey —murmura mi abuela al otro lado de la puerta—, estaba cortando flores en el jardín y te he traído estos tulipanes.

—Muchas gracias, abuela. Déjame que les busque un jarrón. —Me levanto de la cama, en la que llevo todo el día tirado, y me hago paso entre las montañas de papeles arrugados que tengo a mi alrededor—. Creo recordar que el otro día encontré uno en aquel mueble.

Me agacho sobre una pequeña cómoda que hay junto al escritorio y saco el frasco de cristal.

—Este será perfecto. —Se lo muestro a mi abuela, que no tarda demasiado en darme la razón. Está sentada sobre el colchón y me mira con un gesto que conozco al instante, uno de preocupación—: ¿Qué pasa, abuela?

—Nada. ¿No puedo simplemente traerte flores del jardín?

—Sé que piensas algo. Dímelo.

—Llevas horas sin salir de tu habitación, ni siquiera has almorzado.

Mi abuela nunca mentiría con algo así, pero no puedo evitar sorprenderme al escucharla.

—¿Almorzar? Pero ¿qué hora es? —Empiezo a caer en la cuenta de que quizás sí que llevo aquí demasiadas horas y de que el tiempo no se ha detenido, de que he perdido la noción y de que quizás me estoy volviendo un poco majareta.

—Son las seis de la tarde.

—¡¿Las seis de la tarde?! —Abro los ojos con tanta amplitud que creo que se me van a salir las córneas.

¿Qué narices…? ¿Cómo es que llevo aquí más de diez horas?

—No me he dado ni cuenta… Estaba tan concentrado con el trabajo que no he mirado el reloj.

Mierda. —Acabo de recordar que he quedado con Maia e Isaac.

Dejo el jarrón a un lado y empiezo a buscar el móvil por todo el desorden.

No está en la cama, ni en el escritorio, ni en la alfombra, ni en la cesta de la ropa sucia, ni en los cajones, ni en la cómoda, ni dentro del armario.

Estoy a punto de darlo por perdido cuando de repente suena y lo escucho cerca de mí.

Bajo la mirada hasta el leve resplandor que ha creado al iluminar la pantalla y lo encuentro…

en el interior de la papelera, enterrado entre las hojas de papel que he arrancado del cuaderno y que he logrado encestar.

—Menos mal —susurro, aliviado al darme cuenta de que Maia nos ha citado a las siete y media—. He quedado con Maia e Isaac —le digo a mi abuela.

—Muy bien, pero antes de irte, baja a la cocina y come algo.

—Debo reconocer que cuando dijiste que tenías «un plan divertidísimo para conseguir inspiración», lo último que me esperaba eran unas scooters —digo, danzando mi mirada entre las cuatro motos que tenemos frente a nosotros.

—A mí me lo parece —profiere Maia, segura de su plan.

—¿De dónde voy a coger inspiración? ¿De nuestras muertes?

—¡No seas quejica, Joshy! ¡No va a pasarnos nada! —Toma uno de los cascos que nos ha dado la chica del lugar en el que hemos alquilado las scooters y se lo abrocha a la altura de la barbilla. Se sube decidida sobre ella y espera a que nosotros hagamos lo mismo.

Isaac es el primero en hacerlo.

—Mi padre me enseñó a montar en moto a los dieciséis.

Espero recordar algo —dice, colocándose el casco.

Lleva aún el uniforme del trabajo, que le constriñe los músculos de los brazos a más no poder.

No solo me fijo cuando los flexiona para meter su cabeza en el interior del casco, sino cuando rodea con sus grandes manos los manillares de la scooter y toda su anatomía se tensa, preparándose para arrancar.

Sus ojos se posan sobre los míos a través de la visera transparente—.

Venga, Josh. Solo quedas tú. Iré detrás de ti por si necesitas ayuda.

No me queda de otra.

Con las manos sudorosas, replico sus movimientos y me doy cuenta de que Elisa ya lleva unos minutos esperándome.

Arranco como recuerdo que he hecho otras veces —dos días después de sacarme el carnet— y trato de acelerar como hice el último día que me monté en una moto —dos días después de sacarme el carnet, cuando me estampé contra un contenedor en pleno centro de Sevilla—.

