Romance de verano para chicos perdidos 5
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EL SUTIL ARTE

DE LA SORPRESA INESPERADA

JOSH

L a puerta se abre de par en par y la humedad nocturna se cuela en el interior de la casa.

Observo los rostros afables de los invitados que mi abuela ha decidido traer esta noche y, pese a que ninguno me suene, hay uno que destaca entre el resto.

Isaac está ahí plantado, justo detrás de una niña que lleva el pelo recogido con una felpa y que le llega a la altura de la cintura.

Sonrío al reparar en su presencia porque él también lo está haciendo.

—Bienvenidos, pasad. —Mis abuelos se hacen a un lado y yo hago lo mismo—. ¿Qué tal todo, David? —le pregunta al hombre, que supongo será el amigo de la infancia de mi madre, el mismo al que se ha encontrado esta mañana en el mercado.

—Muchas gracias por la invitación, Margaret. Estos son Raquel, mi mujer, Isaac y Flora, mis hijos.

—Encantados de conoceros a todos —contesta mi abuela con un gesto tierno al percatarse de la niña, que está algo cohibida tras la pierna de su madre—.

A Henry ya lo conoces, y ese es Josh, el hijo de Lily.

Viene a pasar todos los veranos con nosotros.

—Mi abuela me coge el brazo y me reconforta con su mano—: Esperemos que nunca se canse de hacerlo.

—Por supuesto que no —me apresuro a aclarar. Nunca dejaría de venir a Mallorca, ni aunque me ofrecieran una estancia veraniega en otro lugar paradisiaco—. ¿Qué tal? —les digo a los invitados con una sonrisa.

—Muy bien. —Isaac es el primero en contestar y lo hace con una cordialidad increíble.

Su madre nos mira a ambos y luego abre la boca sorprendida.

—Así que este es el Josh del que tanto hablas —confiesa en un tono dubitativo.

—¡Mamá! —reclama él, levemente abochornado.

—¿Qué? Solo quiero asegurarme. Encantada de conocerte, Josh. Te pareces mucho a tu madre. —La mujer me propicia dos besos en las mejillas y yo hago lo mismo, sin olvidar el comentario que acaba de hacer.

Terminamos trasladándonos al jardín exterior para cenar. Isaac se sienta junto a mí mientras el resto lo hace a nuestro alrededor.

—No tenía ni idea de que nuestros padres se conocían —afirma, inclinando su cuerpo levemente en mi dirección.

—Yo tampoco. Ha sido una sorpresa para los dos.

Él asiente y vira su cabeza para aceptar el vaso que mi abuelo le tiende.

—Tienes una casa preciosa. Ya me lo pareció ayer por fuera, pero…

por dentro es increíble. Los cuadros del pasillo son chulísimos.

—Me agrada que se haya fijado en los detalles de la de coración.

Yo suelo hacerlo cuando entro por primera vez en un sitio y, pese a que algunos piensen que es de psicópata, me reconforta no ser el único.

—Los ha pintado mi abuelo. —Lo señalo con la barbilla—. Cuando era joven, se dedicaba a la pintura, ahora es más un pasatiempo.

—Tiene mucho talento.

—Sí. Sí que lo tiene.

La cena progresa con conversaciones en las que termino entendiendo que David, el padre de Isaac, era uno de los mejores amigos de mi madre en el colegio, por eso ha tenido siempre una relación tan estrecha con mi abuela.

Hasta antes de mudarse a Vigo, se veían casi todos los días por la ciudad.

Ahora, después de que su madre hubiera fallecido, se habían mudado a la que era su casa con la esperanza de encontrar un buen trabajo.

Me percato de que, pasadas las once, Flora, la hermana pequeña de Isaac, está dando cabezadas de un lado hacia el otro, casi a punto de partirse la crisma contra la mesa en uno de los movimientos. Y no puedo evitar sonreír al verla.

—Flora, ¿quieres tenderte en el sofá? —le propongo, viendo que su vida peligra en escasos segundos.

—No… Da igual —contesta, somnolienta.

—Te vas a hacer daño en el cuello, cariño. ¿Vamos al sofá? —Raquel, su madre, la toma de la mano y la acaricia, haciendo que se despierte levemente.

—Yo la llevo. No te preocupes. —Isaac se levanta de la silla y coge a su hermana en brazos. Al principio, creo que va a oponer resistencia, pero finalmente se abraza al cuello del chico y se duerme en su hombro—. ¿Me dices dónde está el salón? —pregunta, bajando el tono para no molestarla.

—Te acompaño. —Me coloco a su lado y me adentro en la casa hasta llegar a la habitación—. Aquí la tienes.

Entramos a la vez y se acerca al sofá con un paso lento, delimitado, tratando de no moverse demasiado para no zarandearla. Deja el cuerpo de su hermana sobre los cojines y, pese a que haga calor, la tapa con una manta fina hasta la cintura. Le da un beso escueto en la frente y me sonríe.

