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PROTECTOR SOLAR PARA
SITUACIONES CANDENTES
JOSH
—V as a tener que explicarme con mayor detalle cómo Isaac terminó en tu cama ayer por la noche. —Eleva su dedo y lo coloca frente a mi cara—. No, de hecho, explícame, ¿por qué no te liaste con él? No encuentro mejor situación que tener a un tío en tu cama para lanzarte.
Estamos en la cola del quiosco para comprar tres helados de hielo, de los típicos de sabores básicos con un palito de madera. Cala Pi está atestada hoy por alguna extraña razón y la cola en la que ya llevamos un buen rato esperando no hace más que aumentar.
—No terminó en mi cama; se tendió sobre ella para ver el dibujo.
—Creo que es necesario prestar atención a las palabras que empleo.
La situación no se dio como consecuencia de algo, más bien era el medio—.
Sabes perfectamente que es la única forma de verlo bien.
—Avanzamos unos puestos más en la cola hasta quedarnos los segundos—.
No, no me lie con él. No lo conozco, Maia.
Ni siquiera sabemos si le gustan los hombres.
—Nadie es hetero en pleno 2026, Josh.
—¿Esa es tu teoría?
—Creo que la sexualidad es flexible. —Asiente, firme.
Llega nuestro turno y pedimos los tres únicos sabores que quedan. Maia se coloca las gafas de sol sobre la nariz y volvemos a nuestro hueco en la playa.
—¿Cómo llevas el Trabajo Final? —pregunta, desenvolviendo uno de los helados.
La miro de soslayo como si acabara de invocar al mismísimo Hades del infierno y estuviera emergiendo de entre la arena de la playa, con un bañador de plátanos y una sombrilla de líneas amarillas.
—Mal. No tengo nada de inspiración. Ni siquiera sé lo que mi tutor espera. ¿Un corto? ¿Un guion? ¿Un álbum de fotos?
—¿Por qué no pruebas a preguntarle? Quizás la idea de hacerlo sobre mí le parezca alucinante.
—Tengo miedo de que me recuerde la fecha de entrega.
—¿No la sabes ya?
—Sí, pero está oculta en algún lugar de mi calendario de Google.
El aviso me llegará quince días antes. Con eso me basta.
—Trato de no dejarme llevar por los demonios de mi cabeza que se encargan de dejarme claro lo irresponsable que estoy siendo con el maldito trabajo de las narices.
Pero es que no puedo forzarme. No puedo dejar de pensar que, después de terminarlo, no habrá nada más determinado.
Dejaré de ser estudiante y me esperará una gran acumulación de nada.
¿Qué hace la gente cuando termina la carrera y no tiene experiencia en su sector, o en ninguno?
—. ¿Debería hacerme un perfil de LinkedIn?
¿InfoJobs sigue usándose o ya está pasado de moda?
—¡No, por Dios, LinkedIn, no! El marco de la foto de perfil no favorece a nadie, Joshy. No pases por eso…
—Algo tengo que hacer, Maia. Cuando termine el verano…
—Sigue mi consejo. Mírame —Se señala con una bravuconería que me arrebata una sonrisa—, yo tampoco tengo ni puta idea de lo que será de mí en septiembre, pero, después de cuatro años de mierda en la carrera, lo que menos me apetece es empezar a preocuparme por el futuro.
—No puedo. Sabes que no puedo. —Yo, y mi absurda idea de que el mundo se acabará en media hora y debo tenerlo todo asegurado, cogido con hilos fuertes de los que no puedan desprenderse.
—Inténtalo. Deja de preocuparte tanto por todo —claudica, sentándose sobre su toalla cuando llegamos a nuestro lugar. Guarda su monedero en la mochila y me observa. Me he quedado impertérrito ante su respuesta.
—¿Nunca te has planteado ser psicóloga, Maia? Arreglas vidas con solo pronunciar dos palabras.