No parece complicado y, cuando nos ponemos en marcha, finjo tenerlo controlado pese a que todo sea una chispa de idea que se cuela en mi mente para evitar que me estrelle.

Voy entre Elisa e Isaac, encabezando el caminar, va Maia, que sale de la carretera en una de las salidas y se cuela en un camino terroso en el que hay piedrecitas que me hacen vibrar.

—¡¿No había otra vía?! —le grito a mi amiga, sintiendo cada uno de las rocas en algún punto entre mis testículos y mi corazón.

—¡Esta es más divertida! ¡¿No te lo estás pasando bien?!

—¡En mi percepción de diversión no entra morirme!

—¡Pues no lo hagas! ¡Mantén tus ojos en el camino! —brama desde el frente con un tono burlesco.

Con cada centímetro que avanzo, pego un frenazo muy poco sutil que menea los restos de gravilla que hay en el camino y levanta un humo polvoriento que termina impactando en Isaac.

Pongo los pies en el suelo cuando siento que me voy a caer y, aunque estemos cerca del mar y lo único que pueda escuchar sean las olas y el motor de las scooters , oigo una risita divertida.

No me cuesta adivinar de dónde proviene, dado que ambos nos hemos quedado rezagados del resto del grupo.

—¿Te estás riendo de mí? —Me bajo de la moto, dejándola sobre la patilla. Necesito un descanso y, quizás, deba utilizar esta conversación para hacerlo.

—Es que pareces un pato mareado, Josh. —Él hace lo mismo y se sienta en una gran roca que queda a nuestro lado entre algunas malas hierbas.

—No sé montar en moto, ¿vale? Se me da fatal. La última vez me quedé estancado en un contenedor de la calle y el samur me tuvo que separar de la basura con mucho cuidado porque creían que me había hecho contusiones graves en la cabeza.

—Ahora entiendo muchas cosas de ti… —Se toca el mentón, pensativo, aunque ambos sabemos que solo lo hace para seguir riéndose de mí.

—Idiota. —Le golpeo la pierna con la mano cuando me siento a su lado—. No tengo ninguna secuela. Me hicieron muchas pruebas.

—Ninguna secuela que ellos hayan podido encontrar, ¿no? La forma en la que nadas debe ser un efecto del golpe, segurísimo . —Remarca la última palabra, alzando el dedo, como si estuviera dando un dictamen médico.

Pongo los ojos en blanco y eso le arrebata una carcajada, quizás a mí también me arranque alguna sonrisa, pero no lo admitiré.

—¿Cómo llevas el trabajo final de la carrera?

¿Alguna musa de la inspiración se ha dejado caer por tu mente?

—El mismo dedo con el que ha punteado el cielo, ahora se acerca a mi cabeza y, aunque entiendo su intención de dejarlo caer sobre mi sien, no termina de hacerlo.

Lo retira antes de poder tocarme. Se repantinga, algo incómodo. Incluso carraspea su garganta.

—Nada. Hoy he estado casi todo el día intentando encontrar algo pero no ha habido manera. Mi abuela ha subido a mi habitación preocupada, pensando que me habían abducido los aliens o que me había fusionado con la moqueta y ahora era parte de la decoración del Ikea.

—Tu moqueta mola. Serías una moqueta chula.

—Gracias, pero no tengo ninguna intención de convertirme en un trozo de suelo con pelo.

Alza las manos y asiente.

—Cada uno con sus sueños y metas… —se burla, echando la cabeza hacia atrás a la misma vez que se ríe. No me aparta el ojo de encima, ni siquiera cuando parpadea o se mueve. Está atento a mí, a todo lo que digo o hago—. Estoy seguro de que llegará algo que te inspire, Josh.

—Más me vale. Tengo que entregarlo en septiembre.

—Todavía es junio —se apresura a decir, tratando de reducir mi ansiedad.

—Pero ya siento la cuenta atrás sonando sobre mi cuello.

—Quizás sean los aliens mandando señales para advertirte de que te abducirán pronto.