—Gracias por acompañarme. ¿Tenías miedo de que me perdiera con tus indicaciones? —No sé cómo tomarme la pregunta pero, teniendo en cuenta el gesto divertido que se instaura en su rostro, no tardo en pillar la broma.

—Sí, es que la orientación no es lo mío. Eso y la natación son mi talón de Aquiles.

Se carcajea y niega con la cabeza. Estamos a los pies de las escaleras, y me percato de que sus ojos viajan a algo que hay detrás de mí. Observa los cuadros de mi abuelo con precisión, queriendo ver todos los detalles.

—Puedo enseñarte la casa, si quieres. Hay más dibujos —le propongo, sintiendo de repente una necesidad impropia de pasar más tiempo con él a solas.

« Maldita, Maia , ha conseguido colar sus ideas en mi mente».

Aunque me arrepiento casi al segundo cuando veo en sus ojos cierta sorpresa.

Trato de mostrarme lo más determinado posible, pero creo que el repiqueteo de mis dedos contra mis piernas me delata.

Me veo en la obligación de inventar algo para justificarme—: Estoy cansado de las conversaciones que están teniendo sobre la crisis y el país.

—Está bien. —Adelanta su mano y señala el pasillo, dejándome que yo vaya el primero.

Empiezo a enseñarle la planta baja, en la que está el recibidor, la cocina, el salón, el estudio de mi abuelo, un baño y la puerta del desván.

Subimos las escaleras hasta la segunda planta y le explico en detalle cada uno de los cuadros que hay expuestos.

A él le llama la atención el último, en el que sale un niño tendido sobre la orilla del mar.

—¿Eres tú? —intenta saber, frunciendo el ceño mientras entrecierra los ojos en un amago de poder verlo con mayor nitidez.

Asiento justo cuando roza con su dedo el cuadro y lo hace tambalear sobre la pared.

—¡Uy! —exclama, presa del pánico.

En un movimiento automático, extiendo mis brazos hacia el frente, consiguiendo que mis manos se topen con las suyas a mitad de camino. Ahora, mis brazos están sobre los suyos, formando un amasijo.

—Perdón —contesto a la misma vez que los retiro con rapidez, incómodo y un tanto ruborizado por el contacto.

—No te preocupes. Podemos fingir que no acabas de intentar tirarme por las escaleras —bromea, tratando de recobrar la normalidad de la situación.

—¿Tan evidente he sido? —le sigo la corriente aunque de una manera un tanto alterada.

—Me has puesto las manos en el pecho y has hecho presión. ¿Estabas intentando vengarte de mí por decirte que deberías tomar clases de natación?

—Más bien por comerte la última croqueta.

Se lleva las manos a la cara, fingiendo aflicción.

—¿La querías tú? —También finge un tono preocupado. Se le da bien eso de bromear—. Lo siento mucho. Sé lo importante que son las croquetas en la sociedad moderna. Ha debido de ser duro.

—No te lo puedes imaginar… —Yo soy un cuadro. No de los que tenemos a las espaldas, sino de esos a los que se les dan catastróficamente mal vacilar, así que, fiel a mi patanería, termino expulsando una risita que rompe la situación.

Él desiste en el intento por mantener la tensión y se ríe también.

Nos quedamos plantados en la zona alta de las escaleras, mirándonos bajo la luz tenue del pasillo, y empiezo a sentir un calorcillo embriagándome cuando sus ojos se topan con los míos.

Tiene motitas oscuras pese a que el resto del iris es color miel.

—¿Seguimos? —Intento no sonar demasiado hosco precipitando el momento.

—Sí. —Baja un escalón, separándose de mí, y tomo esa ventaja para entrar en el pasillo de la planta superior y continuar enseñándole el resto de la casa.

Finalmente, el último destino es mi habitación.

Entro primero y él lo hace con pies de plomo, cauteloso con mi intimidad.

Lo animo con un movimiento de mano a que entre del todo y comienza a pulular por el dormitorio.

El espacio es bastante amplio, no me puedo quejar.

Hay solo unos cuantos muebles, lo que propicia esa sensación de mayor magnitud.

Se acerca al escritorio y pasa los dedos por él.

A un lado de mi portátil, observa el cuaderno en el que intento volcar mis ideas —y mi frustración—; se le queda mirando unos segundos antes de dejar escapar una sonrisilla complaciente.

—¿Un capibara con gafas de sol? —No hace falta que tome el cuaderno para saber que se refiere al diseño animal de la portada.

—Es mi animal favorito.

—Ya veo. —Gira su cabeza hacia la cama y ve el peluche. Es otro capibara, solo que este tiene una rosa en la mano.

Se adentra por el recoveco que hay entre la ventana y el colchón y, cuando creo que ya no hay nada más que pueda observar, su mirada se posa sobre el techo, percatándose de la existencia del dibujo.

—¿Y eso? ¿También lo pintó Henry?

—Sí.

No sé qué es lo que se apodera de mí, pero termino recostándome sobre la cama, esperando a que él haga lo mismo.

Es la forma más sencilla de poder observar el dibujo con plenitud.

