24 No confíes en los romanos
En el apogeo del siglo II a. C., la República romana se había consolidado como la potencia hegemónica del Mediterráneo.
Tras la destrucción de Cartago, su expansión parecía imparable, y el imperium —ese poder supremo de mando conferido a los magistrados romanos para gobernar ejércitos y provincias— se había convertido en el armazón de su poder de facto , no solo en una prerrogativa legal.
Había nacido en el siglo III a. C., pero su aplicación práctica en las provincias aún estaba lejos de ser estable, y mucho menos justa.
Entre todas las provincias, Hispania fue la más compleja e imprevisible.
Un territorio donde se consumían tropas, recursos y carreras enteras.
Lejos de ser un premio para los gobernadores, la península era un pozo sin fondo.
Sin embargo, era también un escenario tentador, quien triunfaba en Hispania podía catapultar su nombre en el cursus honorum y aspirar a las más altas magistraturas.
En ese periodo, dos nombres destacan por el uso brutal del imperium como herramienta de pillaje: Servio Sulpicio Galba, en la Hispania Ulterior, y Lucio Licinio Lúculo, en la Citerior.
Este último se hizo célebre por la masacre de los vacceos en Cauca, un acto de perfidia sacrílega que violaba los más sagrados juramentos de la fides romana, disfrazado de campaña de castigo.
Ambos convirtieron su paso por Hispania en una operación de rapiña, cuyo objetivo, más que pacificar y gobernar, era saquear y esclavizar.
La política romana en la península era ya una mezcla de codicia personal y violencia sistémica.
Para entender la magnitud de la traición, hay que mirar a quienes la padecieron.
Los lusitanos eran un conjunto de pueblos distintos, curtidos en la guerra.
Su poder se basaba en el terreno más que en el número.
Combatían con rapidez, astucia y un dominio absoluto de la emboscada y el desgaste.
Armados con jabalinas, dardos, pequeñas espadas hispanas y la característica cetra —un escudo redondo ligero—, luchaban en movilidad constante, agotando a un enemigo que nunca terminaba de adaptarse.
Su organización era sencilla, casi igualitaria.
Vivían en pequeños núcleos rurales, con estructuras sociales poco jerárquicas.
La guerra permanente los había empujado a militarizar su día a día, a desconfiar por instinto, a vivir siempre en guardia.
Pero hacia el 150 a. C. combatían por sobrevivir.
Las fuentes describen un pueblo al límite, extenuado, acorralado.
Fue entonces cuando surgió la oportunidad.
Galba ofreció la paz a cambio de rendición.
Prometió tierras fértiles, seguridad y un nuevo comienzo.
En un contexto de hambre y agotamiento, la promesa romana sonó razonable.
El deseo de estabilidad, por primera vez en décadas, fue más fuerte que la desconfianza.
Esa decisión fue un error trágico. Uno que se pagaría con la vida de miles de personas, porque Galba no tenía intención alguna de negociar la paz.
Servio Sulpicio Galba era el ejemplo perfecto de la nobilitas .
Pertenecía a la antigua gens Sulpicia y, hacia el año 150 a.
C., ejercía de procónsul en la Hispania Ulterior.
Como todo aristócrata de su rango, había sido educado para gobernar, guerrear y enriquecerse, aunque ese orden de prioridades rara vez se respetaba.
Su linaje lo vinculaba con siglos de tradición patricia, y su familia acabaría produciendo, un siglo después, a otro Galba, el efímero emperador del año 69 d. C. Las fuentes no lo presentan como un genio militar, pero sí como un comandante eficaz y calculador, movido por la codicia.
Apiano lo describe como «más avaricioso que Lúculo», y no exagera.
Galba ya era uno de los hombres más ricos de Roma antes de llegar a Hispania, pero su riqueza solo amplificaba su apetito.
Según este autor, usaba el engaño como herramienta de gobierno y la perfidia como forma de vida.
Hispania no era, para él, una provincia que pacificar, era un mercado de esclavos donde multiplicar su fortuna.
Al llegar, encontró a los lusitanos dispuestos a aceptar cualquier tregua.
Ellos buscaban paz; él, beneficio. «Los recibió e hizo con ellos una tregua y fingió», dice Apiano.
Fingió empatía, fingió humanidad. Prometió tierras fértiles donde asentarse, una oferta que sonaba razonable, incluso misericordiosa.
Pero el plan no era militar ni político, era económico.
Transformó la guerra en un fraude rentable.
Roma, en su nombre, sería el instrumento de una estafa sangrienta.
El núcleo de la trampa era sencillo. El acuerdo, les dijo Galba, solo se formalizaría si entregaban sus armas, un gesto de confianza necesario para proceder a la asignación pacífica de las tierras.
