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UNA IDEA MAL PENSADA
Y PEOR EJECUTADA
ISAAC
N o sé qué hora es. Me despierto aturdido, desorientado, con la cabeza dándome vueltas.
Me lleva un rato conseguir que mis ojos se adecuen a la iluminación que se cuela filtrada por la ventana; es escasa, pero contundente.
Me incorporo sobre el colchón y me toco la sien, que me hierve como si mi mente no hubiera parado de pensar en toda la noche.
Joder . Estoy en calzoncillos y, no muy lejos de la puerta de mi habitación, encuentro hechos un amasijo el bañador y la camiseta de tirantes que llevé la noche de antes.
No tardo en darme cuenta de que lo que retumba no es mi cabeza, sino las paredes.
Hay una canción a todo volumen al otro lado de la pared.
—¡Flora, baja la música o te juro por Dios que lanzaré ese altavoz al mar!
—grito a la misma vez que me acerco a la ventana.
La abro y dejo que el aire fresco de un nuevo día me azote la cara.
Ni siquiera me ha sonado aún la alarma así que intuyo que no serán ni las diez de la mañana—. ¡Flora, joder!
No sé si se está haciendo la sorda o es que de verdad está perdiendo capacidad auditiva tras someter a su oído en desarrollo a tales decibelios.
Sea como fuera, me convenzo de que no va a detenerse y me pongo los primeros pantalones cortos de chándal que encuentro en el armario.
Salgo de mi habitación y, pese a que deseo aporrear su puerta hasta tumbarla, decido pasar de ella y bajar a por algo de comer a la cocina.
Tengo la tripa arañándome los intestinos.
—Buenos días, cariño —me saluda mamá, sentada en la mesa redonda que tenemos en la cocina—. ¿Qué tal la fiesta anoche?
—Muy bien. Estaba la cala petada de gente.
—En Vigo, también se llenaban las playas cuando yo era joven —confiesa con un tono nostálgico.
Lleva el delantal anudado en la cintura y se agacha frente al horno para precalentarlo, algo que me llama la atención porque, desde que llegamos, hemos intentado no encender los electrodomésticos para que no se dispare la factura de la luz—.
Ahí tienes pan y el poco café que queda.
—Señala la encimera. Solo hay una rebanada de pan y un resquicio de café.
Será más que suficiente para despertarme.
Vierto un poco de leche sobre la taza y, antes de untar la mantequilla sobre la tostada, me aseguro de que todos han desayunado ya.
—¿Flora, también? —apostillo, sabiendo que mi hermana pequeña no es fanática de comer por las mañanas, pero de igual manera quiero cerciorarme.
—Sí. ¿Crees que tendría esa energía si no hubiera desayunado? —Mamá sonríe y noto que hay algo bonito en el ambiente. Hacía mucho tiempo que no la veía reír de esa manera. Ella se percata de que me doy cuenta y me dice—: Estoy haciendo el pastel de carne para esta noche. Tenemos algo que celebrar.
Frunzo el ceño, intrigado por lo que tiene que decirme, y me siento en la mesa, tostada y café en mano.
—He conseguido trabajo, cariño —dice con una efusividad arrolladora.
No puedo evitarlo y me levanto de la silla, entusiasmado y feliz por ella.
Nos abrazamos con fuerza antes de que entre en detalle—: Es en una floristería del centro de la ciudad.
Esta misma mañana he hecho la entrevista a primera hora y me han llamado hace un rato.
El trabajo es mío. —Palmea sus manos con euforia—. ¿No es genial, cariño?
—Es increíble, mamá. —No solo porque a ella le encanta ese tipo de trabajos tan en contacto con la flora, sino porque es una pequeña ventana de escape a nuestros problemas.
A las facturas, a las deudas. Es una manera de empezar a salir a flote en una barca diminuta en la que casi no cabemos los cuatro, pero que parece tener más espacio del que pensábamos.
Estoy en la plataforma de madera de Cala Pi, acercándome al puesto de control para hacer el cambio y comenzar mi turno. La figura con la que me topo encima de la silla es la de Joan, que una vez más, vuelve a estar plácidamente dormido.
—¡Joan! —le grito desde abajo.
Se levanta como un resorte, dando un fuerte respingo, y se recompone.
—¿Estás bien? —pregunto, poniéndome a su lado, dejando la mochila en algún lugar.
—Estoy hecho polvo, tío. Parece que me ha atropellado el camión de la basura. —Se toca los mechones lacios de su cabello rubio y levanta sus gafas de sol, dejando en evidencia unas claras ojeras monumentales que nada tienen que ver con las mías.
—¿Hasta qué hora os quedasteis?
—Vengo de empalme. Ni siquiera he vuelto a casa. —Tiene la voz más grave de lo normal y habla arrastrando las vocales, como si le pesara la lengua.
Bajo mi mirada por su cuerpo y, pese a que sí lleva la camiseta amarilla reflectante del uniforme, el bañador es azul marino. Esto me hace llegar a la conclusión de que no se ha cambiado y, de hecho, en su apariencia se puede notar la falta de descanso.
