24 No confíes en los romanos #2
Frente a un ejército exhausto y resignado, Viriato pronunció una arenga que rompió el hechizo del miedo.
Les recordó los cuerpos apilados en las colinas, la promesa rota, la sangre derramada en nombre de la fides .
Les habló como uno de ellos, un hombre que había sobrevivido a la mentira.
«Hemos escapado de los perjurios de Galba y de Lúculo», les dijo, devolviéndoles el valor y la conciencia de lo que eran.
Su discurso transformó la desesperación en furia. Allí, en medio del cerco, los lusitanos eligieron resistir. Eligieron a Viriato como su jefe supremo. Roma había creado, sin saberlo, al enemigo más formidable que enfrentaría en Hispania.
La primera acción de Viriato demostró que su genio táctico igualaba a su carisma.
En lugar de aceptar una batalla abierta —una derrota segura ante un ejército disciplinado—, ideó una maniobra audaz y asimétrica.
Organizó una fuerza visible que hostigaba constantemente a los romanos, distrayendo su atención, mientras el grueso de los lusitanos, junto a mujeres y niños, escapaba hacia terreno seguro.
Cuando Vetilio concentró sus tropas para aniquilar al grupo que servía de señuelo, Viriato ya estaba lejos, guiando a los suyos por rutas imposibles.
La estrategia funcionó. Salvó a su pueblo y humilló al ejército romano.
Vetilio, cegado por la frustración, cayó poco después en una emboscada fatal.
Fue la primera de muchas derrotas que Roma sufriría frente a aquel pastor convertido en general, el hombre que había hecho de la traición de Galba su arma más poderosa.
Mientras Viriato emergía como símbolo de resistencia en Hispania, Servio Sulpicio Galba regresaba a Roma cargado de botín y con la conciencia intacta. El escándalo de la masacre no pudo silenciarse, había desatado una guerra costosa y humillante, y el Senado no podía fingir que no había ocurrido.
Galba volvió inmensamente rico. Se había apropiado del dinero de los esclavos vendidos y del botín arrancado a los lusitanos, distribuyendo apenas una fracción entre sus hombres y amigos.
El proceso judicial que siguió se centró en dos frentes: la violación de la fides —un crimen que amenazaba la arquitectura diplomática de la República— y la apropiación ilegal de riqueza, que tocaba la fibra moral del orden senatorial.
No se trataba tanto de hacer justicia a los provinciales como de proteger la auctoritas del propio Senado.
Si un magistrado podía saquear y asesinar impunemente, el principio mismo de la ley republicana estaba en juego.
El cargo formal ante la asamblea fue promovido por el tribuno de la plebe Lucio Escribonio Libón, pero fue Marco Porcio Catón el Viejo quien se erigió como la voz moral más poderosa de la acusación. Al borde de la muerte, apeló a los principios fundacionales de Roma.
Que un conservador tan férreo se alzara en defensa de los hispanos revela la magnitud del crimen.
Catón no veía en Galba a un cáncer interno.
Su discurso fue una advertencia. Si Roma toleraba que sus magistrados traicionaran la fides y compraran su absolución, el colapso moral sería irreversible.
En aquel juicio, Catón no defendía a los lusitanos, defendía la idea misma de Roma.
Fue su última batalla, una arenga final para un pueblo que empezaba a olvidar lo que lo había hecho grande.
Pero la vejez de Catón no pudo imponerse a la juventud del oro. Galba, excelente orador y uno de los hombres más ricos de su tiempo, usó su fortuna para comprar la absolución. Sobornó a jurados, compró votos y corrompió conciencias.
Fue absuelto. «Odiado y acusado, escapó por su riqueza», resume Apiano.
Esa frase marca un punto de inflexión. Con la absolución de Galba, la potentia —el poder derivado del dinero y de las redes de influencia— sustituyó oficialmente a la virtus .
El Senado, al permitir que un asesino quedara impune, validó la codicia como principio político.
La absolución de Galba fue la gota que colmó el vaso. No fue solo un veredicto injusto; fue la demostración pública de que el sistema judicial de la República, basado en comisiones senatoriales temporales, era impotente ante el poder del dinero.
La crisis de legitimidad fue tan aguda que la reacción fue inmediata y estructural.
Ese mismo año, el tribuno Lucio Calpurnio Pisón Frugi promulgó la trascendental lex Calpurnia de repetundis .
