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EL VERANO EMPIEZA
EN SAN JUAN
ISAAC
N unca he ido a las hogueras de San Juan.
Sé que quizás es algo extraño y que parece una cláusula importante en el contrato de cualquier persona que viva en la costa, pero yo nunca he acudido. De hecho, siendo franco conmigo mismo, creo que no he ido a casi ningún evento social al que se espera que acuda con veinticinco años.
Admito con el corazón en el puño que estoy muy nervioso.
Siempre me he sentido fuera de la pecera, como si fuera un bicho raro en la sociedad.
La oveja negra. Los chicos de mi clase en Vigo tampoco hicieron mucho para tratar incluirme y yo…
, llegó un punto en el que dejé de insistir.
Era el hijo de uno de los pescadores de la ciudad y, pese a que la pesca es bastante común en Galicia, yo fui el único demonizado por ello.
Incongruencias de la vida, supongo. El caso es que, cuando no encajas en un grupo o en un constructo social, te rechazan y nadie trata de tenderte la mano cuando lo necesitas; todos pasan de ti cuando te conviertes en el repudiado.
Quizás por eso mis habilidades sociales dejan bastante que desear.
Ahora solo busco que Mallorca simbolice un cambio para mí, que aquí comience mi nueva vida. Una nueva versión de mí mismo en la que me entiendo un poco más y dejo que el mundo me conozca.
Salgo de casa con una bolsa en la mano en la que llevo mi botella de alcohol y algunos vasos de plástico que he podido encontrar.
Me he puesto un bañador simple de líneas azules que me está empezando a hacer rozadura y aún me queda toda la noche por delante.
¿De qué narices harán la redecilla esta?
¿De lijas? Intento recolocarme la tela con disimulo sin que nadie se percate de lo que estoy haciendo.
No creo que sea agradable ver a un tipo metiéndose la mano en los huevos y tratando de encontrar la postura perfecta para impedir que terminen como un rallador.
—¿Isaac? —Una voz me sobrecoge a mitad de camino. Viro la cabeza hacia el lugar de donde proviene el sonido y me topo con la cara de Josh.
Mierda . Voy tan focalizado en dejar de sentir el escozor que no me he percatado de que acabo de pasar el lugar en el que hemos quedado; y, no solo eso, para más inri, mi nuevo amigo me ha visto con la mano metida en el bañador tocándome el asunto.
Tan rápido como puedo, saco la mano de entre la tela y me recompongo, poniendo una expresión afable y fingiendo normalidad.
—Ey. —El tono de voz inconstante me delata. «Me ha pillado». «Me ha visto».
Intento analizarlo antes de decir nada. Quizás no haga falta una justificación, quizás me haya visto de pasada, de espalda. Sus ojos me miran serenos, tranquilos. Tiene una expresión impertérrita y su boca incluso delinea una sonrisa amable y cordial. Creo que está todo bajo control.
—¿A dónde ibas? —pregunta, jocoso. «Tranquilidad. No sabe nada».
—No me había dado cuenta de que era este árbol en el que habíamos quedado. —Claqueo mi lengua y acompaño su sonido con el movimiento de mi mano, chasqueando los dedos con frustración—. Iba distraído.
—Sí, ya lo he visto. ¿Estabas buscando algo? —Y, entonces, cuando ya me siento en tierra tranquila, encima de un salvavidas que me rescate del momento vergonzoso, Josh desliza su mirada hasta mi entrepierna y ladea la cabeza, buscando respuestas.
Me. Cago. En. El. Puto. Bañador. ¿Cómo se supone que debo argumentar ahora lo que ha visto? ¿Qué excusa puede sonar creíble? ¿Debería simplemente decirle la verdad… que me estaba recolocando los huevos porque la redecilla del interior del bañador me está haciendo una rozadura? Ni de coña.
—He dejado el móvil pillado con el maldito elástico y se me ha caído por dentro.
—Expulso una risita, la cual pretendo que suene a «cosas que pasan en la vida», pero creo que suena demasiado a «la explicación es mentira».
Apresurado, trato de buscar una distracción, algo que desvíe la conversación—. Oye, ¿y Maia?
—No ha llegado aún. Ella siempre tiene quince minutos de cortesía.
Perfecto. Hemos conseguido cambiar el asunto.
—Os descuido un segundo y ya me estás criticando, mala víbora —reprende la susodicha, acercándose a nosotros con el rabillo del ojo lleno de piedrecitas brillantes.
—No he dicho ninguna mentira.
—Eres una tarántula, Joshy.
Nos encaminamos hacia la playa, dejando el tema comprometedor a un lado. Salvado por la campana.