—¿Qué tal se encuentra Josh? —pregunta, refiriéndose a la excusa que pusimos para irnos antes.
—Bien. Eran migrañas. Ya se encuentra mucho mejor.
—Me alegro. —Se toca los bolsillos y se asegura de que lleva el móvil y la cartera. No tiene nada más que llevarse consigo—. Me lo pasé genial con Maia. Es una tía increíble.
—Sí que lo es.
Baja del puesto de control con algo de torpeza y, cuando llega al suelo, se despide de mí con un movimiento de mano.
Yo me coloco en el puesto y observo, a través de los binoculares, la zona.
Ni siquiera me ha dado el parte de la mañana, así que debo mirar por mí mismo la situación de la playa.
Todo parece tranquilo y sin incidentes, así que mantengo la bandera verde. Va a ser una tarde muy larga.
—¡Hola, Isaac! —saluda la voz de Elisa, acercándose a mí—. ¿Cómo estás? ¿Qué tal el turno de mañana?
—Bien. Relajado, creo. Joan no me ha dicho demasiado. —Echo la cabeza hacia atrás en la silla, pero ella no tarda en subir al puesto de control.
—¿Joan? ¿Por qué debería decirte algo Joan?
—Porque él ha estado por la mañana aquí —contesto con una ceja enarcada al ver la sorpresa en su expresión.
—¿Y tú estás de tarde?
Muevo la cabeza y ella bufa con fuerza, soltando el bolso que lleva sobre el hombro justo a mis pies, los cuales retiro con rapidez antes de que reciban el golpe.
—¡Me lo ha hecho otra vez! ¡El patán de Pepe me ha vuelto a mezclar los turnos! —Saca su móvil y comienza a buscar con desesperación algo en su pantalla. Cuando lo tiene, gira el teléfono y me lo muestra—: Lo ves. Tengo el turno de las 13 a las 19.
—Es el mismo que tengo yo.
—Lo sé —chasquea la lengua, enrabiada por la situación—. Me lo ha vuelto a hacer. Se cree que porque sea la única chica del equipo puede ningunearme como le dé la gana.
—¿Cuántas veces te ha pasado ya?
—Cuatro o cinco… ¡Odio a los hombres! —exalta con un tono levemente elevado que hace que algunas de las personas en la playa se giren a ver qué ocurre. Ella empequeñece y vuelve a coger sus cosas.
A mí me sabe mal que se marche a casa después de haber venido hasta aquí para nada. Encuentro una solución sencilla que podría facilitarme el trabajo y así, aprovecharíamos su presencia.
—No hace falta que te vayas. Podemos hacer el turno juntos. Tú ya estás aquí y nos van a pagar a ambos por igual. —Me encojo de hombros en una actitud de «¿qué puede salir mal?».
Se queda meditabunda durante algunos segundos antes de asentir.
—Está bien. —Se coloca a mi lado y comienza a echarse protector solar tras sacar una silla auxiliar del interior de la sala de mando, en la que debo admitir que nunca he entrado.
Nos quedamos en silencio mientras observamos el horizonte y vemos que varios bañistas se están aproximando demasiado a la zona de las boyas, donde se delimita el pase de los barquitos atracados en el puerto. La gente y su afán de demostrar que son Mireia Belmonte.
—¿Tú eres de Mallorca, Elisa? —pregunto, tratando de conocer un poco mejor a la chica.
—De Menorca. Mi madre y yo nos mudamos aquí con su novio hace un par de meses.
—¿Y te gusta la isla?
—Tiene mucho más ambiente que la otra. —Asiente, convencida—. Y a ti…, ¿qué te parece Palma de Mallorca?
—Interesante. He conocido a mucha gente en las pocas semanas que llevo aquí.
—Qué suerte. Yo con tanto trabajo, la mudanza y la boda de mi madre, casi no he tenido tiempo de socializar. Soy una ermitaña ahora mismo.
Ambos nos reímos ante su comentario. No puedo evitar pensar que Elisa y yo nos parecemos bastante, al menos en la superficie. Ambos nos acabamos de mudar a Mallorca, no conocemos a casi nadie y siento que los dos carecemos de habilidad social.
—Oye, Elisa, después del trabajo he quedado con Maia y Josh, los chicos que conociste ayer… No sé cuál es el plan, pero…, si quieres, puedes unirte.
La chica se tensa y se recompone sobre la silla.
—No quiero molestar.
—Por supuesto que no. A ellos no les importará, ya verás.
—¿Seguro? —Asiento, convencido de que ambos la acogerán con la misma simpatía con la que me recibieron a mí—. Me apunto, entonces.
MAIA
A las siete y media todo el mundo en el árbol .
Tengo un plan chulísimo para que Josh
consiga inspiración.
JOSH brOWN
Qué detalle más bonito por tu parte, Mai ❤️
¿A qué hora sale Isaac de trabajar?
ISAAC
A las siete en punto.
He invitado a Elisa, mi compañera de playa .
¿Os parece bien?
MAIA
Perfecto
JOSH brOWN
Por mí genial