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UNA INVITACIÓN INDECENTE
E INESPERADA (II)
ISAAC
L lego a casa con una sensación extraña aflorando en mi abdomen.
Cierro la puerta de mi habitación detrás de mí, y me deshago de la ropa hasta quedar en calzoncillos.
Me recuesto sobre la cama y me dedico a observar el techo mientras trato de recobrar el sentido después de unas cuantas cervezas.
Creo que voy borracho. Quizás no tanto, solo un poco achispado.
Desde luego, estoy bajo la influencia del alcohol porque no soy capaz de enfocar con nitidez las luces que se cuelan por las rendijas de la ventana.
Cojo el móvil y busco en Instagram el perfil de Josh.
En algún punto de la noche, recuerdo que me ha mencionado su apellido, Brown, o algo parecido; así que, pruebo suerte y me sale el primero.
No suelo usar mucho las redes, pero de vez en cuando me gusta otear la vida de otros.
Entre recuerdos, algún que otro stalkeo y, propiciado por el efecto secundario del alcohol, termino cayendo en el sopor.
A la mañana siguiente, es la alarma del teléfono la que me avisa de que ya es hora de despertarme.
Entro a las diez y media al trabajo, y tendré que estar en la cala hasta pasadas las seis, por lo que debo comenzar a prepararme cuanto antes.
Detengo el sonido estridente que continúa retumbando en mis oídos aun cuando decido darme una ducha fría y rápida para despertar a mi cuerpo.
Bajo a la cocina con prisa y me topo con mis padres y mi hermana.
—Buenos días, familia —saludo, terminando de colocarme la camiseta del uniforme.
Mi padre está leyendo el periódico con atención; supongo que lo que mantiene su concentración tan absorta es la sección de ofertas de empleo en la que parece redondear algo con un rotulador rojo.
Mi madre acaba de sacar dos rebanadas de pan de la tostadora y vierte el resto de la cafetera sobre una taza.
—Buenos días, cariño. Aquí tienes el desayuno. Queda poco pan, pero si quieres puedo hacerte más.
Me apresuro a negar y acepto lo que me ofrece.
No nos podemos permitir comprar más comida hasta la semana que viene, así que debemos tirar con lo que nos queda.
Pese a que intento hacer todas las horas extras que puedo, no puedo sobrepasar un límite legal de trabajo, así que se nos está haciendo un poco dura la mudanza.
—¿Qué tal ayer la cena?
—Muy bien. Josh y Maia son majísimos, y la cena estuvo buenísima. Me lo pasé genial. —Es raro que yo profiera tales palabras, por eso creo que tanto mi madre como yo nos sorprendemos al oírme.
—Anoche no viniste a contarme el cuento, Isaac… —dice Flora con el rostro entristecido.
—Lo siento. Esta noche te contaré dos, ¿trato hecho? —Extiendo mi brazo y hago un puño con la mano para que ella lo choque. Al principio, he creído que no habría forma de convencerla, pero termina sucumbiendo a mi encanto, y acepta mi propuesta.
Antes de que se haga aún más tarde, salgo pitando de casa con la mochila en la espalda y la gorra sobre la cabeza.
Cala Pi queda a unos veinte minutos andando desde casa y, pese a que siempre intento salir con bastante margen de tiempo, hoy no ha sido el día.
Así que, debo correr con agilidad si quiero llegar antes del cambio de turno.
Debo esquivar coches, ancianas, autobuses y hasta a un grupo de música que está deleitando a los que pasean por el puerto marítimo con sus canciones.
Llego a las 10:28, dos minutos antes del fichaje y el cambio.
Joan, uno de mis compañeros, está sobre la silla con una pose despreocupada, observando el horizonte como el que ve llover, sin sentir ni padecer.
—¡Joan, tío! —exalto desde la parte baja de la zona de control, tratando de llamar su atención. No me lleva demasiado darme cuenta de que no tiene la mirada perdida, sino que se ha quedado dormido. En pleno turno. Nos van a matar—. ¡Joan, despierta!
Desisto en el intento de que mi voz vaya a despertarlo y subo las pequeñas escaleras hasta la parte alta. Le golpeo la pierna y él da un respingo que casi consigue precipitarnos a los dos.
—Te has quedado frito —reprendo, viendo la hora. Es el momento de que hagamos el cambio y la evaluación.
—¿Yo? Qué va. Son ilusiones tuyas. Estaba… descansando los ojos.
Se pone en pie y comienza a recoger las pocas cosas que ha traído consigo mientras empieza a narrarme las advertencias:
—Hay muchas gaviotas y parece que la marea va a subir a lo largo de la tarde. No ha habido ningún accidente en toda la mañana, pero quién sabe… la gente se vuelve loca los martes por la tarde. —Bromea, quitándose las gafas de sol—. Mucha suerte. Nos vemos mañana.
—Adiós. Descansa.
—¿Más? No creo que pueda pegar ojo en toda la tarde.
Vuelvo a reír y me incorporo en la silla, cogiendo los binoculares y aprovechando la baja densidad de personas en la playa para echar un ojo antes de ponerme cómodo para el turno.
No avisto ninguna posible muerte en el horizonte, por lo que me relajo antes de sacar mi móvil y echarle un último vistazo antes de comenzar a trabajar.
Josh me ha seguido de vuelta hace cosa de unos minutos.
Me permito stalkearlo una última vez por encima, siendo precavido de que nadie pueda verme enfrascado en el móvil.
Tiene varias historias destacadas con paisajes, animales y cosas aleatorias.
Sus publicaciones están llenas de vídeos grabados con lo que parece una cámara analógica.
Muestra poco su rostro, pero termino encontrando una imagen en la que sale él.
