Romance de verano para chicos perdidos
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PRÓLOGO
NINGÚN MAPA DE INDICACIONES
PODRÍA AYUDARME AHORA
JOSH
C asi me atropella un avión.
No es una exageración ni un eufemismo para referirme al gran impacto que genera la vida sobre mí.
Esto es literal. Un avión a punto de despegar casi me lleva por delante.
Tengo la voz de mi madre metida en la cabeza: «Eso te pasa por andar distraído con el móvil».
Puede que tenga razón, pero es que llevo más de cuarenta minutos encerrado en el aeropuerto de Palma de Mallorca tratando de encontrar la maldita salida; y, por cuestiones que desconozco (aunque estoy bastante seguro de que se debe a mi problema con la orientación), he terminado de nuevo en la pista de aterrizaje.
Un señor me ha gritado desde lejos: «Muévete de ahí, imbécil, o te comerás el maldito avión».
Quizás peque de crédulo, pero uno nunca está preparado para escuchar esas palabras.
Hace un calor de la leche y creo que mi abuela me va a matar como llegue tarde al almuerzo.
Llevo años viniendo todos los veranos a Mallorca y siempre me ocurre lo mismo: nunca sé cómo salir del maldito aeropuerto.
Las directrices de los carteles son muy contradictorias, y también juega en mi contra que a veces padezca principios de dislexia y no sepa distinguir la izquierda de la derecha.
En un afán del azar, he conseguido volver al interior del aeropuerto.
A unos cuantos metros de distancia, me topo con un chico de unos treinta y largos que lleva el chaleco reflectante.
Reparo en que también tiene consigo la acreditación de staff, así que, mochila en mano y maleta abollada, me acerco a él.
—Hola, ¿qué tal? ¿Me podría indicar dónde está la salida? Llevo un rato intentando encontrarla, pero no doy con ella.
El tipo se gira con el gesto torcido y una mirada asesina. No encarna la amabilidad en persona, pero decido no juzgarlo. Todos tenemos un mal día.
—Yo qué sé —contesta con un tono condescendiente.
Me aferro a la maleta cuando el peso laxo de mi cuerpo se vierte sobre ella. Lo único que me falta ya es terminar en el suelo con un esguince o algo así.
—¿No trabaja usted aquí? —Lo trato con formalidad pese a que él parezca odiarme.
—Sí —Coge la acreditación que le cuelga del cuello—, ¿me convierte eso en un mapa de indicaciones?
«No creo que un mapa de indicaciones pueda ayudarme a estas alturas».
Será imbécil.
—Intuyo que tiene usted más idea que yo.
—La intuición no es lo tuyo. —Me echa un vistazo de arriba abajo con una mirada felina.
Arquea una de sus cejas y arruga su nariz en un gesto agrio—.
Al final del pasillo, giras a la derecha, luego a la izquierda.
Sigues recto, subes la rampa; llegarás al control.
Ahí tienes que girar a la izquierda, tomar el ascensor o las escaleras mecánicas. Verás la salida al fondo.
Esto ha de ser una coña. Una cámara oculta.
Antes de que pueda replicar o rogarle que lo repita mientras activo la grabadora del móvil, se marcha. O, más bien, entra al baño, porque, cuando quiero darme cuenta, estoy en la cola para el baño.
—¿Piensas entrar en algún momento? —brama un señor, apuntándome con el bastón que lleva en la mano.
Niego, retirándome de la fila. Tomo una gran bocanada de aire e intento recordar alguna de sus directrices. Con algo de suerte, quizás consiga salir de aquí antes de que acabe el verano.
Esto sí que es claramente un eufemismo de mi vida actual: estoy más perdido que un pulpo en un garaje.