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EL PEOR RESCATE
DE EMERGENCIA DE LA HISTORIA
ISAAC
M e quito los binoculares de los ojos cuando termino la inspección del entorno de la cala.
Ningún peligro a la vista. Todas las tardes aquí son muy tranquilas, de hecho, podría acostumbrarme a la calma que se respira.
Si no fuera por la humedad y las ganas que tengo de arrancarme la maldita camiseta amarilla, este sería sin duda mi lugar favorito.
Hace un par de semanas que mis padres, mi hermana y yo nos mudamos desde Vigo y, pese a que aún me queda mucho por conocer de la ciudad, podría decir con la boca bien abierta que me quedaría aquí el resto de mi vida.
Echo la cabeza hacia atrás en la silla de mando, y me permito recostarme unos segundos. Ya me he terminado el libro que estaba leyendo, así que no tengo demasiada distracción con la que pasar el resto de la tarde. Qué aburrimiento .
—¡Ahhhhhh! —escucho un grito ensordecedor no muy lejos de la orilla.
Vuelvo a tomar los binoculares y giro la rueda de enfoque para poder ver con claridad lo que está ocurriendo.
Veo unos brazos saliendo del agua y volviendo a sumergirse en un aleteo desesperado.
Mierda, se está ahogando. Salto de la silla de control lo más rápido que puedo y dejo las chanclas a un lado antes de salir corriendo hacia el mar y meterme de cabeza en el agua.
Nado con agilidad hacia el chico que está peligrosamente cerca de las rocas.
Unos centímetros más y terminará chocando contra ellas.
La marejada se me antoja brava y la tarea de alcanzarlo se me hace cada vez más complicada.
Consigo abrirme paso ante la ruptura de las olas y, cuando por fin llego a su lado, lo saco del agua, rodeándole el pecho con mis manos y tirando de él con fuerza.
Emerge con el rostro empapado y el cabello sobre la frente, completamente recto.
Mantiene una expresión de desconcierto, el pobre seguro que ha estado a punto de perder el conocimiento.
Sus manos se aferran con fuerza a mis brazos y, de hecho… , ¿me está toqueteando los músculos?
—¿Qué… qué haces? —murmura, aún desorientado.
—Salvarte.
—¿De qué? —Arquea una ceja y creo que está a punto de desmayarse porque no es capaz de conectar con la realidad.
Lo zarandeo para que su cerebro vuelva a conectarse y él me golpea sutilmente el brazo, obligándome a parar—.
¿Qué narices te pasa? —Se separa de mí y se sube sobre una de las rocas que quedan a nuestro lado.
Veo que se encorva y mete las manos en uno de los claros que hay. Unas manitas diminutas se enredan con él, y termina sacando a una niña pequeña de entre las rocas. ¿Qué narices…?
—Es ella la que ha gritado —aclara, cogiendo a la niña contra su pecho e irguiéndose.
Me recompongo en el acto y me subo en la piedra. Lo ayudo a coger a la niña y finjo que no me estoy clavando en el pie todas las puntas de las rocas. Poso mi mirada sobre la suya, que aún sigue desconcertada, y esboza una sonrisa divertida.
—Pensaba que habías sido tú. Parecía que te estabas ahogando —aclaro cuando el peso de sus ojos se me hace insostenible.
—Estaba nadando. ¿Tan mal lo hago para que parezca que estoy a punto de perder la vida?
—Claquea su lengua y la niña me golpea con una pala de juguete que lleva en la mano.
No sé determinar si ha sido sin querer o completamente intencionado, el caso es que volvemos al agua y, juntos, remolcamos a la niña hasta la orilla, donde su madre la recibe.
—Muchas gracias, de verdad. —La mujer está llorando, desolada, y se aferra al cuerpecito de su hija como si la vida le fuera en ello—. Ha ido a recoger cangrejos y se ha caído entre las rocas. De un momento a otro, la he perdido de vista.
—No hay de qué —contesta el chico. Se agacha a la altura de la niña y le dice—: Ten mucho cuidado la próxima vez, ¿vale?
La niña asiente y le sonríe, aunque aún asustada, con una actitud tierna.
Madre e hija se marchan y yo me giro para observar al chico.
Tiene el torso al descubierto e intuyo que no es de la isla porque no existe en su piel ese bronceado tan característico de los mallorquines.
Mantiene las manos sobre sus caderas y también me está mirando.
Antes de que la vergüenza acuda a mí por haberme equivocado, me retracto:
—Perdona por la confusión.
—No te preocupes. Gracias a eso me he dado cuenta de que quizás deba tomar algunas clases de natación. —Se toca la nuca y leves gotitas de agua caen desprendidas de su brazo al suelo, perdiéndose entre la arena.
—Si te sirve de consuelo, estaba demasiado lejos como para poder verte bien. —Trato de reconfortarlo porque no quiero que termine pensando que soy un prepotente que, además de no cumplir con el deber de su trabajo, se ha permitido el lujo de juzgar su técnica de nado.