—El tono irónico que detecto en tu voz me hace pensar que te estás burlando de mí, pero lo dejaré pasar porque quizás ese helado de melón te está congelando el cerebro demasiado rápido —afirma con un tono asertivo.
Me siento sobre la toalla, a su lado y me quedo observando el romper de las olas en la orilla. De un momento a otro, siento la presencia de alguien sobre nosotros, como si nos estuvieran observando desde arriba. Antes de que pueda darme la vuelta y mirarlo, su voz se cuela entre ambos.
—¿Cómo vais? —Es Isaac.
—¿Ya has terminado? —pregunto, colocándome sobre la arena.
—Sí, acabo de hacer el cambio de turno.
Bajo mis ojos por su cuerpo con la mayor sutileza del mundo.
De hecho, si no fuera porque Maia me conoce a la perfección, Isaac ni se hubiera dado cuenta de que acabo de escanearlo de arriba abajo.
En silencio pero sagaz. Mi amiga se carcajea y me delata como la traidora que es.
El chico repara en la dirección de mis ojos, aunque no dice nada, se limita a agacharse ante nosotros y coger el helado que le hemos comprado en el quiosco hace apenas unos minutos.
—Muchas gracias. Estoy asado de calor.
—¿Perdona? —Maia alza sus gafas de sol antes de dejar de prestarnos atención. Ladeo la cabeza hasta toparme con la causa de su estupefacción. Un chico de piernas kilométricas acaba de sentarse sobre la silla de control en la que estaba antes Isaac—. ¿Quién es ese rubio?
—Joan, uno de mis compañeros de trabajo.
—¿Edad? ¿Es de aquí? ¿Novia? ¿Novio? Necesito información, Isaac.
—La misma que la mía, creo. Sí. No lo sé —contesta él, burlesco con la actitud de Maia.
—¿Y cuál es tu edad? —pregunto yo, aunque sé que Maia no tiene ningún tipo de intención de saberlo. A mí me parece un dato curioso.
—Veinticinco.
No hay margen para sorprenderse, ya que mi amiga se encarga de acaparar mi interés.
Se levanta, acomoda los mechones revoltosos de su cabello, esos mismos que salen desperdigados sin rumbo fijo cuando la leve brisa la golpea y lanza el palo de su helado a la toalla.
—Tendré que descubrir si está soltero o no —masculla antes de caminar decidida hacia el chico que parece desconectado de lo que está sucediendo en la playa.
—Qué determinación —dice Isaac, sacando un bote de crema del interior de la mochila que trae consigo.
No sé en qué momento yo también me he levantado, pero estoy frente a él cuando desliza su mano hasta el dobladillo de su camiseta amarilla y se la quita en un movimiento impoluto.
Su torso queda completamente al desnudo frente a mí y, pese a que mi mente me grita con pelos y señales que no lo mire, mis ojos son débiles y el calor del verano me ablanda tanto que termino reparando en el pequeño lunar que tiene justo en el centro del pecho.
«Qué precisión para colocar un lunar ahí».
Pasados unos segundos, presa del pánico, el descaro y un calor interno que comienza a recorrerme, retiro mis ojos de su abdomen y me fijo en que Maia sigue hablando con ese tal Joan, que parece igual de encantado con la conversación como ella. Supongo que ha encontrado su match .
—¿Josh, me ayudas? —La voz de Isaac me aclama y vuelvo a fijarme en él.
Su cuerpo sigue a la misma distancia, las gotitas de sudor siguen deslizándose por sus hombros y, lo único que ha cambiado es que su mano ahora está frente a mí, con el bote de crema entre los dedos—: ¿Me ayudas a extendérmela por la espalda? No quiero quemarme.
Dudo si echarme a reír ante sus palabras.
Titubeo porque pienso que se está quedando conmigo, que esto es una de sus bromas, pero no.
¿Quién iba a hacer una broma así? Sería la peor de las mofas.
No sé qué expresión es la que adopto. No sé si es de circunstancia, de peligro, de estupefacción o simplemente puede leer entre mis cejas la indecisión.
