3
UNA INVITACIÓN INDECENTE
E INESPERADA (I)
JOSH
R ecogemos nuestras cosas con agilidad, ahora mismo solo deseo enterrarme en la arena de la playa y dejar que la marea me lleve océano adentro.
Maia no para de reírse como si la situación le resultase digna de una comedia.
Abro la mochila que he traído conmigo, y meto el protector solar, las gafas de sol, la gorra y, finalmente, la toalla que acabo de sacudir.
—¿Por qué tienes tanta prisa, Josh? —pregunta al escuchar mi tercer gruñido.
—¿En serio, Mai? Porque me muero de la vergüenza. ¿Cómo se te ocurre tirarle fichas?
Mi amiga se anuda el pareo alrededor de la cintura y recoge su pelo en un moño desenfadado que termina moviéndose al son del vientecillo que se ha levantado. Aún tengo el bañador mojado por lo que debo luchar contra mí mismo para no tiritar.
—Yo no le he tirado nada. —Alza su dedo índice y me señala con él—. He hecho un movimiento a tu favor. Estaba claro que te estaba devorando con la mirada, Joshy.
—¿A mí? —Chasqueo la lengua, y cojo las chanclas antes de adelantarme a caminar hacia los tablones de madera que conducen hasta la zona asfaltada.
—Sí, a ti. Así que, como buena amiga que soy, he decidido poner las cartas sobre la mesa.
—¿Invitándolo a una cena en la que estarán tus padres y mis abuelos?
—Invitándolo a una cena en la que tú también estarás. Y podrás hablar con él y… no sé, quién sabe. Es verano, Joshy, suéltate el pelo. Alócate.
—La última vez que pasé el verano con alguien terminó de la peor manera posible —expongo, recordando una de mis peores experiencias románticas.
Tampoco es que haya habido muchas, pero las suficientes como para poder catalogarla entre el top 3 de las más desastrosas.
De hecho, creo que encabeza el ranking .
—Porque Andreu es un imbécil —dice, defendiendo a Isaac como si lo conociera de toda la vida. Llegamos a esa parte del camino en la que nuestras direcciones se separan por apenas metros—. Nos vemos luego. Ponte guapo para tu cita.
—Te odio.
—Me amas.
—Jamás he dicho tal cosa.
—Ya me lo dirás cuando te hayas liado con el socorrista. —Me guiña un ojo y yo saco las llaves de casa del bolsillo pequeño de la mochila.
¿Dónde narices me habrán metido?
Me anudo los cordones de los zapatos y repaso por última vez los rizos enmarañados de mi pelo.
Es una auténtica odisea poder controlarlos con tanta humedad en el ambiente y, pese a que ahora trate de adecentarlos, sé que llegará algún momento del verano en el que desistiré e iré sin peinarme a todas partes.
Aunque intentaré aplazarlo lo máximo posible.
Mis abuelos aparecen detrás de mí, ya preparados para irnos.
—¿Listo, honey ? —pregunta mi abuela, quitándome una pelusilla del hombro.
—Sí. —Hurgo en mi bolsillo y saco del interior mis llaves—: Yo también me las llevaré. No sé si volveré con vosotros, o quizás me quede allí un rato más. —Con Maia, no con el socorrista desconocido.
—Está bien.
Observo a mi abuelo Henry, que mantiene en su rostro una expresión luminosa mientras me mira.
Hace un movimiento con su cabeza y me insta a salir primero.
Nos acercamos al Volkswagen Escarabajo amarillo que tienen y me ceden las llaves.
Es todo un privilegio que me dejen conducir su más preciado tesoro.
De hecho, es una gran hazaña de confianza después de que este invierno estrellara el coche de mis padres contra una de las columnas de nuestro garaje.
Llevo desde entonces sin tocarlo. Quizás mis abuelos no lo sepan.
Tampoco se enterarán por mí de tal noticia.
La Caracola Celeste queda a apenas unos diez minutos de casa.
A medida que nos acercamos, sin saber muy bien por qué, me doy cuenta de que empiezo a sentir un calorcito plagándose que se extiende desde la boca de mi estómago, parecido al que experimento cuando estoy muy nervioso.
Intento no darle demasiadas vueltas, y me centro en aparcar justo en la puerta.
Sin golpes ni rozaduras. Todo un conductor experimentado.
Bajamos del coche y pronto nos topamos con la acomodadora, que nos guía hasta el exterior.
—Hola —saludamos al unísono a los padres de mi amiga y a Maia, que camina en nuestra dirección.
—¿Has recapacitado sobre lo que te he dicho? —me pregunta, acercándose a mí cuando todos nos sentamos a la mesa. Se acomoda a mi izquierda, dejando una silla libre a mi derecha que nadie ocupa.
—Te he visto hace cuarenta minutos. No me ha dado tiempo.
—¿Crees que vendrá? —continúa diciendo, haciendo caso omiso a mis palabras. Cuando algo se le mete entre ceja y ceja, no hay persona existente que sea capaz de hacerle entrar en razón.