Fue un acto de fe desesperado, la entrega voluntaria de su última defensa.
Confiaron en la palabra de un procónsul romano —esa fides que debía ser sagrada— y, al hacerlo, se convirtieron en víctimas.
El pacto era una deditio in fidem , una rendición voluntaria bajo promesa de protección.
En teoría, el pueblo entregado quedaba bajo la tutela moral de Roma.
En la práctica, Galba convirtió esa institución jurídica en una emboscada sacrílega.
Abusó del imperium que la República le había confiado y profanó una ceremonia que invocaba a la diosa Fides, cuyo quebranto equivalía a un crimen religioso y político a la vez.
El asesinato de los lusitanos desarmados fue una injustificable violación total de la fides , la virtud que definía la identidad política de Roma.
Galba no rompió simplemente un pacto, perpetró un crimen contra la idea misma de Roma.
Al profanar la fides de forma tan pública, envió un mensaje claro a los pueblos aún libres: la palabra de Roma ya no valía nada.
Las fuentes son unánimes. Apiano cuenta que Galba prometió tierras y asentamiento seguro, desarmó a los lusitanos y los masacró sin piedad.
Su móvil fue claro: la avaricia. Quería botín, esclavos y gloria fácil.
Diodoro Sículo confirma la matanza y denuncia la codicia enfermiza del procónsul.
En las Períocas de Livio encontramos mención a una acusación posterior en Roma, prueba de que el escándalo llegó incluso al corazón de la República.
Todos coinciden, el crimen no fue solo sangriento, fue moralmente imperdonable.
Tras ganarse su confianza, Galba ordenó dividir a los lusitanos en tres grupos, con el pretexto de organizar la asignación de tierras. Una vez separados y desarmados, dio la señal.
Lo que siguió fue una carnicería. Valerio Máximo habla de ocho mil lusitanos, la flor de su juventud militar, ejecutados; Apiano eleva la cifra a nueve mil.
Otros cronistas posteriores, como Orosio, llegan a hablar de treinta mil víctimas entre muertos y esclavizados.
Los supervivientes fueron vendidos, los bienes, confiscados, y Galba se reservó para sí la mayor parte del botín.
Cumplido su propósito, dejó una herida imposible de cerrar. Desde entonces, ningún pueblo volvió a fiarse de Roma. La tierra prometida se convirtió en cementerio, y el nombre de Galba, en sinónimo de infamia.
De aquella masacre —una de las más infames de la historia republicana— surgió la figura que encarnaría la resistencia: Viriato.
La tradición romana y griega, siempre dispuesta a forjar arquetipos morales, lo presenta como un simple pastor.
Fuera esta su ocupación real o una forma de idealizar al «buen salvaje» para avergonzar a los procónsules corruptos, lo cierto es que Viriato no era un noble de cuna.
Era un líder forjado en el desastre, un superviviente de la traición de Galba.
Apiano lo menciona como «uno de los pocos que escaparon con vida» de aquella matanza.
Su autoridad nació del dolor y la sangre.
La traición de Galba le dejó una certeza inamovible: la palabra de los romanos no valía nada.
Mientras otros lusitanos aún creían posible una paz negociada, Viriato comprendió que cualquier trato con Roma era un suicidio.
Su causa no era solo la venganza, era la supervivencia moral de su pueblo.
Y ese convencimiento, templado en sangre, le dio la autoridad que ningún título podía otorgar.
Los supervivientes de las perfidias de Galba y Lúculo —unos diez mil hombres— se reagruparon, intentando rehacer sus vidas en un último movimiento desesperado.
Avanzaron hacia Turdetania, en busca de un refugio donde asentarse.
Pero su marcha no pasó desapercibida. Cayo Vetilio, el nuevo pretor romano, marchó contra ellos y los acorraló en un terreno sin salida.
La situación era crítica. Si permanecían allí, morirían de hambre; si intentaban huir, serían aniquilados.
Desesperados, volvieron a confiar en la diplomacia y enviaron una embajada con ramos de olivo, implorando tierras para vivir y ofreciendo obediencia a cambio de clemencia.
Era la misma escena que habían vivido con Galba.
El eco del engaño aún resonaba, pero el instinto de supervivencia fue más fuerte que la memoria.
Vetilio, confiado en repetir la maniobra de su predecesor, se preparaba para aceptar la rendición.
Fue entonces cuando se alzó Viriato. No llevaba insignias ni títulos, pero su sola presencia imponía autoridad. Había visto morir a los suyos desarmados; conocía el precio de confiar en Roma. Su voz, según Apiano, cambió el curso del destino.