Tuerce el gesto y termina esbozando lo que preveo que es la sombra de una sonrisa.
—Creo que eso es incluso peor. Has visto lo mal que nado a metros de distancia… No quiero imaginarme lo que habrán pensado los que estaban a mi alrededor.
Eso me arrebata una carcajada cohibida. Comienzo a sentir demasiado la pesadez rígida de todo el agua que ha empapado la camiseta de mi uniforme.
Estoy deseando deshacerme de ella, pero consideraría una enorme falta de respeto comenzar a desnudarme delante de él, así que me resisto y trato de no hacerle saber lo irritada que tengo la espalda por el roce de la tela.
—Gracias por haberme ayudado —termino diciendo, intentando sonar lo más agradecido posible.
—Creo que lo he entorpecido aún más, pero no hay de qué.
Niego con la cabeza, restándole importancia a sus palabras justo cuando una chica comienza a gritar desde el interior del mar. ¿Otro ahogamiento? ¿Dónde quedaron las veladas tranquilas en la playa?
—¡Josh! —Identifico un nombre entre toda la jauría de chillidos que prolifera mientras corre hacia nosotros.
No se está ahogando, está buscando a alguien.
¿Le habrá picado una medusa o algo así? Quizás se haya clavado un erizo en el pie y por eso hace aspavientos increíblemente exagerados con los brazos.
La pobre se estará muriendo de dolor—. Te has ido a por la niña…
y te he… perdido… de —Hace una pausa, dobla todo su cuerpo y creo que, antes de que pueda continuar hablando, se va a desmayar— vista. Joder, qué po co fondo físico tengo.
Por la manera en la que el chico se ríe y coloca la mano sobre el hombro de la chica, entiendo que se conocen, y que ella no ha tenido nunca el objetivo de que la socorra. Mejor .
—¿Estás bien? ¿Necesitas una RCP o algo así? —bromea él, ayudándola a erigirse.
Alza la vista y se me queda mirando algunos segundos. Su expresión pasa de ser completamente fatigosa a mostrar cierta picardía en la mirada.
—Soy Maia, la amiga de Josh. —Se apresura a presentarse con una sonrisa de oreja a oreja. Ha recuperado la respiración en cuestión de instantes.
Josh. Así que ese es el nombre del chico que ahora me observa de soslayo.
—Encantado. Yo soy Isaac —contesto, amable.
Quizás debería extender mi brazo y estrechar mi mano con la de ambos, pero están tan ocupados observándome de arriba abajo que creo que no se percatan de nada de lo ocurrido—.
¿Pasa algo? —termino preguntando cuando noto que quizás el estudio se está dilatando demasiado en el tiempo.
—Eres el nuevo socorrista, ¿no? El sustituto del vago de Antonio —duda ella con un tono interesado en saber la verdad.
—Sí. —Me encojo de hombros, sujetando entre mis dedos la camiseta (aún empapada) que llevo sobre el torso—. ¿Qué me ha delatado? ¿El uniforme o la increíble peripecia que he demostrado tener para salvar a Josh de un ahogamiento ficticio?
—¿Has fingido ahogarte para que te salve? —Maia golpea con el codo a Josh, que se recompone con rapidez.
—No, ha sido todo una confusión —afirma él, meneando la cabeza con las mejillas levemente ruborizadas. El pelo negro como la noche le cae sobre la frente en forma de caracolas.
—Ya veo… —Maia hace acopio de su amabilidad y vuelve a sonreír con alegría.
Toma a Josh por los hombros y los aprieta con camaradería—.
¿Te apetece venir esta noche a una cena?
Mis padres regentan la Caracola Celeste, un restaurante a pie de playa no muy lejos de aquí y… hoy tenemos la primera cena del verano.
La propuesta me pilla de manera inesperada, y debo detenerme algunos segundos para repasar lo que me acaba de decir, antes de contestarle.
Una cena en un restaurante esta noche. Reparo en que ella sonríe con simpatía mientras que Josh empieza a morderse los labios, muerto de la vergüenza.
No se me da demasiado bien socializar con desconocidos, ni conocer a gente… Soy bastante ermitaño en ese sentido.
—No sé… Mañana debo trabajar y…
—Piénsatelo. No tienes que contestar ahora. —Josh alza su mano y destensa el ambiente.
—Aunque va a ser muy divertido. No te lo puedes perder…
—Nosotros nos vamos a ir marchando. —Josh coge a su amiga por el brazo y comienza a arrastrarla en dirección contraria—. Un placer haberte conocido, Isaac.
—¡Esperamos verte esta noche! —exalta ella, ondeando su mano.
—Adiós —termina diciendo Josh.
Cuando vuelvo a la zona de control, no puedo evitar pensar en el momento tan gracioso que acabo de vivir y me carcajeo solo. Creo que la gente incluso me mira con el ceño fruncido, creyendo que me estoy volviendo loco.