Está en Palma. No es que reconozca el entorno, es que lo especifica en la ubicación que hay encima de la foto.
—¡Perdona! —Alguien llama mi atención desde el suelo, alzando la mano. Asomo la cabeza levemente y veo a una señora acompañada de una niña—. A mi hija le ha picado una medusa y no sabemos qué hacer. Le hemos hecho pis encima pero no se le quita el escozor.
—Está bien. Veamos lo que podemos hacer… —Bajo de la zona de control y me agacho ante la niña, reprendiendo las maldiciones que pasan por mi cabeza al escuchar el pésimo método que han empleado para atenuar el dolor.
Termino el turno cerca de las seis y media de la tarde cuando hago el último relevo del día con Elisa, otra de mis compañeras.
Le doy la información necesaria sobre cómo ha progresado la tarde, destacando las picaduras de las medusas que han llegado a la orilla como consecuencia de la marejada.
Le advierto de que el mar parece tener un poco de resaca y bastante fuerza en el devenir de la ola.
Pongo rumbo a casa sintiendo las mejillas coloradas por el sol. Tal vez debería haberme echado más protección solar.
—Ya estoy aquí —anuncio al llegar, dando un largo suspiro. Estoy cansadísimo.
—Hola, cariño. ¿Qué tal ha ido? —Mi madre aparece en el recibidor con Flora de la mano. Mi hermana pequeña tiene el pelo mojado y va completamente vestida como si fuera a salir.
—Bien. ¿A dónde vais?
—Vamos a cenar a casa de una amiga del colegio de tu padre —anuncia ella, cepillando los cabellos rebeldes de Flora mientras la niña hace muecas exageradas.
—¿Hoy? —Bufo, dejando las chanclas en el pasillo y caminando hasta mi habitación. Estoy destrozado—. ¿Puedo no ir?
—Ya le hemos dicho que iríamos los cuatro, cariño. Solo serán unas horas. Nos volveremos pronto, te lo prometo.
Me dejo caer sobre el colchón aun sabiendo que estoy impregnado de salina y que tengo arena hasta en las pestañas, pero ahora mismo solo deseo que la cama me engulla.
—Échate una siesta si quieres. Aún tenemos que prepararnos papá y yo.
—Vaaale. — Arrastro la primera vocal con un tono infantil.
Lo que menos me apetece en ese momento es tener que ir a casa de unos desconocidos a fingir que sé algo sobre ellos.
Aunque he de reconocer que me alegra saber que mis padres están intentando rehacer su vida en la isla.
Sé que mudarnos desde Vigo ha sido un gran paso para ellos, uno inevitable.
Despidieron a papá y la abuela murió a los pocos meses, dejándonos en herencia esta casa…
Allí no teníamos posibilidad alguna, así que todo se encaminó para que nos mudáramos aquí.
Papá ha crecido en Palma y parece tener algunas conexiones aquí; y pese a que no le han servido de demasiada ayuda hasta el momento, confiamos en que pueda encontrar algún trabajo.
No sé en qué momento ocurre, pero termino quedándome dormido y, al despertar, solo veo el rostro de Flora observándome con una sonrisa pícara.
—Hola, enana. —Me reincorporo sobre el colchón y me acaricio la sien, tratando de despejarme un poco y poder volver a la vida después de la siesta.
Flora no me contesta, de hecho, se queda en silencio demasiado tiempo —.
¿Qué has hecho, mocosa? —Es de primero de hermanos capullos saber que cuando se callan durante tanto tiempo, es que han cometido algo terrible.
—Nada… —pronuncia con una falsa inocencia que me crispa los nervios. Comienzo a mirar a mi alrededor pero no reparo en nada fuera de lo normal. No me ha echado nada encima, ni me ha dejado algo sobre la cama.
—Flora… —advierto, alzando el dedo y amenazándola con él—: Dime qué has hecho o te quedarás sin cuento esta noche otra vez.
La expresión de su rostro cambia de repente y esboza una decepción profunda.
—Estás más guapo con bigote —termina diciendo entre dientes. Me encanta que las amenazas sigan surtiendo efecto en ella.
Me levanto como un resorte de la cama y voy corriendo al baño, me miro en el espejo y veo lo que me ha hecho en la cara.
Me ha dibujado un bigote rizado sobre los labios.
Podría reprenderle y enseñarle que esto no debe hacerse, pero me hace gracia lo granuja que es, así que me limito a reírme con ella cuando entra al baño conmigo.
—¡Isaac tiene bigote! —canturrea con un deje divertido.
—Eres un bicho malo, enana.
—¡Flora, ven que te ponga la felpa! —la llama mi madre desde la planta de arriba.
Mi hermana chasquea la lengua y rueda los ojos con un deje divertido.
—Venga, ve, que tengo que prepararme.
Flora me deja solo en el baño y yo me meto en la ducha. Acto seguido, comienzo a vestirme y trato de poner mi mejor cara cuando salimos de casa en dirección al lugar en el que vamos a cenar. No sé mucho de la mujer de la que mi padre habla, tan solo que su hija solía ir al colegio con mi padre.
El camino es corto y, a medida que nos acercamos a nuestro destino, las calles me resultan más familiares. Y eso es muy extraño.
—Aquí es —anuncia mi padre, deteniéndose frente a la puerta y llamando al timbre.
Cuando quiero darme cuenta de dónde estamos, una señora de rostro amable sale a recibirnos con una sonrisa. Junto a ella, un hombre de pelo grisáceo la abraza por la cintura, y tras ellos, unos ojos reconocibles me observan con sorpresa.
Creo que ninguno de los dos se esperaba esto.
Estamos en casa de Josh .
Él me mira con el ceño fruncido, sin entender nada.
Los dos estamos igual de perdidos.