Cala Pi está atestada de gente. Y pese a que no sea un espacio demasiado grande, tampoco es minúsculo, por lo que se puede ver el gran tropel agrupado en el lugar.
Tratamos de hacernos huecos entre los grupillos hasta encontrar un sitio despejado en el que colocarnos los tres.
Dejo la bolsa sobre la arena y miro en derredor.
La mayoría de los chicos están ya descamisados e incluso con los torsos mojados por el agua.
No conozco mucho de estas tradiciones, pero estoy casi seguro de que no es signo de buena suerte meterse en el mar antes de la medianoche.
—Joan me dijo que le escribiera cuando llegásemos. ¿Qué le puedo decir?
—Que ya hemos llegado —contesta Josh, dejando sus cosas junto a las mías.
—Muy simple. Con los hombres hay que ser más directa. ¿Qué tal algo así como «¿Dónde estás, guapo? Estoy como loca por liarme contigo»?
— Demasiado directo —inquiere Josh, horrorizado por el mensaje que está a punto de enviar.
—No hace falta que le escribas. Yo sé dónde están.
—¿En serio? ¡Pues guíanos hasta ellos! —Maia guarda su móvil en el bolsillo y comienza a caminar entre la gente sin esperarnos. Llegado un punto, frena en seco y se gira—: Isaac, ve tú el primero que sabes dónde están. Además, eres más alto, seguro que consigues ver más allá de tetas y cuellos.
Me carcajeo y asiento. Me adelanto y tomo la voz cantante, dirigiéndome hacia el lugar en el que están.
No es complicado ubicarse en la cala, la conozco bastante bien después de las tres semanas que llevo trabajando en ella.
Además, mis compañeros no han tratado de buscar un sitio recóndito, inaccesible y lejos del resto. Ellos han decidido ser más sencillos.
—Allí están. —Señalo al verlos a los pies del puesto de control de socorrismo.
La profesión se lleva por dentro, o eso dicen.
Recortamos la poca distancia que nos separa y me dispongo a saludar a todos, incluso a los que no conozco—: Ey, ¿qué tal, chicos?
—Choco las palmas de mis manos con todos.
Aunque hay un tipo que no me suena de nada, ni siquiera de las reuniones del equipo que hemos tenido.
—Hola —saludan Maia y Josh a mis espaldas.
Se colocan junto a mí y dejamos nuestras cosas al lado de la de mis compis. No puedo evitar sorprenderme y sonreír al darme cuenta de que Elisa ha decidido venir.
—¡Pero, bueno…, Elisa! —La abrazo con fuerza, alegre de que esté aquí—. Al final has venido.
—Ya sabes cómo es Joan… Nunca para de insistir. —Se encoge de hombros en una actitud complaciente.
—Déjame que te presente. —Me hago a un lado—. Estos son Josh y Maia. Chicos, esta es Elisa, la mejor socorrista de Cala Pi.
—¡Después de mí! —exalta Joan, alzando el brazo y señalándose a sí mismo en algún punto del círculo que han hecho.
Su movimiento hace que se dispersen y terminen por girarse todos. Incluido el desconocido.
—¿Josh? —pregunta él con gesto desconcertado.
—¿Andreu? —Josh, que permanece a mi lado, contesta con un hilo de voz inestable—. ¿No sabía que ahora eras socorrista?
—Y no lo soy. Él sí. —Pasa su mano por el hombro de Dylan, otro de mis compañeros. Él también parece conocer a Josh porque enmarca una expresión de estupefacción—. ¿Qué haces aquí?
Desvío la atención hacia Josh que se ha quedado congelado ante su pregunta. Tiene los puños cerrados y los aprieta con fuerza, consiguiendo que sus nudillos se vuelvan blancos. Tiene los hombros tensos y una expresión que me confunde.
—Viene conmigo —me apresuro a decir, viendo que él no pretende contestarle.
—¿Qué te pasa, tío? Relájate un poco. —Joan también interviene, consiguiendo que ese tal Andreu le quite el ojo de encima a Josh.
—Lo que nos faltaba ya… —se queja Maia, cogiendo a Josh de un brazo y tirando de él hacia la orilla de la playa.
Me quedo estático durante algunos segundos, observando el ambiente.
No entiendo nada de lo que acaba de ocurrir, aunque parezco no ser el único.
Joan y Elisa también están igual de perdidos que yo.
Andreu mantiene el ceño fruncido aunque no está tenso, ni nervioso, solo algo sorprendido. Quizás debería de preguntarle a él directamente, pero no me importa en lo más mínimo nada de lo que tenga que decir. Me voy en busca de Maia y Josh, siguiendo sus pasos entre la multitud.