Romance de verano para chicos perdidos 1
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EL PRIMER BAÑO

DE LA TEMPORADA

JOSH

T ermino llegando a la casa de mis abuelos justo a tiempo, a la hora acordada.

El camino es pedregoso y está rodeado de grandes árboles con copas altísimas que parecen llegar al cielo.

Corre una ligera brisa, húmeda, pero suficiente como para que las hojas se muevan a su antojo.

Saco mi equipaje del maletero y, antes de que pueda acercarme a la puerta, mi abuela Margaret sale a recibirme.

—¡ Honey ! —exalta, abriendo los brazos y acercándose a mí—. ¡Qué bien que has llegado ya! ¡Pensaba que te habían secuestrado!

—Hola, abuela. —Le correspondo el abrazo y dejo que me zarandee como solía hacer cuando era pequeño—. Salir del aeropuerto ha sido una misión imposible.

—Bueno, pero ya estás aquí, un verano más. —Sonríe y se adentra a la casa. Sigo sus pasos tirando de mis maletas que se quedan atascadas con las piedras del suelo. Debo hacer un esfuerzo titánico para conseguir que las malditas ruedas se deslicen.

Finalmente, entro a la vivienda y echo un vistazo a mi alrededor.

Todo sigue igual que el año pasado. A mi derecha están las escaleras de madera que conducen hacia la segunda planta y en cuya pared hay cuadros pintados por mi abuelo Henry.

La mayoría son algún detalle de las facciones de mi abuela, aunque también hay varios paisajes costeros, de montaña y algún que otro retrato de cuando yo era un bebé.

—Sube a instalarte, ya tengo la comida casi hecha. Comeremos en el jardín, ¿vale? —Se limpia las manos en el mandil que lleva colgado alrededor de la cintura y yo me dispongo a subir.

Llego a la planta superior con el aliento desencajado y las piernas laxas.

Debería haber tomado esas clases de body pump que tanto promocionaron por correo.

Subir las escaleras con las dos maletas y la mochila ha sido todo un logro.

Me adentro por el pasillo y llego hasta la que es mi habitación de verano.

La puerta permanece entreabierta y yo me cuelo por la leve rendija.

Aquí también sigue todo igual; parece que el único que ha cambiado este último año he sido yo.

Los colores que predominan son el blanco y el azul eléctrico.

Mis abuelos y su pequeña obsesión con las casas en Mykonos.

La cama es king size, pero sigue teniendo las mismas sábanas infantiles que usaba con ocho años.

Dejo el equipaje a un lado y me recuesto sobre ella, completamente exhausto.

En el techo, el dibujo de la pequeña playa sigue ahí, un tanto difuso por el paso del tiempo y el sol, pero se puede diferenciar entre la monocromía del resto de la habitación.

Es una calita que mi abuelo pintó cuando era aún un bebé, y puede que sea el detalle que más me gusta de toda la casa.

Me ha acompañado toda la vida…, hasta este momento en el que parezco un desecho social medio sudado, con el pelo alborotado y la respiración desacompasada.

—¡ Honey , vamos a comer! —anuncia mi abuela desde abajo con un tono de voz capaz de derribar a cualquiera.

Me pongo de pie, retiro los restos de sudor de mi frente, que continúa perlada, y bajo hasta el jardín exterior. Aquí, tres cuerpos aguardan mi llegada. Uno de ellos se me hace desconocido hasta que se gira y puedo verla con totalidad.

—¡Josh! —grita, poniendo el santo en el cielo.

Es mi amiga Maia, la cual no duda en lanzarse en carrera hacia mí y abrazarme con tanta fuerza que ambos caemos al suelo, dándonos un buen tortazo con el asfalto—.

¡Menos mal que ya estás aquí! ¡Llegué hace una semana y estaba tan aburrida como una ostra!

—Joder, vaya recibimiento —digo, tratando de levantarme y palpando la zona baja de mi glúteo en la que seguro me saldrá un cardenal.

—Es que te he echado mucho de menos. Hemos estado más de dos años sin vernos, ¿tú sabes lo que es eso en vida de perro?

—¿Cuánto?

— Mucho tiempo . Tenemos que ponernos al día. —Me coge del brazo y tira de mí hasta que nos acercamos a la mesa en la que la comida ya está servida.

Mi amiga se sienta y deja una silla libre justo a mi lado. Entonces, me percato de la presencia de mi abuelo que, sentado en su sillón habitual con cojines acolchados, ya está comiendo la ensalada que tiene delante.

—Hola, abuelo. —Le doy un beso en la sien y él sonríe antes de darme la bienvenida.

—¿Qué tal, son ? Menos mal que has llegado ya, necesitaba a alguien que me ayudara a quitar las malas hierbas —dice con sorna, devolviéndome el abrazo.

—¿Por qué no contratas a un jardinero?

—¿Para qué están los nietos si no?

—Diga que sí, Henry. Para explotarlos —añade Maia, aceptando el plato que le tiende mi abuela.

Empezamos a comer enfrascados en conversaciones típicas sobre el verano, la costa, los turistas, los negocios y la cena que harían los padres de Maia esa misma noche en el chiringuito que regentan, la Caracola Celeste.

