8
QUEMAR EL PASADO
PARA VIVIR EL PRESENTE
JOSH
—¿C uántas probabilidades había de que Dylan, el mejor amigo de mi ex, se hubiera convertido en estos dos años en socorrista y ahora estuviera trabajando en la misma empresa que Isaac?
¿Cuántas ínfimas probabilidades existían de que decidieran invitar a Andreu a las hogueras de San Juan?
¿Cuántas veces había tenido que evitar algunos encuentros con él estos dos últimos veranos para que, ahora, cuando ya he conseguido algo de estabilidad mental, vuelva a tocarme las narices?
El escritor de mi novela podría parar de ponerme a prueba.
No hace falta ningún estudio en Relaciones Humanas para intuir que Andreu y yo no acabamos en los mejores términos. De haber sido un divorcio, habría sido digno de un capítulo de Cómo defender a un asesino ; siendo yo el asesino y Andreu mi víctima.
El peso, de repente, desaparece de mi cuerpo. Me aferro a Maia, que me arrastra hasta la orilla. Estoy fuera de mí, desmadejado. Mi mente se ha evadido ante el estímulo. ¿Cómo se llama eso en psicología? Mis pies entran en contacto con el agua congelada del mar y doy un respingo por el contacto.
—¡Joder, qué fría! —Solo en este momento, vuelvo en mí y recobro la posesión de mis extremidades.
—¿Estás mejor? —me pregunta Maia, sentándose sobre la arena, lo suficientemente lejos del agua como para impedir que nos mojemos.
—Está aquí, Mai.
—Sí, lo he visto. Mide un metro noventa y ocho y tiene los hombros de un armario, es imposible no verlo.
—Está aquí y está igual de guapo. —Chasqueo la lengua, sumiéndome aún más en la miseria—.
¿Sabes las peripecias que he tenido que hacer para no encontrármelo estos dos últimos años?
Me subí en un pedaló y pasé de una cala a otra a través del mar cuando lo ví venir. Puse mi vida en riesgo por ese imbécil.
—¿Qué cojones…? —Enarca una de sus cejas y me mira confundida.
—Escuchamos, pero no juzgamos —le advierto, sabiendo que está deseando reprender mis acciones—. Estaba mentalizado de que este verano iba a ser imposible no toparme con él y, de verdad, esperaba reaccionar diferente. Esperaba que no me importara.
—Pero sí que lo hace —concluye ella, comprensiva.
—Y no sabes cuánto me jode. ¿Por qué sigo sintiendo que aún falta una pieza entre los dos? ¿No fue su decisión lo bastante clara para hacerme ver que nunca le he importado?
Maia pasa su brazo por encima de mis hombros y me reconforta contra ella, tal y como lo hizo el último día de agosto, hace dos veranos. Andreu y yo acabábamos de dejarlo cuando ella apareció en mi casa y me consoló hasta la madrugada.
Unos pasos suenan a nuestras espaldas y, cuando quiero darme cuenta, siento un calor en la pierna y en el brazo. Hay un cuerpo junto a mí. Uno que no tardo demasiado en reconocer.
—Ey… —masculla Isaac, tocándome la rodilla con la mano. No dice nada más, simplemente se queda así, manteniendo el contacto y esperando a que me recupere para poder continuar—. ¿Qué ha pasado?
—Andreu es alguien de su pasado.
Veo que el chico asiente, entendiendo la situación. Una vez más, se queda callado y siento que debería explicar un poco más.
—Llevaba sin verlo dos veranos —añado, justo cuando Joan llega a nuestra altura y nos interrumpe.
—Nos hemos quedado sin hielos. ¿Maia, quieres acompañarme?
Antes de que mi amiga pueda rechazarlo, meneo la cabeza y le resto importancia al drama. No quiero arruinar la noche de nadie.
—Ve. No te preocupes. Yo me quedaré con él —responde Isaac, echándome una mano.
—¿Seguro?
Él asiente, convencido, y yo elevo mi mirada, esbozando una sonrisa tan real como puedo.
Ella se marcha con Joan, no sin antes advertirme que tendrá el teléfono disponible si necesito algo.
Nos quedamos aquí, solos. Su pierna sigue rozando la mía, su mano continúa sobre mi rodilla y no sé…
, hay algo aún extraño, pero comienza a reconfortarme en el ambiente.
—No tenía ni idea de que iba a venir —confiesa, perdiendo la mirada en ese punto en el que el mar y el cielo se unen—. Perdona. —La manera en la que se lamenta me hace sentir mal. No ha sido mi intención hacerle ver que esto es culpa de alguien más que de Andreu y mía.
—No tienes nada por lo que pedir perdón, Isaac. Son cosas que pasan. Además, antes de encontrarme con ellos, me lo estaba pasando muy bien.
—¿Durante el camino?
—No, antes… Cuando venías peleándote con el bañador. —Lo he visto todo, al detalle. Su mano dentro de la tela, su cara plagándose de vergüenza al verme. La excusa ha sido buena, pero no tanto como para disuadirme de lo que había visto.
—Mierda. ¿No te has tragado lo del móvil, verdad? —resopla, agachando la cabeza. Me obligo a reprimir la sonrisa que amenaza con asomar entre mis labios por el bien de ambos. Y me doy cuenta de que la sensación angustiosa del pecho se ha esfumado.
—Ha sido muy gracioso.
—Me quiero morir.