—No es obligatorio hacerlo, ¿eh? Puedo pedírselo ahora a Maia cuando vuelva.
¿Por qué me iba a importar tocar la piel de Isaac? ¿Por qué me iba a importar untarle la crema por el cuerpo? No es una labor titánica. No soy Hércules tratando de completar una de sus tareas. Es restregar crema y punto.
—¿Qué? No. No te preocupes.
Acepto el bote y él asiente mientras se gira, dándome la espalda.
«Hazlo rápido». Maldita sea, ¿qué es lo que me preocupa tanto de esta situación?
No encuentro la respuesta, pero soy más que consciente de que estoy a punto de hervir como el agua, de convertirme en vapor, porque siento mi piel ardiendo como el mismo magma terrestre.
Echo un poco de producto en mis dedos y lo esparzo por sus hombros; decido bajar poco a poco, asegurándome de que cada recoveco queda cubierto y protegido.
Tiene la espalda musculada, se nota que pasa varias horas al día nadando.
Pero no me permito deleitarme con ello, continúo con mi objetivo sin perder el foco.
Llego a las lumbares y me topo con dos hoyuelos adorables que terminan perdiéndose por el bañador.
Me obligo a retirar la mirada antes de seguir con el recorrido que forma su piel.
—Ya está —anuncio, retirándome algunos pasos y devolviéndole el bote.
Isaac se vuelve a girar y, antes de que pueda decir algo, Maia se acerca a nosotros con una sonrisa de oreja a oreja y una expresión de entusiasmo.
—Qué bueno está —nos dice, llevándose la mano al pecho—. Y qué guapo es. Hemos quedado mañana en las hogueras.
—¿Ya? ¿Así de fácil? —Cada vez me sorprende más la habilidad de mi amiga para ligar con alguien.
—Sencillo y práctico.
—A mí me vendría genial ser así de resolutivo —interviene Isaac, adentrándose en la conversación.
—Me ha dicho que irá con los chicos del socorrismo, así que tienes que colarnos entre ellos —advierte, no dándole cancha a una negativa.
—Casi no los conozco, pero vale. Veré qué puedo hacer —contesta, quitándose la gorra que lleva sobre la cabeza y lanzándola a la arena.
Se acerca a su mochila y comienza a hurgar en el bolsillo pequeño—.
Toma, Josh, antes de que se me olvide. —Me tiende algo entre las manos y tiene unos dedos tan largos que, hasta que no muestra la palma, no puedo adivinar lo que es—: Al final lo conseguí. Mi hermana no opuso resistencia.
—¿Un regalo? —No hace falta que mire a mi amiga para saber que está sonriendo con picardía. Me basta con escuchar su tono sugerente para conocer cuáles son sus intenciones.
—Muchas gracias, Isaac. —Cojo el broche y lo pongo en una de las asas de mi mochila, dejando a un lado la reacción de Maia. Lo mejor es no darle demasiada cabida para que no siga alimentando sus ideas tenebrosas; y así, con algo de suerte, pare de alimentar las mías.
—No hay de qué. —Creo que me guiña un ojo. No, no lo creo , estoy seguro. Lo hace de una manera sagaz, pero soy capaz de verlo—. Bueno, qué, ¿nos damos un baño?
Aceptar su propuesta es probablemente una de las mejores decisiones que hago en la vida.
No solo porque el sudor me recorre la médula, sino porque mi cuerpo está llegando a unas temperaturas demasiado elevadas y temo deshacerme aquí, delante de él.
No quiero darle a Maia un motivo más para incentivar un posible romance entre los dos.
Suficiente tengo con mis problemas, como para añadir otro más a la lista.
—Qué cara más dura tienes, Joshy —murmura ella cuando el chico echa a correr hacia el agua—. Te regala algo y no eres ni por darle un besito.
—¡Maia! — Le golpeo el brazo y corro hacia el mar antes de que pueda continuar incentivando mis ideas.