Cuando todos hemos terminado, empezamos a recoger la mesa y dejamos los platos apartados en la cocina.

Mis abuelos se marchan al salón a ver su telenovela durante la hora de la siesta, y Maia y yo decidimos hacer algún plan mientras nos comemos un helado.

—¿Qué tal en Inglaterra? —le pregunto mientras nos sentamos en las hamacas del patio.

—Muy bien. Han sido dos años increíbles, Joshy. Deberías haber aceptado la beca para irnos juntos.

—No me convalidaban ninguna asignatura de la carrera y no quería estar dos años más en la universidad. Demasiado que he conseguido mantenerme sereno los cuatro que son obligatorios.

—He tenido buena compañía… —dice a bocajarro, esbozando una sonrisa pícara—: Una muy buena.

Me recompongo sobre la hamaca y la miro con los ojos desencajados por la sorpresa. Ese hincapié sólo puede significar una cosa.

—¿Te has liado con Kyle? —Kyle es el hijo de los mejores amigos de mis padres, el cual me comentó hace ya más de un año que se había topado con Maia en una fiesta.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has aprendido a leer la mente? —Enarca una ceja sin comprender nada.

—Me dijo que habíais coincidido.

—Joder, las noticias vuelan. —Chasquea la lengua y se termina el helado—. Han sido unos meses increíbles. Hemos hecho de todo, hemos viajado a todos los lugares de Inglaterra.

—¿Por qué pones esa cara de pena? ¿Tan mal habéis terminado?

—A kilómetros de distancia. Ambos sabíamos que se acabaría cuando yo volviera a España. —Se encoge de hombros—. Y así ha sido. Es lo mejor para ambos. No podemos tener una relación viéndonos tan poco.

Me percato de la mueca de tristeza que se acentúa aún más y entiendo que lo que sea que haya tenido con Kyle, ha sido importante para ella. Nunca la he visto hablar tan bien de un chico; ni siquiera de Jorge, su amor de la infancia.

—Bueno, venga… Ya está de dramas y de hombres. —Menea la cabeza de un lado hacia el otro, difuminando las ideas intrusivas y termina sonriendo—: Vamos a Cala Pi a darnos un chapuzón. Hoy hace muchísimo calor.

No puedo evitar carcajearme al ver el drástico cambio de humor que ha tenido. De hecho, para hacerlo más efusivo, ha tirado el palo de madera del helado que acaba de terminarse y se ha levantado como un resorte de la hamaca.

—Ponte el bañador ya. Aún nos quedan algunas horas de sol.

Llegamos a la playa y, pese a que es un recoveco enano rodeado de formaciones rocosas, hay bastante gente aquí.

La sombra brilla por su ausencia y, como hemos decidido no traer ninguna sombrilla, no nos quedará de otra que ponernos a la intemperie.

Conseguimos encontrar un hueco no muy alejado del mar y extendemos las toallas sobre la arena que arde como si fuera lava bajo nuestros pies.

—Cómo echaba de menos el buen tiempo —murmulla, quitándose el vestido que lleva sobre el bikini.

—¿Lista? —le pregunto, quitándome las chanclas y dejándolas a un lado. Una vez que me exponga a la arena es para correr con velocidad hacia el agua.

—Sí.

—Una, dos y tres… —Cogemos impulso y terminamos en la orilla antes de lo que esperaba, pese a que ha sido cuestión de segundos, siento las plantas de los pies a punto de mudar la piel por las altas temperaturas a las que se han visto expuestas.

Me sumerjo bajo el agua para mojarme el pelo y mi cuerpo no tarda en notar el contraste de temperatura.

Aún es junio y el agua está helada. El mar necesita unas cuantas semanas más para adecuarse.

Comienzo a flotar sobre la superficie y dejo que la marejada me meza de un lado al otro.

El verano sería perfecto si no tuviera que pasarme los próximos meses ideando y haciendo el Trabajo Final de mi carrera, el cual tengo que entregar en septiembre.

Y, por si eso no fuera suficiente presión, la Universidad no para de recordarme con cada correo que es mi última oportunidad para aprobarlo.

Un chillido me sobresalta y hace que coloque los pies en el suelo de inmediato. Observo por doquier hasta toparme con una niña enquistada en las rocas. Mierda .

Me sumerjo bajo el agua de nuevo, en un movimiento automático, sin dudarlo y sin pensarlo. Comienzo a nadar hacia ella, dando brazadas gigantescas y moviendo las piernas sin ton ni son.

A mitad de camino, cuando creo estar a punto de llegar, me topo con un cuerpo que no reconozco.

Uno musculoso que me sujeta haciéndome subir a la superficie de forma repentina.

La salina se posa sobre mis pestañas y me dificulta la tarea de poder enfocar mi visión pero cuando lo hago, me topo con un ceño desconcertado y un pelo castaño completamente rapado.

No sé por qué, pero termino aferrándome a sus brazos y…

quizás me deleito un poco más de la cuenta en la forma de sus músculos.

¿Quién narices es este tío?