—Ahora no me viene bien, prefiero a finales de verano cuando mi tutor se ponga en contacto conmigo, reclamándome el proyecto.

—Jugueteo con el casco cuando el atardecer comienza a caer y los rayos violáceos y anaranjados del cielo crean penumbras a nuestras espaldas.

Y yo me fijo en la suya, por supuesto. En la sombra de las pestañas, sobre sus mejillas.

En sus manos moviéndose por sus piernas, e incluso rozando con los meñiques las mías.

Me fijo en que tiene los labios hinchados, como si los hubiera mordido.

Y él sonríe. No sé si porque me ha visto o porque simplemente le sale hacerlo; el caso es que lo hace y todas mis alarmas suenan, así que intento desviar el asunto y disimular con lo primero que se me ocurre—.

¿Eso es una gaviota? —Señalo un ave que se ha posado no muy lejos de nosotros.

A ver, es bastante evidente que sí lo es. De hecho, creo que su sonrisa no desaparece de sus labios porque encuentra absurda mi pregunta, pero, aun así, responde:

—Creo que sí. —Esa creencia es más bien modestia.

—Sí, a mí me lo ha parecido. —Me levanto y me aproximo de nuevo a la scooter . Tengo que dejar de hablar o seguiré cagándola—. ¿Volvemos con las chicas? Creo que deberán estar en la playa de ahí abajo esperándonos.

—Vamos. —Vuelve a colocarse el casco sobre la cabeza y se sube sobre la moto. Ambos arrancamos a la vez y ponemos rumbo al final del camino tan tortuoso por el que Maia ha decidido llevarnos.

Al final, nos encontramos una valla de madera un tanto desgastada por el paso del tiempo que cerca la entrada a la pequeña calita. Las scooters de Maia y Elisa están ahí estacionadas, así que entendemos que están en algún lugar de la playa.

—¿Dónde narices estábais? —Maia sale de detrás de una roca como si fuera un cangrejo. Tiene todo el pelo en la cara a causa del aire y nos mira a ambos con las manos sobre las caderas.

—Necesitaba un descanso. Me dolía todo de tanto botar sobre las piedras.

—En otras situaciones, no te quejas tanto… —suelta a bocajarro la sinvergüenza de mi amiga.

—¡Maia! —Le doy un golpe en el brazo y ella rechista mientras yo trato de no morir avergonzado, queriendo ser enterrado en la arena de esta playa.

—Elisa y yo estábamos a punto de darnos un baño. ¿ Os apuntáis?

Isaac y yo aceptamos la propuesta por diferentes motivos.

Él porque tiene demasiada calor con el uniforme; y yo porque necesito algo frío que rebaje el bochorno que siento en todo el cuerpo.

Nos quitamos la ropa y nos metemos en el agua con lo que llevamos puesto.

Yo con unos pantalones cortos, Maia con otros y Elisa e Isaac con sus bañadores.

El mar nos recibe con una ola kilométrica que nos deporta rápidamente de vuelta a la orilla.

Creo que nunca el agua me había dado una torta tan fuerte. Tengo toda la cara roja del impacto.

—Vaya hostia —murmura Elisa, tocándose el pecho.

—A mí creo que me ha hundido los pulmones —secunda Maia.

—Yo me he quedado estéril —apostilla Isaac con sendas manos a la altura de la entrepierna.

Volvemos al segundo intento y, pese a lo que digan de que al tercero va la vencida, a nosotros solo nos hacen falta dos para adentrarnos hasta una altura prudencial.

Y no sé decir qué es lo que llega antes, si otra ola descomunal, o el agua que Maia me lanza directamente a la cabeza y que, como es evidente, nos ensalza a los cuatro en una guerra de la que no salimos hasta pasada una hora.

De hecho, es tan intensa la lucha, que llegamos tarde a la tienda de renting de las scooters y debemos pagar quince euros más cada uno por el retraso.

—Espero que al menos algo te haya inspirado —me dice Maia de camino a casa.

—A mí los aliens me parecen una muy buena opción —masculla Isaac, sonriendo con bravuconería.

—¿Lo qué ?

—Nada. Idioteces suyas.