—No lo sé. Yo me habría asustado.
—No parece el tipo de tío que se asusta ante una propuesta así.
—No lo conocemos. No todos los hombres son tan decididos.
—Pues qué aburrimiento. —Chista mientras coge la servilleta de tela que hay sobre nuestros platos y la extiende sobre su regazo. Acto seguido toma nuestras copas y vierte cerveza de una de las jarras que los camareros acaban de traernos.
Los entrantes empiezan a llegar a los pocos minutos y yo trato de dejar ir esa inquietud que tanto parece preocuparme.
Disfruto de las vistas desde aquí y veo en el horizonte el mar, oscureciéndose poco a poco a medida que se entremezcla con el cielo.
Volver a Mallorca todos los veranos es algo así como una tradición para mí.
Una tradición que empezó siendo un mero viaje, pero que ahora se ha convertido en una de las pocas cosas de las que no podría prescindir.
Me encanta Sevilla, pero no hay nada como el sol mallorquín para ponerse a tono.
—Hola… —murmura una voz que no procede de ninguno de los aquí presentes. De hecho, es un tono que no reconozco, pero que se me hace muy familiar. Estoy de espaldas a la puerta y no puedo apreciar quién es hasta que me viro en su dirección.
Isaac juguetea con lo que creo que es un anillo.
Lleva una camisa blanca y unos pantalones de lino verdes que le quedan increíblemente bien.
Tiene el pelo cortísimo pero puedo identificar que su color natural es un negro acastañado, lejos de mi azabache.
Una brisa me azota las fosas nasales de repente, y reparo en que es una fragancia floral suave pero contundente.
—Ey, Isaac. —Maia se levanta de la silla, arrastrándola por el suelo, rompiendo mi ensimismamiento al ver a aquel hombre allí plantado. Parece que, contra todo pronóstico, el chico ha terminado aceptando la invitación.
Replico el movimiento de mi amiga y me acerco a él para hacerlo sentir bienvenido.
—Has podido encontrar el restaurante —afirma mi amiga con una sonrisa de oreja a oreja. Me echa un vistazo rápido y creo que hasta incluso me guiña un ojo. Cabrona .
—Sí, bueno…, me he perdido un par de veces, pero he conseguido llegar. Aún no me he hecho del todo con las calles. —Isaac se rasca la nuca, un tanto abochornado.
—Yo aún me equivoco de calles y conozco la ciudad como la palma de mi mano —secundo, confesando una realidad. Hay ocasiones en las que me siento un tanto estúpido por no ser capaz de recordar el nombre de la calle en la que viven mis abuelos.
—Ven. Siéntate. —Maia hace un movimiento con su cuello y ambos la seguimos hasta llegar a la mesa. —Este es Isaac, el nuevo socorrista de Cala Pi. —Hace las presentaciones pertinentes y todos los adultos aprecian su presencia, incluso parecen interesados en él.
Isaac se termina sentando a mi lado, justo en el hueco que Maia —siendo muy consciente de lo que hacía— ha dejado junto a mí. La noche va a ser muy larga.
—¿Y vosotros vivís aquí el resto del año? —trata de saber Isaac mientras corta el entrecot con un cuchillo.
—Yo sí, pero Josh solo viene en verano —contesta Maia, pidiendo una jarra más de cerveza. Creo que ya llevamos cinco en apenas dos horas y comienzo a experimentar cierta sensación de ligereza.
—¿Hace cuánto que te has mudado? —Estoy demasiado ocupado intentando no derramar el líquido del vaso, el cual ya ha hecho una pequeña mancha en mis pantalones, cuando me decido a hablar.
—Unas semanas. Mis padres, mi hermana y yo aún seguimos desempaquetando cosas.
Asiento ante su respuesta y continúo con mi misión.
—¿Desde cuándo os conocéis? —Escucho su voz en mi oído, pero no le doy la mayor importancia. Supongo que Maia responderá por los dos mientras yo cojo la copa entre mis manos de la manera menos ergonómica que encuentro para evitar ensuciarme de nuevo.
Sin embargo, mi amiga me golpea el brazo con sutileza y yo alzo la mirada para ver qué ocurre.
Me topo con los ojos amelados de Isaac observándome desde cerca.
El chico se ha girado hacia mí completamente.
Sus rodillas rozan una de mis piernas y, de repente, me siento acorralado.
Al ver mi desconcierto, eleva las comisuras de sus labios hacia arriba, creando una tímida sonrisa que me impulsa a hablar.
—Desde que éramos pequeños. Nos conocimos un día en el parque. Nos unimos para destrozar a una de sus Barbies que tenía babas de caracol en el pelo.
Él se carcajea y Maia también lo hace.
—Bonita historia —apostilla, entonces, repantigándose. Sus rodillas me rozan ahora aún más, y creo que la piel me hierve cada vez que soy consciente de ello.