Le lleva varios segundos decidirse. De hecho, en su cavilar, dudo si ha sido buena idea tenderme en el colchón en plan instinto básico; solo me falta deshacerme de la ropa para darle a entender algo inequívoco.

Sin embargo, algo le hace decidirse y termina cediendo.

Su peso vence los muelles, que chirrían al sentirlo, no estando acostumbrados a dos cuerpos.

—Lo pintó cuando yo era un bebé.

—¿Y cuánto tiempo hace de eso? —Un movimiento muy certero e interesante para descubrir mi edad.

—Veintiún años.

Isaac asiente, satisfecho y coloca las manos a la altura de su pecho antes de virar su cuerpo y sostenerse sobre su costado, extendiendo su brazo por la almohada, girándose completamente hacia mí.

Siento su respiración en mi oído y la calidez me eriza el vello del cuerpo.

Se mantiene en silencio durante algunos segundos, supongo que esperando a que yo haga lo mismo.

Con indecisión y un poco de torpeza, termino haciéndolo yo también.

—¿Soléis veros Maia y tú cuando no es verano? —pregunta a bocajarro, de una manera banal que me hace relajarme.

—No. De hecho, cuando éramos pequeños, pensaba que se olvidaría de mí durante el invierno. Pero nunca ha pasado, hasta el momento. Ni estos dos últimos años en los que no nos hemos visto.

Él esboza una sonrisilla que, debido a la cercanía, siento sobre mí. La luz tenue de las lámparas del pasillo refleja sombras a lo largo de su cuerpo, creando penumbras en otras zonas.

—¿Y tú, echas de menos a tus amigos de Vigo?

—Echo de menos la ciudad. Aunque Palma de Mallorca es bastante similar, quitando el turismo masivo y las playas tan limpias.

—¿Y tu vida allí?

Se detiene algunos segundos antes de responder y, finalmente, dice:

—La que tengo aquí es mejor. —Por el tono que emplea, deduzco que no es un tema por el que continuar conversando, así que dejo de insistir.

Desde abajo, la voz de su madre nos alerta a ambos de que ya es hora de terminar con la noche. Se levanta de la cama con lentitud, sin apartar los ojos de mí, dejando sobre las sábanas la figura de su cuerpo delimitado.

—Me lo he pasado muy bien, Josh —prorrumpe antes de salir de mi habitación, girándose sobre sí mismo.

—Yo también —confieso, jugueteando con el dobladillo de mi camiseta.

Siento la imperiosa necesidad de pedirle algo, de crear alguna forma de conexión entre ambos porque, después de estar tan a gusto con él esta noche, no quiero dejarlo ir tan fácilmente.

Tomo una bocanada de aire y, antes de que ponga un pie fuera, lo suelto, sin más, fingiendo una despreocupación que huele a fingida desde kilómetros.

Solo espero que él no pueda notarlo—: Oye, Isaac…

, ¿me das tu número? Así podré avisarte si Maia y yo hacemos algo.

—Ladeo la cabeza y cambio el peso de mi cuerpo de una pierna a otra, de latando un nerviosismo que de seguro me hace parecer estúpido.

Su rostro muestra una grata sorpresa y se apresura a asentir con la cabeza, sacando el móvil de su bolsillo.

—Claro. Sí. —Me tiende el dispositivo—. Anótalo tú.

Antes de que pueda notar mi imprecisión, saco el mío y se lo tiendo con la aplicación de contactos abierta. El intercambio no dura demasiado, lo suficiente como para que pueda poner los dígitos y mi nombre en su agenda.

—Perfecto —contesta él, tomando su teléfono.

—Genial —digo yo, cogiendo el mío.

—Nos vemos, entonces, Josh.

Contesto algo que ni siquiera soy capaz de reproducir porque la boca me balbucea sola y se fija en el pecho del chico, que sube y baja con parsimonia a través de la camiseta. Cuando se marcha, la normalidad vuelve a recobrarme y me maldigo por ser tan imbécil.

Estoy a punto de meterme en la cama luego de haberme cepillado los dientes, cuando me llega un mensaje. La pantalla ilumina toda mi habitación sumida en la oscuridad.

ISAAC

Ey, soy yo, Isaac…

Perdón por las horas, pero me acabo de acordar de ti .

Imagen .

La abro, determinado, y me toma varios segundos poder discernir todo lo que hay. Es una habitación, a juzgar por la cama que se puede ver a un lado, será un dormitorio. También se ven unos dedos, intuyo que de su mano, los cuales sostienen una especie de broche en forma de capibara.

JOSH

¡Hola!

Jaja, qué gracioso.

Ahora me has hecho querer uno.

ISAAC

Son de mi hermana.

Voy a ver si puedo convencerla para coger uno.

JOSH

No hace falta!!

Era broma.

ISAAC

Voy a sobornarla con más cuentos por las noches,

así seguro que acepta.

Te la daré la próxima vez que nos veamos ;)

JOSH

Vale.

Espero que vaya bien tu misión :)))