—No digas tonterías, hombre. —Le golpeo el hombro con el mío—. Gracias por quedarte conmigo y por ayudarme.
Alza su cabeza de nuevo. Se lleva las manos a la sien y se la acaricia con fuerza, entrecerrando los ojos.
—No he hecho nada. —Intenta restarle importancia.
Me quedo pensativo, observando el mar y las olas que se mueven a escasos metros de ambos. Tengo el culo empapado por la humedad de la tierra, aunque no me muevo. Estoy a gusto aquí.
—Entonces, el tipo alto de ahí es… ¿tu exnovio? —Soy consciente de que trata de comprender mejor mi sorpresa y mi reacción. No tiene demasiados detalles y, pese a que lo ha preguntado con sutileza, no parece estar dispuesto a continuar escarbando en el asunto si yo no lo hago.
Decido contárselo. Porque necesito hablarlo con alguien, sacarlo fuera. Y él ahora mismo se me antoja la persona perfecta para hacerlo. Me acomodo sobre la arena, hundiendo mis dedos en ella, y exhalo con fuerza antes de hacerlo.
—Estuvimos saliendo hace dos veranos. Nos conocimos en una de mis heladerías favoritas.
Él trabajaba allí por aquel entonces. Una tarde cualquiera empezó a diluviar y me ofreció acompañarme a casa bajo su paraguas.
Acepté por varias razones: no quería mojarme y me parecía un chico majísimo.
Nadie se ofrece a llevar a un desconocido hasta su casa en pleno diluvio universal, ¿verdad?
Charlamos sobre miles de tonterías por el camino y…
algo ocurrió entre los dos, una chispa o quizás demasiada agua calándonos los pies.
Terminamos besándonos en mi portal. Nunca acordamos ser novios, pero lo que teníamos era mucho más que un mero rollo.
—Hice una pausa porque todos los recuerdos comenzaron a agolparse sin ton ni son en mi mente, volviendo a crearme una sensación angustiosa en el pecho—.
Y, joder, parece mentira que tenga las narices de decir que nuestra historia es parte ya del pasado cuando sigue haciéndome sentir igual de miserable.
—No puedes culparte por lo que sientes. No controlamos nuestros sentimientos.
—No quiero sentir nada por él. Ni bueno ni malo.
Quiero que me dé exactamente igual, que me cause indiferencia.
Y pensaba que lo había conseguido, pero sigo teniendo esos pensamientos intrusivos que no paran de preguntarse si…
, no sé, si no hubiéramos terminado tan mal, ¿habría sido posible lo nuestro?
Supongo que no sabe qué decirme, ni cómo consolarme. Yo tampoco entiendo muy bien la amalgama de sentimientos que tengo formada entre el corazón y la cabeza.
Isaac se queda junto a mí, vuelve a colocar su mano sobre mi pierna y comienza a dibujar círculos imperfectos sobre mi piel.
Y vuelve a surtir el mismo efecto. Vuelve a calmarme.
Vuelvo a dejar ir la sensación de angustia, las preguntas, los miedos, el pasado…
Andreu comienza a ser una figura imprecisa en mi imaginación.
Me toco las mejillas y noto que las tengo ardiendo. Supongo que de la presión, o de intentar aguantar el llanto impotente durante mucho tiempo.
—Dios, lo siento… Qué mierda —me quejo, frustrado conmigo mismo por no estar disfrutando de esta noche que se suponía iba a ser la más especial del verano—. Perdón por la chapa.
—Anda ya. No ha sido ninguna chapa. Lo único que importa es que estés bien. ¿Te encuentras mejor? —Sus ojos se cruzan con los míos. Pese a la luz tenue, puedo ver los destellos amielados recorriendo su iris.
—Sí. Creo que sí.
—Me alegro. —Esboza una sonrisa sincera, de las que salen desde el interior del cuerpo, y, entonces, ilumina todo su rostro, que se encuentra perlado por la humedad; quizás incluso también por la cercanía de nuestros cuerpos.
Quién sabe—. Si no te apetece volver con ellos, podemos quedarnos aquí toda la noche. Tú y yo. No me importa.
La luz de la luna se refleja en el mar, creando una mangata que termina desembocando en nuestros pies. Hay cierta magia en el momento, que no puedo evitar sentir. También hay honestidad y gratitud, incluso familiaridad, pese a que aún seamos desconocidos.
—Gracias.
—No hace falta que lo repitas cada vez que te digo algo.
—Es lo que siento.
—Lo sé, pero no es necesario, de verdad. —Estira sus piernas y toca con los talones el agua del mar. Debe estar congelada, pero él no se cosca, ni siquiera hace una mueca ante el frío. Se limita a contemplarme—. A mí tampoco me apetece demasiado volver con ellos.
—Quedémonos aquí, entonces.
—Me parece bien —dice, asintiendo en un tono animado.
Y nos quedamos aquí, en la orilla del mar, hasta pasada la medianoche, cuando nos unimos al resto de la playa y nos lanzamos al mar tomando carrerilla.
Mi pelo se llena de sal, de tierra y creo que incluso de restos de alcohol de aquellos que se meten con sus copas y comienzan a salpicar.
Pero me da igual. Dejo que el agua me lleve de un lado para el otro, como un péndulo.
Y, con ello, le damos la bienvenida oficial al verano.
Una bienvenida dramática, digna de un teatro, pero qué le voy a hacer si el drama es la gasolina de mi vida.