Continuamos hablando sin parar sobre nuestra vida, aunque yo lo hago con cierta dificultad porque intento no fijarme demasiado en la cercanía del chico.
Además, noto que cuando Maia habla, pese a que le presta atención, casi no la mira.
Aprovecha para continuar comiendo o para beber un sorbo de cerveza; sin embargo, cuando lo hago yo, no me quita el ojo de encima, como si estuviera analizando todo lo que hago.
Y, pese a que al principio me causa cierta incomodidad, pronto comienzo a sentirme más distendido.
Mis abuelos se van pasada la medianoche, y yo decido quedarme en la Caracola Celeste junto a Maia y a Isaac que parecen no querer marcharse. Bajamos al recoveco de playa que hay como continuación al restaurante y nos sentamos en las hamacas que hay dispuestas aquí, ancladas a la arena.
—¿Habéis pensado alguna vez en todo lo que hay bajo la superficie del mar? —Cuando Maia bebe una gota de alcohol comienza a lanzar preguntas estúpidas con fundamentos poco tangibles. Es como si Platón se apoderase de ella.
—Prefiero no hacerlo. Suficiente talasofobia tengo ya —contesto, disipando las imágenes de todos los animales marinos que vienen a mi mente.
—A mí me daba muchísimo miedo el mar de pequeño. —La voz de Isaac suena suave aunque grave.
—¿Y ahora eres socorrista? —Enarco una ceja al escucharlo. A mí también me gustaría batir así mis miedos. Pasando de un extremo a otro.
—Llegué a un punto en el que me di cuenta de que necesitaba superarlo. Me apunté a los cursos de socorrismo de playas para tratar de pasar un poco más allá de la orilla. Me forcé a mí mismo a hacerlo y terminé consiguiéndolo.
—¿También eras socorrista en Vigo? —Nos había dicho que toda su familia se había mudado desde allí.
—Sí, aunque allí lo hacía más por ocio.
—Ya veo. ¿Te gusta lo que haces?
—Supongo que sí. —Se encoge de hombros y se recoloca en la hamaca, sentándose con los pies sobre la arena, girándose hacia mí—. Creo que será mejor que nos vayamos. Maia está K.O.
Hago una mueca y observo a mi amiga, profundamente dormida.
¿En qué momento había ocurrido si estaba hablando hacía unos minutos?
Me acerco a ella y comienzo a zarandearla con delicadeza hasta que consigo despertarla.
Se queja por mi intromisión, pero termina levantándose.
Volvemos a la Caracola Celeste y nos despedimos de ella, ya que decide quedarse con sus padres.
—Avísame cuando llegues. —Me dice al oído cuando la abrazo—. Y dime con detalles todo lo que hagáis de camino a casa. —Sonríe con picardía y yo le golpeo el hombro levemente antes de que Isaac se dé cuenta.
Cuando salimos del restaurante, el frío costero se cuela por debajo de mi ropa y me abrazo a mí mismo para evitar que se me erice el vello.
Mis abuelos se han llevado el coche así que ahora debo volver a pie, aunque al menos lo hago acompañado de Isaac, que ha terminado siendo un tipo bastante interesante.
—¿Y qué has estudiado, Josh? —Es él el que rompe el silencio mientras mete las manos en sus bolsillos y pega más los brazos a su cuerpo, resguardándose de la corriente.
—Comunicación audiovisual.
—Mmm —masculla con el tono que suelen emplear todos los desconocidos cuando les digo lo que he escogido en la uni.
Todos me suelen mirar de esa forma tan condescendiente en la que me dejan claro lo que opinan de la disciplina.
No obstante, él se queda en silencio apenas unos segundos antes de proseguir—: ¿Y en qué te quieres especializar?
—Me llama la atención que conozca la existencia de las posibles ramas.
—En cortometrajes y guion.
—¿Se te da bien escribir? —La imagen de mi cabeza hundida entre las teclas de mi ordenador acude rápido a mi mente.
—Lo intento. Ahora estoy centrado en terminar mi Trabajo Final. —Quién dice terminar, dice empezar. La lengua española y su versatilidad.
—¿Y cómo lo llevas?
—Sigo en busca de inspiración.
—Ya veo. A mí me gustaría verlo cuando lo termines. Lo que sea que hagas.
—Es un corto, creo. O… simplemente el guion. —Me en cojo de hombros y, antes de que pueda seguir metiendo la pata confesándole a este desconocido que no tengo ni pajolera idea sobre qué hacer mi trabajo, decido callarme.
—Puedo ser tu espectador cero.
La proposición me toma por sorpresa. ¿Qué propósito podría tener él para ofrecerse a algo así sin tan siquiera conocerme? Freno en seco al llegar a la puerta de mi casa y busco las llaves en mi bolsillo. Deliberadamente, decido dejar que el tema de conversación muera.
—Vivo aquí.
—Una casa preciosa —advierte él, alzando su mirada por toda la construcción—. Nos vemos pronto, Josh. Buenas noches.
—Buenas noches, Isaac.