Esta ley formalizó el castigo a la extorsión provincial y, por primera vez, estableció un tribunal criminal permanente en Roma.
El crimen de Galba fue, irónicamente, el catalizador de la justicia penal institucionalizada de la República.
Pero, para entonces, Roma ya había perdido algo más que un juicio, había perdido su alma.
La impunidad de Galba, que validó la explotación provincial y aceleró la crisis de la propiedad agraria mediante el flujo de esclavos, fue un precedente directo de la decadencia moral y social que, apenas una década después, llevaría a Tiberio Graco a desafiar la autoridad senatorial.
Lo que Galba destruyó en Hispania no fue solo la vida de miles de lusitanos; fue la moral pública de Roma.
La absolución del asesino fue la mejor propaganda para el insurgente. Viriato se convirtió en la antítesis moral de Galba. Era pobre, pero incorruptible; derrotado, pero con dignidad.
Durante la década siguiente, Viriato fue el enemigo más formidable que Roma encontró en el oeste.
Sus tácticas de guerrilla —movilidad, conocimiento del terreno, emboscadas constantes— desmantelaron una y otra vez la maquinaria legionaria.
Aniquiló ejércitos enteros, derrotó a pretores como Cayo Vetilio y Cayo Plaucio, y arrebató los estandartes de los comandantes de la Hispania Citerior, exhibiéndolos como trofeos entre las montañas.
Fue vencido en batalla abierta una sola vez, pero su guerra arruinó presupuestos, desangró legiones y prolongó durante años el desafío que había nacido de una sola traición.
La historiografía romana osciló entre el desprecio y la admiración.
A veces, lo llamó latro («ladrón») para rebajar su causa a simple pillaje; otras veces, lo elevó como modelo de virtud bárbara.
Posidonio y otros autores griegos subrayaron su sobriedad, su justicia y su lealtad, contrastándolas con la decadencia de los propios magistrados romanos.
Viriato encarnaba lo que Roma había perdido. La palabra dada, templanza, sentido del honor, todo se había cambiado por el engaño, la traición y la masacre. Por eso, incluso sus enemigos terminaron por reconocerlo. Frente al procónsul corrupto, el pastor se convirtió en símbolo de integridad.
El final de Viriato fue la repetición trágica del comienzo.
Roma, incapaz de vencerlo en combate, recurrió al método que mejor dominaba: el soborno.
El cónsul Quinto Servilio Cepión compró la voluntad de tres de sus lugartenientes —Ditalco, Audax y Minuro—, que lo asesinaron mientras dormía en el 139 a. C.
La simetría era perfecta. La guerra que había nacido de la perfidia masiva terminó con la perfidia selectiva. Viriato murió víctima de la misma corrupción que había denunciado.
Para la posteridad, Roma intentaría blanquear su complicidad con una frase que se haría legendaria: «Roma no paga a traidores».
Sin embargo, esta máxima no aparece en ninguna fuente antigua que relate el suceso.
Es una invención posterior, una capa de barniz moral sobre una verdad incómoda.
Porque la verdad, como narra Apiano, fue mucho más simple y sórdida.
Roma, a través de su cónsul Cepión, sí pagó a los traidores. La victoria se compró, no se ganó.
El nombre de Viriato trascendió la historia para convertirse en mito. Su figura se alzó como símbolo de independencia, como lo serían después Vercingétorix para Francia o Arminio para Alemania.
En Portugal, fue inmortalizado por Camões en Os Lusíadas y venerado como padre simbólico de la nación.
En España, su memoria se conserva en el folclore, en estatuas y banderas, como la de Zamora (la seña bermeja), cuyos ocho jirones, según la rica tradición local, simbolizan las victorias del héroe sobre los comandantes romanos, aunque este vínculo es más un elemento de leyenda simbólica que un registro históricamente verificado.
En la península ibérica, su nombre dejó de pertenecer al pasado para convertirse en un ejemplo de resistencia y de dignidad.
El nombre de Galba, en cambio, quedó asociado a la deshonra. Su crimen y su absolución mostraron que la decadencia de Roma empezó mucho antes de los truculentos relatos imperiales.
Su impunidad demostró que el dinero podía comprar la justicia, y que la fides , fundamento de toda autoridad romana, se había convertido en un adorno vacío.
Galba fue el antecedente directo de la República desangrada por los Gracos, los triunviros y las proscripciones.
Su crimen en Hispania fue, en realidad, un ensayo general de la ruina moral que llevaría a Roma al abismo.